Versículo destacado

Apocalipsis 2:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Escribe al ángel de la iglesia de Esmirna: Esto dice el primero y el último, el que estuvo muerto y está vivo: "

Apocalipsis 2:8

menu_book El versículo en contexto

6 Pero tienes esto: odias las obras de los nicolaítas, las cuales yo también odio.

7 El que tenga oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venza le daré a comer del árbol de la vida, que está en medio del paraíso de Dios.

8 Escribe al ángel de la iglesia de Esmirna: Esto dice el primero y el último, el que estuvo muerto y está vivo:

9 Conozco tus obras, tu tribulación y tu pobreza (pero eres rico), y conozco la blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son, sino que son la sinagoga de Satanás.

10 No temas ninguna de las cosas que vas a sufrir. Mira, el diablo echará a algunos de ustedes en la cárcel para que sean puestos a prueba, y tendrán tribulación durante diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré una corona de vida.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Ahora pasamos a la segunda carta enviada a una de las iglesias de Asia. Como antes, debemos fijarnos en sus partes inicial y final. Primero, el destinatario indica a quién va dirigida la carta: «Escribe al ángel de la iglesia de Esmirna», una ciudad que todavía se conoce hoy y que era famosa por su comercio y riqueza. Es posible que sea la única de las siete ciudades que aún conserva el mismo nombre, aunque ya no está identificada con una iglesia cristiana, pues el islam llegó a predominar allí.

Segundo, se presenta el título de nuestro Señor Jesucristo: «el primero y el último, el que estuvo muerto y está vivo» (Apocalipsis 1:17-18). Jesucristo es el primero y el último. Nuestra vida en este mundo es breve, pero nuestro Redentor está desde el principio hasta el fin. Él es el primero porque todas las cosas fueron hechas por medio de él; estaba antes de todas las cosas con Dios, y él mismo es Dios. Es el último porque todas las cosas fueron hechas para él, y él será el Juez de todos.

Este es ciertamente un título que pertenece a Dios, desde la eternidad y para siempre. También pertenece al Mediador inmutable, aquel que está entre Dios y los seres humanos: Jesús, el mismo ayer, hoy y por los siglos. Él fue el primero porque, por medio de él, se estableció el fundamento de la iglesia en los patriarcas, los primeros líderes de la familia del pueblo de Dios. Es el último porque, por medio de él, se colocará la última piedra al final de los tiempos.

Él estuvo muerto y está vivo. Estuvo muerto porque murió por nuestros pecados. Está vivo porque resucitó para nuestra justificación, es decir, para que fuéramos considerados justos delante de Dios, y porque vive para siempre para interceder por nosotros. Estuvo muerto y, por medio de su muerte, compró nuestra salvación. Está vivo y, por medio de su vida, aplica esa salvación a nosotros. Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios mediante la muerte de su Hijo, mucho más, ya reconciliados, seremos salvos por su vida. Recordamos su muerte en la Cena del Señor, y su resurrección y vida cada Día del Señor.

El mensaje principal de esta carta a Esmirna viene después de que Cristo muestra que conoce todo lo que hacen las personas, y especialmente todo lo que hacen sus iglesias. Primero, reconoce el crecimiento que habían experimentado en las cosas espirituales. Esto se expresa en una breve frase, pero con mucha fuerza: «Pero tú eres rico» (Apocalipsis 2:9). Eran pobres en lo material, pero ricos en lo espiritual; pobres ante el mundo y, sin embargo, ricos en gracia. Sus riquezas espirituales resaltaban frente a su pobreza exterior. Muchas personas ricas en los bienes de este mundo son pobres en las cosas espirituales. Ese era el caso de Laodicea.

Algunas personas son pobres por fuera, pero ricas por dentro: ricas en fe y buenas obras, ricas en privilegios, ricas en promesas y dádivas, ricas en esperanza y ricas en lo que un día recibirán. Por lo general, las riquezas espirituales son fruto del esfuerzo constante. La mano diligente enriquece. Cuando hay abundancia espiritual, la pobreza exterior se puede soportar con mayor facilidad. Y cuando Dios hace que su pueblo sea pobre en lo material por causa de Cristo y de una buena conciencia, compensa esa pérdida con riquezas espirituales, que satisfacen mucho más y permanecen para siempre.

Segundo, Cristo conoce sus sufrimientos: «Yo conozco tu tribulación y tu pobreza». Esto se refiere a la persecución que soportaban, incluso hasta la pérdida de sus bienes. Quienes desean ser fieles a Cristo deben esperar muchas dificultades en este mundo. Pero Jesucristo presta especial atención a todos sus sufrimientos. En toda su aflicción, él sufre con ellos. Él hará que quienes los afligen reciban aflicción, pero a los que son afligidos les dará descanso junto con él.

Tercero, conoce la maldad y las mentiras de sus enemigos: «Yo conozco la blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son». Eran personas que afirmaban ser las únicas que pertenecían de manera especial al pacto de Dios, como los judíos se habían jactado en otro tiempo, incluso después de que Dios los hubiera rechazado. O quizá eran personas que intentaban restablecer ritos y ceremonias judías que ya no solo eran antiguas, sino que habían sido dejadas atrás. Tales personas pueden afirmar que solo ellas son la iglesia de Dios en el mundo, cuando en realidad son la sinagoga de Satanás.

Observemos que, así como Cristo tiene una iglesia en el mundo, el Israel espiritual de Dios, el diablo también tiene su sinagoga. Toda reunión establecida contra las verdades del evangelio y dedicada a difundir errores mortales es una sinagoga de Satanás. También lo es toda reunión establecida contra la pureza y la naturaleza espiritual de la adoración del evangelio, que difunde ideas y ritos humanos que nunca provinieron de Dios. El diablo gobierna esas asambleas, obra en ellas, las utiliza para sus propios intereses y recibe de ellas un honor terrible.

Que tales grupos se llamen a sí mismos la iglesia o el Israel de Dios es una blasfemia. Dios es profundamente deshonrado cuando su nombre se usa para respaldar la obra de Satanás. Él aborrece profundamente esta blasfemia y castigará con justicia a quienes persistan en ella.

Cuarto, Cristo conoce de antemano las pruebas futuras de su pueblo, le advierte sobre ellas y lo prepara para lo que viene. Les anuncia las pruebas futuras: «El diablo va a echar a algunos de ustedes en la cárcel, y tendrán tribulación» (Apocalipsis 2:10). El pueblo de Dios debe esperar una dificultad tras otra en este mundo, y con frecuencia sus problemas se vuelven más pesados. Ya habían sido empobrecidos por causa del sufrimiento, y ahora tendrían que ser encarcelados. Es el diablo quien incita a sus instrumentos, las personas malvadas, a perseguir al pueblo de Dios. Los tiranos y perseguidores son herramientas del diablo, aunque también actúan movidos por su propia maldad y no saben que están siendo impulsados por un odio diabólico.

Cristo también los prepara para esas dificultades que se acercan. Primero, les da este consejo: «No tengas miedo de ninguna de esas cosas». No es solo una orden, sino una palabra que fortalece. No se limita a prohibir el temor débil; también lo calma y da valor al alma. Segundo, muestra cómo su sufrimiento será aliviado y limitado. No les sobrevendrá a todos, sino solo a algunos: a quienes puedan soportarlo mejor y quizá necesiten ser visitados y consolados por los demás. Tampoco durará para siempre, sino por un tiempo establecido: diez días. No será un sufrimiento interminable, porque el tiempo será acortado por causa de los escogidos. Además, será una prueba, no una destrucción, para que su fe, paciencia y valor sean comprobados, fortalecidos y demostrados para honra y gloria.

Tercero, les da una recompensa gloriosa por su fidelidad: «Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida». Observemos la certeza de la recompensa: «Yo te daré». Él lo ha dicho y tiene poder para cumplirlo. Lo ha prometido y cumplirá su promesa. Recibirán la recompensa de su propia mano, y ninguno de sus enemigos podrá arrebatársela ni quitársela de la cabeza. También debemos notar lo apropiada que es la recompensa: es una corona que corresponde a su pobreza, a su fidelidad y a su lucha.

La corona de la vida es la recompensa de quienes permanecen fieles hasta la muerte, conservan la fe hasta el final y entregan su propia vida por Cristo. La vida que se desgasta al servicio de Cristo o que se entrega por causa de él será recompensada con otra vida, mucho mejor que esta y eterna.

La conclusión de este mensaje también llama a todos a escuchar. Todas las personas, todo el mundo, deben oír lo que ocurre entre Cristo y sus iglesias: cómo las elogia, las consuela, reprende sus fracasos y recompensa su fidelidad. A todos los habitantes de la tierra les conviene observar cómo trata Dios a su propio pueblo, porque el mundo entero puede aprender de ello sabiduría e instrucción.

También hay una promesa llena de gracia para el cristiano que vence: «El que vence no sufrirá daño de la segunda muerte» (Apocalipsis 2:11). Debemos notar que no existe solamente una primera muerte, sino también una segunda muerte, una muerte que viene después de que el cuerpo ha muerto.

Esta segunda muerte es mucho peor que la primera, tanto por su sufrimiento como por su duración. Es la muerte eterna del alma: morir sin llegar jamás al final, sin ningún consuelo que alivie su agonía. Es verdaderamente dañina, y en realidad mortal, para todos los que caen bajo su poder.

Cristo salvará de esta muerte destructora a todos sus siervos fieles. La segunda muerte no tendrá poder sobre quienes participan en la primera resurrección. La primera muerte no les hará daño, y la segunda muerte tampoco les hará daño.

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