Versículo destacado
Eclesiastés 4:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces volví y vi vanidad bajo el sol. "
Eclesiastés 4:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 El necio cruza las manos y se come su propia carne.
6 Más vale un puñado con tranquilidad que las dos manos llenas de trabajo penoso y aflicción de espíritu.
7 Entonces volví y vi vanidad bajo el sol.
8 Hay uno que está solo, y no hay un segundo; no tiene hijo ni hermano. Sin embargo, no tiene fin todo su trabajo, ni su ojo se satisface con las riquezas. Tampoco dice: «¿Para quién trabajo y privo a mi alma del bien?». Esto también es vanidad; sí, es un trabajo penoso.
9 Mejores son dos que uno, porque tienen una buena recompensa por su trabajo.
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Salomón señala otro ejemplo de la vaciedad de este mundo: mientras más tienen las personas, más quieren. Se obsesionan tanto con obtener más que ya no pueden disfrutar lo que poseen. Él muestra que el egoísmo está en la raíz de este problema.
Habla de un hombre que piensa únicamente en sí mismo. No le importa nadie más y, si pudiera, se colocaría solo en medio de la tierra. No quiere tener a otra persona a su lado y considera suficiente que haya una sola boca en su casa. Le molesta todo lo que tenga que compartir con los demás.
Este hombre codicioso, aferrado al dinero, se convierte en esclavo del trabajo. No tiene esposa, hijo, hermano ni familiar pobre a quien mantener, pero su trabajo nunca parece terminar. Trabaja de día y de noche, desde temprano hasta tarde, y casi no se permite a sí mismo ni a quienes emplea el descanso que necesitan. No se limita a su propio oficio, sino que intenta obtener dinero de cualquier cosa que pueda.
Además, nunca piensa que tiene suficiente. Sus ojos no se sacian con las riquezas. La avaricia es llamada «el deseo de los ojos» (1 Juan 2:16), porque la persona que ama al mundo parece querer solamente lo que puede ver. Puede tener suficiente para sus necesidades diarias, su negocio, su familia y una vida digna, pero no tiene suficiente para sus ojos. Puede contar su dinero y, aun así, seguir queriendo más.
Peor todavía, se priva del bien que ya posee. Si nuestras almas son despojadas de lo bueno, nosotros mismos somos quienes las despojamos. Otras personas pueden quitarnos nuestras posesiones externas, pero no pueden robarnos la gracia, la paz ni las demás bendiciones espirituales. Muchos están tan aferrados al mundo que pierden tanto el gozo presente como la vida eterna en esa búsqueda.
Tampoco tiene una verdadera excusa para vivir de esa manera. No tiene hijo ni hermano, ni alguien a quien esté obligado a mantener, ni una persona a la que ame de manera especial, ni alguien pobre o querido por quien preocuparse. Mientras vive, no puede gastar sus riquezas en alguien que le importe; y cuando muera, tampoco puede dejárselas a una persona que valore.
También carece de la sabiduría necesaria para preguntarse para quién trabaja en realidad. Debería trabajar para la gloria de Dios y para tener algo que compartir con quienes están necesitados. Debería recordar que trabaja para un cuerpo que morirá y que quizá está acumulando riquezas para otra persona: tal vez para un necio que las desperdicie o incluso para un enemigo que no honre su memoria. Es sabio que quienes trabajan arduamente en este mundo consideren para quién es realmente todo ese esfuerzo. Si no lo hacen, su vida se vuelve vacía y dolorosa, y se desgastan por nada.
Luego Salomón presenta la solución para este mal: una vida compartida con los demás. Las personas se vuelven codiciosas porque piensan únicamente en sí mismas. Por eso muestra, mediante varios ejemplos, que «no es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18). De este modo, anima tanto al matrimonio como a la amistad, dos cosas que las personas egoístas suelen evitar por el costo que implican. Sin embargo, cuando se forman con sabiduría, el consuelo y la ayuda que ofrecen valen mucho más que ese costo. Incluso en el paraíso, el ser humano no fue creado para ser feliz en soledad; por eso Dios le dio un compañero.
Salomón afirma una verdad sencilla: dos son mejores que uno. Juntos pueden ser más felices que cualquiera de los dos por separado, ayudarse más y hacer más bien a los demás. Reciben una buena recompensa por su trabajo, porque lo que hacen por otra persona vuelve a ellos de otra manera. En cambio, quien vive solamente para sí mismo solo tiene su propia persona para recompensarlo, y muchas veces se trata a sí mismo con más dureza de la que lo trataría un amigo.
Por eso Salomón dice: «¡Pobre del que está solo!». La persona que vive aislada queda expuesta a muchas tentaciones que la buena compañía y la amistad podrían ayudarle a evitar. Pierde el apoyo que brinda la presencia de un amigo, como el hierro que se afila con el hierro. Una vida apartada de los demás nunca fue pensada como una forma superior de santidad, y quienes no pueden amar a otras personas no deberían considerarse los mayores amantes de Dios.
Después Salomón muestra el valor de la amistad de varias maneras prácticas. Si dos personas viajan juntas, una puede ayudar a la otra cuando cae. Si alguien cae en pecado, un amigo puede ayudarlo a restaurarse con gentileza. Si cae en dificultades, un amigo puede consolarlo y aliviar su tristeza. Un compañero también es útil para dar calor, pues dos personas acostadas juntas se mantienen calientes. De la misma manera, la buena compañía despierta deseos santos, y los cristianos se ayudan unos a otros a crecer en amor y en buenas obras.
También señala la fuerza que existe en la unidad. Si un enemigo encuentra a un hombre solo, es más probable que lo derrote. Una persona por sí misma no puede resistir tan bien como dos juntas, pero dos pueden mantenerse firmes. Los amigos pueden ayudarse mutuamente frente a sus enemigos. Así como Joab y Abisai acordaron ayudarse en la batalla (2 Samuel 10:11), ambos pueden vencer cuando permanecen lado a lado. Si las personas luchan por separado, es más probable que sean derrotadas.
Esto también es cierto en la vida espiritual. Los creyentes pueden ayudarse unos a otros en su lucha contra el pecado y en su servicio a Dios. Además del consuelo de la comunión con Dios, existe el consuelo de la comunión con los santos. Salomón termina con un proverbio: una cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente, del mismo modo que un manojo de flechas es más fuerte que una sola flecha.
Compara a dos personas unidas con una cuerda de tres hilos. Cuando dos están estrechamente unidos en amor santo y comunión, Cristo, por medio de su Espíritu, se acerca a ellos y forma con ellos un tercero. Es como cuando se unió a los dos discípulos en el camino a Emaús; entonces la cuerda tuvo tres hebras que nunca podrían romperse. Quienes viven en amor viven en Dios, y Dios vive en ellos.
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De este capítulo
Eclesiastés 4:1
"Entonces volví y consideré todas las opresiones que se cometen bajo el sol. Vi las lágrimas de los oprimidos, y no tenían quien los consolara; el poder estaba del lado de sus opresores, pero ellos no tenían quien los consolara."
Eclesiastés 4:2
"Por eso elogié a los muertos que ya habían muerto más que a los vivos que todavía están con vida."
Eclesiastés 4:3
"Sí, mejor que ambos es aquel que aún no ha existido, que no ha visto la mala obra que se hace bajo el sol."
Eclesiastés 4:4
"También consideré todo trabajo penoso y toda obra recta, y vi que por esto un hombre es envidiado por su prójimo. Esto también es vanidad y aflicción de espíritu."
Eclesiastés 4:5
"El necio cruza las manos y se come su propia carne."
Eclesiastés 4:6
"Más vale un puñado con tranquilidad que las dos manos llenas de trabajo penoso y aflicción de espíritu."
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