Versículo destacado
Eclesiastés 9:4 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Porque para el que está unido a todos los vivientes hay esperanza, porque más vale perro vivo que león muerto. "
Eclesiastés 9:4
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
2 A todos les sucede lo mismo: un mismo destino hay para el justo y para el malvado; para el bueno y para el limpio, y para el impuro; para el que sacrifica y para el que no sacrifica. Como es el bueno, así es el pecador; y el que jura, como el que teme prestar juramento.
3 Este es un mal entre todas las cosas que se hacen bajo el sol: que un mismo destino alcanza a todos. Sí, también el corazón de los hijos de los hombres está lleno de maldad, y hay locura en su corazón mientras viven; y después van a los muertos.
4 Porque para el que está unido a todos los vivientes hay esperanza, porque más vale perro vivo que león muerto.
5 Porque los vivos saben que morirán, pero los muertos no saben nada ni tienen ya recompensa alguna, porque su memoria ha caído en el olvido.
6 También su amor, su odio y su envidia ya han perecido, y nunca más tendrán parte en nada de lo que se hace bajo el sol.
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En otro momento, Salomón había dicho, en medio de su aflicción, que los muertos estaban mejor que los vivos (Eclesiastés 4:2). Pero aquí contempla el valor de la vida desde otra perspectiva. Ve la vida como el tiempo para prepararnos para la muerte y asegurar la esperanza de una vida mejor. Desde esa perspectiva, muestra las ventajas que tienen los vivos sobre los muertos (Eclesiastés 9:4-6).
Mientras hay vida, hay esperanza. Mientras una persona sigue viva, todavía hay espacio para el cambio, la ayuda y la transformación. Aunque la vida de alguien esté llena de maldad e incluso de insensatez, aún existe la esperanza de que la gracia de Dios produzca un cambio lleno de bendición. Pero cuando las personas descienden al lugar de los muertos (Eclesiastés 9:3), ya es demasiado tarde. El que entonces esté sucio permanecerá sucio para siempre. Aunque una persona parezca inútil, mientras siga entre los vivos hay esperanza de que vuelva a echar raíces y a dar fruto. Una persona viva todavía puede ser útil en este mundo, pero una persona muerta ya no puede servir aquí. Por eso un perro vivo es mejor que un león muerto: incluso la persona más humilde que está viva tiene algún consuelo y alguna utilidad en este mundo, mientras que el príncipe más grande ya no puede hacer nada después de la muerte.
Mientras hay vida, también hay tiempo para prepararse para la muerte. Los vivos saben lo que los muertos ya no saben, especialmente que ellos mismos deben morir. Ese conocimiento debería impulsarlos a prepararse para el gran cambio que seguramente llegará y que puede llegar de repente. Esta es una verdad necesaria y útil, porque toda nuestra labor en la vida consiste en prepararnos para la muerte. Los vivos saben que la muerte está delante de ellos, así que todavía tienen tiempo para hacer provisión para ella. Los muertos saben que están muertos, pero para entonces ya es demasiado tarde. Han quedado más allá del gran abismo que ha sido fijado.
Cuando la vida termina, este mundo también termina para nosotros. Los muertos ya no saben nada del mundo en el que vivieron. No parece que sepan lo que hacen quienes quedan atrás. Abraham no sabe nada de nosotros; han sido llevados a un lugar de oscuridad (Job 10:22). Sus placeres aquí también terminan. Ya no reciben ninguna recompensa por su trabajo en este mundo, y todo lo que reunieron debe quedar para otros. Pueden recibir recompensa por sus acciones santas, pero no por sus labores terrenales. El cuerpo y sus apetitos pasarán juntos (Juan 6:27; 1 Corintios 6:13).
Los muertos también dejan atrás su parte en este mundo. Ya no tienen una porción permanente en las cosas por las que trabajaron bajo el sol. Las cosas terrenales no pueden ser una verdadera porción para el alma, porque no duran para siempre. Quienes eligen este mundo como su bien principal solo tienen una participación temporal en él, durante esta vida (Salmo 17:14). El mundo es únicamente una provisión para toda la vida, no una porción eterna.
También termina su nombre. Muy pocas personas son recordadas por mucho tiempo después de morir. La tumba es una tierra de olvido, porque quienes son sepultados allí pronto son olvidados. El lugar que los conocía ya no los conoce, ni tampoco las tierras que llevan su nombre.
Sus sentimientos también llegan a su fin: sus amores, sus odios y sus envidias. Las cosas buenas que amaron, las malas que odiaron y el éxito de otros que envidiaron terminan con ellos. La muerte separa a los amigos y acaba con las amistades; también pone fin a las disputas entre los enemigos. La persona y sus acciones mueren juntas. Allí no obtendremos ningún beneficio de nuestros amigos, porque su amor ya no podrá ayudarnos. Tampoco sufriremos daño por causa de nuestros enemigos, porque su odio y su envidia ya no podrán lastimarnos. Allí cesa la perturbación causada por los malvados. Las cosas que ahora nos conmueven tan profundamente y que defendemos o protegemos con tanto empeño terminarán por completo allí.
De esto, Salomón extrae una lección sabia: debemos aprovechar bien la vida mientras dure. Debemos administrar con cuidado el poco tiempo que nos queda. Parte de esa sabiduría consiste en disfrutar de los consuelos de la vida mientras vivimos y recibir con gratitud nuestra parte de sus bienes. Salomón sabía, por su propia experiencia dolorosa, lo peligroso que es abusar de las cosas agradables, así que no las prohíbe por completo. Más bien, enseña a usarlas con moderación y sobriedad. Podemos usar las cosas del mundo, pero no debemos abusar de ellas. Debemos recibir lo que legítimamente podemos disfrutar y no esperar más.
Comienza con la actitud que debemos tener. No debemos vivir abatidos ni aplastados, sino permitir que nuestro espíritu esté tranquilo y alegre. Debe haber gozo y un corazón alegre, un buen corazón, algo muy distinto del placer vacío o del deleite pecaminoso. Esos tipos de alegría suelen ser tanto una señal de maldad interior como una causa de más maldad. Debemos disfrutar de nosotros mismos, de nuestros amigos y de nuestro Dios, manteniendo una conciencia limpia que no perturbe ese gozo. Debemos servir a Dios con alegría al usar lo que él nos da, compartir generosamente con los demás y no dejarnos agobiar por la preocupación ni por el dolor relacionados con el mundo. Debemos comer nuestro pan como personas de Dios, no con tristeza, sino con alegría y un corazón generoso (Deuteronomio 26:14; Hechos 2:46).
No debemos hacer que nuestra felicidad dependa de los placeres de este mundo ni poner en ellos nuestro corazón. Aun así, debemos usar lo que Dios nos da de la mejor manera posible, con dominio propio y sabiduría, sin olvidarnos de los pobres.
Haz que quienes están cerca de ti se sientan bien contigo. «Vive alegremente con la esposa que amas». No guardes todo tu consuelo para ti ni ignores a las personas que te rodean. Permite que compartan tu alegría y encuentren descanso a tu lado. Ten una esposa, porque incluso en el paraíso no era bueno que el hombre estuviera solo. Sé fiel a tu esposa, a una sola esposa, y no multipliques las esposas, como Salomón había visto que ocurría con esa práctica. Permanece solo con ella y no tengas relación con ninguna otra. ¿Cómo puede un hombre vivir alegremente con una persona si no vive honestamente con ella? Si amas a tu esposa, tendrás más probabilidades de vivir alegremente con ella. Cuando cumplimos con nuestro deber en nuestras relaciones, podemos esperar encontrar consuelo en ellas. Véase (Proverbios 5:19).
Vive con tu esposa y disfruta de su compañía. Alégrate cuando estés con ella. Encuentra satisfacción en tu familia, en tu viña y en tus olivos. La alegría de la que se habla aquí también tiene una condición: «Alégrate y ten un corazón alegre, si Dios acepta tus obras». Si estás reconciliado con Dios y él te aprueba, entonces tienes razón para alegrarte. Si no, no la tienes. «No te alegres, Israel, como los demás pueblos, porque te has apartado de tu Dios» (Oseas 9:1). Nuestra primera preocupación debe ser hacer las paces con Dios y obtener su favor, haciendo lo que él acepta. Entonces podremos «comer nuestro pan con alegría».
Quienes tienen obras que Dios ha aceptado tienen buenas razones para alegrarse, y deberían hacerlo. Cuando comes con alegría el pan de tus sacrificios y bebes con un corazón alegre el vino de tus ofrendas, entonces Dios acepta tus obras. El servicio religioso, cuando se realiza con gozo santo, agrada a Dios. A él le gusta que sus siervos canten mientras trabajan, porque eso demuestra que él es un buen amo.
Hay buenas razones para este gozo. Primero, es muy poco lo que tenemos para hacer que nuestro paso por este mundo sea agradable y llevadero. Los días de nuestra vida son días de vanidad, llenos de dificultades y decepciones. Ya tendremos suficiente tiempo para el dolor cuando no podamos evitarlo, así que debemos vivir alegremente mientras podamos. No debemos agotarnos con preocupaciones por el mañana, porque cada día tiene ya sus propios problemas. Un espíritu tranquilo y lleno de gracia es un remedio poderoso contra el vacío del mundo.
Segundo, esto es todo lo que podemos obtener de este mundo. Esta es tu parte en las cosas de esta vida. En Dios y en la vida venidera tendrás una porción mejor y una recompensa mejor por tu trabajo en la fe. Pero por todo tu trabajo entre las cosas que están bajo el sol, esto es todo lo que puedes esperar; por tanto, no te lo niegues.
También debemos entregarnos al trabajo de la vida mientras la vida dure y usar sus alegrías para prepararnos para nuestras responsabilidades. «Come con alegría y con un corazón alegre», no para que tu alma descanse, como dijo el rico insensato (Lucas 12:19), sino para que tu alma se esfuerce más, y el gozo del Señor le dé fuerza y ánimo (Eclesiastés 9:10).
Todo lo que encuentres para hacer, hazlo con todas tus fuerzas. En esta vida no solo hay algo que disfrutar, sino también algo que hacer. El bien principal que debemos buscar aquí es el bien que hacemos (Eclesiastés 2:3). Este mundo es para servir, mientras que el mundo venidero es para recibir la recompensa. Este es el tiempo de prueba y preparación para la eternidad. Estamos aquí con una tarea, y debemos prestar atención a nuestra conducta.
La oportunidad debe guiarnos e impulsarnos a cumplir con nuestro deber. Haz lo que encuentres para hacer, lo que el momento requiera. Una persona activa siempre encontrará un trabajo útil que realizar. Lo que debe hacerse, incluso por necesidad, encontrará un lugar para que lo hagamos. Todo el bien que tengamos la oportunidad de hacer debemos hacerlo mientras la oportunidad permanezca, y hacerlo con todas nuestras fuerzas, con cuidado, energía y determinación, aun cuando el trabajo sea difícil o desalentador. Los días de cosecha son días ocupados, y debemos aprovechar la oportunidad mientras el sol brilla.
Servir a Dios y ocuparnos de nuestra salvación debe hacerse con todo lo que tenemos, y aun así, todo eso es poco. Hay una razón poderosa para hacer las obras de aquel que nos envió mientras es de día, porque viene la noche, cuando nadie puede trabajar (Juan 9:4). Debemos levantarnos y ponernos a trabajar ahora, con todo el cuidado posible, porque nuestro tiempo de labor pronto terminará y no sabemos qué tan pronto ocurrirá. Pero sí sabemos esto: si la obra de nuestra vida no está terminada cuando llegue el fin de nuestro tiempo, estaremos perdidos para siempre.
En la tumba a la que vamos no hay trabajo, ni planes, ni conocimiento para pensar, ni sabiduría para actuar. Todos avanzamos hacia la tumba, y cada día nos acerca un paso más. Cuando estemos allí, será demasiado tarde para corregir los errores de la vida, demasiado tarde para arrepentirnos y hacer las paces con Dios, y demasiado tarde para atesorar algo para la vida eterna. Hay que hacerlo ahora, o nunca. La tumba es una tierra de oscuridad y silencio, y allí no se puede hacer nada por nuestra alma.
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De este capítulo
Eclesiastés 9:1
"Consideré en mi corazón todo esto, incluso para declarar todo esto: que los justos, los sabios y sus obras están en la mano de Dios. Ningún hombre conoce ni el amor ni el odio por todo lo que está delante de ellos."
Eclesiastés 9:2
"A todos les sucede lo mismo: un mismo destino hay para el justo y para el malvado; para el bueno y para el limpio, y para el impuro; para el que sacrifica y para el que no sacrifica. Como es el bueno, así es el pecador; y el que jura, como el que teme prestar juramento."
Eclesiastés 9:3
"Este es un mal entre todas las cosas que se hacen bajo el sol: que un mismo destino alcanza a todos. Sí, también el corazón de los hijos de los hombres está lleno de maldad, y hay locura en su corazón mientras viven; y después van a los muertos."
Eclesiastés 9:5
"Porque los vivos saben que morirán, pero los muertos no saben nada ni tienen ya recompensa alguna, porque su memoria ha caído en el olvido."
Eclesiastés 9:6
"También su amor, su odio y su envidia ya han perecido, y nunca más tendrán parte en nada de lo que se hace bajo el sol."
Eclesiastés 9:7
"Ve, come tu pan con alegría y bebe tu vino con corazón alegre, porque Dios ya acepta tus obras."
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