Versículo destacado

Apocalipsis 2:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Escribe al ángel de la iglesia de Tiatira: Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como una llama de fuego y cuyos pies son como bronce fino: "

Apocalipsis 2:18

menu_book El versículo en contexto

16 Arrepiéntete. De lo contrario, vendré pronto a ti y lucharé contra ellos con la espada de mi boca.

17 El que tenga oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venza le daré a comer del maná escondido, y le daré una piedra blanca; en la piedra estará escrito un nombre nuevo que nadie conoce excepto el que lo recibe.

18 Escribe al ángel de la iglesia de Tiatira: Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como una llama de fuego y cuyos pies son como bronce fino:

19 Conozco tus obras, tu amor, tu servicio, tu fe, tu paciencia y tus obras; y las últimas son más que las primeras.

20 Sin embargo, tengo unas pocas cosas contra ti: toleras que esa mujer Jezabel, que se llama a sí misma profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a cometer fornicación y a comer cosas sacrificadas a los ídolos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La forma de cada carta es muy parecida y, aquí como en las demás, debemos observar el destinatario, el mensaje y la conclusión. Primero, el destinatario nos indica para quién es la carta y quién la envía. Está dirigida al ángel, o líder, de la iglesia de Tiatira, una ciudad comercial de la provincia de Asia, de donde era Lidia, la mujer que vendía telas de púrpura y que después creyó el mensaje de Pablo en Filipos.

No sabemos con certeza si Lidia ayudó a llevar el evangelio a Tiatira, pero el hecho es claro: allí estaba la iglesia, y Cristo se dirigía a ella. El remitente es el Hijo de Dios, Jesucristo, descrito aquí con ojos como una llama de fuego y pies como bronce fino. «Hijo de Dios» significa que es el Hijo eterno y unigénito, que comparte la naturaleza del Padre, aunque es distinto en su persona.

Sus ojos como fuego muestran su conocimiento penetrante y perfecto. Él ve a través de cada persona y de cada asunto; examina los corazones y pone a prueba las intenciones ocultas (Apocalipsis 2:23). Sus pies como bronce fino muestran que su gobierno y sus juicios son firmes, serios y perfectamente santos. Juzga con sabiduría completa y actúa con toda su fuerza y con propósito constante.

Cristo comienza con un reconocimiento afectuoso de esta iglesia. Habla como alguien que la conoce bien, no como un extraño. Alaba su amor, su servicio, su fe, su paciencia y el hecho de que sus obras posteriores eran mejores que las primeras.

Su amor puede referirse a una bondad amplia hacia todas las personas o a un cuidado especial por los demás creyentes. En cualquier caso, no existe una verdadera religión donde no hay amor. Su servicio probablemente se refiere especialmente a los trabajadores de la iglesia que se esforzaban en la enseñanza y el ministerio. Su fe era la gracia que sostenía todo lo demás, y necesitaban paciencia porque aun las personas fieles enfrentan dificultades y presiones.

Su crecimiento merece una atención especial: sus últimas obras eran mejores que las primeras. Ese es un rasgo excelente. Muchos pierden el fervor y el amor que tenían al principio, pero estos creyentes estaban volviéndose más sabios y mejores. Todo cristiano debería anhelar esto: crecer cada día y terminar bien.

Luego Cristo presenta una reprensión fiel por lo que estaba mal. La culpa no se atribuye principalmente a toda la iglesia, sino a ciertos engañadores malvados que estaban dentro de ella. Se responsabiliza a la iglesia porque los toleró demasiado tiempo y no actuó con ellos como debía.

A estos engañadores se los compara con Jezabel, la reina malvada que persiguió a los profetas del Señor y apoyó la adoración de ídolos y a los falsos profetas. Su pecado consistía en intentar llevar a los siervos de Dios a la inmoralidad sexual y a los sacrificios ofrecidos a los ídolos. Se llamaban profetas, lo que hacía más atrevida su pretensión, pues buscaban tener más autoridad y recibir más atención que los verdaderos ministros de la iglesia.

Su pecado se agravaba de dos maneras. Primero, usaban el nombre de Dios en contra de la verdad y la adoración a Dios. Segundo, abusaban de la paciencia de Dios y persistían en sus malos caminos aun después de que él les había dado tiempo para arrepentirse. El arrepentimiento es necesario para evitar que el pecador termine en la ruina, y con frecuencia requiere tiempo porque es una obra seria. Cuando Dios concede tiempo para arrepentirse, espera frutos reales que demuestren ese arrepentimiento. Si ese tiempo se desperdicia, el pecador queda bajo un juicio más severo.

Por eso la maldad de Jezabel se considera también culpa de la iglesia de Tiatira: la iglesia permitió que ella engañara al pueblo. Tal vez no tenía autoridad civil para expulsarla o encarcelarla, pero sí tenía autoridad dentro de la iglesia para reprenderla y apartarla de la comunión. Al no usar la autoridad que tenía, probablemente participó de su culpa.

Después Cristo habla del castigo de Jezabel (Apocalipsis 2:22, Apocalipsis 2:23), y en ese castigo también hay una imagen de advertencia sobre la caída de Babilonia. Dice: «La arrojaré en una cama», es decir, en una cama de dolor, no de placer; un lugar de sufrimiento y juicio. Los que pecaron con ella sufrirían junto con ella, a menos que se arrepintieran.

También dice: «Mataré a sus hijos». Esto significa la segunda muerte, el juicio final que no deja esperanza de una vida futura. Quienes son alcanzados por esa muerte no resucitarán para vivir, sino que quedarán bajo vergüenza y desprecio eterno.

El propósito de Cristo al juzgar a estos engañadores era enseñarles algo a los demás, especialmente a sus iglesias. Dice: «Todas las iglesias sabrán que yo soy el que examina la mente y el corazón, y les daré a cada uno según sus obras». Dios se da a conocer por medio de los juicios que ejecuta. En este acto de juicio muestra dos cosas: su conocimiento perfecto del corazón humano y su justicia imparcial al recompensar a cada persona según sus obras. Llamarse cristiano no protegerá a nadie, y pertenecer a una iglesia no convertirá a la iglesia en un refugio para el pecado.

Finalmente, Cristo consuela a quienes se mantienen limpios de estos errores. Dice: «A ustedes y a los demás» (Apocalipsis 2:24). Los engañadores llamaban a sus enseñanzas «cosas profundas», como si fueran secretos profundos y como si los propios ministros del pueblo carecieran de entendimiento. Pero Cristo las llama «las cosas profundas de Satanás», es decir, los engaños, las mentiras y los secretos malvados de Satanás. Existe un misterio del pecado, así como existe el gran misterio de la piedad, y es peligroso tanto rechazar la verdad de Dios como aceptar los secretos de Satanás.

Cristo muestra gran ternura hacia sus siervos fieles. En efecto, les dice: «No les impondré otra carga». No los abrumará con nuevas doctrinas ocultas ni con nuevas leyes. Solo les pide que se mantengan firmes en lo que ya tienen hasta que él venga (Apocalipsis 2:24, Apocalipsis 2:25).

Lo único que les pide es que conserven lo que ya han recibido. Deben sostenerlo con firmeza hasta que él venga; no les pide nada más. Cristo viene para poner fin a todas las pruebas de su pueblo. Si conservan la fe y una conciencia limpia hasta que él venga, toda dificultad y todo peligro habrán terminado.

Ahora llegamos al cierre de este mensaje, en Apocalipsis 2:26-29. Allí vemos la promesa de una gran recompensa para el creyente que persevera y obtiene la victoria, presentada en dos partes. Primero, recibirá gran poder y autoridad sobre el resto del mundo. Esto puede señalar el tiempo en que el imperio llegó a ser cristiano y el mundo quedó bajo el gobierno de un emperador cristiano, como en los días de Constantino; o puede referirse a la vida venidera, cuando los creyentes se sentarán con Cristo en su trono de juicio y participarán con él en juzgar, condenar y entregar al castigo a los enemigos de Cristo y de la iglesia. Los rectos gobernarán al amanecer.

Segundo, recibirán el conocimiento y la sabiduría adecuados para ejercer ese poder y esa autoridad: «Le daré la estrella de la mañana». Cristo mismo es la estrella de la mañana. Él trae el día al alma, la luz de la gracia y de la gloria. Dará a su pueblo toda la luz y la sabiduría necesarias para el honor y la autoridad que tendrá en la mañana de la resurrección.

Esta carta termina con el llamado habitual a prestar atención: «El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias». En las cartas anteriores, este llamado aparece antes de la promesa final. Aquí, y en las cartas que siguen, aparece después. Esto nos recuerda que debemos escuchar las promesas de Cristo, así como sus mandatos a las iglesias.

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