Versículo destacado

Juan 6:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Después de esto, Jesús se fue al otro lado del Lago de Galilea, que es el mismo Lago de Tiberias. "

Juan 6:1

menu_book El versículo en contexto

1 Después de esto, Jesús se fue al otro lado del Lago de Galilea, que es el mismo Lago de Tiberias.

2 Mucha gente lo seguía porque había visto las señales milagrosas que hacía al sanar a los enfermos.

3 Entonces Jesús subió a un monte y se sentó con sus discípulos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos el relato de cómo Cristo alimentó a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces. Este milagro es especialmente llamativo porque los cuatro escritores de los Evangelios lo registran. Por lo general, Juan no repite lo que los escritores anteriores ya han contado, pero incluye este relato por la enseñanza que Jesús impartió después.

Observa el lugar y el momento del milagro, porque estos detalles ayudan a demostrar que el relato es verdadero. No ocurrió en un lugar desconocido, sin manera alguna de comprobarlo. Se mencionan las circunstancias para que el acontecimiento pudiera examinarse. Jesús había cruzado el mar de Galilea, llamado también lago de Genesaret y, en este pasaje, mar de Tiberíades, por la ciudad cercana que Herodes había ampliado y embellecido recientemente. No cruzó directamente hasta la otra orilla, sino que fue en una barca siguiendo la costa hacia otro lugar del mismo lado. No es tentar a Dios viajar por agua cuando esa es la opción más sensata, aunque también pudiéramos haber ido por tierra, pues Cristo nunca tentó al Señor su Dios (Mateo 4:7).

Una gran multitud lo seguía porque había visto sus milagros (Juan 6:2). Jesús vivía en medio de una multitud mientras hacía el bien, y eso le trajo más dificultades que honor. Quienes sirven a Dios y ayudan a su generación no deberían quejarse cuando su labor los mantiene ocupados. Habrá tiempo suficiente para disfrutar cuando estemos en el mundo donde disfrutaremos plenamente de Dios. Muchos fueron atraídos a Cristo por sus milagros, pero no todos fueron atraídos verdaderamente hacia él. Su curiosidad quedó satisfecha por la maravilla de sus obras, pero sus conciencias no fueron transformadas por su poder.

Jesús también se ubicó en un buen lugar para atender las necesidades de la multitud (Juan 6:3). Subió a un monte y se sentó allí con sus discípulos, para que la gente pudiera verlo y escucharlo con mayor facilidad. Era un púlpito natural, no uno construido por personas. Tuvo que predicar al aire libre, pero su palabra no fue menos buena ni menos bienvenida para quienes la valoraban. La gente siguió siguiéndolo, incluso cuando se retiró a un lugar desierto y cuando subió a un monte, aunque caminar por terrenos difíciles pone a prueba el corazón.

Se sentó, como lo hacen los maestros en la silla de instrucción. No se sentó para estar cómodo ni para exhibirse, sino con autoridad y dispuesto a recibir a cualquiera que se acercara a él. También se sentó con sus discípulos, dándoles honra delante de la gente y anticipando la gloria en la que pronto se sentarían con él. Se dice que nosotros estamos sentados con él (Efesios 2:6).

También se menciona el momento. Las palabras «después de estas cosas» no significan que esto ocurrió inmediatamente después de los acontecimientos del capítulo anterior. Había pasado algún tiempo. Juan nos dice que estaba cerca la Pascua (Juan 6:4). Esto puede ser importante porque probablemente los apóstoles habían regresado de sus propios viajes de predicación, para ir con su Maestro a Jerusalén a celebrar la fiesta. También concuerda con la costumbre judía, pues comenzarían a observar la Pascua unos treinta días antes, reparando caminos, arreglando puentes y hablando acerca de la fiesta y su significado. La cercanía de la Pascua también puede explicar por qué la multitud seguía a Jesús con tanta insistencia, ya que sabían que pronto subiría a Jerusalén y estaría ausente por un tiempo. Cuando podamos perder nuestras oportunidades, debemos aprovecharlas con mayor cuidado. Y cuando se acercan temporadas santas, es sabio prepararnos escuchando la palabra de Cristo.

Ahora llegamos al milagro mismo. Jesús levantó los ojos y vio que una gran multitud se acercaba a él (Juan 6:5). Eran personas pobres y comunes, como suelen ser las multitudes, especialmente en lugares apartados. Sin embargo, Jesús se alegró de tenerlas cerca y se preocupó por sus necesidades. Esto nos enseña a estar dispuestos a notar y ayudar a las personas de baja condición, y a no tratar a las ovejas de Cristo como si fueran menos importantes que nuestro propio rebaño. Las almas de los pobres son tan preciosas para Cristo como las almas de los ricos, y también deberían ser preciosas para nosotros.

Entonces Jesús preguntó cómo alimentarían a la multitud. Le habló a Felipe, quien había sido su discípulo desde el principio y había visto todos sus milagros, incluido el de convertir el agua en vino. Como Felipe había visto tanto, debía haber sabido que Cristo podía alimentar fácilmente a la multitud. Quienes han visto las obras de Cristo y han recibido sus beneficios no tienen excusa si todavía preguntan si él puede proveer en lugares difíciles. Felipe era de Betsaida, cerca del lugar donde Jesús se encontraba entonces, así que era quien probablemente sabía mejor dónde se podía conseguir comida. También es posible que conociera a muchas personas de la multitud y se preocupara por ellas. Jesús le preguntó: «¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente?».

Jesús dio por sentado que todos debían comer con él. Alguien podría pensar que, después de enseñarles y sanarlos, ya había hecho suficiente. Algunos quizá eran ricos, mientras que Jesús y sus discípulos eran pobres. Aun así, él se preocupó por alimentarlos. Quienes reciben los dones espirituales de Cristo sin pagar por ellos seguirán siendo bendecidos por recibirlos. El que primero alimentó sus almas con el pan de vida también alimentó sus cuerpos con buena comida, mostrando que el Señor se preocupa por el cuerpo. Esto nos anima a orar por el pan de cada día y a seguir su ejemplo de misericordia hacia los pobres (Santiago 2:15, 16).

Su pregunta también fue: «¿Dónde compraremos pan?». Considerando su pobreza, uno podría esperar que preguntara dónde conseguirían dinero. Pero estaba dispuesto a gastar todo lo que tenía antes que dejar que la gente se fuera con hambre. Compraría para dar, y nosotros debemos trabajar para tener algo que dar (Efesios 4:28). Toda la pregunta tenía como propósito poner a prueba la fe de Felipe, pues Jesús ya sabía lo que iba a hacer (Juan 6:6). Nuestro Señor Jesús nunca está confundido acerca de sus planes. Por difícil que sea la situación, él sabe qué hará y qué camino seguirá (Hechos 15:18).

Él conoce los pensamientos que tiene para su pueblo (Jeremías 29:11) y nunca está indeciso. Cuando nosotros no sabemos qué hacer, él todavía sabe lo que hará.

Cuando Cristo parece desconcertar a su pueblo, lo hace únicamente para ponerlo a prueba. La pregunta que le hizo a Felipe lo dejó sin saber qué responder, pero Cristo la hizo para ver si Felipe miraría más allá de los medios ordinarios y confiaría en el poder de Cristo.

La respuesta de Felipe mostró cuán poco esperaba recibir de esa posibilidad. «Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos recibiera un poco», dijo (Juan 6:7). En efecto, quiso decir: «No tiene sentido hablar de comprar pan para esta multitud, porque la región no puede proporcionar tanto y nosotros no podemos pagarlo. Pregúntale a Judas, que lleva la bolsa del dinero». Doscientos denarios equivalían aproximadamente a seis libras de nuestra moneda. Si gastaban todo de una vez, vaciarían sus fondos y quedarían necesitados.

Grocio calcula que doscientos denarios de pan apenas alimentarían a dos mil personas, pero Felipe no podía ir más allá de lo que alcanzaba a ver. Quería que cada persona recibiera aunque fuera un poco, y la naturaleza humana suele conformarse con poco. Esto muestra la debilidad de la fe de Felipe. En aquel momento de estrechez, buscó ayuda únicamente de la manera acostumbrada, como si su Maestro fuera solo un hombre común. Cristo podría haberle dicho, como lo hizo después: «¿Tanto tiempo he estado con ustedes, y todavía no me conoces, Felipe?». O, como Dios le dijo a Moisés en una situación parecida: «¿Se ha acortado el brazo del Señor?». Somos propensos a desconfiar del poder de Dios cuando fallan los medios visibles. Es decir, a menudo confiamos en él solo hasta donde alcanzamos a ver.

Andrés, el hermano de Simón Pedro, le informó a Cristo acerca de la poca comida que tenían. Andrés había sido discípulo antes que Pedro y había ayudado a llevarlo a Cristo; sin embargo, Pedro llegó a ser tan conocido que a menudo se describe a Andrés por su relación con él. Andrés le dijo a Cristo lo que tenían a mano, y aquí podemos observar dos cosas.

Primero, vemos la fuerza de su amor por las personas que Cristo tenía delante. Estuvo dispuesto a sacar todo lo que tenían, aunque no sabía si ellos mismos podrían necesitarlo. Cualquiera podría haber dicho: «La caridad comienza por casa». Andrés no lo escondió, como si él administrara mejor los suministros que su Maestro. En cambio, informó con honestidad todo lo que tenían.

Había allí un muchacho, un *paidarion*, probablemente un niño que solía seguir a la gente, como hacen quienes acompañan a los grupos en los campamentos, llevando cosas para vender. Los discípulos habían dispuesto comprarle lo que tenía para ellos. Él tenía cinco panes de cebada y dos peces pequeños. El pan era sencillo y común. Canaán era una tierra de trigo (Deuteronomio 8:8), y por lo general sus habitantes se alimentaban del mejor trigo (Salmo 81:16), de la abundancia del trigo (Deuteronomio 32:14). Sin embargo, Cristo y sus discípulos se alegraron de tener pan de cebada. Esto no significa que debamos obligarnos a vivir con alimentos tan sencillos ni convertir la religión en un asunto de ese tipo. Cuando Dios nos da alimentos mejores, debemos recibirlos con gratitud. Pero sí significa que no debemos desear manjares exquisitos (Salmo 23:3). Si nos vemos reducidos a comer alimentos sencillos, no debemos quejarnos. Debemos estar contentos y agradecidos, porque el pan de cebada era lo que Cristo tenía, y aun eso es mejor de lo que merecemos.

Tampoco debemos despreciar la pequeña provisión de una persona pobre ni menospreciarla. Debemos recordar cómo recibió provisión el propio Cristo. La comida también era muy limitada. Solo había cinco panes, y eran tan pequeños que un niño podía llevarlos todos. En 2 Reyes 4:42-43 vemos que incluso veinte panes de cebada, junto con algo más de comida, no habrían alimentado a cien hombres sin un milagro. Solo había dos peces, y eran pequeños; tan pequeños que uno de ellos apenas alcanzaba para un bocado. Pienso que estaban encurtidos o salados, porque no había fuego para cocinarlos. Había poco pan, y proporcionalmente había aún menos pescado. Debieron comer muchos bocados de pan seco antes de poder tener una comida completa. Aun así, estuvieron conformes con lo que tenían. El pan satisface el hambre, pero de quienes se quejaron por la carne se dijo que buscaban alimento para satisfacer sus propios deseos (Salmo 78:18). Andrés estuvo dispuesto a que la gente recibiera aquello, hasta donde alcanzara. El temor de que nosotros mismos lleguemos a carecer de algo no debe impedirnos mostrar la bondad que otros necesitan.

Aun así, la fe de Andrés era débil cuando añadió: «¿Qué es esto para tantos?». Ofrecer una cantidad tan pequeña a una multitud tan grande parecía casi una burla. Él y Felipe no estaban considerando plenamente el poder de Cristo, aunque ya lo habían visto antes. ¿Quién alimentó a Israel en el desierto? El que podía hacer que un hombre persiguiera a mil también podía hacer que un solo pan alimentara a mil.

Entonces Cristo les dijo a los discípulos que hicieran que la gente se sentara (Juan 6:10). En efecto, les dijo: «Hagan que los hombres se sienten, aunque todavía no tengan nada que darles, y confíen en mí para lo demás». Era como si la providencia fuera al mercado, o como si estuvieran comprando sin dinero. Cristo estaba poniendo a prueba su obediencia.

El lugar de la comida también estaba lleno de significado. Había mucha hierba allí, aunque era un lugar desierto. ¡Miren cuán generosa es la naturaleza! Hace crecer la hierba incluso en las montañas (Salmo 147:8). La hierba no había sido consumida por los animales. Dios no solo da lo suficiente, sino más que suficiente. Y allí había abundancia de hierba, justo donde Cristo estaba predicando. El evangelio también trae consigo otras bendiciones: «La tierra dará su fruto» (Salmo 67:6). Además, la hierba hacía que el lugar fuera más apropiado para la gente, que tenía que sentarse en el suelo. Les servía como cojines o lechos, pues así se llamaban las cosas sobre las que se reclinaban durante las comidas (Ester 1:6). Y cuando pensamos en lo que Cristo dice acerca de la hierba del campo (Mateo 6:29-30), estos sencillos lechos eran mejores que los de Asuero. La gloria de la naturaleza es la más espléndida.

Había unos cinco mil hombres: un gran banquete que apunta al banquete del evangelio, un banquete para todas las naciones (Isaías 25:6), una fiesta para todos los que vienen.

Después se distribuyó la comida, y Juan nos dice que Jesús dio gracias. Debemos darle gracias a Dios por nuestros alimentos, porque tenerlos es una muestra de su misericordia. Los recibimos de la mano de Dios y debemos tomarlos con acción de gracias (1 Timoteo 4:4-5). Una de las cosas hermosas de las comodidades diarias es que nos dan la oportunidad de cumplir con ese excelente deber. Y aunque nuestra provisión sea sencilla y pequeña, sin abundancia ni manjares, aun así debemos darle gracias a Dios por lo que tenemos.

La comida también fue entregada desde la propia mano de Cristo por medio de las manos de sus discípulos. Todas nuestras comodidades vienen primero de Cristo. No importa quién nos las entregue: es Cristo quien las envía. Él da a quienes después nos dan a nosotros.

Al dar el pan de vida a quienes lo siguen, Cristo se complace en usar el ministerio de sus discípulos. Ellos sirven a su mesa o, mejor dicho, administran su casa y dan a cada persona su alimento a su debido tiempo. El regalo también satisfizo por completo a todos los que comieron. Nadie recibió solo una porción pequeña; todos tuvieron cuanto quisieron. No fue una comida escasa, sino completa.

Esto importa aún más cuando recordamos cuánto tiempo habían ayunado, el hambre que tenían y lo bienvenida que debió parecerles aquella comida milagrosa. A quienes Cristo alimenta con el pan de vida no les da una ración limitada (Salmo 81:10). Solo había dos peces pequeños, pero de ellos también todos recibieron cuanto quisieron. No reservó la mejor comida para los invitados importantes y dejó a los pobres únicamente con pan seco. Los trató a todos por igual, porque todos eran igualmente bienvenidos. Quien se burla de esta comida y llama una forma de ayuno al hecho de comer pescado está deshonrando el banquete que Cristo proporcionó, porque fue una comida abundante.

Ahora llegamos al cuidado que se tuvo con la comida que sobró. Cristo dio instrucciones claras al respecto (Juan 6:12). Cuando todos estuvieron satisfechos y cada persona llevaba dentro de sí una prueba evidente del milagro, Cristo les dijo a los discípulos, los siervos que había usado, que recogieran los pedazos que habían quedado. Siempre debemos tener cuidado de no desperdiciar ninguno de los buenos regalos de Dios, porque lo que recibimos, aun cuando tenemos abundancia, viene acompañado de la responsabilidad de no desperdiciarlo deliberadamente. Dios tiene razón al permitir que suframos necesidad cuando desperdiciamos lo que él nos da.

Los judíos tenían mucho cuidado de no dejar que el pan se perdiera o fuera pisoteado. Solían decir: «El que desprecia el pan cae en profunda pobreza». Aunque Cristo podía proporcionar alimento cuando quisiera, aun así quiso que recogieran los pedazos. Cuando estamos satisfechos, debemos recordar que otros tienen hambre y que algún día nosotros también podríamos tenerla. Quienes quieren ser generosos también deben ser prudentes. Si los pedazos hubieran quedado sobre la hierba, los animales y las aves se los habrían comido, pero la comida apta para las personas se desperdicia cuando se arroja a las bestias.

Cristo no les dijo que recogieran los pedazos hasta que todos estuvieron satisfechos. De la misma manera, no debemos empezar a acumular antes de haber dado lo que debemos dar. Eso sería retener más de lo debido. Baxter señala aquí: «¡Cuánto menos deberíamos dejar perder la palabra de Dios, su ayuda, nuestro tiempo o misericordias mayores como estas!». Los discípulos obedecieron estas instrucciones (Juan 6:13). Llenaron doce canastas con los pedazos que habían sobrado. Esto demostró no solo que el milagro era real, pues habían sido alimentados con comida verdadera, como lo mostraban los sobrantes, sino también que había sido grande. No solo quedaron satisfechos: sobró mucho.

Miren cuán generoso es el cuidado de Dios. No solo llena la copa, sino que hace que se desborde. En la casa de nuestro Padre hay suficiente, y más que suficiente. Las doce canastas de sobrantes quizá fueron una para cada discípulo, de modo que recibieron una recompensa abundante por su disposición a entregar lo que tenían para el servicio público (2 Crónicas 31:10). Los judíos también establecieron como regla que después de una comida debía dejarse un pedazo de pan sobre la mesa, para que la bendición después de la comida pudiera reposar sobre él. Para los malvados, en cambio, es una maldición que no quede nada de su comida (Job 20:21).

Este milagro también produjo un efecto en las personas que recibieron su beneficio (Juan 6:14). Ellos dijeron: «Verdaderamente, este es el profeta». Incluso los judíos comunes tenían una firme convicción de que el Mesías vendría al mundo como un gran profeta. Aquí hablan con certeza acerca de su venida. Los fariseos despreciaban a esas personas por considerarlas ignorantes de la ley, pero parece que ellas conocían mejor que los fariseos a aquel que es el propósito de la ley.

Los milagros de Cristo mostraban claramente que él era el Mesías prometido, un maestro enviado por Dios, el gran profeta. Por eso, la multitud asombrada no podía dejar de convencerse de que él era el que había de venir. Muchos estaban convencidos de que él era aquel profeta que debía venir al mundo, pero no recibieron sinceramente su enseñanza, porque no la obedecieron. Así se manifiesta la triste división que existe dentro del alma pecadora y no santificada: una persona puede admitir que Cristo es ese profeta y aun así negarse a escucharlo.

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