Versículo destacado

Jeremías 11:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo: "

Jeremías 11:1

menu_book El versículo en contexto

1 La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:

2 Escuchen las palabras de este pacto y hablen a los hombres de Judá y a los habitantes de Jerusalén.

3 Y diles: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Maldito sea el hombre que no obedezca las palabras de este pacto,

auto_stories

Explora estudios bíblicos guiados

Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor

Micro-Study 5 días

Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)

Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.

Vista previa de la sesión 1:

Dichosos los humildes

schedule 6 min

Micro-Study 5 días

Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)

Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.

Vista previa de la sesión 1:

El cuidado del Pastor

schedule 5 min

lock_open Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones

person_add Crear cuenta gratis

auto_stories Comentario de Bible Guided

Ahora el profeta actúa como un fiscal en nombre de Dios. Presenta una acusación contra los judíos por desobedecer deliberadamente los mandamientos de su legítimo Rey. Pero lo hace con solemnidad, porque Dios le dio el mensaje y le ordenó hablarle al pueblo de Judá (Jeremías 11:1, Jeremías 11:2).

La expresión está en plural: «Háblales». Lo que Dios le dijo a Jeremías era el mismo mensaje que les había dado a todos sus siervos, los profetas. Ninguno de ellos enseñó algo diferente de lo que Moisés ya había escrito en la ley. Por eso, el pueblo debía volver a las Escrituras: «Escuchen las palabras de este pacto». En otras palabras, debían acudir a la Biblia y permitir que ella los juzgara. Jeremías tenía que proclamar esto en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, porque todos estaban involucrados.

Todas las palabras de advertencia y corrección de los profetas estaban arraigadas en las palabras del pacto y concordaban con ellas. El pueblo necesitaba escuchar esas palabras y entender bajo qué condiciones había vivido en relación con Dios. Al compararse con el pacto, pronto vería cuál era realmente su situación presente delante de él.

Dios también les presenta el documento fundacional sobre el que se había establecido su nación y por el cual disfrutaban de sus privilegios. Ellos habían olvidado lo que decía. Vivían como si el regalo fuera incondicional, como si pudieran hacer lo que quisieran y aun así conservar todo lo que Dios había prometido. O actuaban como si a Dios solo le importaran sus ceremonias religiosas externas. Por eso Dios deja el asunto claro: lo que exigía era obediencia, y la obediencia es mejor que el sacrificio. Él dice: «Obedezcan mi voz» (Jeremías 11:4, Jeremías 11:7).

Eso significaba que debían reconocer a Dios como su Señor, entregarse a él como sus súbditos y siervos, y prestar mucha atención a todo lo que él les diera a conocer. Debían cumplir sus mandamientos, no solo algunos, sino todos los que él ordenaba. Debían tener especial cuidado con sus deberes morales y no descansar únicamente en los rituales. Debían escuchar las palabras del pacto y ponerlas en práctica.

Este era el acuerdo original que Dios hizo con ellos cuando los formó como pueblo. Era lo que les había ordenado a sus antepasados cuando los sacó de Egipto (Jeremías 11:4, Jeremías 11:7). Dios nunca tuvo la intención de guiarlos y protegerlos bajo ninguna otra condición. Los había rescatado de los egipcios, que eran como un horno de hierro, para que le sirvieran a él. Los había liberado de la esclavitud para que entraran a su servicio, que es libertad perfecta (Lucas 1:74, Lucas 1:75).

Este deber no solo fue puesto delante de ellos, sino que también se les presentó con gran urgencia (Jeremías 11:7). Dios no se limitó a ordenarlo; advirtió seriamente a sus antepasados cuando hizo pacto con ellos. Moisés se los repitió una y otra vez, enseñándoles línea por línea y mandato tras mandato.

Esta obediencia también era la condición de su relación especial con Dios, que constituía su gran honor y privilegio: «Así ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios». Esto significaba que Dios los reconocería como suyos y que ellos podrían invocarlo como su Dios. Pero también advertía que, si se negaban a obedecer, ya no podrían reclamar los beneficios de esa relación.

En esos mismos términos se les había dado la tierra de Canaán como posesión: «Obedezcan mi voz, para que yo cumpla el juramento que hice a sus antepasados: darles una tierra donde abundan la leche y la miel» (Jeremías 11:5). Dios estaba dispuesto a cumplir la promesa, pero ellos tenían que cumplir la condición. Si no lo hacían, la promesa ya no seguiría vigente para ellos, y Dios sería justo al expulsarlos de la tierra. Habían entrado en ella bajo la condición de comportarse bien; por tanto, no habría injusticia en expulsarlos por su mala conducta. La obediencia era el alquiler establecido en el contrato, junto con el derecho de recuperar la tierra si no pagaban ese alquiler.

La obediencia no solo se exigía como condición para recibir bendición, sino también bajo la amenaza de una maldición. Esto se declara primero aquí para que el pueblo, si era posible, despertara ante el temor del Señor: «Maldito sea el hombre», aunque se tratara de una sola persona, «que no obedezca las palabras de este pacto» (Jeremías 11:3). Mucho más grave era la situación cuando toda la nación se rebelaba. En el pacto había maldiciones además de bendiciones. Moisés les puso delante no solo la vida y el bien, sino también la muerte y el mal (Deuteronomio 30:15). Por tanto, habían sido advertidos claramente sobre las consecuencias mortales de la desobediencia.

Para evitar que este pacto cayera en el olvido, Dios se los recordaba de vez en cuando. Por medio de sus siervos, los profetas, les insistía constantemente en la misma exigencia. Así que no podían excusar su desobediencia diciendo que nunca se les había pedido obedecer. Desde el día en que los sacó de Egipto hasta ese momento, durante casi mil años, Dios los había estado llamando de una manera u otra a volver a la obediencia. Él toma en cuenta cuánto tiempo hemos tenido los medios de gracia, cuánto han obrado esos medios en nosotros y cuántas veces no solo se nos ha hablado, sino que también se nos ha advertido con solemne urgencia acerca de nuestro deber.

Este pacto también fue aceptado con el consentimiento del pueblo (Jeremías 11:5). «Entonces respondí y dije: “Así sea, SEÑOR”». Estas son las palabras del profeta, y pueden significar una de tres cosas. Tal vez habla por sí mismo, aceptando el pacto y deseando su bendición. Puede estar expresando su deseo de que el pueblo disfrutara los beneficios del pacto y permaneciera en la tierra. O quizá habla en nombre del pueblo, afirmando que en otro tiempo habían aceptado esas condiciones.

Si se entiende en este último sentido, apunta al consentimiento que el pueblo mismo había declarado respecto al pacto. Ellos habían aceptado sus mandamientos cuando dijeron: «Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho y obedeceremos». También habían aceptado sus sanciones cuando respondieron «Amén» a las maldiciones pronunciadas en el monte Ebal. Cuanto más solemnemente nos comprometemos con Dios, más razón tenemos para esperar que nuestro compromiso perdure. Sin embargo, en el caso de ellos, no perduró.

Entonces el profeta los acusa de haber quebrantado el pacto, una ruptura tan grave que equivalía a perder el derecho al documento que les otorgaba sus privilegios (Jeremías 11:8).

Dios había hablado una y otra vez por medio de su ley y de sus profetas: «Obedezcan mi voz, hagan lo que les ordeno y todo les irá bien». Pero ellos no quisieron obedecer. Como habían endurecido su corazón contra los mandamientos de Dios, ni siquiera quisieron escucharlos. Se alejaron todo lo posible del llamado de Dios.

En cambio, cada persona siguió los planes obstinados de su propio corazón malvado. Siguieron sus propias ideas. Cada uno hizo lo que su propio gusto y temperamento lo impulsaban a hacer, fuera correcto o incorrecto, lícito o ilícito, tanto en la adoración como en la vida diaria (Jeremías 7:24). Por lo tanto, solo podían esperar caer bajo la maldición del pacto, ya que no querían cumplir sus mandamientos y condiciones. Por eso Dios dice: «Haré venir sobre ellos todas las palabras de este pacto», es decir, todas las advertencias y los juicios que contiene, porque no hicieron lo que se les había ordenado.

Las palabras del pacto de Dios nunca fallan. Si no obedecemos y, por eso, no nos colocamos bajo sus bendiciones, nuestra desobediencia nos pondrá bajo sus maldiciones. Lo que hacía todavía peor el alejamiento del pueblo de Dios era que se había extendido por todas partes y, por así decirlo, había sido acordado colectivamente (Jeremías 11:9, Jeremías 11:10). Jeremías podía ver que muchos desobedecían abiertamente a Dios, pero el Señor le mostró que la situación era peor de lo que pensaba: «Se ha descubierto una conspiración entre ellos», conocida por Aquel cuyos ojos ven el mal oculto.

Había una conspiración contra Dios y contra la verdadera adoración, un plan peligroso para derribar el gobierno de Dios e introducir dioses falsos. Esto demuestra que pecaban deliberadamente, no por descuido ni por ignorancia. También muestra que eran hábiles para hacer el mal y que llevaban a cabo su ataque contra la verdadera religión con astucia y planificación. Estaban unidos en el complot y, como suele ocurrir con los conspiradores, se habían comprometido a apoyarse mutuamente y a mantenerse unidos en el éxito o en el fracaso. Era una conspiración maldita. ¡Ojalá no hubiera ninguna semejante en nuestros días!

Hay que observar cuál era el objetivo de esta conspiración. Querían derribar la revelación de Dios, desecharla e impedir que la gente escuchara o tomara en serio sus palabras. Hicieron todo lo posible por debilitar la autoridad de las Escrituras y hacerlas parecer de poco valor. Querían que el pueblo siguiera a otros dioses, que los consultara como si fueran oráculos y que buscara su favor como si fueran sus ayudadores y proveedores de cosas buenas. En efecto, la razón humana sería su dios; una supuesta luz interior, su dios; un juez infalible, su dios; los santos y los ángeles, sus dioses; o el dios de una nación u otra, el suyo. Bajo muchas máscaras diferentes, era la misma conspiración contra el SEÑOR y contra su Ungido, es decir, contra su Rey escogido.

¿Quiénes formaban parte de esta conspiración? Uno podría haber esperado que los líderes extranjeros estuvieran en el centro, pero no fue así. Los habitantes de Jerusalén se unieron a los hombres de Judá; la ciudad y el campo estuvieron unidos en esto, aunque difirieran en otros asuntos. También parecía que la gente de aquella generación se había unido a la generación anterior, continuando de una generación a otra la guerra contra la fe. Habían vuelto a los pecados de sus padres y ocupaban su lugar: eran una descendencia de malhechores, un pueblo que seguía creciendo en pecado (Números 32:14).

En tiempos de Josías hubo una reforma, pero después de su muerte el pueblo volvió a la adoración de ídolos que antes había rechazado. Judá e Israel —el reino de las diez tribus y el reino de las dos tribus—, aunque con frecuencia se oponían ferozmente entre sí, seguían unidos para quebrantar el pacto que Dios había hecho con sus antepasados, los padres de las doce tribus. La casa de Israel inició la rebelión, pero la casa de Judá se unió rápidamente a la conspiración.

¿Qué otra cosa podía esperarse sino que Dios tratara con severidad tanto a los conspiradores como a su conspiración? Nadie se ha endurecido contra Dios de esta manera y ha prosperado. El que hace rodar una piedra sobre otros descubrirá que la piedra volverá sobre él.

IA cristiana que tiene en cuenta tu denominación

Aplica Jeremías 11:1 a tu vida hoy

Recibe orientación basada en las Escrituras, consciente de tu denominación y personalizada para tu situación.

1 Haz tu pregunta arrow_forward 2 Considera tu tradición arrow_forward 3 Aplica las Escrituras

✓ No necesitas tarjeta de crédito • ✓ 100 % privado • ✓ Obtén 30 créditos gratis para comenzar

Cómo puede ayudarte tu IA cristiana

Explora las Escrituras y la vida desde una perspectiva cristiana

menu_book

Estudio bíblico

psychology

Orientación para la vida

favorite

Apoyo en la oración

lightbulb

Sabiduría diaria

forum Pregúntale a tu IA cristiana — Gratis

Haz 3 preguntas gratis cada semana. No necesitas tarjeta de crédito. Ver planes

De este capítulo

auto_awesome

Oración diaria

Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria

Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.

Gratis. Cancela tu suscripción cuando quieras. Nunca compartimos tu correo electrónico.

Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.

Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.