Versículo destacado

Eclesiastés 2:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Por tanto, odié la vida, porque la obra que se hace bajo el sol me resultaba penosa; pues todo es vanidad y aflicción de espíritu. "

Eclesiastés 2:17

menu_book El versículo en contexto

15 Entonces dije en mi corazón: «Así como le acontece al necio, también me acontecerá a mí; entonces, ¿por qué fui más sabio?». Luego dije en mi corazón que esto también es vanidad.

16 Porque no habrá memoria del sabio más que del necio para siempre, pues en los días venideros todo lo que ahora existe será olvidado. ¿Y cómo muere el sabio? Como el necio.

17 Por tanto, odié la vida, porque la obra que se hace bajo el sol me resultaba penosa; pues todo es vanidad y aflicción de espíritu.

18 Sí, odié todo el trabajo con que me había afanado bajo el sol, porque tendría que dejárselo al hombre que vendrá después de mí.

19 ¿Y quién sabe si será sabio o necio? Sin embargo, tendrá dominio sobre todo el trabajo en que me afané y en que mostré sabiduría bajo el sol. Esto también es vanidad.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Por lo general, las personas sabias disfrutan el trabajo. Se sienten en su elemento cuando están ocupadas y se inquietan cuando no tienen nada que hacer. Puede que se cansen de trabajar, pero no pierden el amor por su labor ni desean abandonarla. Por eso, uno esperaría que Salomón encontrara aquí un bien verdadero. Pero también probó este camino. Después de experimentar una vida dedicada al pensamiento y otra dedicada al placer, se entregó a una vida activa y no encontró en ella más satisfacción que en las anteriores. Seguía siendo vanidad, algo vacío y frustrante, y en estos versículos explica por qué.

Primero, debemos fijarnos en qué clase de trabajo puso a prueba. Era trabajo «bajo el sol», es decir, trabajo ligado a este mundo, al dinero, al honor y al placer de la vida presente (Eclesiastés 2:17-20). Era el trabajo de un rey, no la labor dura de los trabajadores más pobres. También existe un trabajo por encima del sol: una labor continua que conduce a una bendición duradera. Todo lo que hacemos conforme a la voluntad de Dios, como se hace en el cielo y con el propósito de alcanzar esa bendición, tendrá un valor permanente. No tendremos razón para odiar esa labor ni para perder la esperanza en ella. Pero aquí Salomón habla del trabajo bajo el sol, del trabajo por «la comida que perece» (Juan 6:27; Isaías 55:2), y encontró poca alegría en él.

Además, se trataba de la mejor clase de actividad mundana. No era solo trabajo físico, como cortar leña o cargar agua. Era una labor realizada con sabiduría, conocimiento y justicia (Eclesiastés 2:21). Era un trabajo reflexivo, relacionado con el gobierno de su reino y con el avance de su bienestar. Estaba guiado por la comprensión natural, la habilidad adquirida y la imparcialidad. Incluía el trabajo del consejo real y de los tribunales. Era una labor en la que demostraba ser sabio (Eclesiastés 2:19), y ese tipo de trabajo es superior al que solo demuestra la fuerza de una persona. La mente nos eleva por encima de los animales, así como el cuerpo nos relaciona con ellos. Muchas personas, cuando se dedican a los asuntos de este mundo, desean sobre todo parecer sabias, capaces y bien informadas.

Segundo, Salomón pronto se sintió descontento con este trabajo. Se cansó de él. Aborreció toda su labor porque no le daba la satisfacción que había esperado. Después de disfrutar por un tiempo de sus magníficas casas, jardines y obras hidráulicas, comenzó a disgustarse con ellas y a menospreciarlas. Se volvió como los niños que insisten en que les compren un juguete, juegan con entusiasmo durante un tiempo, luego se aburren y lo dejan a un lado para querer otra cosa.

Esto no significa un odio santo hacia las cosas terrenales, que debemos amar menos que a Dios y a la religión (Lucas 14:26). Tampoco significa un odio pecaminoso, como si estuviera mal hacer el trabajo que Dios nos ha encomendado. Más bien, era un cansancio natural, causado por tener demasiado de lo mismo y por la decepción que le produjo. Hizo que su corazón perdiera toda esperanza en su labor (Eclesiastés 2:20). Trabajó arduamente para convencerse en lo profundo de que los negocios de este mundo son vacíos y de que no le darían la ganancia ni la satisfacción que alguna vez había esperado. A nuestro corazón le cuesta renunciar a la esperanza de recibir grandes cosas de lo creado. A menudo tenemos que discutir largamente con nosotros mismos antes de admitir que este mundo no puede darnos lo que seguimos esperando de él. Si hemos buscado una y otra vez en la tierra alguna rica fuente de satisfacción y no hemos encontrado nada, ¿no deberíamos finalmente detenernos y dejar de esperar encontrarla allí?

Al final, llegó a odiar la vida misma (Eclesiastés 2:17). La vida trae muchas dificultades, mucho cansancio y muchas decepciones. Dios le había dado a Salomón un corazón muy grande y una mente de gran capacidad, por lo que percibía más profundamente que otras personas cuán insatisfactorias son las cosas terrenales y cuán incapaces son de hacer feliz a alguien. La vida misma, que es un regalo tan precioso y una bendición tan grande para una persona buena, puede convertirse en una carga para quien está completamente absorbido por sus negocios.

Tercero, había dos razones por las que se cansó tanto de su vida y de su trabajo. Una de ellas era que sus negocios le resultaban muy pesados. El trabajo que había realizado bajo el sol le era penoso (Eclesiastés 2:17). Sus pensamientos y preocupaciones, así como la intensa atención que exigía su labor, se convirtieron en una carga pesada, especialmente al envejecer. Este es uno de los efectos de la maldición sobre la tierra en la que trabajamos. Nuestro trabajo se llama la labor y el esfuerzo de nuestras manos porque el Señor maldijo la tierra (Génesis 5:29), porque nuestras fuerzas se debilitan y porque se nos dijo que comeríamos el pan con el sudor de nuestro rostro. Nuestra labor también se llama aflicción del corazón (Eclesiastés 2:22), porque para la mayoría de las personas se siente como una presión que deben soportar, ya que naturalmente preferimos la comodidad.

Se describe a la persona dedicada a los negocios como inquieta tanto cuando sale como cuando regresa (Eclesiastés 2:23). Durante el día se ve privada de paz, porque todos sus días son tristeza; no se trata solo de días tristes, sino de una vida marcada por la tristeza y por muchos dolores diferentes. Su trabajo diario le produce aflicción. Quienes se dedican a los negocios a menudo se encuentran con situaciones que los perturban y se sienten impulsados a la ira o a la tristeza. Las personas que tienden a irritarse descubren que, mientras más tratos tienen con el mundo, más motivos encuentran para sentirse provocadas. Incluso para quienes poseen mucho de lo que ofrece este mundo, la vida sigue siendo un valle de lágrimas. Quienes trabajan están cargados, y Cristo los llama a venir a él para encontrar descanso (Mateo 11:28).

También se siente perturbada durante la noche. Cuando termina el ajetreo del día y espera descansar la cabeza sobre la almohada, no encuentra alivio. Las preocupaciones la mantienen despierta o, si logra dormir, su corazón sigue despierto y no encuentra descanso durante la noche. ¡Qué insensato es hacernos esclavos del mundo y no hacer de Dios nuestro descanso! Día y noche, una persona así no puede estar verdaderamente en paz. Por eso, al final, todo es vanidad (Eclesiastés 2:17). En ciertos aspectos, es una vanidad particular (Eclesiastés 2:19, 23), y en otro sentido es vanidad y un gran mal (Eclesiastés 2:21). Es una grave ofensa contra Dios y un daño para nosotros mismos. Es inútil levantarse temprano y acostarse tarde solo para perseguir los bienes de este mundo, pues nunca fueron destinados a ser nuestro bien supremo.

La segunda razón era que todas las ganancias de su trabajo tendrían que quedar en manos de otros. La esperanza de obtener ganancias es lo que lleva a las personas a comenzar a trabajar y las mantiene esforzándose. Trabajan porque esperan beneficiarse de su labor. Cuando esa esperanza desaparece, también se debilita su esfuerzo. Por eso Salomón cuestionó todas las grandes obras que había realizado: no podían traerle un beneficio duradero, porque tendría que dejarlas.

Al morir, una persona no puede llevarse sus riquezas ni una parte de ellas, ni puede regresar para volver a disfrutarlas (Job 7:10). Tampoco le servirá entonces el recuerdo de ellas (Lucas 16:25). Tiene que dejarlo todo a quien venga después, a la siguiente generación que ocupe su lugar. Así como quienes vivieron antes que nosotros construyeron las casas en las que vivimos y gastaron en ellas su trabajo y su dinero, quienes vengan después vivirán en las casas que construyamos y disfrutarán del fruto de nuestro trabajo.

Para una persona piadosa, esto no debería ser motivo de preocupación. ¿Por qué resentirnos cuando otros disfruten del mundo después de que ya no estemos? Más bien, ¿por qué no alegrarnos de que, cuando nos vayamos, quienes vengan después puedan beneficiarse de nuestra sabiduría y de nuestro esfuerzo? Pero para una persona mundana, que busca la felicidad en las cosas terrenales, es una gran carga pensar que tendrá que dejar atrás los tesoros que ama. No puede soportar la idea de separarse de ellos, especialmente cuando sabe que no los conservará por mucho tiempo.

Además, tiene que dejarlos en manos de personas que no trabajaron tan arduamente para obtenerlos y que, por lo tanto, quizá no sientan ningún deber de trabajar. Quien construyó la propiedad lo hizo con sabiduría, conocimiento y justicia. Pero quien la recibe y gasta sus bienes quizá no haya trabajado en absoluto por ella (Eclesiastés 2:21), ni lo haga jamás. La abeja trabaja para alimentar al zángano, la abeja perezosa que no hace ningún trabajo. La riqueza incluso puede convertirse en una trampa, porque se le entrega a alguien como su porción y esa persona se establece en ella como si fuera suficiente. ¡Qué miserable es recibir una porción tan limitada y detenerse allí!

Si esa riqueza no hubiera llegado tan fácilmente, quién sabe si esa persona podría haber sido trabajadora y piadosa a la vez. Aun así, no debemos afligirnos demasiado por esto, porque las cosas podrían resultar de otra manera. Lo que se ha obtenido honestamente puede llegar a manos de alguien que lo use bien y haga el bien con ello.

No sabe a quién se lo dejará, porque Dios es quien da los herederos, ni tampoco qué clase de persona será ese heredero: si sabia o insensata. Un heredero sabio puede aumentarlo, pero uno insensato puede desperdiciarlo todo. Sin embargo, esa persona tendrá control sobre todo mi trabajo y podría destruir insensatamente lo que su padre construyó con sabiduría. Es probable que Salomón escribiera esto con profunda emoción, porque quizá le preocupaba en qué se convertiría Roboam, su hijo y sucesor.

Jerónimo, en su comentario sobre este pasaje, lo aplica a los buenos libros que escribió Salomón. En ellos había mostrado sabiduría, pero no sabía en qué manos terminarían. Incluso podían caer en manos de un necio, que los usaría mal por la inclinación equivocada de su corazón. Considerado en conjunto, el asunto es este: ¿qué gana el ser humano con todo su trabajo? ¿Qué conserva para su propio beneficio? ¿Qué se llevará consigo al mundo venidero? (Eclesiastés 2:22).

La mejor manera de usar las riquezas de este mundo es disfrutarlas con alegría y de la manera correcta, y hacer el bien con ellas. Así termina el capítulo (Eclesiastés 2:24-26). Estas cosas no ofrecen una felicidad verdadera. Son vacías, y si esperamos encontrar felicidad en ellas, solo hallaremos decepción y tristeza. Pero Dios nos muestra cómo aprovecharlas de la mejor manera y evitar los problemas que Salomón observó. No debemos agotarnos tratando de obtener más, hasta perder el consuelo de lo que ya tenemos. Tampoco debemos acumularlo todo para el futuro ni renunciar a todo disfrute presente únicamente para ahorrar para quienes vendrán después. Debemos usar primero lo que tenemos y usarlo bien.

El bien que se enseña aquí es claro. Debemos cumplir con nuestro deber usando lo que Dios nos ha dado, y preocuparnos más por administrar bien nuestros bienes que por aumentarlos. Ese es el punto de Eclesiastés 2:26, donde se dice que solo quienes son buenos a los ojos de Dios tienen el consuelo de esta vida; es decir, quienes son verdaderamente buenos delante de Dios, como Noé, a quien Dios consideró justo. Debemos tener siempre presente a Dios y esforzarnos por agradarle en todo lo que hacemos. La paráfrasis caldea dice que una persona debe permitir que su alma disfrute del bien al guardar los mandamientos de Dios, andar por los caminos rectos delante de él, estudiar las palabras de la ley y tener presente el gran juicio que ha de venir.

También debemos disfrutar del consuelo que ofrecen estas cosas. No pueden hacer feliz al alma; el bien que obtenemos de ellas está destinado al cuerpo. Si las usamos de manera sobria y provechosa para sostener el cuerpo, de modo que pueda servir al alma y mantenerse dispuesto para el servicio de Dios, entonces las estamos usando bien. Por eso, en lo relacionado con estas cosas, no hay nada mejor que permitirnos disfrutarlas con moderación y alegría, según nuestra posición y condición: tener alimento y bebida para nosotros, nuestras familias y nuestros amigos, y gozar de los consuelos ordinarios de la vida. No debemos perder ese consuelo mientras perseguimos un bien mayor que estas cosas no pueden darnos.

Pero esto no significa que debamos dejar de trabajar y dedicarnos simplemente a comer y beber por placer. Más bien, debemos disfrutar del bien que hay en nuestro trabajo. No debemos usar estas cosas como una excusa para apartarnos de nuestras responsabilidades, sino como una ayuda para cumplirlas con diligencia y alegría.

También debemos reconocer a Dios en todo esto. Debemos entender que estas cosas buenas vienen de su mano. En primer lugar, las cosas mismas proceden de él, no solo porque las creó, sino porque su providencia nos las concede. Son verdaderamente agradables cuando las recibimos de la mano de Dios como Padre, reconociendo su sabiduría al darnos lo que mejor se adapta a nosotros, descansando en su elección y saboreando con gratitud su amor y su bondad. En segundo lugar, la capacidad de disfrutarlas también es un regalo suyo. Si no nos da sabiduría para usar lo que nos concede por su providencia, junto con una conciencia en paz que nos permita reconocer el favor de Dios en las bendiciones de este mundo, no podremos hacer que nuestra alma encuentre ningún bien en ellas.

Debemos tener esto presente al ocuparnos de las cosas de este mundo y mirar a Dios en busca de ayuda. El propio Salomón, con toda su riqueza, no podía desear ni buscar algo mejor que esto (Eclesiastés 2:25). En otras palabras, no podía encontrar algo superior a disfrutar así de los bienes de la vida. Ese era el punto más alto al que había llegado y no deseaba nada más. Quienes tienen mucho menos que él también pueden llegar a ese mismo punto, aprendiendo a estar contentos y a disfrutar el bien de lo que poseen. Sin embargo, Salomón no pudo alcanzar esto solo por su propia sabiduría, sin la gracia especial de Dios. Por eso señala la mano de Dios y nos enseña a pedirle este regalo.

Las riquezas se convierten en una bendición o en una maldición según que la persona tenga o no un corazón dispuesto a usarlas bien.

Dios puede hacer que la riqueza y las posesiones sean una bendición para una persona buena si le concede sabiduría, conocimiento y alegría. Entonces esa persona puede disfrutar de lo que tiene con un corazón agradecido y compartirlo generosamente con los demás. A quienes son buenos a los ojos de Dios, sinceros y rectos, que lo honran y se preocupan por otras personas, Dios les concede sabiduría y conocimiento en esta vida, y alegría con los justos en la vida venidera, como dice la paráfrasis caldea. También puede darles sabiduría y entendimiento en las cosas naturales, los asuntos morales, los asuntos políticos y la verdad divina; todo ello se convierte en una fuente constante de alegría.

Dios también puede hacer que la riqueza sea un castigo para una persona mala si no le concede un corazón capaz de disfrutarla. Entonces las riquezas solo se burlan de ella y la dominan. Dios permite que el pecador, mediante su propio trabajo y sus decisiones insensatas, reúna y almacene lo que terminará siendo una carga para él, como barro espeso (Habacuc 2:6). También se levantará como testimonio contra él y, como dice Santiago, devorará su carne como fuego (Santiago 5:3). Sin embargo, Dios, en su gobierno sabio de todas las cosas, se propone dar esa riqueza a quien es bueno delante de él, porque la riqueza del pecador está acumulada para el justo, para quien mostrará compasión a los pobres. Esto enseña, en primer lugar, que la piedad acompañada de contentamiento es una gran ganancia, y que solo quienes son buenos a los ojos de Dios y reciben todo de su mano tienen un gozo verdadero. En segundo lugar, la impiedad suele ser castigada con descontento y deseos codiciosos, que son pecados que se castigan a sí mismos. En tercer lugar, cuando Dios da abundancia a personas malvadas, puede estar preparándola para que pase a sus propios hijos cuando estos estén listos para recibirla, así como los cananeos conservaron la buena tierra hasta el tiempo establecido para que Israel entrara en ella.

Por tanto, permanece la misma enseñanza: esto también es vanidad y aflicción de espíritu. Incluso para una persona buena, la riqueza es, en el mejor de los casos, algo vacío, porque tener todo lo que el pecador ha acumulado no la hará feliz sin algo más. Para el pecador, es aún más doloroso, porque ve que otra persona buena a los ojos de Dios disfruta lo que él almacenó, y por eso la considera mala. De cualquier manera que se mire, la conclusión permanece firme: todo es vanidad y aflicción de espíritu.

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