Versículo destacado
Marcos 6:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús salió de allí y fue a su propia tierra, acompañado por sus discípulos. "
Marcos 6:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Jesús salió de allí y fue a su propia tierra, acompañado por sus discípulos.
2 Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Muchos oyeron a Jesús y, admirados, se preguntaban: —¿Dónde aprendió este tantas cosas? ¿De dónde obtuvo esa sabiduría y los milagros que hace?
3 ¿No es este el carpintero, hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven también aquí sus hermanas, entre nosotros? Y no tenían fe en él.
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Aquí, Cristo visita su propia tierra, no el lugar donde nació, sino aquel donde creció: Nazaret. Allí vivían sus parientes. Ya había estado en peligro de muerte entre ellos (Lucas 4:29), y aun así volvió a acercarse. Esto muestra cuán pacientemente espera para mostrar misericordia y cómo sigue buscando la salvación de sus enemigos. Sus discípulos fueron con él, aunque el lugar era peligroso, porque lo habían dejado todo para seguirlo adondequiera que fuera (Marcos 6:1).
Allí enseñó en la sinagoga en el día de reposo (Marcos 6:2). Parece que la gente no acudía a él como lo hacía en otros lugares, así que tuvo que esperar hasta la reunión de la sinagoga en el día de reposo. Entonces explicó con gran claridad una porción de las Escrituras. Este es el modelo para las reuniones de adoración en el día de reposo: se debe predicar la Palabra de Dios, como Cristo mismo lo mostró. Honramos a Dios cuando recibimos instrucción de él.
La gente no podía negar lo impresionante que había en él. Primero, veía que hablaba con gran sabiduría, y sabía que esa sabiduría le había sido dada, porque no tenía una formación formal. Segundo, sabía que hacía obras poderosas con su propio poder, para demostrar la verdad de lo que enseñaba. Reconocían las dos grandes pruebas de que su evangelio venía de Dios: la sabiduría divina en su propósito y el poder divino en los milagros que lo confirmaban. Sin embargo, aunque no podían negar los hechos, no quisieron aceptar la conclusión.
En vez de eso, intentaron rebajarlo ante los ojos de la gente y despertar prejuicios contra él. Desestimaron toda su sabiduría y sus obras poderosas porque había recibido educación en casa y nunca había viajado ni estudiado en una universidad, ni se había sentado a los pies de alguno de sus maestros (Marcos 6:3). «¿No es este el carpintero?», dijeron. En Mateo lo insultan llamándolo hijo del carpintero, es decir, hijo de José, su supuesto padre, quien ejercía ese oficio. Pero aquí parece que podían decir algo aún más fuerte: «¿No es este el carpintero?». Es probable que nuestro Señor Jesucristo hubiera trabajado en ese oficio con José antes de comenzar su ministerio público, al menos haciendo trabajos pagados de vez en cuando.
Lo hizo para humillarse y no darse importancia, tomando forma de siervo y viniendo a servir. Así de bajo se inclinó nuestro Redentor cuando vino a rescatarnos de nuestra condición humillante. También lo hizo para enseñarnos a rechazar la ociosidad y a mantenernos ocupados en este mundo. Es mejor dedicarnos a un trabajo sencillo y difícil, aunque apenas nos dé para vivir, que vivir perezosamente. Nada perjudica más a los jóvenes que el hábito de estar sin hacer nada. Los judíos tenían una buena regla: incluso los jóvenes destinados al estudio debían aprender un oficio, como lo hizo Pablo cuando trabajó haciendo tiendas, para que tuvieran en qué ocupar su tiempo y pudieran ganarse el pan si era necesario.
También se burlaron de él por causa de su familia: «Es el hijo de María, y sus hermanos y hermanas están aquí con nosotros; conocemos a su familia». Así que, aunque estaban asombrados por su enseñanza (Marcos 6:2), se ofendieron por su persona (Marcos 6:3). Tenían prejuicios contra él y lo trataban con desprecio, por lo que no quisieron recibir su doctrina, por más fundamento que tuviera. Si no hubieran conocido a su familia y él hubiera llegado entre ellos como un desconocido, ¿lo habrían honrado más? No. En Judea, donde no conocían estos detalles, presentaron un tipo de objeción semejante contra él: «En cuanto a este hombre, no sabemos de dónde viene» (Juan 9:29). La incredulidad endurecida siempre encuentra excusas.
Observemos cómo soportó Cristo este desprecio. En parte respondió diciendo que era algo común, aunque no correcto ni justo: «Un profeta no es despreciado sino en su propia tierra» (Marcos 6:4). Hay excepciones, pero por lo general esto es cierto. A menudo los ministros son menos recibidos y tienen menos influencia entre quienes los conocen bien que entre los desconocidos. La familiaridad desde la juventud puede producir desprecio. Cuando alguien supera la posición que antes ocupaba, puede surgir la envidia. Muchas veces la gente no está dispuesta a aceptar como guías de su alma a aquellos cuyos padres alguna vez trató como sirvientes. Por eso, cuando sucede algo así, no debe considerarse extraño ni insoportable. Es un trato común, y también fue el trato que recibió Cristo. La sabiduría nos enseña a buscar otro campo de trabajo.
Aun así, hizo algo bueno entre ellos, a pesar del desaire que le mostraron. Él es bondadoso aun con los ingratos y los malos. Puso sus manos sobre unos pocos enfermos y los sanó. Es noble y apropiado que los seguidores de Cristo se conformen con el gozo de hacer el bien, aunque se les niegue injustamente el reconocimiento por ello.
Sin embargo, no pudo hacer allí ningún milagro poderoso, al menos no tantos como en otros lugares, por la incredulidad de la gente, alimentada por los prejuicios que sus líderes les habían enseñado contra Cristo (Marcos 6:5). Esta es una manera impactante de expresarlo, como si la incredulidad atara las manos del poder todopoderoso. Él habría hecho allí tantos milagros como en otros lugares, pero ellos no acudían a él ni le pedían ayuda. Podía hacerlos, pero ellos mismos se excluyeron de recibirlos. La incredulidad y el desprecio por Cristo bloquean sus bendiciones y colocan una barrera en la puerta de la propia vida.
Él se maravilló de la incredulidad de ellos (Marcos 6:6). No leemos que Cristo se haya maravillado sino ante la fe de los gentiles que eran forasteros, como el centurión (Mateo 8:10) y la mujer samaritana, y ante la incredulidad de los judíos que eran sus propios compatriotas. La incredulidad de quienes tienen pleno acceso a los medios de la gracia es algo profundamente sorprendente.
Entonces recorrió las aldeas, enseñando. Si no podemos hacer el bien donde queremos, debemos hacerlo donde podamos. Debemos alegrarnos por cualquier oportunidad, incluso en aldeas pequeñas, de servir a Cristo y ayudar a las personas. A veces el evangelio es mejor recibido en las aldeas, donde hay menos riqueza, ostentación, placeres y pretensiones de saberlo todo, que en las ciudades ocupadas.
De este capítulo
Marcos 6:2
"Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Muchos oyeron a Jesús y, admirados, se preguntaban: —¿Dónde aprendió este tantas cosas? ¿De dónde obtuvo esa sabiduría y los milagros que hace?"
Marcos 6:3
"¿No es este el carpintero, hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven también aquí sus hermanas, entre nosotros? Y no tenían fe en él."
Marcos 6:4
"Pero Jesús les dijo: —En todas partes se honra a un profeta, excepto en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa."
Marcos 6:5
"No pudo hacer allí ningún milagro, salvo poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos."
Marcos 6:6
"Y estaba asombrado de que aquella gente no creyera en él. Jesús recorría las aldeas cercanas enseñando."
Marcos 6:7
"Llamó a los doce discípulos y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus impuros."
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