Versículo destacado
Mateo 9:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después de esto, Jesús subió a una barca, cruzó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo. "
Mateo 9:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Después de esto, Jesús subió a una barca, cruzó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo.
2 Allí le llevaron a un paralítico acostado en una camilla; cuando Jesús vio la fe que tenían, le dijo al enfermo: —Ánimo, hijo; tus pecados quedan perdonados.
3 Algunos maestros de la ley pensaron: «Lo que este ha dicho es una ofensa contra Dios».
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Las palabras iniciales de este capítulo nos hacen volver al final del capítulo anterior. Allí encontramos a los gadarenos tan enojados por la pérdida de sus cerdos que les repugnaba la presencia de Cristo y le rogaron que se fuera de su región. Por eso aquí se dice que «entró en un barco y cruzó al otro lado». Ellos le dijeron que se fuera, y él tomó en serio sus palabras. No volvemos a leer que regresara a esa región.
Aquí debemos notar dos cosas. Primero, su justicia, pues se fue de allí. Cristo no permanece mucho tiempo donde no lo quieren. En justo juicio, deja a las personas y los lugares que se han cansado de él, pero permanece con quienes desean su presencia. Si un incrédulo quiere apartarse de Cristo, que lo haga, pero lo hace bajo su propio riesgo (1 Corintios 7:15).
Segundo, vemos su paciencia, pues no dejó tras de sí un juicio destructor para castigarlos por su desprecio y obstinación. Con mucha facilidad, y con toda justicia, podría haberlos enviado tras sus cerdos, ya que estaban tan sometidos al poder del diablo. Su ofensa era grande, pero él la pasó por alto. Sin palabras de enojo ni insultos, entró en el barco y cruzó al otro lado. Este era el tiempo de su paciencia. Él no vino a destruir la vida de las personas, sino a salvarlas; no a matar, sino a sanar. Los juicios espirituales corresponden más a la era del evangelio que los castigos externos. Sin embargo, algunos han observado que, en las guerras sangrientas que los romanos libraron después contra los judíos, las cuales comenzaron pocos años más tarde, primero sitiaron la ciudad de Gadara, donde vivían estos gadarenos. Quienes expulsan a Cristo atraen problemas sobre sí mismos. ¡Ay de nosotros si Dios nos deja!
Llegó a su propia ciudad, Capernaúm, que entonces era el principal lugar donde vivía (Marcos 2:1). Por eso se la llama su propia ciudad. Él mismo había dicho que un profeta recibe menos honra en su propia tierra y en su propia ciudad, pero aun así regresó allí. No buscaba su propia honra, sino que, encontrándose en una condición humilde y abatida, estaba dispuesto a ser despreciado por la gente. En Capernaúm ocurrieron todos los acontecimientos registrados en este capítulo, y Mateo los reúne aquí, aunque otros hechos sucedieron entre ellos, según la armonía de los Evangelios. Los gadarenos le pidieron a Cristo que se fuera, pero los habitantes de Capernaúm lo recibieron. Si algunos rechazan a Cristo, otros lo honrarán. Si uno no quiere recibirlo, otro sí lo hará.
El primer acontecimiento después del regreso de Cristo a Capernaúm, según se registra aquí, fue la sanidad del hombre paralítico. En esto podemos notar, primero, la fe de sus amigos al llevarlo a Cristo. Su condición era tal que no podía acercarse a Cristo por sí mismo, sino que tenían que cargarlo. Aun a los cojos y desamparados se les puede llevar a Cristo, y él no los rechazará. Si hacemos lo mejor que podemos, él lo aceptará. Cristo también miró la fe de ellos. Los niños pequeños no pueden acercarse a Cristo por sí mismos, pero él mira con favor la fe de quienes los llevan a él, y esa fe no será en vano. Jesús vio la fe tanto del paralítico como de quienes lo cargaron. Vio en él una disposición firme de fe, aunque su enfermedad quizá le había nublado la mente y le impedía ejercer una fe activa.
Su fe era fuerte porque creían firmemente que Jesús podía sanarlo y que quería hacerlo. De otro modo, no habrían llevado al enfermo ante él con tanta determinación y a pesar de tantas dificultades. Su fe era humilde porque no le pidieron a Cristo que fuera a la casa del hombre. Llevaron al hombre para que esperara en Cristo. Es más apropiado que nosotros esperemos en Cristo, y no que él espere en nosotros. Su fe era activa porque creían tanto en el poder como en la bondad de Cristo que hicieron el esfuerzo de llevar al hombre acostado en una cama. Una fe fuerte no presta atención a los obstáculos cuando busca llegar a Cristo.
Segundo, vemos la bondad de Cristo en lo que le dijo al hombre: «Hijo, ten ánimo; tus pecados te son perdonados». Esto fue un gran consuelo para un hombre enfermo, suficiente para aliviarlo y tranquilizar su corazón. No leemos que el hombre le dijera algo a Cristo. Probablemente no podía hablar por sí mismo, y quienes lo llevaron prefirieron actuar en vez de hablar. Simplemente lo pusieron delante de Cristo, y eso fue suficiente. Nunca es en vano presentarnos a nosotros mismos y a nuestros amigos delante de Cristo como personas necesitadas de su compasión. El sufrimiento habla tanto como el pecado, y la misericordia escucha tan pronto como la justicia.
En las palabras de Cristo hay un trato afectuoso: «Hijo». Los estímulos y consuelos dirigidos a los afligidos deben hablarles como a hijos, porque las aflicciones son la disciplina de un padre (Hebreos 12:5). También hay un aliento lleno de gracia: «Ten ánimo. Recobra el valor. Déjate animar». El pobre hombre, bajado delante de todos, quizá se sentía avergonzado y temeroso de que lo reprendieran por haber sido llevado de manera tan brusca. Pero Cristo no se preocupa por las formalidades. Le dice que tenga ánimo. Todo estaría bien, y no lo habían llevado ante Cristo en vano. Cristo les dice que tengan ánimo a quienes lo buscan y confían en él, para que lo hagan con valor y alegría.
También hay una buena razón para ese aliento: «Tus pecados te son perdonados». Esto puede entenderse de dos maneras. Primero, puede verse como el comienzo de la sanidad de su enfermedad física. Sus pecados son perdonados y, por lo tanto, será sanado. El pecado es la causa de la enfermedad, y el perdón de los pecados trae consuelo cuando llega la recuperación. Esto no significa que el pecado siempre sea perdonado cuando se quita una enfermedad, ni que la enfermedad siempre desaparezca cuando el pecado es perdonado. Pero si junto con el consuelo de recuperarnos de una enfermedad recibimos el consuelo de haber sido reconciliados con Dios, entonces es una verdadera misericordia, como lo fue para Ezequías (Isaías 38:17).
O, en segundo lugar, puede entenderse como una razón para tener ánimo, fuera sanado el hombre o no. Aunque no te sane, ¿acaso no te has acercado bien a mí si te aseguro que tus pecados son perdonados? ¿No sería eso motivo suficiente para consolarte, aunque siguieras paralizado? Quienes, por la gracia de Dios, tienen alguna evidencia de que sus pecados han sido perdonados tienen buenas razones para alegrarse, cualesquiera que sean las aflicciones externas que soporten (Isaías 33:24).
Tercero, vemos la queja de los escribas contra lo que Cristo dijo (Mateo 9:3). Lo dijeron dentro de sí, en su corazón y en sus murmullos secretos: «Este hombre blasfema». Notemos cómo la mayor manifestación del poder y la gracia del cielo es marcada por el nombre más oscuro del odio del infierno. El hecho de que Cristo perdonara pecados fue llamado blasfemia. En verdad habría sido blasfemia si él no hubiera tenido la autoridad de Dios para hacerlo. Quienes no tienen tal autoridad, pero afirman perdonar pecados, son culpables de blasfemia.
Cuarto, vemos cómo Cristo les mostró lo irrazonable de su queja antes de continuar. Los confrontó por ello. Aunque solo lo habían dicho en su interior, él conocía sus pensamientos.
Jesús sabe todo lo que decimos dentro de nosotros mismos. Nuestros pensamientos pueden ser secretos y repentinos, pero están abiertos y claros delante de Cristo, la Palabra eterna (Hebreos 4:12, 13). Él los entiende desde lejos (Salmo 139:2). Podía decirles a aquellos hombres, algo que ningún simple ser humano podría decir: «¿Por qué piensan mal en su corazón?». Hay mucho mal en los pensamientos pecaminosos, y eso ofende profundamente al Señor Jesús. Él gobierna el corazón; por eso, los pensamientos pecaminosos invaden el lugar que le pertenece y perturban lo que es suyo. Por esa razón, los observa y se disgusta grandemente con ellos. En los pensamientos pecaminosos se esconde la raíz amarga (Génesis 6:5). Los pecados que comienzan y terminan en el corazón son tan peligrosos como los pecados que llegan a hacerse visibles.
También razonó con ellos para mostrarles lo infundado de su objeción, en Mateo 9:5, 6. Allí demuestra su autoridad en el reino de la gracia. Prueba que el Hijo del Hombre, el Mediador, tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados. El Padre le ha dado todo el juicio al Hijo, y le ha dado esta autoridad porque es el Hijo del Hombre (Juan 5:22, 27). Si tiene poder para dar vida eterna, como ciertamente lo tiene (Juan 17:2), entonces también debe tener poder para perdonar el pecado. La culpa es una barrera que debe quitarse; de otro modo, nunca podremos llegar al cielo. ¡Qué consuelo es esto para los pobres pecadores arrepentidos: el poder de perdonar pecados está en manos del Hijo del Hombre, quien comparte nuestra naturaleza humana! Y si tenía este poder en la tierra, cuánto más ahora que ha sido exaltado a la diestra del Padre, concediendo arrepentimiento y perdón de pecados, y actuando como Príncipe y Salvador (Hechos 5:31).
También lo demuestra por su poder sobre el mundo natural, especialmente por su poder para sanar enfermedades. Decir «Tus pecados quedan perdonados» no es más difícil que decir «Levántate y camina». Quien puede sanar la enfermedad, ya sea hablando de parte de Dios como profeta o actuando con autoridad divina como Dios mismo, también puede perdonar el pecado. Esta es una prueba general de que Cristo tenía una misión divina. Sus milagros, especialmente sus sanidades, confirmaban su afirmación de ser el Hijo de Dios. El poder manifestado en sus sanidades demostraba que había sido enviado por Dios, y la compasión que mostraba en ellas demostraba que había sido enviado para sanar y salvar. El Dios de la verdad nunca pondría su sello sobre una mentira.
Este argumento tenía una fuerza especial en este caso. La parálisis era solo una señal de la enfermedad más profunda del pecado. Al quitar de inmediato esa señal, Jesús mostró que verdaderamente podía sanar la enfermedad de raíz. El pecado y la enfermedad estaban estrechamente relacionados. Quien tenía poder para quitar el castigo ciertamente tenía poder para perdonar el pecado. Los escribas daban mucha importancia a la justicia legal, es decir, a guardar exteriormente las reglas de la ley, y confiaban en ello. No daban mucha importancia al perdón del pecado, precisamente la verdad que Cristo quería honrar aquí. Él mostró que su gran misión en el mundo era salvar a su pueblo de sus pecados.
Entonces Cristo dejó de discutir con ellos y habló sanidad al hombre. Ni siquiera los argumentos más necesarios deben impedirnos hacer el bien que está en nuestras manos. Le dijo al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa», y con esas palabras vinieron el poder sanador, vivificador y fortalecedor (Mateo 9:7). El hombre se levantó y se fue a su casa. Cristo le dijo que tomara su camilla para mostrar que estaba completamente sano: ya no necesitaba que lo cargaran, sino que ahora tenía fuerzas para cargar su propia camilla. Lo envió a casa para que fuera una bendición para su familia, donde durante mucho tiempo había sido una carga. No lo retuvo consigo como una exhibición, como hacen quienes buscan recibir elogios de los demás.
La multitud quedó profundamente impactada por lo sucedido (Mateo 9:8). Se maravillaron y glorificaron a Dios. Nuestro asombro debe llevarnos a alabar a Dios, quien es el único que hace maravillas. Alabaron a Dios por lo que había hecho por aquel hombre necesitado. La misericordia que Dios muestra a otros también debe convertirse en motivo de nuestra alabanza, y debemos darle gracias por ella, porque somos miembros unos de otros. Aunque solo unos pocos de la multitud quedaron plenamente convencidos, creyeron en Cristo y lo siguieron, todos lo admiraban. Todavía no lo veían como Dios ni como el Hijo de Dios, sino como un hombre a quien Dios le había dado un poder tan grande. Dios debe ser glorificado por todo poder que se les conceda a las personas para hacer el bien, porque todo poder proviene de él en primer lugar. Él es la fuente, y las personas solo son los recipientes.
De este capítulo
Mateo 9:2
"Allí le llevaron a un paralítico acostado en una camilla; cuando Jesús vio la fe que tenían, le dijo al enfermo: —Ánimo, hijo; tus pecados quedan perdonados."
Mateo 9:3
"Algunos maestros de la ley pensaron: «Lo que este ha dicho es una ofensa contra Dios»."
Mateo 9:4
"Pero como Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, les preguntó: —¿Por qué tienen ustedes pensamientos tan malos?"
Mateo 9:5
"¿Qué es más fácil: decir “Tus pecados quedan perdonados” o decir “Levántate y anda”?"
Mateo 9:6
"Pues voy a demostrarles que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados. Entonces le dijo al paralítico: —Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa."
Mateo 9:7
"El paralítico se levantó y se fue a su casa."
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