Versículo destacado

1 Reyes 17:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces la palabra del Señor vino a él, diciendo: "

1 Reyes 17:8

menu_book El versículo en contexto

6 Los cuervos le llevaban pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y él bebía del arroyo.

7 Después de algún tiempo, el arroyo se secó porque no había llovido en la tierra.

8 Entonces la palabra del Señor vino a él, diciendo:

9 «Levántate, ve a Sarepta, que pertenece a Sidón, y habita allí. Mira, he ordenado a una mujer viuda de allí que te sustente».

10 Entonces él se levantó y fue a Sarepta. Cuando llegó a la puerta de la ciudad, vio allí a la mujer viuda recogiendo leña. Él la llamó y le dijo: «Te ruego que me traigas un poco de agua en una vasija para que yo beba».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos que Elías recibe mayor protección y provisión mientras se refugia. Cuando llega el hambre, quien tiene a Dios como amigo todavía puede regocijarse, porque Dios lo guardará y lo sostendrá. El arroyo de Querit se seca, pero el cuidado de Dios por su pueblo nunca disminuye ni falla. Permanece igual y continúa con quienes lo conocen (Salmos 36:10).

Cuando el arroyo se secó, el Jordán no se había secado. ¿Por qué Dios no envió allí a Elías? Sin duda, porque quería mostrar que tiene muchas maneras de proveer para su pueblo y que no está limitado a una sola. Ahora Dios provee para Elías en un lugar donde tendrá algo de compañía y la oportunidad de ser útil, en vez de estar escondido y solo.

Observemos, primero, el lugar al que Elías es enviado: Sarepta, una ciudad de Sidón, fuera de las fronteras de Israel (1 Reyes 17:9). Más adelante, Jesús señaló esto como una de las primeras señales de que Dios tenía la intención de mostrar su bondad a los gentiles pobres (Lucas 4:25-26). En los días de Elías había muchas viudas en Israel, y probablemente algunas le habrían dado la bienvenida; sin embargo, él es enviado para honrar y bendecir con su presencia a una ciudad gentil.

Israel había imitado los ídolos de las naciones y se había vuelto peor que ellas. Por eso era apropiado que ahora el favor de Dios comenzara a extenderse hacia el mundo. Elías había sido odiado y expulsado por su propio pueblo, así que se vuelve hacia los gentiles, tal como más tarde se les indicó a los apóstoles que hicieran (Hechos 18:6). ¿Por qué una ciudad de Sidón? Quizá porque el culto a Baal, que se había convertido en el gran pecado de Israel, había llegado recientemente de allí por medio de Jezabel, la esposa sidonia de Acab (1 Reyes 16:31). Así que Dios envía a Elías allí, como diciendo: «Incluso de Sidón he llamado a mi profeta y reformador».

Jezabel era la mayor enemiga de Elías, pero Dios demuestra lo impotente que era su odio al darle un lugar donde esconderse en su propio país. Cristo mismo nunca estuvo entre los gentiles, excepto una vez, en la región de Sidón (Mateo 15:21).

Segundo, consideremos a la persona escogida para recibirlo. No era uno de los ricos comerciantes o dirigentes de Sidón, ni alguien como Abdías, el administrador del palacio de Acab que había alimentado a los profetas. En cambio, una viuda pobre, necesitada y sola recibió el mandato —es decir, fue capacitada y dispuesta— de sostenerlo. Es la manera de Dios, y para su gloria, usar a personas débiles e improbables y darles honra.

Él es especialmente el Dios de las viudas y las alimenta. Eso debería llevarlas a pensar con cuidado en lo que le deben a cambio.

Tercero, observemos la provisión que se hizo allí para Elías. La providencia llevó a la viuda a encontrarse con él justo en el momento indicado, en la entrada de la ciudad (1 Reyes 17:10). Por lo que sucede entre ellos, vemos varias cosas acerca de ella.

Era muy pobre y se encontraba en una necesidad verdadera. Solo tenía un puñado de harina y un poco de aceite; el hambre ya la había dejado en una situación desesperada. Después de que ella y su hijo comieran lo poco que le quedaba, esperaba que morirían de hambre (1 Reyes 17:12). No tenía más combustible que los palos que recogía en las calles, y no tenía sirviente, así que debía recogerlos ella misma (1 Reyes 17:10). Estaba en mejores condiciones para recibir ayuda que para ofrecer hospitalidad. Elías fue enviado a ella para que pudiera seguir viviendo por la providencia de Dios, tal como había vivido cuando los cuervos lo alimentaban. Dios envió al profeta por compasión hacia su condición humilde, no para pedirle limosna, sino para quedarse con ella, y le recompensaría generosamente por ello.

También era humilde y trabajadora. Elías la encontró recogiendo palos y preparándose para hornear pan para ella y su hijo (1 Reyes 17:10, 17:12). Su corazón había aceptado su difícil situación. No se quejó por los problemas que enfrentaba ni culpó a Dios por retener la lluvia. Hizo lo mejor que pudo con sus circunstancias. Las personas que conservan ese espíritu en tiempos de dificultad están mejor preparadas para recibir la ayuda y la honra de Dios.

También era caritativa y generosa. Cuando el extranjero le pidió que le llevara un poco de agua, ella fue de inmediato (1 Reyes 17:10-11). No objetó que el agua escaseaba ni preguntó cuánto le pagarían por ella. No se quejó de que él fuera extranjero, y probablemente israelita, con quien los sidonios quizá no quisieran tener trato, tal como los samaritanos se sentían respecto de los judíos (Juan 4:9). No se excusó por su debilidad ni por su urgente necesidad, sino que dejó su trabajo para llevarle agua. Tal vez la conmovió la seriedad de su rostro. Debemos estar dispuestos a mostrar bondad incluso a los desconocidos. Si no tenemos nada que dar a los necesitados, al menos debemos estar dispuestos a trabajar por ellos. Ni siquiera un vaso de agua fría, si lo único que nos cuesta es el esfuerzo de ir por él, quedará sin recompensa.

También tenía una gran confianza en la palabra de Dios. Su fe y obediencia fueron puestas a prueba cuando Elías, después de enterarse de cuánta harina y aceite tenía, le dijo que primero le hiciera una torta y luego preparara algo para ella y su hijo. Si lo pensamos bien, en una situación tan pequeña esta era una prueba tan difícil como pudiera imaginarse. Ella podría haber dicho: «Deja que los niños coman primero. La caridad comienza en casa. No se puede esperar que dé cuando tengo tan poco y no sé de dónde vendrá más».

Tenía aún más razones que Nabal para preguntar: «¿Debo tomar mi comida y mi aceite y dárselos a alguien que no conozco?». Elías sí habló en el nombre del Dios de Israel (1 Reyes 17:14), pero ¿qué significaba eso para una mujer sidonia? Aunque respetara el nombre del Señor y creyera que el Dios de Israel era el Dios verdadero, ¿cómo podía saber que aquel extranjero era realmente su profeta y tenía autoridad para hablar en su nombre? Un viajero hambriento podía engañarla fácilmente. Sin embargo, dejó a un lado todas esas dudas y obedeció, confiando en la promesa. Fue e hizo como Elías le dijo (1 Reyes 17:15).

Mujer, ¡grande era tu fe! Considerando todas las circunstancias, nadie había encontrado una fe como esa, ni siquiera en Israel. Era mayor que la fe de la viuda que echó sus dos moneditas en el tesoro. Ella creyó la palabra de Elías: no perdería por dar, sino que recibiría una recompensa abundante. Quienes pueden confiar en la promesa de Dios no dudarán en entregarse a su servicio, dándole lo que le corresponde de sus escasos recursos y dándole a él su parte primero. Quienes tratan con Dios deben hacerlo confiando en él. Busquen primero su reino, y las demás cosas les serán añadidas.

Según la ley, las primicias pertenecían a Dios; el diezmo se apartaba primero, y la ofrenda de la masa se entregaba primero (Números 15:20-21). Pero el crecimiento de la fe de esta viuda seguramente fue un milagro tan grande en la vida de la gracia como lo fue el aumento de su aceite en el ámbito de la providencia cotidiana. Es algo bendito cuando las personas pueden creer y obedecer con esperanza, aun cuando todo parece perdido.

**2.** Dios también cuidó al huésped de su profeta. La harina de la vasija no se acabó, y el aceite de la jarra no faltó. Más bien, a medida que seguían tomando de ellos, el poder de Dios continuaba proveyendo más, como vemos después (1 Reyes 17:16). El obispo Hall dice que ningún grano ni aceituna aumentó tanto mientras crecía como estos aumentaron mientras se usaban. La multiplicación de la semilla en la vida cotidiana (2 Corintios 9:10) también es una señal del poder y la bondad de Dios, aunque quizá la gente no la note porque sucede con tanta frecuencia.

La harina y el aceite aumentaron, no porque se almacenaran, sino porque se usaban. Hay quien reparte y, sin embargo, recibe más. Cuando Dios bendice lo poco, puede rendir mucho más de lo que esperamos. Por otro lado, cuando Dios retira su favor, aun una gran cantidad resulta insuficiente (Hageo 1:9; Hageo 2:16).

Esta era la provisión diaria para el profeta Elías. Seguía viviendo de milagros, como quien recibe el pan de cada día. Al principio tenía pan y carne, pero ahora tenía pan y aceite, que usaban de una manera parecida a como nosotros usamos la mantequilla. El maná tenía ambas características, pues su sabor era como el del aceite fresco (Números 11:8). Elías agradecía esto, aunque antes estaba acostumbrado a comer carne dos veces al día y ahora no tenía ninguna. Las personas que creen que no pueden vivir sin carne, al menos una vez al día, porque están acostumbradas a ella, no se habrían conformado con vivir como Elías, aunque eso significara vivir de un milagro.

También era provisión para la viuda pobre y su hijo, y una recompensa por su bondad al recibir al profeta. Nadie pierde por mostrar bondad al pueblo y a los ministros de Dios. La mujer que recibió a un profeta recibió recompensa de profeta. Ella le dio alojamiento y comida, y él le correspondió proveyendo para toda su familia. Cristo ha prometido que quienes le abran la puerta serán bendecidos: él entrará, comerá con ellos y ellos con él (Apocalipsis 3:20). Al igual que Elías en este relato, Cristo trae a quienes lo reciben no solo lo que él necesita, sino también lo que ellos necesitan.

Véase cómo la recompensa correspondió al servicio. Ella preparó una torta para el profeta y, a cambio, tuvo muchas tortas para ella y su hijo. Cuando Abraham ofreció a su único hijo a Dios, se le prometió que llegaría a ser padre de muchas naciones. Lo que se entrega por devoción o caridad se invierte a la mejor tasa de interés y con la garantía más segura. Esta pobre viuda le dio al profeta una pequeña comida y, a cambio, ella y su hijo comieron durante muchos días (1 Reyes 17:15), más de dos años, en medio de una época de hambre.

Recibir el alimento por el favor especial de Dios y comerlo en tan buena compañía como la de Elías hizo que fuera más del doble de delicioso. A quienes confían en Dios se les promete que no quedarán avergonzados en tiempos difíciles, sino que, en medio del hambre, quedarán satisfechos (Salmo 37:19).

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