Versículo destacado

Jeremías 7:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo: "

Jeremías 7:1

menu_book El versículo en contexto

1 La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:

2 Ponte a la puerta de la casa del SEÑOR, proclama allí esta palabra y di: Escuchen la palabra del SEÑOR, todos ustedes, los de Judá, que entran por estas puertas para adorar al SEÑOR.

3 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: Corrijan sus caminos y sus acciones, y haré que habiten en este lugar.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos comienzan otro sermón, que continúa a lo largo de los dos capítulos siguientes y hace prácticamente el mismo llamado que el mensaje anterior: que el pueblo se vuelva al arrepentimiento. Primero, observemos las instrucciones que recibió el profeta. Jeremías no solo había recibido un llamado general de parte de Dios, sino también indicaciones específicas para cada mensaje que debía proclamar. Esta palabra le llegó de parte del SEÑOR (Jeremías 7:1).

No se nos dice exactamente cuándo se predicó este sermón, pero sí dónde y a quiénes. Debía proclamarse en la puerta de la casa del SEÑOR, la entrada al atrio exterior o atrio del pueblo. Esto ofendería a los sacerdotes y expondría a Jeremías a su enojo, pero él no debía temer el rostro de la gente. No podía ser fiel a Dios si permitía que eso lo detuviera. El mensaje debía dirigirse a los hombres de Judá que entraban por aquellas puertas para adorar al SEÑOR, probablemente durante una de las tres grandes fiestas, cuando todos los hombres de la tierra se reunían en el templo.

Era un buen momento para hablarle a una multitud numerosa y una ocasión seria para advertirles que no confiaran en sus privilegios religiosos. Incluso quienes profesan tener fe necesitan escuchar la predicación; no solo quienes están fuera de la fe. Es una gran bendición tener la oportunidad de hablarle a muchas personas a la vez. La sabiduría alza su voz en los lugares más concurridos, y Jeremías hizo lo mismo en las puertas del templo. Además, cuando venimos a adorar a Dios, necesitamos ser advertidos de adorarlo en espíritu y de no poner nuestra confianza en cosas externas y meramente humanas (Filipenses 3:3).

El sermón mismo se proclama en el nombre del SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel. Como nuestro Creador, debemos respetar al SEÑOR de los ejércitos. Como pueblo de su pacto, ellos lo conocían como el Dios de Israel. Lo que él les dijo también nos lo dice a nosotros en esencia. Es muy parecido a lo que Juan el Bautista les dijo a quienes bautizaba: que produjeran frutos que demostraran arrepentimiento y que no se dijeran a sí mismos: «Tenemos a Abraham por padre» (Mateo 3:8-9).

Jeremías primero les comunica lo que Dios realmente había dicho, palabras en las que podían confiar. Si se arrepentían, reformaban su manera de vivir y volvían a Dios en obediencia, él restauraría su paz, quitaría sus dificultades y volvería a mostrarles misericordia (Jeremías 7:3). «Corrijan su conducta y sus acciones», les dice. Esto significa que ya había mucho mal en su manera de vivir. Sin embargo, es una gran misericordia que Dios les dé la oportunidad de cambiar, les muestre cómo hacerlo y prometa recibirlos si lo hacen.

Luego explica cómo debe ser ese cambio (Jeremías 7:5-7). Debe ser completo. Deben mejorar de verdad su conducta y sus acciones. La reforma debe ser firme, plena, sincera y duradera; no parcial, falsa ni pasajera. Deben hacer bueno el árbol para que también sea bueno su fruto. Esto significa cambiar el corazón y los pensamientos, y entonces las acciones seguirán ese cambio.

En particular, deben actuar con honestidad y justicia en todos los asuntos. Quienes tienen autoridad deben hacer justicia de manera imparcial entre una persona y otra, sin favoritismos y conforme a los hechos del caso. No deben oprimir al extranjero, al huérfano ni a la viuda, ya sea en los tribunales o en los negocios. Tampoco deben proteger a quienes oprimen a otros ni negarles justicia a quienes buscan recibirla. No deben derramar sangre inocente y contaminar así tanto la tierra como este lugar santo. También deben mantenerse fieles a la adoración exclusiva del Dios verdadero. No deben seguir a otros dioses, desearlos ni escuchar a quienes intentan llevarlos a la idolatría. Eso solo les haría daño. Dios pide lo que es mejor para ellos, y es insensato adorar ídolos sin poder y provocar así al Dios que es el único que puede destruir o salvar.

Esto es lo que Dios exige. Después, Jeremías les dice qué bendición pueden esperar si obedecen (Jeremías 7:7). Si emprenden pronto esta obra de reforma y perseveran en ella, Dios hará que permanezcan en este lugar, su templo, como lugar de adoración, seguridad y comunión con él y entre ellos. También seguirán viviendo para siempre en la tierra que él les dio a sus antepasados. Continuarán disfrutando tanto de paz civil como de privilegios sagrados. Dios los establecerá allí y los mantendrá allí. Nada excepto el pecado podría expulsarlos.

Esta promesa apunta hacia la herencia eterna en el Canaán celestial, reservada para todos los que viven con piedad y honestidad. La antigua versión latina también añade otra promesa en Jeremías 7:3 y 7:7: «Yo habitaré con ustedes en este lugar». Y, ciertamente, incluso Canaán sería un lugar desagradable si Dios no habitara allí con su pueblo.

Luego Jeremías les advierte contra las palabras engañosas de su propio corazón, en las que no deben confiar (Jeremías 7:4). «No confíen en palabras engañosas», les dice. Ya se les había mostrado el camino a la seguridad y a la paz, así que no debían engañarse pensando que podían tener paz bajo otras condiciones o por otro camino. Sin embargo, eso era precisamente lo que estaban haciendo, a pesar de todas las advertencias que habían recibido (Jeremías 7:8). Confiaban en palabras que no podían ayudarlos y descansaban en una afirmación que no podía sostenerse.

Quienes ignoran las verdaderas palabras de Dios, que les traerían beneficio, terminan escondiéndose detrás de palabras falsas que no pueden hacer nada por ellos. Y esas palabras falsas eran estas: «¡El templo del SEÑOR, el templo del SEÑOR, el templo del SEÑOR!».

Esos edificios, los atrios, el lugar santo y el lugar santísimo eran el templo del SEÑOR. Habían sido construidos por su mandato y para su gloria. Allí él habitaba, allí era adorado, y allí acudían tres veces al año para honrarlo como su Rey en su palacio. El pueblo pensaba que eso bastaba para impedir que Dios y su favor se apartaran de ellos, y para evitar que sus juicios cayeran sobre ellos.

Cuando los profetas les hablaban de su pecado y de lo desdichado que sería su futuro, ellos seguían señalando el templo. Pensaban: «¿Cómo podemos estar en peligro mientras tengamos entre nosotros ese lugar santo y bendito?». El profeta repite sus palabras porque ellos las repetían continuamente. Era el lema de la época, siempre en sus labios. Si escuchaban un sermón de advertencia o recibían noticias alarmantes, volvían a tranquilizarse con este pensamiento: «No podemos fracasar, porque el templo del SEÑOR está aquí».

El privilegio de una religión externa suele convertirse en el orgullo y la falsa confianza de quienes no conocen su verdadero poder. Quienes están más lejos de Dios a menudo se jactan más de estar cerca de la iglesia. Se enorgullecen de la montaña santa (Sofonías 3:11), como si la misericordia de Dios estuviera tan ligada a ellos que pudieran ignorar su justicia.

Para mostrar cuán vacía era esta excusa y cuán poca ayuda les daría, Dios primero señala lo absurdo que era en sí misma. Si entendieran algo acerca del templo del SEÑOR o acerca del Señor del templo, verían que usarlo como defensa del pecado o como una manera de impedir el juicio de Dios era absurdo. Dios es santo, pero su excusa lo haría parecer un protector del pecado, incluso del peor tipo de pecado: aquel que la conciencia humana común condena.

En efecto, les pregunta si van a robar, asesinar y cometer adulterio, crímenes contra el sentido común y contra el bien de la sociedad. Les pregunta si van a jurar falsamente, algo que todas las naciones que creen en Dios siempre han aborrecido. Les pregunta si van a quemar incienso a Baal, un ídolo inútil, y luego ir tras otros dioses que no conocen. Al hacer todo esto, insultan a Dios como SEÑOR de los ejércitos y Dios de Israel. Cambian al Dios cuyo poder y bondad han conocido durante tanto tiempo por dioses cuya ayuda y bondad no conocen en absoluto.

Después de hacer todo esto contra Dios, todavía se atreven a presentarse delante de él en esta casa que lleva su nombre. Se paran allí como si fueran sus siervos, esperando sus órdenes, o como si estuvieran pidiendo su misericordia. Rebelarse abiertamente contra él y aun así mezclarse con su pueblo es actuar como si él no viera su maldad o como si no le importara. Es el mayor insulto que podrían ofrecerle. Es como si dijeran: «Hemos sido librados para poder hacer todas estas cosas detestables».

Tal vez no pronunciaron exactamente esas palabras, pero sus acciones decían lo mismo. Sabían que Dios, su propio Dios, los había librado muchas veces y los había protegido de la destrucción. Él había permitido esas liberaciones para hacerlos volver a sí mismo y guiarlos al arrepentimiento. En cambio, ellos decidieron seguir haciendo el mal. Tan pronto como eran rescatados, como en los días de los jueces, volvían a hacer lo malo ante los ojos del SEÑOR. En efecto, estaban diciendo que Dios los había salvado para que pudieran rebelarse con mayor libertad y ofrecer más cosas a sus ídolos.

Algunos entienden estas palabras de la siguiente manera: acudían ante Dios con sacrificios y ofrendas por el pecado, y luego decían: «Hemos sido librados; nuestra culpa ha desaparecido, así que esto no nos hará daño». Pero en realidad solo intentaban ocultar su culpa ante el mundo y acallar su conciencia, para poder seguir haciendo esas cosas con mayor facilidad y aparentar ser mejores ante los demás.

El templo de Dios era un lugar santo, pero su excusa lo convertiría en refugio para las personas más impías. Trataban la casa de Dios como si fuera una cueva de ladrones. No había sido establecida como lugar de reunión, refugio y escondite para los peores criminales. Aun en la ley, el altar podía proteger a quien hubiera matado accidentalmente, pero no a un asesino ni a quien hubiera actuado deliberadamente (Éxodo 21:14; 1 Reyes 2:29). Por eso, quienes justifican una conducta contraria a Cristo escondiéndose bajo el nombre de cristianos, o quienes pecan con más atrevimiento porque se ofrece un sacrificio por el pecado, convierten la casa de oración de Dios en una cueva de ladrones, como ocurrió en los días de Jesús (Mateo 21:13).

No podían engañar a Dios. Él dice: «Yo lo he visto». Ve el pecado real que se esconde bajo la máscara de una devoción falsa. Las personas pueden engañarse unas a otras con señales externas de religión, pero no pueden engañar a Dios.

Entonces Dios muestra lo inútil de esa excusa al señalar a Silo, donde mucho tiempo atrás había fracasado esa misma confianza. Debían ir a Silo, el lugar donde Dios había puesto su nombre y donde estuvo el tabernáculo cuando Israel tomó posesión de Canaán por primera vez (Josué 18:1). Probablemente todavía podían verse las ruinas de aquel lugar que antes había prosperado, o al menos su historia seguía siendo conocida. Las tribus solían ir allí para adorar, pero los sacerdotes y los adoradores se corrompieron, y de ellos surgió la maldad de Israel. La misma fuente se había envenenado, y de ella corrían aguas contaminadas.

¿Y qué sucedió? Dios abandonó a Silo (Salmo 78:60), permitió que se llevaran el arca y eliminó la familia de Elí, quien había ejercido allí el liderazgo. Es muy probable que la ciudad misma haya sido destruida, y volvemos a oír hablar de ella únicamente como una advertencia: los lugares santos no protegen a las personas malvadas.

Los juicios de Dios sobre otros que realmente se apartaron de él mientras mantenían una religión externa deben advertirnos que no confiemos en palabras falsas. Es sabio aprender de los ejemplos del pasado y aprovechar bien sus lecciones. Recordemos a la esposa de Lot, a Silo y a las siete iglesias de Asia, y entendamos que el arca y el candelabro no permanecen para siempre en un mismo lugar, sino que pueden ser retirados (Apocalipsis 2:5; Mateo 21:43).

Es igualmente cierto que Jerusalén compartiría el destino de Silo si un arrepentimiento rápido y sincero no lo impedía. En primer lugar, Jerusalén ya era tan pecadora como lo había sido Silo, y Dios mismo había presentado pruebas claras contra ella: «Ustedes han hecho todas estas cosas, y no pueden negarlo» (Jeremías 7:13). Además, permanecían obstinados en su pecado, como lo demostraban las repetidas advertencias de Dios. Él se levantaba temprano y hablaba, como alguien profundamente preocupado, deseoso de advertirles sin demora y escogiendo el mejor momento: temprano en la mañana, cuando quizá estarían tranquilos y con la mente despejada. Pero todo fue en vano. Dios hablaba, pero ellos no querían escuchar ni prestar atención. Él los llamaba, pero ellos no respondían ni acudían cuando los llamaba.

Lo que Dios nos ha hablado hace que nuestro pecado contra él sea mucho más grave. En segundo lugar, Jerusalén pronto quedaría tan arruinada como Silo: «Haré con esta casa lo mismo que hice con Silo, y la destruiré» (Jeremías 7:14). Quienes siguen los mismos pecados que sus antepasados deben esperar los mismos juicios, porque todas esas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros. El templo de Jerusalén, por fuerte que fuera, no podría mantenerse en pie si allí se encontraba la maldad. Cuando llegara el día del juicio de Dios, sería tan fácil derribarlo como lo había sido derribar el tabernáculo de Silo.

Dios dice: «Esta casa lleva mi nombre», y ellos podían pensar que eso significaba que él tenía la obligación de protegerla. También era la casa en la que confiaban, el lugar que creían que los mantendría a salvo. La tierra y la ciudad eran regalos que él les había dado a ellos y a sus antepasados, así que se sentían seguros e imaginaban que nada podría expulsarlos. Pero el pueblo de Silo se había engañado de la misma manera.

Dios les da otro ejemplo de advertencia: la ruina de las diez tribus, el reino del norte de Israel. Ellos eran descendientes de Abraham, tenían la señal del pacto, la circuncisión, y vivían en la tierra que Dios les había dado a ellos y a sus antepasados. Sin embargo, su adoración de ídolos hizo que fueran expulsados y desaparecieran. En efecto, Dios les estaba diciendo: «¿Acaso creen que esas mismas malas prácticas no serán igual de mortales para ustedes?». Lo serán, porque Dios actúa de manera constante y coherente cuando juzga. La justicia exige que casos semejantes reciban un juicio semejante.

«Ustedes se han corrompido igual que sus hermanos, el pueblo de Efraín, y se han hecho sus hermanos en el pecado. Por eso los expulsaré de mi presencia, tal como expulsé a ellos». Esto hace que la advertencia sea sumamente severa. Ser expulsados de la tierra significaba ser expulsados de la presencia de Dios, como si él nunca más fuera a mirarlos ni a preocuparse por ellos. Cuando somos abatidos, es suficiente permanecer en el amor de Dios. Pero si somos expulsados de su favor, nuestra condición es miserable, aunque sigamos viviendo en nuestra propia tierra.

Esta advertencia de que Dios convertiría aquella casa en algo semejante a Silo vuelve a aparecer más adelante, y acusaron a Jeremías por haberla proclamado (Jeremías 26:6).

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