Versículo destacado
Números 11:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El SEÑOR dijo a Moisés: Reúne para mí a setenta hombres de los ancianos de Israel, a quienes tú sabes que son ancianos del pueblo y oficiales sobre ellos. Llévalos al tabernáculo de reunión, para que estén allí contigo. "
Números 11:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 Yo solo no puedo soportar a todo este pueblo, porque es una carga demasiado pesada para mí.
15 Si vas a tratarme así, te ruego que me mates de inmediato, si he hallado favor ante tus ojos, y no permitas que vea mi desgracia.
16 El SEÑOR dijo a Moisés: Reúne para mí a setenta hombres de los ancianos de Israel, a quienes tú sabes que son ancianos del pueblo y oficiales sobre ellos. Llévalos al tabernáculo de reunión, para que estén allí contigo.
17 Yo descenderé y hablaré contigo allí. Tomaré del espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos. Ellos llevarán contigo la carga del pueblo, para que no la lleves tú solo.
18 Y di al pueblo: Santifíquense para mañana, y comerán carne, porque han llorado a oídos del SEÑOR, diciendo: ‘¿Quién nos dará carne para comer? Porque nos iba bien en Egipto’. Por eso, el SEÑOR les dará carne, y ustedes comerán.
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Aquí vemos la respuesta bondadosa de Dios a las dos quejas anteriores. Su bondad aprovecha la ocasión creada por el pecado y la debilidad humanas para manifestarse con mayor claridad.
Primero, Dios alivia la carga de Moisés, el líder de Israel, quien se queja de que gobernar al pueblo es demasiado pesado para él. Dios no lo destituye, aunque eso habría sido merecido si Dios lo hubiera juzgado estrictamente. En cambio, le da ayudantes que, como dice el apóstol, son «ayudas para gobernar» (1 Corintios 12:28). Ellos no tienen el propósito de disminuir la honra de Moisés, sino de hacer más ligera su labor y ayudarlo a llevar la carga del pueblo.
Para que esta ayuda fuera adecuada y útil, Dios le indicó a Moisés que escogiera personalmente a los hombres (Números 11:16). El pueblo estaba demasiado enojado, inquieto e inestable como para confiarle esa elección. Moisés debía estar conforme con la selección, para que después no se quejara de ella. Debía escoger a setenta hombres, el mismo número de personas que habían bajado a Egipto. Tenían que ser hombres que él supiera que eran ancianos, es decir, hombres sabios y experimentados. Los que ya habían servido bien como jefes de mil y de cien (Éxodo 18:25) ahora recibirían un rango mayor. Debían ser verdaderos ancianos, no solo hombres que llevaran ese título, sino hombres que realmente cumplieran esa función.
También leemos acerca de setenta ancianos que subieron con Moisés al monte Sinaí (Éxodo 24:1), pero aquellos fueron designados solo para ese acontecimiento. Estos hombres fueron nombrados para un servicio permanente. Años después, el Sanedrín judío, su tribunal más alto, estaba compuesto por setenta hombres. Parece que nuestro Señor tenía esto en mente cuando escogió a setenta discípulos para ayudar a los apóstoles (Lucas 10).
Dios también promete capacitar a estos hombres para la tarea. Si no eran aptos para el trabajo, él los haría aptos; de lo contrario, podrían estorbar a Moisés en vez de ayudarlo (Números 11:17). Moisés le había hablado a Dios con demasiada dureza, pero Dios no rompe la comunión con él. Dios tiene mucha paciencia con nosotros, y nosotros debemos tener paciencia unos con otros. En efecto, Dios le dice que bajará y hablará con Moisés cuando este esté más tranquilo. Tomará algo del mismo espíritu de sabiduría, piedad y valor que estaba en Moisés y lo pondrá sobre ellos.
Esto no significa que Moisés tendría menos del Espíritu porque otros compartirían de él, ni que los demás llegarían a ser iguales a Moisés. Moisés seguiría siendo incomparable (Deuteronomio 34:10). Pero ellos recibirían suficiente espíritu de gobierno para la posición que ocuparían, y un espíritu de profecía que demostraría que Dios realmente los había llamado, pues Israel era gobernado como una teocracia, una nación gobernada directamente por Dios. Esto nos enseña que Dios también capacita para cualquier obra a quienes usa en ella. Si una persona no cuenta con cierto grado de aptitud, no debe pensar que realmente ha sido llamada. También nos recuerda que todo buen regalo viene de Dios, el Padre de las luces.
Segundo, incluso se cumplirán los deseos del pueblo quejumbroso, para que toda boca quede cerrada. Se les dice que se santifiquen (Números 11:18), es decir, que se preparen para encontrarse con Dios de una manera que mostrará tanto misericordia como juicio: «Prepárate para encontrarte con tu Dios, oh Israel» (Amós 4:12). Dios dice, o más bien amenaza, que tendrán toda la carne que desean. Durante un mes entero no solo serán alimentados, sino que tendrán un banquete de carne, además del maná diario. Si no tienen más control de sus apetitos del que han demostrado hasta ahora, terminarán hartándose de ella (Números 11:19-20). Comerán hasta que les salga por las narices y les resulte repugnante.
Esto muestra lo vacíos que son los placeres de los sentidos. Pueden cansarnos, pero no pueden satisfacernos de verdad. Los placeres espirituales son diferentes. Así como este mundo pasa, también pasan sus deseos pecaminosos (1 Juan 2:17). Lo que las personas desean con avidez durante un momento pronto puede resultarles repulsivo. También muestra lo desagradables que son la glotonería y la borrachera. Estos pecados fuerzan al cuerpo más allá de lo que puede soportar y convierten en enfermedad lo que debería producir salud. Se castigan a sí mismos, aunque ese no es el único juicio que traen. También muestra cuán justo es que Dios haga repugnante para las personas aquello que desearon de manera desordenada. Dios podía hacer que odiaran la carne tanto como habían odiado el maná.
Entonces Moisés objeta que tal promesa parece imposible de cumplir (Números 11:21-22). Su pregunta se parece mucho a la que más tarde hicieron los discípulos: «¿De dónde podrá alguien conseguir suficiente pan para alimentar a toda esta gente?» (Marcos 8:4). Algunos intentan justificar a Moisés y dicen que solo estaba preguntando de dónde vendría el alimento. Pero sus palabras todavía suenan demasiado parecidas a la duda y la desconfianza en Dios. Moisés señala la cantidad de personas, como si el Dios que les había dado pan a todos no pudiera también proporcionarles carne. Piensa en carne de animales o de peces, porque son fuentes grandes de alimento, sin darse cuenta de que incluso las aves serían suficientes. Dios no ve como ve el ser humano, y sus pensamientos son más altos que los nuestros. Moisés también señala el gran apetito del pueblo y pregunta cómo podría ser suficiente para todos. Incluso los creyentes firmes tienen dificultades para confiar en Dios cuando las circunstancias visibles parecen estar en su contra. Es difícil creer contra toda esperanza cuando todas las causas secundarias y todos los medios visibles parecen decir lo contrario. El propio Moisés apenas podía evitar decir: «¿Puede Dios preparar una mesa en el desierto?», cuando esa era la queja común a su alrededor. Esto fue una muestra de debilidad en él.
Dios le da una respuesta breve, pero completa: «¿Acaso se ha acortado la mano del SEÑOR?» (Números 11:23). Si Moisés hubiera recordado todas las obras poderosas del Altísimo, no habría expresado esas dudas. Dios le recuerda esas obras, porque aquella objeción en realidad cuestionaba el poder divino, el mismo poder que Moisés había visto tantas veces y del cual incluso había sido instrumento. ¿Acaso Dios no había enviado las plagas sobre Egipto, dividido el mar, sacado agua de la roca y hecho llover pan desde el cielo? ¿Había fallado ese poder? ¿Era Dios ahora más débil que antes o estaba cansado de lo que había hecho?
Sin importar lo que nuestros corazones incrédulos puedan sugerir, la mano de Dios no se ha acortado. Nada puede limitar su poder, excepto su propia voluntad, y para él nada es imposible. La mano que mide las aguas, marca los límites de los cielos (Isaías 40:12) y sostiene los vientos en su mano (Proverbios 30:4) no se ha acortado. Tampoco se ha debilitado con el paso del tiempo. Dios es tan poderoso como siempre. No se desmaya ni se cansa. Esta verdad basta para silenciar nuestra desconfianza cuando nos faltan los medios. «¿Acaso hay algo demasiado difícil para el SEÑOR?» Dios lleva a Moisés de nuevo a esta verdad fundamental y le enseña una vez más el antiguo nombre de Dios: el Señor Dios Todopoderoso. Luego pone el asunto a prueba: Moisés verá si la palabra de Dios se cumple o no.
Esto muestra que Dios valora su palabra por encima de todo su nombre, en el sentido de que sus obras siempre corresponden a lo que dice. Cuando Dios habla, sucede.
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De este capítulo
Números 11:1
"Cuando el pueblo se quejó, esto desagradó al SEÑOR; el SEÑOR lo oyó, y su ira se encendió. Entonces el fuego del SEÑOR ardió entre ellos y consumió a los que estaban en los extremos del campamento."
Números 11:2
"El pueblo clamó a Moisés, y cuando Moisés oró al SEÑOR, el fuego se apagó."
Números 11:3
"Y llamó aquel lugar Tabera, porque el fuego del SEÑOR ardió entre ellos."
Números 11:4
"La multitud mezclada que estaba entre ellos sintió un intenso deseo; también los hijos de Israel volvieron a llorar y dijeron: «¿Quién nos dará carne para comer?»"
Números 11:5
"Recordamos el pescado que comíamos gratuitamente en Egipto, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos."
Números 11:6
"Pero ahora nuestra alma está reseca; no hay absolutamente nada ante nuestros ojos, aparte de este maná."
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