Versículo destacado

Ezequiel 32:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" También sucedió en el año duodécimo, el día quince del mes, que la palabra del SEÑOR vino a mí diciendo: "

Ezequiel 32:17

menu_book El versículo en contexto

15 Cuando deje desolada la tierra de Egipto y el país quede privado de aquello de lo que estaba lleno, cuando hiera a todos los que habitan en él, entonces sabrán que yo soy el SEÑOR.

16 Esta es la lamentación con la que se lamentarán por ella. Las hijas de las naciones se lamentarán por ella; se lamentarán por ella, por Egipto y por toda su multitud, dice el Señor DIOS.

17 También sucedió en el año duodécimo, el día quince del mes, que la palabra del SEÑOR vino a mí diciendo:

18 Hijo del Hombre, gime por la multitud de Egipto y hazlas descender, a ella y a las hijas de las naciones célebres, a las regiones inferiores de la tierra, con los que descienden a la fosa.

19 ¿A quién superas en belleza? Desciende y sé puesto con los incircuncisos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta profecía concluye el mensaje contra Egipto y lo deja, junto con todo su pueblo, en el pozo de la destrucción. Se nos invita a asistir al funeral de un reino que alguna vez floreció, a lamentar su caída y a observar quiénes se unen a él en la tumba.

Primero, este reino muerto es llevado a la tumba. Al profeta se le ordena arrojarlo al pozo (Ezequiel 32:18) y anunciar su ruina con autoridad, tal como Jeremías fue puesto sobre naciones y reinos (Jeremías 1:10). Debe hablar en el nombre de Dios, como quien declara lo que Dios mismo hará. Sin embargo, también debe llorar por la gran multitud de Egipto mientras anuncia su caída.

Cuando Egipto sea destruido, recibirá un entierro honorable, apropiado para su rango. Será sepultado con las hijas de las naciones famosas, en sus sepulcros y con las mismas ceremonias. Eso solo suaviza un poco la vergüenza de la muerte. Pero es todo lo que Egipto recibirá. No puede escapar del destino común de las naciones orgullosas y poderosas. Tendrá que ocupar su lugar junto a ellas (Ezequiel 32:19). Es como si Dios dijera: «¿A quién superas en belleza? ¿Eres acaso mucho más hermosa que las demás naciones para esperar que se te perdone?». Otras naciones igualmente hermosas han descendido al pozo; por eso Egipto también tendrá que descender y yacer con los incircuncisos. Toda la multitud de Egipto caerá entre los que ya fueron muertos a espada, cuando comience la matanza general entre las naciones.

Egipto tendrá que beber de la misma copa ensangrentada que los demás. Por eso es entregado a la espada, la espada de la guerra, aunque en la mano de Dios también es la espada de la justicia. Es entregado al juicio público. La orden «Arrástrala a ella y a toda su multitud» puede representar un entierro honorable, como cuando el cuerpo de un gran hombre es llevado en un carruaje fúnebre, o una ejecución vergonzosa, como cuando se arrastra a un criminal sobre un trineo. De cualquier manera, serán llevados al pozo como advertencia para todos.

Segundo, este reino es recibido en la tumba, y el faraón es admitido entre los muertos con una especie de ceremonia exterior. Así como la caída del rey de Babilonia se representa con las palabras «El Seol se estremece para recibirte» (Isaías 14:9), aquí los muertos le hablan al faraón desde en medio de la tumba (Ezequiel 32:21). Parecen saludar su llegada y obligarlo a enfrentar la lección que no quiso aprender en vida: es insensato luchar contra Dios, y nadie puede endurecer su corazón contra él y prosperar. A él y a quienes intentaron ayudarlo les dicen, en efecto: «¿Dónde están ahora? ¿En qué terminó todo su esfuerzo?».

Varias naciones aparecen nombradas como aquellas que ya habían descendido a la tumba antes que Egipto, listas para recibirlo con desprecio. Probablemente eran naciones destruidas en años recientes por el rey de Babilonia, cuyos gobernantes fueron derribados. Ahora Egipto tendrá que compartir el mismo destino que sus vecinos. No desciende solo a la nada; hay incontables personas allí antes que él. Sin embargo, Judá y Jerusalén no aparecen entre esas naciones, aunque también fueron destruidas aproximadamente en ese tiempo. Esto se debe a que su sufrimiento tenía un propósito y un resultado diferentes. Dios todavía tenía misericordia reservada para ellas, de modo que su caída no fue el mismo tipo de descenso al pozo que experimentaron las naciones que las rodeaban (Isaías 27:7).

Entre los que habían descendido antes que Egipto está el imperio asirio, con todos sus príncipes y hombres fuertes (Ezequiel 32:22). Allí está Asiria con toda su compañía, es decir, con todas las tierras que dependían de esa corona. El gobernante que alguna vez vivió rodeado de esplendor, guardias y nobles, ahora yace en la oscuridad, rodeado de sepulcros y de soldados que ya no pueden servirlo ni honrarlo. Todos fueron muertos, caídos a espada. Sus vidas fueron acortadas y, por haber sido violentos y engañosos, no llegaron a vivir ni la mitad de sus días. Sus sepulcros están colocados a los lados del pozo, uno junto a otro, como camas en una habitación común (Ezequiel 32:23). Toda esa compañía está formada por personas muertas a espada, una enorme multitud de quienes alguna vez sembraron terror en la tierra de los vivientes.

Pero la muerte acaba con su poder. Las personas a las que aterrorizaban ya no tienen miedo, y los hombres poderosos mismos ya no pueden atemorizar a nadie. En la tumba, los prisioneros descansan juntos y ya no oyen la voz del opresor (Job 3:18). Nadie teme a un león muerto. Esto nos recuerda que la muerte será un rey de terrores para quienes se hicieron temibles en vez de ser una bendición para su propia generación.

También está Elam, el reino de Persia, quizá ya debilitado dentro de la memoria de quienes vivían en ese tiempo (Ezequiel 32:24-25). Allí están Elam y todo su pueblo, junto con su rey y sus ejércitos. Ellos también causaron miedo en la tierra de los vivientes y se exhibieron con arrogancia entre las naciones. Pero ahora Elam tiene un sepulcro para sí, rodeado por las tumbas de la gente común. Yace entre los muertos a espada que descendieron incircuncisos; es decir, fuera del pacto de Dios y sin la señal de su salvación. Llevan su vergüenza entre quienes bajan al pozo. Comparten la humillación común de la muerte y, además, cargan con una deshonra especial delante de Dios y de los seres humanos.

La lección es clara: quienes hacen temblar a los demás, tarde o temprano cargarán con su propia vergüenza y se convertirán en un terror para sí mismos. El rey de Elam es colocado entre los muertos, y el único honor que le queda es ser enterrado en el sepulcro principal.

Después aparece el poder escita, activo en el mundo de aquel tiempo. Mesec y Tubal, naciones bárbaras del norte, habían invadido recientemente a los medos y sembrado terror entre ellos. Durante varios años vivieron a costa de los medos y tomaron todo lo que pudieron apoderarse. Finalmente, Ciajares, rey de los medos, los atrapó mediante una estrategia, mató a muchos de ellos y expulsó de su país a los demás (Ezequiel 32:26).

Allí yacen Mesec y Tubal con todo su pueblo. Hay un sepulcro para ellos, con su principal líder en medio de los demás; todos están incircuncisos y fueron muertos a espada. Estos escitas murieron sin honor, tal como habían vivido sin honor. No están acostados en un lecho de honor, como las otras naciones mencionadas antes (Ezequiel 32:27). No yacerán con los poderosos ni serán enterrados con las ceremonias que reciben quienes caen en batalla y conservan cierto respeto de parte del enemigo.

En ocasiones, quienes eran considerados grandes guerreros llegaban a sus tumbas con sus armas llevadas delante del cortejo fúnebre o arrastradas detrás de él. A veces colocaban sus espadas debajo de la cabeza, como si pudieran dormir más tranquilos en la tumba sobre semejante almohada. Pero estos escitas no recibirán ninguna de esas señales de honor. En cambio, su culpa recaerá sobre sus descendientes. Debido a su pecado, quedan sin sepultura, aunque alguna vez hicieron temblar incluso a los poderosos de la tierra de los vivientes.

Allí está el reino de Edom, que había prosperado durante mucho tiempo, pero que para entonces, al menos antes de la destrucción de Egipto, había quedado completamente arruinado, tal como se había anunciado (Ezequiel 25:13). Edom se encuentra entre los sepulcros de las naciones (Ezequiel 32:29). Allí yacen sus reyes y todos sus príncipes, sus sabios gobernantes, por los que Edom era conocido, y sus valientes soldados. Sin embargo, ninguno tiene monumentos ni nombres que lo distingan. Todos están mezclados con el polvo común.

Todos ellos, a pesar de su poder, son colocados junto a los que fueron muertos a espada. Su poder no pudo salvarlos. De hecho, contribuyó a provocar su caída, porque los empujó a la guerra y volvió contra ellos a sus vecinos, quienes sentían que tenían que detener a Edom antes de que se hiciera demasiado fuerte. Trabajaron arduamente para arruinarse a sí mismos, como tantas personas que, a pesar de contar con todas sus fuerzas, terminan junto a los muertos a espada. Los edomitas estaban circuncidados, porque descendían de Abraham, pero eso no los ayudará. Yacerán con los incircuncisos.

También están allí los príncipes del norte y todos los sidonios. Conocían el mar tan bien como los egipcios, y Egipto dependía mucho de esa parte de su poder. Pero estas naciones han descendido con los muertos (Ezequiel 32:30), al pozo. Ahora sienten vergüenza de su poder y de recordar cuánto se jactaron de él y confiaron en él. Al igual que Edom con su fuerza, ellos, con el terror que inspiraban, son colocados junto a los muertos a espada y deben compartir el mismo destino. Llevan su vergüenza con quienes descienden al pozo, muriendo en desgracia como los que fueron eliminados por la justicia pública.

Todo esto se aplica al faraón y a los egipcios. No tienen razón para engañarse con esperanzas de paz cuando ven que sus vecinos más sabios, ricos y fuertes han sido destruidos (Ezequiel 32:28). Dios está derribando a las naciones que permanecen orgullosas y se niegan a cambiar, y Egipto debe esperar caer junto con ellas.

Esto puede aliviar un poco el sufrimiento de Egipto, porque muchas naciones grandes y poderosas ya han seguido el mismo camino (Ezequiel 32:31). El faraón las verá y hallará algún consuelo. Tal vez le tranquilice saber que no es el primer rey muerto en batalla, ni el primer ejército derrotado, ni el primer reino reducido a ruinas. Pero el consuelo que los malvados tienen después de la muerte es débil e imaginario; no es un consuelo verdadero. Encuentran poca paz al saber que tienen tantos compañeros de sufrimiento. El rico en el infierno no halló consuelo en eso. El faraón solo puede encontrar consuelo en la cuestión del honor, no en ningún alivio verdadero.

Sin embargo, nada le impedirá enfrentar estas aflicciones, porque Dios dice: «He dado a conocer mi terror en la tierra de los vivientes» (Ezequiel 32:32). Con frecuencia, los poderosos infunden miedo en los demás y tratan de hacer que todos les teman. Parecen decir: «Que nos odien, con tal de que nos teman». Pero ahora el gran Dios ha dado a conocer su propio terror en la tierra de los vivientes; por eso se ríe de las amenazas humanas, pues ve que se acerca el día de ellos (Salmo 37:13). En ese día de terror, el faraón y todo su pueblo serán puestos junto a los que mueren a espada.

Esta profecía también nos muestra algo acerca de las naciones arruinadas. En primer lugar, nos muestra cómo es este mundo presente y cómo la muerte gobierna en él. Contemplemos la triste condición de la vida humana. Este es un mundo que está muriendo constantemente. Mueren los fuertes, mueren los poderosos, mueren el faraón y todo su pueblo. También es un mundo de matanza. Las personas no solo mueren de manera natural; con demasiada frecuencia, unos causan la muerte de otros e inventan muchas maneras de destruirse mutuamente. No es solamente una gran tumba, sino también un gran campo de batalla.

También señala hacia el mundo venidero. Aunque el significado principal aquí puede ser la destrucción de las naciones, claramente apunta a la ruina final y permanente de los pecadores obstinados, aquellos que son incircuncisos de corazón. La espada de la justicia de Dios los hiere. Su culpa permanece sobre ellos, y llevan consigo su vergüenza. Los que son enemigos de Cristo y no quisieron que él reinara sobre ellos serán sacados y muertos delante de él, aunque sean tan grandiosos y numerosos como el faraón y todo su pueblo.

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