Versículo destacado

Jeremías 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "

Jeremías 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:

2 Ve y clama a oídos de Jerusalén, diciendo: «Así dice el SEÑOR: Recuerdo de ti la bondad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando ibas tras de mí en el desierto, en una tierra que no había sido sembrada».

3 Israel era santidad para el SEÑOR, las primicias de su cosecha. Todos los que lo devoren serán culpables; el mal vendrá sobre ellos, dice el SEÑOR.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A Jeremías se le dijo que fuera y llevara el mensaje de Dios al pueblo de Jerusalén. Ya había recibido un llamado general para hablarles (Jeremías 1:17), pero ahora recibió este mensaje específico. Los ministros deben comparar con la Palabra de Dios lo que están a punto de decir y asegurarse de que esté de acuerdo con ella. Entonces pueden hablar con confianza, no solo diciendo: «El SEÑOR me envió», sino también: «Me envió a decir esto».

Jeremías tuvo que dejar Anatot, donde vivía tranquilamente, y dirigirse a la bulliciosa Jerusalén. Allí debía clamar con claridad, para que nadie pudiera decir que no había escuchado. Tenía que hablar como un hombre que quería ser oído, incluso por quienes se habían tapado los oídos. El mensaje mismo era un reproche por su vergonzosa ingratitud. Se habían apartado de un Dios que antes les había mostrado gran bondad, y esta advertencia podía llevarlos a humillarse o demostrar que Dios tenía razón al juzgarlos.

Primero, Dios les recordó los favores que les había concedido cuando comenzaron a formarse como pueblo (Jeremías 2:2). En efecto, les dice: «Recuerdo esto por ustedes, y quiero que ustedes también lo recuerden». Habla de «la bondad de tu juventud» y «el amor de tu desposorio», refiriéndose ya sea a la devoción que ellos le mostraron al principio o a la bondad que él les mostró en sus primeros días. En cualquiera de los dos casos, Dios trae a la memoria aquellos primeros tiempos porque habían comenzado bien, pero no habían permanecido fieles.

Si esto se refiere al amor que ellos sentían por Dios, todavía era lo bastante real como para que Dios lo mencionara con bondad, aunque después muchos demostraron ser inconstantes. Confiaron en el SEÑOR y en Moisés, cantaron alabanzas junto al mar Rojo y prometieron en el monte Sinaí: «Haremos todo lo que el SEÑOR ha dicho» y «obedeceremos». En aquel tiempo Dios dijo: «Ciertamente son mi pueblo, hijos que no mienten». A quienes comienzan con buenas promesas pero no perseveran se les debe recordar justamente la esperanza que tuvieron al principio. Es bueno que recordemos nuestro primer fervor por Dios, para que reconozcamos en qué hemos caído y volvamos a nuestro primer amor (Apocalipsis 2:4-5; Gálatas 4:15).

La bondad que mostraron al principio se manifestó principalmente de dos maneras. En primer lugar, siguieron la columna de nube y de fuego por el desierto. A veces hablaban de regresar a Egipto o de avanzar hacia Canaán, pero no se desviaron. Durante cuarenta años siguieron a Dios por una tierra en la que no se sembraba nada, confiando en que él proveería para sus necesidades. Mucho tiempo después, Dios todavía recordaba esa fidelidad. De la misma manera, al final, Cristo elogió a sus discípulos por haber permanecido con él durante sus pruebas (Lucas 22:28). Se necesita un amor firme para seguir a Dios por un desierto con plena confianza y entrega total.

En segundo lugar, recibieron entre ellos el culto a Dios. Levantaron el tabernáculo y participaron en su servicio. Israel era entonces santo para el SEÑOR, apartado para pertenecerle como su pueblo del pacto. Habían comenzado por el Espíritu, y Dios les recuerda esto para que se avergüencen de haber terminado según la carne.

Esto también puede referirse a la bondad que Dios les mostró. Él dice: «Cuando Israel era niño, yo lo amé» (Oseas 11:1). Tomó a ese pueblo para sí con el mismo afecto que siente un joven cuando se casa con una virgen (Isaías 62:5), porque era un tiempo de amor (Ezequiel 16:8). Dios hizo suyo a Israel. Aunque era pecaminoso, seguía siendo santo para el SEÑOR por causa del pacto y del culto que él había establecido entre ellos. Israel era las primicias de su cosecha, el primer pueblo que formó abiertamente como su iglesia en el mundo. Así como las primicias pertenecían a Dios, Israel le pertenecía a él. Ser apartado para Dios era un honor. Todos los creyentes comparten ese honor, pues son llamados las primicias de sus criaturas (Santiago 1:18).

Como Dios los había escogido, también los defendía. Hizo suya la causa de ellos y se convirtió en enemigo de sus enemigos (Éxodo 23:22). Quienes les hacían daño pecaban contra lo que era santo para el SEÑOR, como quienes tomaban injustamente para sí algo que pertenecía a Dios (Levítico 5:15). Cualquiera que lastimara al pueblo de Dios lo hacía bajo su propio riesgo. Dios estaba dispuesto a defenderlos, y les dijo a los reyes más poderosos: «No toquen a mis ungidos» (Salmo 105:14-15; Éxodo 17:14). Se oponía especialmente a quienes intentaban corromperlos y apartarlos de la santidad del SEÑOR, como lo hizo en su conflicto con los madianitas por causa de Peor (Números 25:17-18).

Dios también los sacó de Egipto con gran poder y causando temor (Deuteronomio 4:34), pero los guio con ternura por un desierto inmenso y terrible (Jeremías 2:6). Era una tierra de desiertos y pozos, un lugar estéril más apropiado para la sepultura que para la vida. No ofrecía alimento, porque era seca y sin vida, y estaba llena de peligros, como una tierra bajo la sombra de muerte. Durante cuarenta años caminaron por aquel valle oscuro, pero Dios estaba con ellos. Como dice el Salmo 23, su vara y su cayado los consolaban, e incluso allí les preparó alimento y bebida, dándoles pan del cielo y agua de las rocas (Salmo 23:4-5).

También era una tierra donde nadie se establecía ni transitaba. No era un camino ni un hogar. Dios condujo a su pueblo por lugares solitarios para que aprendiera a caminar por senderos que otros no habían recorrido, a vivir apartado y a ser un pueblo consagrado.

Aquí se hace énfasis en las dificultades del viaje para mostrar el poder y la bondad de Dios al llevarlos sanos y salvos hasta el final. Todo el Israel espiritual de Dios, todos los que verdaderamente le pertenecen, deben reconocer que están en deuda con él por haberlos sostenido a través del desierto de este mundo. Ese mundo no es menos peligroso para el alma de lo que el desierto fue para el cuerpo.

Finalmente, Dios los estableció en Canaán (Jeremías 2:7). Los llevó a una tierra rica y fértil, que debió parecerles aún más dulce después de tantos años en una tierra seca. Comieron de sus frutos y disfrutaron de su abundancia, y se les permitió hacerlo. Los llevó a una tierra de Carmel, es decir, a un lugar de gran fertilidad. Canaán era como un gran campo fructífero (Deuteronomio 8:7).

Dios también les dio los medios para conocerlo, recibir su gracia y disfrutar de comunión con él, como se da a entender en Jeremías 2:8. Tenían sacerdotes que manejaban la ley, la leían y se la explicaban, pues esa era parte de su deber (Deuteronomio 33:8). Tenían pastores o líderes que los guiaban y cuidaban de sus asuntos, además de magistrados y jueces. También tenían profetas que buscaban a Dios por ellos y les daban a conocer su voluntad.

Luego Dios los reprende por su sorprendente ingratitud y por la mala respuesta que dieron a todos estos regalos. Llama a todos a responder por esta acusación (Jeremías 2:4). La acusación se presenta en el nombre de Dios contra todas las familias del pueblo de Israel, porque ninguna puede alegar inocencia.

Dios los desafía a señalar alguna injusticia o falta de bondad en él. Aunque les hubiera concedido favores en algunas cosas, todavía podrían tener alguna excusa si en otras los hubiera tratado injustamente. Por eso les presenta el asunto con claridad: ¿qué falta habían encontrado en él sus antepasados o ellos mismos? ¿Habían encontrado que Dios era un amo cruel? ¿Acaso sus mandamientos les habían impuesto algo injusto, indebido o irrazonable? ¿Sus promesas los habían engañado o les habían hecho esperar algo que él no cumpliría? Quienes rechazaron el pacto de Dios no podían decir honestamente que había sido un mal acuerdo, uno que no podían cumplir. Quienes abandonaron las ordenanzas de Dios no podían decir que se fueron porque servirle era agotador o no producía ningún beneficio. No; sus pérdidas fueron consecuencia de ellos mismos, no de Dios. Su yugo es fácil, y guardar sus mandamientos trae una gran recompensa.

Las personas que se apartan de Dios no pueden decir honestamente que él alguna vez les dio una razón para hacerlo. Esto se puede plantear con seguridad a la conciencia de todo pecador. El siervo perezoso que intentó presentar una excusa semejante quedó silenciado por sus propias palabras (Lucas 19:22). Aun cuando Dios nos disciplina, no podemos decir que haya injusticia en él. Él no nos trata injustamente. Los caminos del SEÑOR son rectos, y toda la maldad está en nuestros caminos.

Sin embargo, ellos habían sido injustos y faltos de bondad con Dios. Habían abandonado su servicio y no solo se habían ido, sino que se habían alejado de él tanto como podían. Se esforzaron por poner distancia entre ellos y Dios, y entre ellos y su deber. Se apartaron del alcance de sus mandamientos y de su propia conciencia. Quienes abandonan la religión a menudo se alejan todavía más de ella y se oponen con mayor fuerza que quienes nunca la conocieron.

También habían dejado a Dios para servir a los ídolos, lo que hacía mucho más grave su pecado. Se apartaron de Dios, no para mejorar, sino para arruinarse. Siguieron la vanidad, es decir, la idolatría, porque un ídolo es algo vano, que en realidad no es nada en el mundo (1 Corintios 8:4; Deuteronomio 32:21; Jeremías 14:22). El culto a los ídolos es vacío y carece de valor (Hechos 14:15). Los idólatras mismos se vuelven personas vacías, porque quienes hacen ídolos terminan pareciéndose a ellos (Salmo 115:8), tan inútiles como la madera y las piedras que adoran.

Con su idolatría, también introdujeron toda clase de maldad en la tierra. Cuando entraron en la buena tierra que Dios les había dado, la contaminaron (Jeremías 2:7), pues se contaminaron a sí mismos y se hicieron indignos de servir a Dios. La tierra le pertenecía a Dios. Ellos solo eran sus arrendatarios, y vivían allí como extranjeros (Levítico 25:23). Era su herencia, una tierra santa, la tierra de Emanuel. Sin embargo, la convirtieron en algo detestable, incluso para Dios mismo, quien estaba enojado y profundamente disgustado con Israel.

Después de abandonar a Dios, pronto se dieron cuenta de que habían escogido mal, pero no pensaron en volver atrás. Ni el pueblo ni los sacerdotes preguntaron siquiera por él ni se preocuparon por su deber hacia él. No mostraron ningún deseo de recuperar su favor. El pueblo no dijo: «¿Dónde está el SEÑOR?» (Jeremías 2:6). Habían sido educados para conocerlo como su Dios, y con frecuencia les habían dicho que él los había sacado de Egipto para que fueran su pueblo especial. Sin embargo, nunca lo buscaron ni quisieron aprender sus caminos.

Los sacerdotes tampoco dijeron: «¿Dónde está el SEÑOR?» (Jeremías 2:8). Aquellos cuya labor era permanecer más cerca de Dios no se preocuparon por conocerlo ni honrarlo. Quienes debían enseñar al pueblo a conocer a Dios no procuraron conocerlo ellos mismos. Los escribas, que manejaban la ley, no conocían a Dios ni su voluntad; por eso no podían explicar correctamente las Escrituras, si es que siquiera intentaban hacerlo. Los pastores, que debían mantener al rebaño alejado del pecado, eran ellos mismos líderes en el pecado: habían transgredido contra Dios.

Los hombres que afirmaban ser profetas profetizaban por Baal, hablando en su nombre y para honrarlo. Contaban con el respaldo de reyes malvados que los habían establecido para oponerse a los profetas del SEÑOR. Los profetas de Baal se unieron a los sacerdotes de Baal y siguieron cosas que no sirven de nada, ídolos que jamás pueden ayudar a quienes los adoran. Observa cómo incluso los títulos más honorables pueden ser apropiados por las personas equivocadas y cómo los cargos más importantes pueden corromperse con tanta facilidad. No te sorprendas ante el pecado y la ruina de un pueblo cuando los ciegos guían a los ciegos.

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