Versículo destacado

Mateo 14:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando Jesús recibió la noticia, se fue de allí él solo en una barca a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. "

Mateo 14:13

menu_book El versículo en contexto

11 luego la llevaron en un plato y se la dieron a la muchacha, y ella se la entregó a su madre.

12 Los seguidores de Juan llegaron, se llevaron el cuerpo y lo enterraron; después fueron y avisaron a Jesús.

13 Cuando Jesús recibió la noticia, se fue de allí él solo en una barca a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra.

14 Cuando Jesús bajó de la barca, vio a la multitud, sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban.

15 Como ya se hacía de noche, los discípulos se le acercaron y le dijeron: «Ya es tarde y este es un lugar solitario. Despide a la gente para que vayan a las aldeas y se compren comida».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta historia de Cristo alimentando a cinco mil hombres con cinco panes y dos pescados aparece en los cuatro Evangelios, algo que sucede con muy pocos de sus milagros. Eso demuestra que aquí hay algo que merece especial atención.

Primero, observa la gran multitud que acudió a Cristo cuando él se había retirado a un lugar solitario (Mateo 14:13). Se apartó no cuando se enteró de la muerte de Juan, sino de lo que Herodes pensaba de él: que era Juan el Bautista resucitado. Herodes le tenía miedo, y por eso Cristo se alejó aún más, fuera del alcance de Herodes. En tiempos de peligro, cuando Dios abre una vía de escape, es correcto huir para preservar la vida, a menos que tengamos un llamado claro a enfrentar el peligro.

La hora de Cristo aún no había llegado, así que no se expuso deliberadamente al sufrimiento. Podía haberse protegido mediante su poder divino, pero eligió actuar con sabiduría humana y se fue en una barca. Sin embargo, una ciudad situada sobre un monte no puede esconderse. Cuando la gente supo dónde estaba, lo siguió a pie desde todas las ciudades cercanas. Cristo tenía tal poder sobre el corazón de las personas que su partida solo hizo que lo siguieran con más insistencia. Aquí, como tantas veces, se cumplió la Escritura: los pueblos se reunirían alrededor de él. Parece que acudieron a Cristo en mayor número después del martirio de Juan que antes. A veces, el sufrimiento del pueblo de Dios ayuda a que el evangelio se extienda (Filipenses 1:12), y la sangre de los mártires es la semilla de la iglesia. Una vez que el testimonio de Juan terminó, la gente lo recordó y lo valoró más que nunca.

Cuando Cristo y su palabra parecen alejarse de nosotros, lo mejor es seguirlos, sin importar lo que digan nuestros sentimientos naturales. Debemos valorar las oportunidades para el bien de nuestra alma más que cualquier ganancia del mundo. Cuando el arca avanza, debemos avanzar con ella y seguirla (Josué 3:3). Quienes realmente anhelan la leche pura de la palabra no permitirán que las dificultades les impidan escucharla. La presencia de Cristo y su evangelio hacen que un lugar solitario no solo sea soportable, sino también deseable. Ellos convierten el desierto en un Edén (Isaías 51:3; Isaías 41:19, 20).

Después, observa la tierna compasión de nuestro Señor Jesucristo hacia quienes lo siguieron (Mateo 14:14). Él salió y se presentó públicamente ante ellos. Aunque se había apartado para estar seguro y descansar, volvió a salir cuando vio que la gente estaba deseosa de escucharlo. Estuvo dispuesto a trabajar e incluso a exponerse al peligro por el bien de las almas, porque ni siquiera Cristo buscó agradarse a sí mismo.

Cuando vio a la multitud, tuvo compasión de ella. Una multitud tan grande debería despertar naturalmente nuestra compasión. Si pensamos en cuántas almas preciosas e inmortales estaban allí, y en cuántas eran descuidadas y estaban en peligro de perecer, esto debería causarnos un profundo dolor. Nadie muestra tanta compasión por las almas como Cristo. Su compasión nunca falla. No solo sintió compasión, sino que también los ayudó. Muchos estaban enfermos, y movido por su compasión los sanó, porque vino al mundo como el gran Sanador. Más tarde todos tuvieron hambre, y movido por su compasión los alimentó. En cada acto de bondad que Cristo nos muestra, él actúa movido por la compasión (Isaías 63:9).

Luego los discípulos sugirieron despedir a la multitud, pero Cristo rechazó su propuesta. Al acercarse la noche, pensaron que el trabajo del día había terminado y que era hora de que la gente se dispersara. Los discípulos de Cristo con frecuencia se preocupan más por parecer sensatos que por mostrar celo y una profunda preocupación por la obra de Dios.

Cristo no quiso despedirlos con hambre, ni retenerlos más tiempo sin comida, ni hacer que salieran a comprar alimentos por su cuenta. En cambio, les dijo a sus discípulos que les dieran de comer. Cristo siempre mostró más ternura hacia la gente que sus discípulos. ¿Qué son las misericordias humanas más bondadosas comparadas con la tierna misericordia de Dios en Cristo? Observa lo poco dispuesto que está Cristo a separarse de quienes han decidido permanecer con él: «No tienen que irse». Quienes tienen a Cristo tienen suficiente y no necesitan alejarse de él para buscar felicidad o provisión en el mundo. Quienes han encontrado lo único necesario no tienen que distraerse con muchas preocupaciones menores. Cristo no someterá a sus seguidores dispuestos a gastos innecesarios, sino que hará posible que permanezcan junto a él sin una carga excesiva.

Pero si tienen hambre, sí necesitan comer, porque la necesidad no puede ignorarse. Por eso dice: «Ustedes denles de comer». Al Señor le importa el cuerpo. Él lo creó, lo compró y también tomó un cuerpo para que confiemos en que proveerá para nuestras necesidades físicas. Sin embargo, muestra un cuidado especial por el cuerpo cuando este se usa para servir al alma en su obra. Si buscamos primero el reino de Dios y hacemos de él nuestra principal preocupación, podemos confiar en que Dios añadirá las demás cosas según lo considere conveniente, y podemos depositar en él todas nuestras preocupaciones. Estas personas siguieron a Cristo solo para ponerlo a prueba, en un momento de entusiasmo, y aun así él cuidó de ellas. Cuánto más proveerá para quienes verdaderamente lo siguen con plena entrega.

Por último, observa lo poco que había para alimentar a una multitud tan grande y compara el número de invitados con la comida disponible. Había cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y los niños. Las mujeres y los niños pudieron haber sido tantos como los hombres, o incluso más. Era una multitud enorme que había ido a escuchar predicar a Cristo, y tenemos razones para pensar que lo escucharon con atención. Sin embargo, parece que la mayoría, a pesar de toda esa aparente disposición, no obtuvo ningún beneficio. Después se fueron y dejaron de seguirlo. Porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos.

Debemos medir el éxito de la palabra más por el número de personas convertidas que por el tamaño de la multitud, aunque una multitud grande y atenta también sea algo bueno y alentador. La comida era demasiado escasa para tanta gente: solo había cinco panes y dos pescados. Los discípulos llevaban esto consigo para alimentar a su propia familia mientras estaban en el desierto. Cristo podría haberlos alimentado mediante un milagro, pero quiso darnos un ejemplo sobre el cuidado de quienes viven en nuestro hogar; por eso hizo que su propio grupo tuviera provisiones obtenidas de manera ordinaria. No había lujo, variedad ni un platillo especial. El pescado no era algo raro para unos pescadores, pero era suficiente alimento para los doce: dos pescados para la cena y quizá pan para uno o dos días, sin vino ni bebidas fuertes, solo el agua que podían sacar de los ríos del desierto. Aun así, Cristo tenía la intención de alimentar a la multitud con aquello poco. Quienes solo tienen un poco, cuando una necesidad urgente lo exige, deben ayudar a otros con lo que tienen. Así es como lo poco llega a ser mucho.

Dios puede preparar una mesa en el desierto. Cuando él quiere, puede servir allí un banquete abundante.

El generoso reparto de estas provisiones entre la multitud se muestra en Mateo 14:18, 19. Jesús dijo: «Tráiganmelos aquí». La manera de hacer que nuestras comodidades ordinarias sean verdaderamente buenas para nosotros es llevarlas a Cristo. Todo queda santificado por la palabra de Dios y por la oración dirigida a él; por eso, lo que ponemos en las manos del Señor Jesús probablemente prosperará bajo su cuidado. Si damos algo en caridad, primero debemos llevarlo a Cristo, para que él lo acepte y lo bendiga en favor de quienes lo reciben. Eso es hacerlo como para el Señor.

En esta comida milagrosa, primero observamos cómo se acomodó a los invitados (Mateo 14:19). Jesús les dijo que se sentaran, lo que muestra que habían estado de pie mientras él predicaba. Estar de pie era una postura de respeto y de disposición para ponerse en movimiento, pero ahora debían descansar sobre la hierba. Cuando Asuero, el rey persa, quiso mostrar la riqueza de su reino y la grandeza de su majestad durante un banquete real, sus invitados se reclinaron sobre lechos de oro y plata, con un piso de mármol debajo de ellos (Ester 1:6). Jesús estaba mostrando entonces las riquezas de un reino mucho mayor y una majestad muy superior, una que gobierna incluso sobre la naturaleza. Sin embargo, no había manteles, platos, servilletas, cuchillos ni tenedores, ni siquiera una banca donde sentarse. Con sencilla naturalidad, hizo que se sentaran sobre la hierba, mostrando que su reino no es de este mundo y que no llega acompañado de una apariencia ostentosa.

A continuación, vemos cómo se pidió la bendición. Jesús no encargó a uno de sus discípulos que actuara como capellán. En cambio, él mismo levantó la mirada al cielo, bendijo la comida y dio gracias. Alabó a Dios por el alimento que tenían y le pidió que lo bendijera para ellos. Al pedir una bendición, en cierto sentido estaba pronunciándola con autoridad, pues oraba con autoridad. En esta oración y acción de gracias, probablemente también tenía en mente la multiplicación de la comida. Al mismo tiempo, nos enseñó una buena práctica para nuestras comidas: pedir la bendición de Dios y dar gracias. Los buenos regalos de Dios deben recibirse con acción de gracias (1 Timoteo 4:4). Samuel bendijo el banquete (1 Samuel 9:13), y los primeros creyentes comían con alegría y gratitud (Hechos 2:46, 47; Hechos 27:34, 35). Así comemos y bebemos para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31) y damos gracias a Dios (Romanos 14:6). Es como comer delante de Dios, tal como lo hicieron Moisés y su suegro (Éxodo 18:12, 15). Cuando Cristo bendijo la comida, levantó la mirada al cielo para enseñarnos a mirar a Dios como nuestro Padre celestial. Al recibir las cosas buenas que nos dan consuelo, debemos mirar en la misma dirección, reconociendo que vienen de la mano de Dios y dependen de su bendición.

Luego observamos cómo se repartió la comida. El anfitrión del banquete se convirtió en quien la servía. Partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente. De esta manera, Cristo honró a sus discípulos y mostró que eran colaboradores suyos. También mostró cómo el alimento espiritual de la Palabra sería entregado al mundo: desde Cristo, que es la fuente original, por medio de sus ministros. Lo que Cristo quiso comunicar a las iglesias se lo dio a conocer a su siervo Juan (Apocalipsis 1:1, 4). Los apóstoles transmitieron todo lo que recibieron del Señor, y únicamente eso (1 Corintios 11:23). Los ministros nunca pueden llenar el corazón de la gente si Cristo primero no llena sus manos. Lo que él les da a los discípulos, ellos deben entregárselo a la gente, porque son administradores que deben dar a cada persona la porción de alimento que le corresponde (Mateo 24:45). Y por grande que sea la multitud, hay suficiente para todos y suficiente para cada uno.

También vemos cómo aumentó la comida. El Evangelio registra el resultado, pero no la causa ni la manera exacta en que ocurrió. No registra ninguna palabra pronunciada por Cristo mediante la cual multiplicara los panes. Los propósitos de su mente y de su voluntad se cumplen aun cuando no se expresen en voz alta. Algo queda claro: la comida se multiplicó mientras se repartía, no mientras permanecía junta en el montón original. Así como aumentó el aceite de la viuda mientras se vertía, aquí el pan aumentó mientras se partía. De la misma manera, la gracia crece cuando se usa; mientras que otras cosas se desgastan con el uso, los dones espirituales aumentan cuando se ponen en práctica. Dios da semilla al que siembra, y no multiplica la semilla guardada, sino la semilla sembrada (2 Corintios 9:10). Por eso, hay quien reparte y, sin embargo, aumenta; quien comparte y llega a ser más rico.

Finalmente, vemos que todos los invitados quedaron completamente satisfechos con este alimento. La provisión era mucho menor que la necesidad, pero hubo suficiente y más que suficiente. Todos comieron y quedaron satisfechos. A quienes Cristo alimenta, también los sacia, tal como dice la promesa: «Serán saciados» (Salmo 37:19). Hubo suficiente para todos, porque todos comieron, y suficiente para cada uno, porque quedaron llenos. Aunque al principio había poco, fue suficiente, y lo suficiente vale tanto como un banquete. La bendición de Dios puede hacer que un poco rinda mucho. Pero si Dios retira su bendición, podemos comer y aun así no quedar satisfechos (Hageo 1:6).

También sobró bastante. Recogieron doce canastas llenas de los pedazos que habían quedado, una canasta por cada apóstol. Lo que ellos dieron, lo recibieron de vuelta, y aún más. No trataron los sobrantes con descuido; pudieron guardar los pedazos para otra ocasión y seguir agradecidos. Esto mostró la grandeza del milagro y también que la provisión de Cristo para su pueblo no es escasa ni limitada, sino rica y abundante: hay pan suficiente y de sobra (Lucas 15:17). La multiplicación de los panes realizada por Eliseo fue parecida a esta, aunque mucho menor, y allí se dijo: «Comerán y sobrará» (2 Reyes 4:43). El mismo poder divino actúa aquí, aunque de una manera habitual, en el crecimiento anual de la semilla plantada en la tierra y en la cosecha del campo. Lo que se esparce a puñados se recoge en gavillas. Esto es obra del Señor. Por medio de Cristo, todas las cosas creadas permanecen unidas, y por la palabra de su poder se sostienen.

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