Versículo destacado
Números 11:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" La multitud mezclada que estaba entre ellos sintió un intenso deseo; también los hijos de Israel volvieron a llorar y dijeron: «¿Quién nos dará carne para comer?» "
Números 11:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 El pueblo clamó a Moisés, y cuando Moisés oró al SEÑOR, el fuego se apagó.
3 Y llamó aquel lugar Tabera, porque el fuego del SEÑOR ardió entre ellos.
4 La multitud mezclada que estaba entre ellos sintió un intenso deseo; también los hijos de Israel volvieron a llorar y dijeron: «¿Quién nos dará carne para comer?»
5 Recordamos el pescado que comíamos gratuitamente en Egipto, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos.
6 Pero ahora nuestra alma está reseca; no hay absolutamente nada ante nuestros ojos, aparte de este maná.
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Estos versículos muestran hasta qué punto se había desordenado la situación en Israel. El pueblo estaba inquieto, y también lo estaba su líder. Aquí vemos al pueblo quejándose y hablando contra Dios mismo, como explica Salmo 78:19, a pesar de que Dios les había mostrado su gloria y les había ayudado.
El problema comenzó con la multitud mezclada que había salido de Egipto junto con Israel, y después se extendió a los mismos israelitas. Esa multitud estaba formada por personas que se habían unido a Israel con la esperanza de llegar a la tierra prometida, pero no de pasar por las duras pruebas del camino. Eran como acompañantes interesados: se habían unido al viaje porque no sabían vivir bien en su propia tierra y querían una vida mejor en otro lugar. Personas así pueden causar mucho daño aun en las mejores comunidades si no se les pone freno ni se les desalienta.
Aun así, los hijos de Israel se unieron a ellos. El pueblo santo se juntó con quienes estaban actuando perversamente. La multitud mezclada no era contada entre Israel, sino que estaba separada como un grupo al que Dios no había escogido para recibir un trato especial. Sin embargo, Israel olvidó su llamado y su identidad, y siguió su ejemplo, como si los excluidos del campamento debieran dirigir al campamento mismo. Un pueblo tan cercano a Dios y tan favorecido por él todavía terminó avergonzándolo. Por eso nadie debe pensar que una profesión externa de fe o un privilegio espiritual lo protegerá de la tentación o del juicio, como advierten 1 Corintios 10:1, 10:2 y 10:12.
Su pecado consistió en desear con avidez y quejarse. Acababan de ser corregidos por ese mismo pecado, y muchos ya habían muerto bajo el juicio de Dios; sin embargo, volvieron directamente a lo mismo. Alababan la comida que tenían en Egipto como si Dios les hubiera hecho mal al sacarlos de allí. Cuando estaban en Egipto, gemían bajo una esclavitud pesada, pero ahora hablaban como si hubieran vivido como príncipes. Recordaban los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos, pero olvidaban los hornos de ladrillos, los capataces, los gritos de los oprimidos y el látigo.
También se cansaron del buen alimento que Dios les había dado. Su comida era el maná, pan del cielo y alimento de ángeles; la descripción de Números 11:7-9 muestra lo injustificada que era su queja. Era bueno para comer, agradable a la vista, saludable y nutritivo. Era gratuito, pues caía mientras ellos dormían, y llegaba por el poder y la bondad inmediatos de Dios, no por medios ordinarios. Cada mañana estaba fresco y, mientras lo comían, vivían como personas casi liberadas de la maldición de que el ser humano debe comer el pan con el sudor de su rostro. Aun así, hablaban de él con desprecio y decían: «Se nos ha quitado el apetito». Los corazones descontentos siempre encuentran algo de qué quejarse, aun de los regalos que son mejores de lo que merecen.
Tampoco estaban satisfechos si no tenían carne. Habían sacado de Egipto grandes rebaños y manadas, pero quizá no querían sacrificar sus animales porque deseaban conservar sus riquezas, o quizá querían algo más refinado que la carne común. El pan no era suficiente; la comida tampoco: querían un banquete. Ya habían comido de las ofrendas de paz y habían participado de la mesa de Dios, pero eso todavía no les bastaba. Esto muestra cuán fuerte es la mentalidad carnal cuando insistimos en llevar cada placer al nivel más alto. Proverbios 23:1-3 nos advierte que no debemos desear con avidez los alimentos exquisitos. Si Dios nos da lo necesario, debemos estar agradecidos, aunque no tengamos lo mejor de cada manjar.
También dudaron de que Dios pudiera proveer para ellos. «¿Quién nos dará carne para comer?» significaba, en realidad, que no creían que Dios pudiera hacerlo. Sin embargo, él ya les había dado carne antes, cuando lo consideró oportuno, como en Éxodo 16:13. Podían haber esperado que volviera a mostrarles esa misericordia si hubieran orado en vez de quejarse. Ofendemos a Dios cuando nuestros deseos se extienden más allá de nuestra fe. Además, fueron impacientes y exigentes: deseaban con tanta intensidad que volvieron a llorar de frustración. No llevaron ese deseo a Dios, sino que querían satisfacerse por cualquier otro medio. No debemos alimentar ningún deseo que no podamos convertir sinceramente en una oración, como se dice en Salmo 78:18 acerca de pedir comida para satisfacer sus propios antojos.
Por este pecado, el Señor se enojó mucho contra ellos. La Escritura lo registra como una advertencia para nosotros, para que no deseemos cosas malas como ellos lo hicieron (1 Corintios 10:6). La carne es un buen regalo, y las personas pueden comerla legítimamente. Sin embargo, se dice que ellos desearon cosas malas porque algo que en sí mismo es lícito se vuelve incorrecto cuando Dios no nos lo ha dado y aun así seguimos anhelándolo.
Moisés mismo, aunque era un hombre muy humilde y bueno, se alteró ante esta situación. Moisés estaba disgustado. Debemos reconocer que la queja del pueblo era muy grave. Sus murmuraciones deshonraban a Dios, y Moisés también sentía los insultos dirigidos contra él. Sabía que estaba haciendo todo lo posible por el bien del pueblo y que no podía hacer nada aparte de la dirección de Dios. Aun así, estar constantemente agotado por personas tan irrazonables e ingratas habría puesto a prueba el temperamento de cualquiera, incluso el de Moisés. Dios entendió esto, y no leemos que lo haya reprendido por sentirse afligido.
Con todo, Moisés habló de maneras que no eran apropiadas para él, y en sus quejas no cumplió plenamente con su deber hacia Dios y hacia Israel. No valoró lo suficiente el honor que Dios le había concedido al convertirlo en un siervo extraordinario de su poder y su gracia para liberar y guiar a aquel pueblo especial. Ese honor debió haber sido suficiente para superar la carga. También se quejó demasiado de una dificultad real, pero pequeña, y tomó demasiado a pecho el ruido y el cansancio. Si no podía soportar la tarea de gobernar, que era como correr con soldados de a pie, ¿cómo soportaría los terrores de la guerra, que serían como enfrentarse con caballos?
Podía haber encontrado muchas razones para tomar a la ligera las quejas del pueblo y no darles tanta importancia. También parece haber exagerado sus propios esfuerzos, como si toda la carga del pueblo descansara únicamente sobre él, cuando en realidad Dios se la estaba aliviando. Moisés no necesitaba preocuparse por encontrarles alojamiento ni comida, porque Dios proveía esas cosas. Y si surgía un asunto difícil, tampoco tenía que desesperarse, porque contaba con la palabra de Dios para consultarla, con la sabiduría de Dios para guiarlo, con la autoridad de Dios para respaldarlo y con el poder de Dios para distribuir recompensas y castigos.
Tampoco parecía tener tan presente como debía el deber que Dios le había impuesto. Como ellos no eran sus propios hijos, dio a entender que no estaba obligado a cuidarlos como un padre, aunque Dios lo había nombrado para actuar como padre de ellos. Además, asumió demasiado sobre sí mismo cuando preguntó: «¿De dónde voy a sacar carne para darles?» (Números 11:13), como si él fuera quien debía proveer para la casa y no Dios. Moisés no les dio el pan (Juan 6:32), y nunca se esperaba que les diera carne excepto como instrumento de Dios. Si quiso decir: «¿De dónde va Dios a sacar carne para ellos?», entonces estaba limitando el poder del Santo de Israel.
Habló con desconfianza cuando desesperó de poder soportar a todo aquel pueblo (Números 11:14). Si la tarea hubiera sido mucho más pequeña, no habría podido realizarla con sus propias fuerzas. Pero si hubiera sido mucho mayor, habría podido cumplirla con Dios fortaleciéndolo. Lo peor de todo fue que deseó apasionadamente morir y pidió que lo mataran de una vez porque, en ese momento, la vida se le había vuelto demasiado difícil (Números 11:15). ¿Este era Moisés, el hombre más humilde de toda la tierra? Aun los mejores creyentes tienen debilidades y a veces fallan precisamente en la virtud por la que más se les conoce.
Sin embargo, Dios pasó por alto con bondad el estallido de Moisés en aquella ocasión, así que no debemos juzgarlo con dureza. Más bien, debemos orar: «Señor, no nos dejes caer en tentación».
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De este capítulo
Números 11:1
"Cuando el pueblo se quejó, esto desagradó al SEÑOR; el SEÑOR lo oyó, y su ira se encendió. Entonces el fuego del SEÑOR ardió entre ellos y consumió a los que estaban en los extremos del campamento."
Números 11:2
"El pueblo clamó a Moisés, y cuando Moisés oró al SEÑOR, el fuego se apagó."
Números 11:3
"Y llamó aquel lugar Tabera, porque el fuego del SEÑOR ardió entre ellos."
Números 11:5
"Recordamos el pescado que comíamos gratuitamente en Egipto, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos."
Números 11:6
"Pero ahora nuestra alma está reseca; no hay absolutamente nada ante nuestros ojos, aparte de este maná."
Números 11:7
"El maná era como semilla de cilantro, y su color era como el color del bedelio."
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