Versículo destacado

Marcos 6:45 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Después de esto, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca para que cruzaran el lago antes que él, en dirección a Betsaida, mientras él despedía a la gente. "

Marcos 6:45

menu_book El versículo en contexto

43 recogieron los pedazos de pan y de pescado que habían sobrado, y con ellos llenaron doce canastas.

44 Los que comieron aquellos panes fueron cinco mil hombres.

45 Después de esto, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca para que cruzaran el lago antes que él, en dirección a Betsaida, mientras él despedía a la gente.

46 Después de despedirla, se fue al cerro a orar.

47 Cuando llegó la noche, la barca ya estaba en medio del lago. Jesús, que se había quedado solo en tierra,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta misma historia se cuenta en Mateo 14:22 y lo que sigue, pero Mateo omite lo que aquí se dice acerca de Pedro. Marcos muestra primero que Jesús despidió a la multitud. Hizo que sus discípulos se adelantaran en la barca hacia Betsaida, mientras él se quedaba atrás, con la intención de reunirse después con ellos por tierra, o eso pensaban ellos. A la gente le costaba irse, así que Jesús tuvo que dedicar tiempo y esfuerzo para despedirla. Acababan de disfrutar de una buena comida y nadie quería que terminara el tiempo que habían pasado con él. Pero mientras estemos en este mundo no tendremos un hogar permanente, ni siquiera en la comunión cercana con Cristo. El gran banquete todavía nos espera en la vida venidera.

Después, Jesús subió a un monte para orar. Oraba aunque tenía mucho trabajo de enseñanza por hacer. Oraba con frecuencia y durante mucho tiempo, lo cual nos anima a confiar en su intercesión continua, es decir, en que sigue rogando por nosotros a la diestra del Padre. También se apartaba para orar a solas. No necesitaba hacerlo para evitar distracciones ni para presumir, sino para darnos ejemplo y animarnos a orar en privado a Dios. Como no tenía un cuarto de oración, subió a un monte. La persona piadosa nunca está menos sola que cuando está a solas con Dios.

Mientras tanto, los discípulos se encontraban en dificultades en el mar. El viento estaba en contra de ellos (Marcos 6:48), de modo que remaban con fuerza y aun así avanzaban muy poco. Esto representaba las dificultades que más adelante enfrentarían cuando Jesús los enviara a predicar el evangelio. Sería como enviarlos al mar con el viento soplando directamente contra ellos. Tendrían que esforzarse mucho frente a una fuerte resistencia y también enfrentarían olas, que representaban la persecución de sus enemigos. Al exponerlos desde entonces a las dificultades, Jesús los estaba preparando para perseverar en medio de ellas. La iglesia a menudo parece una nave en medio de una tormenta, sacudida por los vientos y sin consuelo. Podemos tener a Cristo de nuestro lado y aun así enfrentar el viento y la corriente en contra. Sin embargo, en medio de la tormenta es un consuelo para los seguidores de Cristo saber que su Maestro está en el monte celestial orando por ellos.

Entonces Cristo fue a visitarlos bondadosamente sobre el agua. Podía haber detenido el viento desde donde estaba o haber enviado a un ángel para ayudarlos, pero escogió la manera más amorosa: ir él mismo. No llegó sino hasta la cuarta vigilia de la noche, después de aproximadamente las tres de la mañana, pero sí llegó. Si Cristo parece retrasar su visita a su pueblo, de todos modos llegará al final. El momento de mayor necesidad suele ser el mejor momento para que él aparezca en favor de los suyos. Aunque la ayuda parezca tardar, debemos esperarla. Al final llegará y no fallará.

Vino caminando sobre el agua. El mar estaba agitado por las olas, pero Cristo caminó sobre él. Aunque las aguas alcen su voz, el Señor en las alturas es más poderoso (Salmo 93:3-4). Ningún problema puede detener a Cristo cuando llega el momento de ayudar a su pueblo. Él encontrará un camino o lo abrirá incluso a través del mar más violento para rescatar a los suyos (Salmo 42:7-8).

Iba a pasar de largo junto a ellos; es decir, tomó un rumbo como si fuera a seguir adelante sin prestarles atención. Lo hizo para impulsarlos a llamarlo. A veces el cuidado de Dios hacia su pueblo parece, al principio, como si estuviera pasando de largo y no tomara en cuenta sus dificultades. Ellos pensaron que él pasaría de largo, pero podemos tener la seguridad de que no lo haría.

Los discípulos se asustaron al verlo, porque pensaron que era un fantasma. Todos lo vieron y se turbaron (Marcos 6:50), imaginando que algún espíritu maligno o una figura espectral había aparecido en medio de la tormenta. Muchas veces nos inquietamos y nos asustamos con cosas que nuestra propia mente crea.

Jesús calmó sus temores dándose a conocer. Les habló con amabilidad y familiaridad: «Tengan ánimo; soy yo. No tengan miedo». En realidad no conocemos a Cristo hasta que él se nos revela. «Soy yo» significa: «Yo soy su Maestro, su amigo, su Redentor y su Salvador. Soy el que vino a este mundo atribulado y ahora a este mar tempestuoso para cuidar de ustedes». Saber quién es Cristo y que está cerca de nosotros basta para alegrar a sus discípulos aun en medio de una tormenta. Si Cristo está contigo, puedes tener ánimo y no tener miedo. Nuestros temores disminuyen pronto cuando se corrigen nuestros errores, especialmente los que tenemos acerca de Cristo. Véanse Génesis 21:19 y 2 Reyes 6:15-17. La presencia de Cristo en un día tormentoso basta para llenarnos de alegría, aun cuando nos rodeen las nubes y la oscuridad.

Él dijo: «Soy yo». No necesitaba explicar quién era, porque ellos conocían su voz, así como las ovejas conocen la voz de su pastor (Juan 10:4). La esposa puede decir enseguida: «¡La voz de mi amado!» (Cantares 2:8; 5:2). Sus palabras equivalían a decir: «Yo soy», el nombre propio de Dios cuando viene a rescatar a Israel (Éxodo 3:14). Ese también es el nombre de Cristo cuando viene a rescatar a sus discípulos. Cuando Jesús dijo «Yo soy» a los que fueron a arrestarlo por la fuerza, ellos retrocedieron y cayeron al suelo (Juan 18:6). Cuando les dice «Yo soy» a quienes acuden a él con fe, los levanta y los consuela.

Después subió a la barca con ellos y compartió la misma embarcación, lo cual los dejó completamente tranquilos. Si su Maestro está con ellos, todo está bien. En cuanto entró en la barca, el viento se calmó. En la tormenta anterior, él había reprendido al viento y le había dicho al mar: «¡Silencio! ¡Cálmate!» (Marcos 4:39). Aquí no se nos dice que pronunciara una orden semejante; solo se nos dice que el viento se detuvo de repente. Nuestro Señor Jesucristo siempre realiza su obra de manera eficaz, aunque no siempre lo haga de la misma forma visible. Incluso cuando no escuchamos su orden, si el viento se detiene y llega la calma, podemos decir que es porque Cristo está en la barca y su voluntad se ha cumplido antes de que nos diéramos cuenta (Cantares 6:12). Cuando lleguemos con Cristo al cielo, el viento se detendrá de inmediato, porque en las alturas no hay tormentas.

Los discípulos se asombraron de este milagro más de lo debido, y había algo reprochable en su asombro. Quedaron abrumados y atónitos, como si se tratara de algo completamente nuevo e imposible de explicar. Parecía que Cristo nunca hubiera hecho nada semejante y que ellos no tuvieran ninguna razón para esperar que lo hiciera ahora.

Debían haber admirado el poder de Cristo y haberse convencido más firmemente de que él era el Hijo de Dios. Pero estaban tan confundidos porque no habían entendido el milagro de los panes. Si le hubieran dado a ese milagro el peso que merecía, no se habrían sorprendido tanto con este, pues multiplicar el pan demostraba un poder tan grande como caminar sobre el agua. Eran extrañamente torpes y lentos para comprender, y tenían endurecido el corazón. De otro modo, no habrían considerado increíble que Cristo pudiera calmar el mar.

Cuando no entendemos correctamente las obras anteriores de Cristo, a menudo nos dejamos arrastrar por el asombro ante sus obras presentes, como si nunca hubiera sucedido nada parecido.

Cuando llegaron a la tierra de Genesaret, ubicada entre Betsaida y Capernaúm, la gente los recibió con entusiasmo. Los habitantes reconocieron rápidamente a Jesús (Marcos 6:54) y conocían las grandes obras que había hecho dondequiera que iba. Sabían que él sanaba a toda clase de personas y también sabían que permanecía poco tiempo en un mismo lugar. Por eso se apresuraron a aprovechar aquella visita bondadosa.

Corrieron por toda aquella región y comenzaron a llevarle a los enfermos en sus camillas, porque esas personas no podían llegar por sí mismas. No les preocupaban la comodidad ni la espera cuando esperaban recibir sanidad (Marcos 6:55). Dondequiera que iba, las multitudes lo rodeaban, en los pueblos, las ciudades y las aldeas cercanas. Ponían a los enfermos en las calles para que estuvieran cerca de él y le rogaban que les permitiera tocar siquiera el borde de su manto, como lo había hecho la mujer que padecía de flujo de sangre. Parece que ella fue quien dio a conocer primero esta manera de buscar la sanidad, y todos los que lo tocaban quedaban sanos.

No encontramos que estuvieran ansiosos por recibir sus enseñanzas, sino únicamente por ser sanados. Si los ministros no pudieran curar las enfermedades físicas de la gente, muchos más asistirían a ellos. Es triste ver cuánto más le preocupan a la mayoría las necesidades del cuerpo que las del alma.

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