Versículo destacado

Apocalipsis 3:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Escribe al ángel de la iglesia de los laodicenses: Esto dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios: "

Apocalipsis 3:14

menu_book El versículo en contexto

12 Al que venza lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí. Escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, que es la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios; y escribiré sobre él mi nombre nuevo.

13 El que tenga oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

14 Escribe al ángel de la iglesia de los laodicenses: Esto dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios:

15 Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. Quisiera que fueras frío o caliente.

16 Así que, porque eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Llegamos ahora a la última y peor de las siete iglesias de Asia, lo opuesto de Filadelfia. En aquella iglesia no había nada que reprochar, pero en esta no había nada que elogiar. Sin embargo, Laodicea todavía era uno de los siete candelabros de oro, porque incluso una iglesia corrupta sigue siendo una iglesia.

El mensaje se dirige al ángel, o mensajero, de la iglesia en Laodicea. Laodicea fue en otro tiempo una ciudad famosa, situada cerca del río Lico. Tenía una enorme muralla, tres teatros de mármol y, al igual que Roma, estaba edificada sobre siete colinas. El apóstol Pablo parece haber ayudado a establecer allí el evangelio, y menciona la ciudad en Colosenses, donde envía saludos a la iglesia de ese lugar, pues Laodicea estaba a menos de veinte millas de Colosas. En el siglo cuarto se reunió allí un concilio, pero la ciudad fue destruida hace mucho tiempo y hoy yace en ruinas, como una señal sobria de la ira del Cordero.

El Señor Jesús se describe a sí mismo como el Amén, el testigo fiel y verdadero, y el principio de la creación de Dios. Como el Amén, es firme e inmutable en todos sus planes y promesas, los cuales son seguros y verdaderos. Como el testigo fiel y verdadero, su testimonio acerca de Dios a las personas debe ser recibido y creído, y su testimonio acerca de las personas delante de Dios será plenamente confiado y usado contra todos los que profesan una fe fría y sin compromiso. Como el principio de la creación de Dios, puede referirse a que es la causa primera de la creación original, es decir, el Creador y gobernante de todas las cosas; o puede referirse a que es la cabeza de la nueva creación, la iglesia. En ese sentido, es el primogénito de entre los muertos, como en (Apocalipsis 1:5), de donde provienen estos títulos. Cristo se levantó a sí mismo por su propio poder divino y, como cabeza de un mundo nuevo, levanta a las almas muertas para convertirlas en un templo y una iglesia vivos para él.

Lo primero que se señala es la grave acusación presentada contra esta iglesia, tanto contra sus líderes como contra su pueblo, por aquel que los conocía mejor de lo que ellos se conocían a sí mismos: «No eres ni frío ni caliente; quisiera que fueras frío o caliente» (Apocalipsis 3:15). La tibieza, o la indiferencia en la religión, es la peor condición en la que una persona puede encontrarse. Si la religión es real, entonces es lo más excelente que existe y debemos tomarla con seriedad. Si no es real, entonces es un engaño vergonzoso y debemos oponernos a ella con firmeza. Si la religión tiene algún valor, merece todo de nosotros; por eso, la indiferencia no es aceptable. Aquí no hay lugar para la neutralidad. Un enemigo declarado tiene más honestidad que una persona falsamente neutral, y hay más esperanza para un pagano que para alguien así. Cristo espera que las personas dejen claro si verdaderamente están a favor de él o en su contra.

Después se anuncia un castigo severo: «Te vomitaré de mi boca». El agua tibia revuelve el estómago y provoca vómito, y quienes profesan una fe tibia hacen que el corazón de Cristo se vuelva contra ellos. Le causan repulsión y él no los tolerará por mucho tiempo. Tal vez llamen a su tibieza caridad, amabilidad, moderación o amplitud de mente, pero para Cristo es repugnante, y hace que las personas descuidadas sean detestables ante sus ojos. Serán rechazadas, y rechazadas definitivamente, porque el Jesús santo no volverá a recibir aquello que ya ha rechazado.

Una razón de esta fría indiferencia es la presunción, o el autoengaño. Pensaban que ya les iba muy bien, así que no les importaba mejorar ni crecer: «Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada» (Apocalipsis 3:17). Observemos la gran diferencia entre lo que ellos pensaban de sí mismos y lo que Cristo pensaba de ellos. Tenían una opinión muy elevada de sí mismos: «Soy rico, me he enriquecido y no necesito nada». Creían que eran ricos y que se enriquecían cada vez más, hasta el punto de estar por encima de toda necesidad o incluso de la posibilidad de necesitar algo.

Tal vez tenían abundancia material, y eso los llevó a pasar por alto las necesidades de sus almas. O quizá pensaban que tenían abundancia espiritual. Tenían conocimiento y lo confundían con la verdadera religión. Tenían dones y los confundían con la gracia. Tenían inteligencia y la confundían con la verdadera sabiduría. Tenían ordenanzas y se conformaban con ellas en lugar de buscar al Dios que las había dado. Debemos tener cuidado de no engañar a nuestras propias almas. Muchos de los que ahora están en el infierno alguna vez pensaron que iban por el camino al cielo. Por eso debemos pedirle a Dios cada día que no nos permita halagarnos ni engañarnos acerca de nuestra condición espiritual.

La opinión de Cristo acerca de ellos era mucho más baja, y él no estaba equivocado. Él sabía, aunque ellos no, que eran desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos. Su condición era miserable en sí misma y merecía la compasión de los demás. Aunque se sentían orgullosos de sí mismos, cualquiera que conociera la verdad habría tenido compasión de ellos.

Eran pobres, verdaderamente pobres, aunque decían y pensaban que eran ricos. No tenían provisión para sus almas. Sus almas se morían de hambre en medio de su abundancia. Estaban profundamente endeudados con la justicia de Dios y no tenían con qué pagar ni siquiera la parte más pequeña de lo que debían. Eran ciegos. No podían ver su propia condición, su camino ni su peligro. No podían mirar dentro de sí mismos. Eran ciegos, pero pensaban que podían ver. La luz que había en ellos era en realidad oscuridad, y cuán grande debía ser esa oscuridad. No podían ver a Cristo, aunque él había sido presentado claramente delante de ellos y crucificado. No podían ver a Dios por la fe, aunque él siempre estaba presente con ellos. No podían ver la muerte, aunque estaba justo delante de ellos. No podían mirar hacia la eternidad, aunque vivían al borde mismo de ella.

También estaban desnudos, sin ropa y sin refugio para sus almas. No tenían ni el vestido de la justificación, es decir, de ser hechos justos delante de Dios, ni el vestido de la santificación, es decir, de ser hechos santos en la práctica. Su culpa e impureza no tenían cobertura. Estaban continuamente expuestos al pecado y a la vergüenza. Sus propias obras de justicia no eran más que trapos sucios. Eran harapos que no podían cubrirlos, y al estar sucios solo los manchaban más. Estaban desnudos y sin refugio porque estaban sin Dios, quien ha sido la morada de su pueblo en todas las generaciones. Solo en él puede el alma encontrar descanso, seguridad y todo lo que verdaderamente necesita.

Las riquezas del cuerpo no enriquecen el alma. La vista física no le da luz al alma. La casa más cómoda para el cuerpo no le proporciona al alma descanso ni seguridad. El alma es diferente del cuerpo y necesita aquello que corresponde a su propia naturaleza. De lo contrario, aun en medio de la prosperidad exterior, seguirá siendo desventurada y miserable.

Cristo le da un consejo sabio a esta iglesia pecadora: que dejen de confiar en sus falsas ideas acerca de sí mismos y lleguen a ser lo que solo aparentaban ser. «Yo te aconsejo que compres de mí» (Apocalipsis 3:18). Aquí hay tres cosas que debemos notar. Primero, nuestro Señor Jesús sigue dando buenos consejos incluso a quienes han ignorado sus consejos. Segundo, la situación de los pecadores nunca es desesperada mientras Cristo todavía los llame y les aconseje con gracia. Tercero, nuestro bendito Señor, el verdadero consejero, siempre da el mejor consejo, y este corresponde exactamente a la necesidad del pecador.

Estas personas eran pobres, así que Cristo les aconseja comprar de él oro refinado en el fuego, para que sean ricos. Les muestra dónde se encuentran las verdaderas riquezas y cómo pueden obtenerlas. Se encuentran en él mismo, no en las riquezas terrenales ni en minas famosas, sino en Cristo, la perla de gran valor. ¿Y cómo recibirán de él este oro verdadero? Deben comprarlo. Esto parece contradictorio, porque los pobres no pueden comprar oro. Pero es como comprar de Cristo vino y leche sin dinero y sin precio (Isaías 55:1). Algo debe entregarse, pero no es nada que tenga verdadero valor. El pecador debe apartarse del pecado y de la confianza en sí mismo, y acercarse a Cristo reconociendo su pobreza y vacío, para ser lleno de verdaderas riquezas.

Estas personas también estaban desnudas, así que Cristo les muestra dónde pueden obtener una vestidura que cubra la vergüenza de su desnudez. Deben recibirla de Cristo y quitarse sus trapos sucios para ponerse la vestidura blanca que él compró y preparó para ellos. Esto incluye su justicia, que les es atribuida para la justificación, es decir, para ser considerados justos delante de Dios, y también las vestiduras de la santidad y la santificación, es decir, de ser hechos cada vez más santos en la vida diaria.

También eran ciegos, así que él les aconseja comprar de él colirio para que puedan ver. Deben renunciar a su propia sabiduría y razonamiento, que son ceguera en las cosas de Dios, y someterse a su Palabra y a su Espíritu. Entonces sus ojos serán abiertos para ver su camino y su destino, su deber y su verdadero bien. Ante sus almas se abriría una escena nueva y gloriosa, un mundo nuevo lleno de cosas hermosas y excelentes. Esa luz sería maravillosa para quienes apenas habían sido liberados del poder de las tinieblas. Este es el consejo sabio y bueno que Cristo da a las almas descuidadas. Si lo siguen, él hará que dé fruto de manera honrosa.

Luego se añade un gran y bondadoso estímulo para ayudar a este pueblo pecador a recibir bien la advertencia y el consejo de Cristo (Apocalipsis 3:19-20). Él les dice que todo proviene de un amor verdadero y tierno: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo». Tal vez pensaban que había pronunciado palabras duras y una corrección severa, pero todo nacía de su amor por sus almas. Si no los hubiera amado, no habría reprendido tan abiertamente su indiferencia perezosa ni su confianza vacía. Si los hubiera aborrecido, los habría dejado seguir pecando hasta que el pecado los destruyera. Los pecadores deben recibir las reprensiones de la Palabra de Dios y su disciplina como señales de su buena voluntad hacia sus almas, y por eso deben arrepentirse sinceramente y volver a Aquel que los hiere. Las heridas y la severidad de un amigo son mejores que las sonrisas aduladoras de un enemigo.

Si obedecían su advertencia, él estaba dispuesto a hacer realidad sus palabras en la vida de ellos: «Mira, estoy a la puerta y llamo» (Apocalipsis 3:20). Cristo se acerca bondadosamente a los pecadores por medio de su Palabra y de su Espíritu, como si hiciera una visita amable a la puerta del corazón. Pero encuentra esa puerta cerrada. Por naturaleza, el corazón humano está cerrado a Cristo debido a la ignorancia, la incredulidad y los prejuicios pecaminosos. Sin embargo, cuando encuentra el corazón cerrado, no se va de inmediato. Él espera para mostrar misericordia, incluso hasta que su cabeza queda cubierta de rocío.

Usa todos los medios apropiados para despertar a los pecadores y hacer que le abran. Llama por medio de su Palabra y toca a la puerta mediante la obra del Espíritu, que despierta la conciencia. Quienes le abran disfrutarán de su presencia, para gran consuelo y beneficio de ellos. Él cenará con ellos. Recibirá lo bueno que haya en ellos y traerá consigo la mejor parte del banquete. Si lo que encuentra solo alcanzara para ofrecer una comida pobre, lo que él trae supliría mucho más que la falta. Dará nuevas provisiones de gracia y consuelo, y despertará nuevos actos de fe, amor y deleite. En todo esto, Cristo y su pueblo arrepentido disfrutarán de una dulce comunión. ¡Qué gran pérdida sufren los pecadores descuidados y obstinados cuando se niegan a abrirle a Cristo la puerta de su corazón!

Ahora llegamos al cierre de esta carta y, como antes, encontramos la promesa hecha al creyente que vence. Primero, se da a entender que, aunque esta iglesia parecía completamente dominada por la tibieza y la confianza en sí misma, todavía era posible que, mediante las reprensiones y el consejo de Cristo, recuperara un celo y una fuerza renovados y saliera victoriosa de la batalla espiritual. Segundo, si lo hacía, todas sus faltas anteriores serían perdonadas y recibiría una gran recompensa. Esa recompensa es esta: «Se sentará conmigo en mi trono, así como yo vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21).

Esto significa varias cosas. Cristo mismo enfrentó tentaciones y luchas. Las venció todas, y triunfó sobre ellas por completo. Como recompensa por su sufrimiento y victoria, se sentó con Dios el Padre en su trono, poseyendo la gloria que había tenido con el Padre desde la eternidad. Sin embargo, en la tierra había ocultado esa gloria, como si la hubiera dejado en manos del Padre, en garantía de que terminaría la obra de Salvador antes de volver a asumir abiertamente esa gloria. Después de cumplirla, por así decirlo, reclamó de nuevo la garantía y se manifestó en su gloria divina, igual al Padre. Quienes son hechos semejantes a Cristo en sus pruebas y victorias también serán hechos semejantes a él en su gloria. Se sentarán con él en su trono: en su trono de juicio al final del mundo y en su trono de gloria para siempre. Resplandecerán con su luz porque están unidos a él y le pertenecen, como el cuerpo pertenece a su cabeza.

Todo concluye con un llamado general a prestar atención (Apocalipsis 3:22). Esto recuerda a todos los que escuchan estas cartas que no están destinadas a una interpretación privada ni solamente a la instrucción, corrección y advertencia de aquellas iglesias en particular. Están destinadas a todas las iglesias de Cristo, en toda época y en todo lugar del mundo.

Habrá semejanzas entre las iglesias posteriores y estas iglesias, tanto en sus buenas cualidades como en sus pecados. Por eso pueden esperar que Dios trate con ellas de la misma manera en que trató con estas iglesias. Estas iglesias sirven como ejemplos para todas las épocas y muestran lo que las iglesias fieles y fructíferas pueden recibir de Dios, así como lo que las iglesias infieles pueden sufrir de su mano. La manera en que Dios trata con sus iglesias también puede enseñar una lección seria al resto del mundo: si el juicio comienza por la casa de Dios, ¿qué será de quienes no obedecen el evangelio de Cristo? (1 Pedro 4:17).

Así llegan a su fin los mensajes de Cristo a las iglesias de Asia, que constituyen la parte epistolar de este libro. Ahora pasamos a la parte profética.

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