Versículo destacado
Eclesiastés 9:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" También vi esta sabiduría bajo el sol, y me pareció grande: "
Eclesiastés 9:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 Volví y vi bajo el sol que la carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes; que tampoco el pan es de los sabios, ni las riquezas de los entendidos, ni el favor de los hábiles, sino que a todos les acontecen el tiempo y la casualidad.
12 Porque el hombre tampoco conoce su tiempo. Como los peces que quedan atrapados en una red maligna y como las aves que quedan atrapadas en la trampa, así quedan atrapados los hijos de los hombres en un tiempo malo, cuando este cae de repente sobre ellos.
13 También vi esta sabiduría bajo el sol, y me pareció grande:
14 Había una ciudad pequeña, con pocos hombres dentro de ella. Un gran rey vino contra ella, la sitió y construyó grandes baluartes contra ella.
15 En ella se encontró a un hombre pobre y sabio, quien por su sabiduría libró la ciudad; sin embargo, nadie recordó a aquel hombre pobre.
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Salomón sigue exhortándonos a valorar la sabiduría como algo necesario para mantener la paz y hacer bien nuestro trabajo, aunque la vida humana esté llena de frustraciones y decepciones. Acaba de decir que el pan no siempre se da a los sabios (Eclesiastés 9:11), pero no pretende menospreciar la sabiduría ni desanimarnos a buscarla. Él sigue sosteniendo la verdad que expresó antes: la sabiduría es superior a la necedad, así como la luz es superior a las tinieblas (Eclesiastés 2:13). Debemos amar la sabiduría, seguirla y permitir que nos guíe por su propio valor y porque nos ayuda a servir a los demás, aunque no nos traiga riquezas ni honores.
La sabiduría que describe aquí es la que permite que una persona sirva a su país por una preocupación sincera por su bienestar, aun cuando no obtenga nada a cambio. Tal vez no reciba agradecimiento ni siquiera reconocimiento público. Sin embargo, Salomón dice que esto le pareció grande, porque un corazón dispuesto a servir al bien común, aun en una vida privada y humilde, es algo noble y excelente.
Luego presenta un ejemplo, probablemente tomado de un hecho real ocurrido en un país cercano, acerca de un hombre pobre que usó su sabiduría para hacer mucho bien en un momento de peligro público. Había una ciudad pequeña, que no representaba un gran premio para quien quisiera apoderarse de ella, y solo unos cuantos hombres para defenderla. Contra ella llegó un gran rey con un ejército numeroso y la sitió, quizá por orgullo, avaricia o venganza. Construyó fuertes obras de asedio contra la ciudad y esperaba conquistarla rápidamente. ¡Cuántos problemas injustos les causan los gobernantes orgullosos a sus vecinos indefensos!
La ciudad no representaba una amenaza semejante, y el rey tenía poco que ganar con ella. Aun así, dedicó mucho esfuerzo y dinero a conquistarla. De la misma manera que algunas personas, movidas por la avaricia, intentan añadir casa tras casa y campo tras campo (Isaías 5:8), los grandes reyes suelen tratar de añadir ciudad tras ciudad y provincia tras provincia, como si solo ellos debieran gobernar la tierra. Pero ¿fue la fuerza la que ganó aquel día? No. Dentro de aquella pequeña ciudad, entre sus pocos habitantes, había un hombre pobre pero sabio, un hombre entendido que, sin embargo, no ocupaba ningún puesto de poder ni recibía ganancias. Si los cargos se otorgaran conforme al mérito, un hombre así no habría permanecido pobre.
Como era sabio, sirvió a la ciudad a pesar de su pobreza. Cuando llegó la dificultad, el pueblo acudió a él y le pidió ayuda (Jueces 11:7). Mediante su sabiduría, libró a la ciudad, ya fuera dando consejos prudentes a quienes estaban bajo asedio o logrando un acuerdo sensato con los atacantes, como hizo la mujer de Abel (2 Samuel 20:16). No les reprochó que antes lo hubieran ignorado. No dijo que era pobre, que no tenía nada que perder y que, por lo tanto, no le importaba lo que le sucediera a la ciudad. Al contrario, hizo todo lo que pudo, y Dios le dio la victoria.
Esto muestra que los sentimientos personales y las heridas individuales deben ceder ante el bien común cuando está en juego el bienestar de muchos. Sin embargo, la ciudad siguió tratándolo mal. Como era pobre, nadie se acordó de él cuando pasó el peligro. Su buen servicio no fue reconocido, no recibió ninguna recompensa ni se le mostró honor alguno. Siguió siendo tan pobre y desconocido como antes. Las riquezas no fueron para aquel hombre entendido, ni el favor para aquel hombre hábil. Muchos que realmente han servido bien a su gobernante o a su país han recibido una paga muy pobre. Vivimos en un mundo ingrato. Es bueno que las personas útiles tengan a Dios en quien confiar, porque él será quien las recompense generosamente. Entre los seres humanos, los grandes servicios muchas veces provocan envidia, y el bien se paga con mal.
De este ejemplo, Salomón extrae varias lecciones útiles. Primero, la sabiduría es de gran valor y una gran bendición para una nación: la sabiduría es mejor que la fuerza (Eclesiastés 9:16). Una mente reflexiva, que honra a la persona, es mejor que un cuerpo fuerte, pues muchos animales son más fuertes que los seres humanos. Mediante la sabiduría, una persona puede lograr lo que la fuerza jamás podría alcanzar y superar con inteligencia a quienes, de otro modo, podrían dominarla. La sabiduría es mejor que las armas de guerra, ya sea para atacar o para defenderse (Eclesiastés 9:18). Aquí la sabiduría se refiere a la religión y a la piedad, pues el hombre sabio aparece en contraste con el pecador. Esto es mejor que toda habilidad y todo equipo militar, porque hace que Dios esté de nuestro lado. Entonces estamos seguros en el mayor peligro y recibimos ayuda para las tareas más difíciles. Si Dios está a nuestro favor, ¿quién puede enfrentarse a nosotros?
Segundo, la sabiduría tiene un poder real, aunque exteriormente parezca débil. Las palabras de los sabios se escuchan en quietud (Eclesiastés 9:17). Lo que dicen, cuando lo expresan con calma y reflexión, puede ser escuchado y respetado, aunque no sean lo bastante ricos o poderosos para hablar con una seguridad imponente. Esas palabras pueden demostrar la verdad y mover a las personas más que los gritos de un gobernante sobre los necios, quienes lo eligieron porque hace ruido y actúa con arrogancia, y creen que puede imponerse por la fuerza de su voz. Unos cuantos argumentos bien pensados valen más que muchas palabras grandilocuentes. Las personas que se resisten a las amenazas todavía pueden ceder ante un razonamiento justo. Pero la pasión airada debilita la razón en vez de ayudarla.
Tercero, las personas sabias y buenas muchas veces deben conformarse con el consuelo de haber hecho el bien, o al menos haber intentado hacerlo, aun cuando no reciban el reconocimiento que merecen. La sabiduría capacita a una persona para ayudar a sus vecinos, y esa persona ofrece su ayuda. Sin embargo, si es pobre, su sabiduría es despreciada y sus palabras no son escuchadas (Eclesiastés 9:16). Muchas personas están, en efecto, sepultadas en vida por la pobreza y el anonimato, aunque podrían ser una gran bendición para el mundo si tan solo recibieran el estímulo adecuado. Muchas perlas se pierden dentro de su concha. Pero llegará el día en que la sabiduría y la bondad serán honradas, y los justos resplandecerán.
Al considerar el gran bien que puede hacer una sola persona sabia y virtuosa, ahora extrae la lección opuesta: una sola persona malvada puede causar mucho daño e impedir mucho bien. «Un pecador destruye mucho bien». Una vida pecaminosa es una vida desperdiciada. El pecador usa muchos de los dones de Dios, tanto los que provienen de la naturaleza como los que proceden de su providencia, al servicio del pecado. El buen juicio, los talentos, los conocimientos, un buen carácter, una buena posición económica, la buena comida, la buena bebida y muchas otras cosas buenas son mal utilizados y desperdiciados de esa manera. Al final, se arruina el propósito para el cual Dios los dio.
Quien destruye su propia alma destruye mucho bien. Una sola persona malvada también puede causar un gran daño a otras personas en una ciudad o en un país. Alguien dedicado a corromper a los demás puede deshacer el trabajo de muchas buenas leyes y de mucha predicación fiel. Puede atraer a muchas personas hacia sus caminos dañinos. Un pecador puede arruinar una ciudad, así como Acán, el hombre que tomó lo que había sido consagrado al exterminio, causó problemas a todo el campamento de Israel (Josué 7:1). El hombre sabio que salvó la ciudad habría recibido el honor y la recompensa que merecía, pero un pecador lo impidió y redujo el valor del servicio realizado. Muchos buenos planes para el bien común han sido arruinados por un solo enemigo astuto. La sabiduría de algunos habría sanado a la nación, pero la maldad de unos pocos impidió que fuera sanada. Por eso debemos aprender quiénes son los verdaderos amigos y enemigos de un reino: una sola persona santa hace mucho bien, y un solo pecador destruye mucho bien.
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De este capítulo
Eclesiastés 9:1
"Consideré en mi corazón todo esto, incluso para declarar todo esto: que los justos, los sabios y sus obras están en la mano de Dios. Ningún hombre conoce ni el amor ni el odio por todo lo que está delante de ellos."
Eclesiastés 9:2
"A todos les sucede lo mismo: un mismo destino hay para el justo y para el malvado; para el bueno y para el limpio, y para el impuro; para el que sacrifica y para el que no sacrifica. Como es el bueno, así es el pecador; y el que jura, como el que teme prestar juramento."
Eclesiastés 9:3
"Este es un mal entre todas las cosas que se hacen bajo el sol: que un mismo destino alcanza a todos. Sí, también el corazón de los hijos de los hombres está lleno de maldad, y hay locura en su corazón mientras viven; y después van a los muertos."
Eclesiastés 9:4
"Porque para el que está unido a todos los vivientes hay esperanza, porque más vale perro vivo que león muerto."
Eclesiastés 9:5
"Porque los vivos saben que morirán, pero los muertos no saben nada ni tienen ya recompensa alguna, porque su memoria ha caído en el olvido."
Eclesiastés 9:6
"También su amor, su odio y su envidia ya han perecido, y nunca más tendrán parte en nada de lo que se hace bajo el sol."
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