Versículo destacado
Jeremías 16:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" También vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "
Jeremías 16:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 También vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
2 No tomarás esposa para ti, ni tendrás hijos ni hijas en este lugar.
3 Porque así dice el SEÑOR acerca de los hijos y de las hijas que nacen en este lugar, acerca de sus madres que los dieron a luz y acerca de sus padres que los engendraron en esta tierra:
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Aquí el profeta se convierte en una señal para el pueblo. Como no querían escuchar lo que decía, que vieran si prestarían atención a lo que hacía. En todo, debía vivir como alguien que esperaba que su país fuera destruido muy pronto. Ya lo había anunciado, pero pocos le habían prestado atención; por eso ahora debía demostrar que él mismo estaba plenamente convencido de ello.
Mientras los demás seguían con su vida normal, Jeremías, teniendo presentes aquellos días tristes, recibió la prohibición de casarse, lamentar a los muertos o alegrarse. Quienes desean persuadir a otros por medio de la palabra de Dios deben mostrar, aun mediante actos difíciles de renuncia, que ellos mismos creen en ella. Si queremos despertar a otros de su falsa seguridad y enseñarles a aflojar su apego a este mundo, nosotros mismos debemos estar menos aferrados a las cosas presentes y mostrar que esperamos que pasen.
Jeremías no debía casarse ni pensar en formar una familia en Judá, Jerusalén o Anatot, su ciudad natal (Jeremías 16:2). Los judíos, más que muchos otros pueblos, valoraban el matrimonio temprano y tener muchos hijos. Pero Jeremías debía vivir como un hombre soltero, no para honrar la soltería, sino para mostrar cuán poco valor tendría en un tiempo de juicio. Esto enseña que el matrimonio es sabio y apropiado en tiempos de paz, pero no en tiempos de gran angustia (1 Corintios 7:26). En días así, incluso tener hijos sería parte del sufrimiento. Podría llegar un momento en que se dijera: «¡Dichosas las mujeres que no tuvieron hijos!» (Lucas 23:29).
Cuando se acercan tiempos como esos, es prudente, especialmente para los profetas, evitar quedar atados a los asuntos de esta vida. Cuanto más amamos a quienes nos rodean, más cuidado, temor y dolor pueden traernos en un tiempo así. La razón que se da es que padres, madres, hijos e hijas morirían de muertes dolorosas (Jeremías 16:3-4). Para quienes tienen esposa e hijos, de ahí se desprenden tres cargas. Tal vez no puedan huir por causa de ellos. Vivirán en constante temor por ellos. Y la muerte de cada hijo se sentirá como una herida más para los padres.
Es mejor no tener hijos que traerlos al mundo solo para que nazcan y sean criados para el asesino (Oseas 9:13-14). La muerte es amarga, pero algunas muertes son mucho más amargas que otras, tanto para quienes mueren como para la familia que queda atrás. Por eso la Escritura habla de «una muerte tan terrible» (2 Corintios 1:10). En este mundo, dos cosas suelen ayudar a aliviar el dolor de la muerte: llorar a los muertos y sepultarlos. Pero aquí incluso esas formas de consuelo serían quitadas.
No serían llorados. Sus cuerpos serían llevados como si el mundo estuviera cansado de ellos. No serían sepultados, sino dejados al descubierto, como si debieran quedar allí para servir de señales de juicio. Se volverían como estiércol sobre la tierra, no solo despreciados, sino aborrecidos, como si únicamente sirvieran para fertilizar el suelo. Algunos morirían a espada y otros de hambre, y sus cuerpos se convertirían en alimento para las aves y los animales salvajes. ¿Quién no diría: «Es mejor no tener hijos que vivir para verlos llegar a esto»?
Esto nos da otra razón para decir: «Todo es vanidad y perseguir el viento», cuando aquello que esperamos que sea nuestro mayor consuelo se convierte en nuestra carga más pesada.
Jeremías tampoco debía entrar en una casa donde hubiera duelo cuando muriera un vecino o un pariente (Jeremías 16:5). En aquel tiempo era costumbre consolar a los familiares en duelo, lamentarse con ellos, hacerse cortes en el cuerpo e incluso afeitarse la cabeza, aunque la ley prohibía esas prácticas (Deuteronomio 14:1). A veces, en medio de un dolor profundo, también se lastimaban el cuerpo. Con esos actos buscaban honrar a los muertos y mostrar bondad a los vivos, aligerando su carga al compartirla.
También consolaban a los que estaban de duelo con palabras y con una copa de consuelo: les daban algo de beber y los animaban a recuperar fuerzas. Era una costumbre bondadosa y útil. Probablemente Jeremías había sido fiel en ese tipo de actos, que además correspondían tanto a un hombre piadoso como a un profeta. Uno pensaría que eso lo habría hecho más querido entre su pueblo. Pero ahora Dios le ordenaba que no lamentara a los muertos de la manera acostumbrada.
En primer lugar, su dolor por la destrucción que se acercaba sobre su nación debía superar su dolor por cualquier muerte individual. Sus lágrimas debían correr por otro cauce, porque había suficiente tristeza para todos. En segundo lugar, tenía pocas razones para lamentar a quienes murieran justo antes de que cayera el juicio, pues serían librados de la aflicción aún peor que se acercaba. En tercer lugar, esto sería una señal de lo que vendría, cuando el desastre público llegara a ser tan grave que incluso se dejarían de lado los actos normales de bondad. La gente moriría con tanta frecuencia y el dolor diario sería tan pesado que ya no habría tiempo ni ánimo para las costumbres habituales relacionadas con la muerte.
Su dolor sería demasiado grande para recibir alivio, y cada persona estaría tan llena de problemas propios que no podría pensar en los demás. Habría personas de duelo por todas partes, pero nadie que las consolara. Cada uno se vería obligado a llevar su propia carga. Dios dice: «Le he quitado mi paz a este pueblo», lo que significa que había puesto fin a su prosperidad y les había quitado la salud, las riquezas, la tranquilidad, los amigos y todo consuelo que tenían para sí mismos y unos para otros. Toda paz que disfrutamos es la paz de Dios, un regalo suyo. Si él da tranquilidad, ¿quién puede causar problemas? Pero si no usamos bien su paz, puede quitárnosla; y entonces, ¿qué nos queda? (Job 34:29).
«Les quitaré mi paz, mi amor y mi compasión». Estas cosas serían encerradas y retenidas. Son como manantiales frescos de los que brotan todas las bendiciones buenas. Si Dios cierra esos manantiales, entonces desaparecen todas las cosas buenas. Quienes se apartan del favor de Dios también se apartan de la verdadera paz.
Cuando Dios quita su amor y su compasión, todo se pierde. Por eso dice Jeremías 16:6: «Morirán en esta tierra tanto los grandes como los pequeños». Esa era la tierra de Canaán, llamada alguna vez la tierra de los vivientes. El favor de Dios es nuestra vida. Si se nos quita, morimos y perecemos todos.
Jeremías también debía mantenerse alejado de la casa donde hubiera alegría, así como debía mantenerse alejado de la casa donde hubiera duelo (Jeremías 16:8). Acostumbraba, y no había nada malo en ello, ir a las casas de sus amigos cuando ofrecían banquetes, para comer y beber con ellos de manera sobria y alegre. Pero ahora no debía hacerlo.
Debía abstenerse por dos razones. Primero, habría sido contrario a los tiempos y a la manera en que Dios estaba tratando con aquella tierra y aquel pueblo. Dios los estaba llamando a llorar, lamentarse y ayunar. Venía contra ellos en juicio, y era tiempo de humillarse. El profeta que les advertía también debía dar el ejemplo al recibir la advertencia para sí mismo y obedecerla. Los ministros deben modelar la renuncia a sí mismos y una vida transformada. Deben mostrar que sienten temor del Señor, ya que quieren que otros también lo sientan. Y todo el pueblo de Sion debía compartir sus sufrimientos, en vez de mostrarse alegre mientras ella padecía (Amós 6:6).
Segundo, la negativa de Jeremías mostraría al pueblo los días tristes que se acercaban. Sus amigos se sorprenderían de que ya no se reuniera con ellos, como antes, en la casa de banquetes. Pero debía dejar claro que sus banquetes pronto terminarían (Jeremías 16:9). Dios dice: «Haré que cese la voz de la alegría». Ya no les quedaría nada por lo cual festejar ni alegrarse. Las calamidades los rodearían y arruinarían todo placer.
Dios puede humillar incluso a las personas más alegres. Dice que esto ocurriría en Jerusalén, la ciudad conocida por su alegría y por pensar que su felicidad estaba segura. Ocurriría delante de sus propios ojos, para afligirlos mientras todavía se sentían orgullosos y alegres. Ocurriría durante su propia vida, de modo que ellos mismos lo verían. Por sus pecados y su adoración a los ídolos, habían hecho que cesara la voz de la alabanza; por eso Dios hizo cesar justamente entre ellos la voz de la alegría y del gozo. Se habían negado a escuchar y obedecer la voz de los profetas de Dios, y por eso ya no se oirían allí la voz del novio ni la de la novia, ni los cantos que antes acompañaban las bodas (Jeremías 7:34).
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De este capítulo
Jeremías 16:2
"No tomarás esposa para ti, ni tendrás hijos ni hijas en este lugar."
Jeremías 16:3
"Porque así dice el SEÑOR acerca de los hijos y de las hijas que nacen en este lugar, acerca de sus madres que los dieron a luz y acerca de sus padres que los engendraron en esta tierra:"
Jeremías 16:4
"Morirán de muertes dolorosas; no serán lamentados ni serán sepultados, sino que serán como estiércol sobre la superficie de la tierra. Serán consumidos por la espada y por el hambre, y sus cadáveres serán alimento para las aves del cielo y para las bestias de la tierra."
Jeremías 16:5
"Porque así dice el SEÑOR: No entres en la casa de duelo ni vayas a lamentarlos ni a llorarlos, porque he quitado de este pueblo mi paz, dice el SEÑOR, así como mi bondad amorosa y mis misericordias."
Jeremías 16:6
"Tanto el grande como el pequeño morirán en esta tierra. No serán sepultados, nadie se lamentará por ellos, ni se harán cortes ni se raparán la cabeza por ellos."
Jeremías 16:7
"Nadie se desgarrará por ellos en el duelo para consolarlos por el muerto, ni les dará a beber la copa de consolación por su padre o por su madre."
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