Versículo destacado
Jeremías 18:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo: "
Jeremías 18:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 La palabra que vino a Jeremías de parte del SEÑOR, diciendo:
2 «Levántate y baja a la casa del alfarero, y allí haré que oigas mis palabras».
3 Entonces bajé a la casa del alfarero, y he aquí que hacía una obra sobre las ruedas.
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El profeta es enviado a la casa del alfarero. Ya sabía dónde encontrarla, pero no se trataba de un llamado a predicar allí, como lo había hecho en las puertas de Jerusalén. Era un llamado a recibir una lección; en realidad, a recibir el sermón ya preparado. Quienes tienen la palabra de Dios por inspiración directa no necesitan prepararse de la manera acostumbrada.
Dios le dice a Jeremías: «Ve a la casa del alfarero, observa cómo trabaja y allí haré que escuches mis palabras» (Jeremías 18:3). Allí Jeremías recibiría un mensaje para el pueblo. Quienes desean conocer la mente de Dios deben prestar atención a las ocasiones que él dispone y acudir a donde se escucha su palabra. Jeremías hizo lo que se le ordenó y observó al alfarero moldear el barro en el torno, con facilidad y rapidez, exactamente como quería.
Cuando el barro se echó a perder, quizá porque estaba demasiado duro, porque tenía una piedra dentro o porque de algún otro modo se arruinó en sus manos, el alfarero lo convirtió en otra cosa. Si no podía llegar a ser una vasija para honra, todavía podía convertirse en una vasija para un uso menos honorable, según lo que al alfarero le pareciera mejor. Probablemente Jeremías ya sabía cómo se hacía la alfarería, pero ahora necesitaba observarla con atención. Con esa imagen fresca en su mente, entendería mejor la lección y podría explicarla con mayor claridad al pueblo.
Dios a menudo enseñaba mediante imágenes como esta por medio de sus profetas (Oseas 12:10), y los propios profetas necesitaban comprender las imágenes que usaban. Los ministros pueden hacer mucho bien cuando aprenden de la vida cotidiana y la utilizan para hablar con mayor claridad acerca de las cosas de Dios. Deben poner todo su conocimiento al servicio de su llamado. Ahora Jeremías recibe, en la casa del alfarero, el mensaje que debe llevar a Israel.
Mientras observa trabajar al alfarero, Dios pone dos grandes verdades en la mente de Jeremías. Primero, Dios tiene autoridad absoluta y poder ilimitado para moldear los reinos y las naciones como le plazca, a fin de cumplir sus propios propósitos. «¿Acaso no puedo hacer con ustedes lo mismo que hace este alfarero?», dice el Señor (Jeremías 18:6). Dios tiene aún más autoridad sobre nosotros que el alfarero sobre el barro, porque el alfarero solo le da forma al barro, mientras que Dios nos da tanto la materia como la forma.
Esto significa que el dominio de Dios sobre nosotros es incuestionable. Él no nos debe nada, puede disponer de nosotros como le parezca y no tiene que rendirnos cuentas. Sería tan insensato discutir con él como lo sería que el barro discutiera con el alfarero. También significa que Dios puede usarnos fácilmente como quiera y producir en nosotros los cambios que le plazcan. No podemos resistirlo. Un giro de la mano, un giro del torno, cambia por completo el barro; del mismo modo, nuestros tiempos están en las manos de Dios, no en las nuestras.
Aquí se habla de las naciones. Las naciones más fuertes y hábiles son únicamente lo que Dios decide hacer de ellas, y nada más. Job lo explica así: «Él hace grandes a las naciones y luego las destruye; hace que las naciones crezcan y después las reduce» (Job 12:23). Compárese también (Salmo 107:33) y (Job 34:29). Todas las naciones delante de Dios son como una gota que cae de un balde o como polvo en la balanza, que desaparece rápidamente (Isaías 40:15). Por eso, para él son tan fáciles de manejar como el barro lo es para el alfarero.
Al final, Dios no perderá su gloria. Si las personas no lo glorifican, él será glorificado por medio del juicio sobre ellas. Si una vasija se arruina para un uso, el alfarero puede hacerla apta para otro. Así, quienes no quieran convertirse en trofeos de la misericordia se convertirán en manifestaciones de la justicia. «El Señor hizo todo para su propósito, incluso al malvado para el día de la calamidad» (Proverbios 16:4). Dios nos formó del barro (Job 33:6), y todavía somos barro en sus manos (Isaías 64:8). Él tiene sobre nosotros el mismo derecho que el alfarero tiene sobre el barro (Romanos 9:21). Por eso, estamos obligados a someternos, así como el barro se somete a la sabiduría y la voluntad del alfarero (Isaías 29:15-16; Isaías 45:9).
Segundo, aun cuando Dios ejerce esta autoridad y este poder, siempre actúa conforme a normas firmes de justicia y bondad. Él concede bendiciones como Señor soberano, pero nunca castiga de manera arbitraria. Su mano es poderosa, pero no gobierna con crueldad. Más bien, «la justicia y el derecho son el fundamento de su trono» (Salmo 89:13-14). Dios habla de lo que tiene derecho a hacer, pero también nos asegura que actuará como un juez justo y misericordioso.
Cuando Dios viene contra un pueblo en juicio, podemos estar seguros de que sus propios pecados lo han provocado. Esto queda claro cuando el arrepentimiento nacional detiene el juicio (Jeremías 18:7-8). Si Dios dice que derribará las defensas de una nación y la dejará expuesta, que quitará sus árboles frutales y la dejará desolada, que derrumbará sus fortalezas para que entren los enemigos o que destruirá sus hogares para que la gente tenga que irse, esa nación debe tomar la advertencia en serio. Si se arrepiente, abandona sus malos caminos y vuelve a Dios, él la recibirá con bondad. No llevará a cabo la calamidad. Cambiará la manera en que trata con ella, no porque él cambie en su propio ser, sino porque cambia su trato hacia ella.
Esto sucedió muchas veces en los días de los jueces, cuando los pueblos oprimidos se humillaban y Dios les levantaba libertadores. Cuando volvían a él, su situación cambiaba rápidamente. Así ocurrió con Nínive, y desearíamos que hubiera ocurrido con mayor frecuencia en Jerusalén (2 Crónicas 7:14). Es cierto que apartarse sinceramente del pecado detendrá el castigo. Dios puede levantar de la ruina a un pueblo arrepentido con la misma facilidad con que el alfarero puede rehacer una vasija de barro arruinada.
Cuando Dios se acerca a nosotros con misericordia, lo único que puede impedir esa misericordia es el pecado (Jeremías 18:9-10). Si Dios habla de una nación para edificarla y plantarla, es decir, para fortalecer y establecer todo lo que es verdaderamente bueno en ella, esa obra es suya, como la de un agricultor que planta o la de un constructor que levanta una casa (1 Corintios 3:9). Si favorece a una nación así, esta crece, prospera y se extiende. Su comercio florece, su gobierno queda en manos buenas y toda su vida marcha bien.
Pero si esa misma nación, tan ricamente bendecida por Dios, hace lo malo ante sus ojos y se niega a escuchar su voz, la historia cambia. Si pierde su fortaleza moral y se vuelve corrupta y sin reverencia hacia Dios, si se burlan de la fe y el pecado se vuelve popular, y si la fe sincera decae en todo el país, entonces Dios se volverá contra ella. Arrancará lo que estaba plantando y derribará lo que estaba construyendo (Jeremías 45:4). La buena obra que ya estaba en marcha se detendrá y las bendiciones que todavía había dispuesto serán retiradas.
Esto es lo que significa que la Escritura diga que Dios se arrepiente del bien que había anunciado hacerles. Cambia su trato con ellos, como lo hizo con la familia del sacerdote Elí (1 Samuel 2:30) y con Israel, cuando lo acercó a Canaán y luego lo hizo regresar al desierto. El pecado es el gran causante de problemas entre Dios y un pueblo. Anula el beneficio de sus promesas, arruina sus oraciones y destruye el bien que él se proponía hacerles (Oseas 7:1).
El pecado también destruye sus comodidades, prolonga sus dificultades, los lleva a situaciones angustiosas y retrasa su rescate (Isaías 59:1-2).
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De este capítulo
Jeremías 18:2
"«Levántate y baja a la casa del alfarero, y allí haré que oigas mis palabras»."
Jeremías 18:3
"Entonces bajé a la casa del alfarero, y he aquí que hacía una obra sobre las ruedas."
Jeremías 18:4
"Y la vasija que hacía de barro se estropeó en la mano del alfarero; así que la hizo de nuevo como otra vasija, según le pareció bien al alfarero hacerla."
Jeremías 18:5
"Entonces vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Jeremías 18:6
"«Oh casa de Israel, ¿no puedo hacer con ustedes como este alfarero?», dice el SEÑOR. He aquí que, como el barro está en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano, oh casa de Israel."
Jeremías 18:7
"En el momento en que yo hable acerca de una nación y acerca de un reino, para arrancarlo, derribarlo y destruirlo,"
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