Versículo destacado

Job 25:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces Bildad el suhita respondió y dijo: "

Job 25:1

menu_book El versículo en contexto

1 Entonces Bildad el suhita respondió y dijo:

2 El dominio y el temor están con él; él establece la paz en sus lugares altos.

3 ¿Acaso tienen número sus ejércitos? ¿Y sobre quién no se levanta su luz?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A Bildad se le pueden reconocer aquí dos cosas. Primero, deja de discutir sobre el asunto en el que él y Job no estaban de acuerdo. Tal vez empezó a pensar que Job tenía razón, y entonces fue honesto dejar de hablar, porque le importaba más la verdad que ganar la discusión. O, si todavía creía tener la razón, al menos supo cuándo era suficiente y no siguió peleando solo para quedarse con la última palabra. Quizá él y los demás también se dieron cuenta de que Job y ellos no diferían tanto como al principio habían pensado. Todos admitían que los malvados pueden prosperar por un tiempo, y Job reconocía que al final serían destruidos. Si las personas se entendieran mejor, podrían descubrir que piensan de manera más parecida de lo que esperaban.

Segundo, Bildad habla correctamente sobre el punto en que él y Job estaban de acuerdo. Si nuestro corazón estuviera más lleno de asombro ante Dios y de humildad respecto a nosotros mismos, no discutiríamos con tanta facilidad por asuntos inciertos o secundarios. Bildad usa dos maneras de exaltar a Dios y poner al ser humano en su debido lugar.

Primero muestra cuán grande es Dios, y a partir de ahí muestra cuán culpable e impuro es el ser humano delante de él (Job 25:2-4). Dios es el Señor soberano de todo, y con él están el poder y el temor santo. Tiene derecho a gobernar porque él dio existencia a todas las cosas, y puede hacer cumplir cada ley que establece. Él hizo todo, así que tiene plena autoridad para dirigirlo como quiere. Todo lo que decide hacer, lo hace, y nadie puede decirle: «¿Qué estás haciendo?» o «¿Por qué haces esto?» (Daniel 4:35). Como gobierna sobre todas las cosas, es tanto el dueño como el gobernante de toda la creación. Todo le pertenece y todo está bajo su mandato. Por eso deben temerle —es decir, honrarlo y obedecerlo— todos los que lo conocen. Los serafines se cubren el rostro delante de él. Al final, todos serán llevados a temerle. El poder humano suele ser débil y con frecuencia es objeto de burla, pero el poder de Dios siempre inspira reverencia.

Los seres santos del cielo lo obedecen plenamente y aceptan su voluntad sin resistirse. La expresión «él establece la paz en sus alturas» significa que el cielo permanece perfectamente tranquilo y ordenado bajo su gobierno. Los ángeles nunca discuten con Dios ni entre ellos. Cumplen con gusto su voluntad, sin quejarse ni debatir. Así, la voluntad de Dios se hace en el cielo, y oramos para que también se haga en la tierra. El sol, la luna y las estrellas siguen sus trayectorias sin chocar. Incluso aquí abajo, donde con frecuencia se levantan tormentas, Dios puede ordenar la paz y convertir la tempestad en calma (Salmo 107:29; Salmo 65:7). Observemos que las alturas le pertenecen, porque «los cielos, sí, los cielos más altos, pertenecen al Señor» (Salmo 115:16). La paz es obra de Dios. Dondequiera que existe una paz verdadera, él es quien la produce (Isaías 57:19). En el cielo hay paz perfecta porque hay santidad perfecta, y porque allí está Dios mismo, que es amor.

También es un Dios de poder irresistible: tiene innumerables ejércitos (Job 25:3). En parte, medimos la grandeza de un gobernante por el tamaño de su ejército. Dios no solo es todopoderoso en sí mismo, sino que también tiene incontables ejércitos bajo su mando. Son como tropas permanentes que nunca dejan el servicio, tropas disciplinadas que nunca fallan, tropas veteranas entrenadas durante mucho tiempo en su obra y tropas victoriosas que jamás pierden. Todas las criaturas son sus huestes, especialmente los ángeles. Él es el Señor de los ejércitos, el Señor de todas las fuerzas. Sin embargo, aunque tiene innumerables ejércitos, establece la paz. Podría hacer guerra contra nosotros, pero está dispuesto a estar en paz con nosotros. Incluso el ejército celestial fue enviado para anunciar paz en la tierra y buena voluntad para con la humanidad (Lucas 2:14).

Su cuidado llega a todas partes. La luz del sol se extiende por todo el mundo y, a lo largo del año, alcanza cada lugar. Esto es apenas una imagen débil del conocimiento universal de Dios y de su cuidado por toda la creación (Salmo 19:6; Mateo 5:45). Todo vive bajo la luz de su entendimiento y está descubierto delante de él. Todo también disfruta de la luz de su bondad. Probablemente esto es lo que se destaca especialmente aquí. Él es bueno con todos, y la tierra está llena de su bondad. Es el ser supremo y también el más grande. Tiene poder para destruir, pero decide mostrar misericordia. Todas las criaturas viven gracias a su bondad.

A partir de esto, Bildad presenta una visión humilde, pero verdadera, del ser humano: nadie puede ser declarado justo delante de Dios ni ser limpio ante él (Job 25:4). El ser humano no solo es pequeño, sino también pecador. No solo es terrenal, sino impuro. No puede ser justificado —es decir, demostrado justo y aceptado— en comparación con Dios. La justicia y la santidad humanas, aun en su mejor estado, no son nada al lado de la santidad de Dios (Salmo 89:6). El ser humano tampoco puede enfrentarse a Dios en un debate. Todo el que discute contra la palabra y la providencia de Dios terminará perdiendo. Dios será reconocido como justo, y el ser humano quedará en evidencia como culpable (Salmo 51:4; Romanos 3:4). El juicio de Dios no contiene error; por eso no existe una objeción válida contra él ni un tribunal superior al cual apelar.

¿Y cómo puede el ser humano presentarse delante de Dios? Si Dios es tan grande y glorioso, una persona culpable e impura no puede comparecer ante él por sus propios medios. Por nuestros pecados reales estamos expuestos a la justicia de Dios y no podemos justificarnos delante de él. No podemos decir: «No soy culpable», ni tenemos méritos propios con los cuales compensar nuestra culpa. La Escritura ya ha declarado que todas las personas están bajo el pecado. Debido a que nacemos de una naturaleza humana caída, somos impuros a los ojos de Dios. Él ve nuestra corrupción, y esa corrupción nos hace incapaces de tener comunión con él en su gracia ahora o de contemplarlo y disfrutar de su presencia en la gloria futura. Por eso necesitamos nacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo, y ser lavados una y otra vez en la sangre de Cristo, esa fuente abierta para la limpieza.

Después, Bildad muestra que aun los cuerpos celestes son tenues y deficientes cuando se comparan con Dios, y a partir de eso muestra cuán pequeño e insignificante es el ser humano.

Los astros del cielo son criaturas hermosas, pero delante de Dios son como terrones de tierra (Job 25:5). Pensemos en la luna, brillante en su resplandor, y en las estrellas, esas gloriosas lámparas del cielo que tantos pueblos paganos admiraron hasta el punto de adorarlas. A los ojos de Dios, y en comparación con él, no son puras ni poseen gloria. Su belleza se desvanece junto a la gloria superior de Dios, como una vela pierde su luz cuando se coloca bajo la plena luz del sol.

La gloria de Dios, manifestada en sus obras y en su gobierno, eclipsa aun a las cosas creadas más brillantes (Isaías 24:23). «La luna se avergonzará y el sol se confundirá, porque el Señor de los ejércitos reinará en el monte Sion». Las nubes suelen ocultar los cuerpos celestes, y podemos ver claramente manchas en la luna. Con lentes potentes, a veces incluso podemos distinguir manchas en el sol. Pero Dios ve en ellos defectos que nosotros no vemos. Por eso Job no podía hablar con tanta confianza delante de Dios, pues Dios quizá veía en él algo incorrecto que Job mismo no había notado.

Los seres humanos, aunque son criaturas nobles, delante de Dios son como gusanos de la tierra (Job 25:6). Mucho menos puede el ser humano brillar con honor o ser puro en justicia, cuando no es más que un gusano, y el hijo del hombre, sea quien sea, también es un gusano. Algunos entienden que esto se refiere a una especie de alimaña, algo no solo bajo y despreciado, sino también dañino y repugnante. Otros lo entienden como una criatura diminuta, tan pequeña que no puede verse sin ayuda. Eso es el ser humano.

Esto significa, en primer lugar, que el ser humano es pequeño e insignificante cuando se compara con Dios y con los santos ángeles. Es débil, sin valor y fácil de derribar, porque viene de la corrupción y se dirige hacia la corrupción. Por eso no tiene ninguna razón para enorgullecerse y sí muchas razones para ser humilde.

En segundo lugar, el ser humano es débil e impotente, por lo que no puede compararse con el Dios todopoderoso. Sería una insensatez que alguien discutiera con su Creador, quien podría aplastarlo con más facilidad de la que nosotros aplastamos a un gusano.

En tercer lugar, el ser humano es impuro y sucio. No es puro, porque es como un gusano nacido en la corrupción y, por eso, ofensivo para Dios. Deberíamos maravillarnos ante la bondad de Dios, que recibe en pacto y comunión consigo a seres tan miserables como nosotros. Y deberíamos maravillarnos especialmente ante la bondad del Hijo de Dios, quien se humilló tan profundamente que dijo: «Soy un gusano y no un hombre» (Salmo 22:6).

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