Versículo destacado

Mateo 14:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Por aquel mismo tiempo, Herodes, el que gobernaba en Galilea, oyó hablar de Jesús, "

Mateo 14:1

menu_book El versículo en contexto

1 Por aquel mismo tiempo, Herodes, el que gobernaba en Galilea, oyó hablar de Jesús,

2 y dijo a quienes estaban a su servicio: «Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado. Por eso tiene este poder milagroso».

3 Es que Herodes había mandado arrestar y encarcelar a Juan. Lo hizo por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este pasaje cuenta la historia del martirio de Juan. Comienza explicando por qué Mateo la presenta aquí, en Mateo 14:1-2. Primero, Herodes el tetrarca, el principal gobernante de Galilea, oyó hablar de los milagros que Jesús hacía. En ese tiempo, cuando muchos de los propios compatriotas de Jesús lo menospreciaban porque parecía humilde y desconocido, Jesús estaba llegando a ser conocido en la corte. Dios honra a quienes son despreciados por causa de él. El evangelio es como el mar: en un lugar pierde lo que gana en otro.

Jesús ya llevaba más de dos años predicando y haciendo milagros, pero parece que Herodes no había oído hablar de él hasta entonces, e incluso ahora solo había oído hablar de su fama. Esto muestra lo desafortunados que son los grandes de este mundo, porque muchas veces están lejos de conocer las mejores cosas (1 Corintios 2:8). Son aquellos entre quienes ninguno de los gobernantes de este mundo llegó a conocer a Cristo (1 Corintios 1:26). Para entonces, los discípulos de Cristo también habían sido enviados a predicar y a hacer milagros en su nombre, y eso había extendido aún más su fama. Esto anticipaba cómo el evangelio se extendería por medio de ellos después de que Jesús regresara al cielo.

En segundo lugar, Herodes sacó una conclusión extraña de lo que había oído, como se ve en Mateo 14:2. Les dijo a sus servidores que le hablaban de la fama de Jesús: «Este es Juan el Bautista. Ha resucitado de entre los muertos», y por eso actuaban en él esos grandes poderes. Herodes no debía de ser realmente un saduceo, ya que los saduceos dicen que no hay resurrección (Hechos 23:8), o su conciencia culpable había vencido sus creencias, como suele sucederles a quienes viven alejados de Dios. Ahora había decidido que, hubiera o no una resurrección general, Juan el Bautista ciertamente había resucitado. Mientras Juan estaba vivo, no hizo ningún milagro (Juan 10:41), pero Herodes imaginaba que, después de volver de entre los muertos, debía tener más poder que antes.

Consideremos varias cosas acerca de Herodes. Él había esperado que, al decapitar a Juan, se desharía de un hombre incómodo y podría seguir pecando sin que nadie lo confrontara. Pero, tan pronto como lo hizo, oyó hablar de Jesús y de sus discípulos, quienes predicaban la misma enseñanza pura que Juan había predicado. Además, los discípulos la confirmaban mediante milagros realizados en el nombre de su Maestro. Los ministros pueden ser silenciados, encarcelados, expulsados y asesinados, pero la palabra de Dios no puede ser detenida. Los profetas no viven para siempre, pero la palabra permanece y echa raíces (Zacarías 1:5-6). Véase también 2 Timoteo 2:9. A veces Dios levanta a muchos ministros fieles de las cenizas de uno solo. Aunque corten los árboles, todavía hay esperanza para ellos (Job 14:7-9).

Herodes también estaba lleno de un temor innecesario, y ese temor provenía de la culpa de su propia conciencia. La sangre clama no solo desde el suelo donde fue derramada, sino también desde el corazón de quien la derramó. Ese corazón se convierte en su propio terror. Una conciencia culpable hace que todo parezca aterrador y, como un remolino, arrastra todo lo que encuentra cerca. Por eso los malvados huyen aunque nadie los persiga (Proverbios 28:1) y sienten gran temor aun cuando no hay razón para temer (Salmo 14:5). Con una pequeña investigación, Herodes habría descubierto que Jesús estaba vivo mucho antes de que Juan el Bautista muriera, y por lo tanto no podía ser Juan vuelto a la vida. Podría haberse corregido, pero Dios justamente lo dejó sumido en esa confusión.

Sin embargo, Herodes también se endureció más en su pecado. Aunque estaba convencido de que Juan era profeta y de que Dios lo aprobaba, no sintió pesar por haberlo matado. Los demonios creen y tiemblan, pero nunca se arrepienten de verdad. Puede haber un temor intenso bajo la convicción de pecado sin que ocurra un cambio de corazón que conduzca a la salvación.

Luego Mateo cuenta la historia del encarcelamiento y el martirio de Juan. Los sufrimientos del primer predicador del evangelio dejan claro que las cadenas y las dificultades acompañarán a quienes lo profesan. Así como el primer santo del Antiguo Testamento murió como mártir, también murió de esa manera el primer ministro del Nuevo Testamento. Si el precursor de Cristo fue tratado así, sus seguidores no deben esperar que el mundo los colme de bondad.

Juan demostró su fidelidad al reprender a Herodes en Mateo 14:3-4. Herodes ya había escuchado predicar a Juan (Marcos 6:20), así que Juan podía hablarle con valentía. Los ministros, cuyo deber incluye reprender el pecado, tienen una responsabilidad especial de corregir a quienes están bajo su cuidado y no permitir que el pecado quede sin confrontación. Ellos tienen la mejor oportunidad de tratar con esas personas y deberían esperar que escuchen con la menor resistencia.

El pecado que Juan confrontó fue el matrimonio de Herodes con la esposa de su hermano Felipe; no se trataba de una viuda, lo cual no habría sido tan grave, sino de una mujer que seguía siendo la esposa de Felipe mientras él vivía. Herodes la había seducido para que abandonara a Felipe y se quedara con él. Era una maldad enredada: adulterio e incesto, además del daño causado a Felipe, quien incluso tenía un hijo con aquella mujer. La ofensa era aún más grave porque Felipe era hermano de Herodes, aunque medio hermano por parte de padre y no de madre. Véase Salmo 50:20.

Juan lo reprendió claramente, sin insinuaciones ni rodeos, con palabras directas: «No te está permitido tenerla». No se limitó a decir que aquello era imprudente o deshonroso. Dijo que era ilícito. Lo peor del pecado es que quebranta la ley de Dios. Este era el pecado particular de Herodes, el que él amaba, y por eso Juan lo confrontó directamente.

Lo que la ley de Dios prohíbe a la gente común también está prohibido para los príncipes y gobernantes. Quienes gobiernan a otros deben recordar que también son seres humanos y que deben rendir cuentas ante Dios. Para un rey no es más lícito tomar la esposa de otro hombre que para el súbdito más humilde. Ningún poder real, ni siquiera el poder del rey más grande y absoluto, puede anular la ley de Dios.

Si los príncipes y los grandes de este mundo quebrantan la ley de Dios, es apropiado que las personas indicadas se los hagan saber de la manera correcta. Ellos no están por encima de los mandamientos de la Escritura ni de las advertencias de los ministros de Dios. No es apropiado hablarle a un rey con insultos ni destruir la autoridad legítima. Pero quienes tienen el deber de hacerlo deben decirles a los gobernantes qué es ilícito y hablarles con claridad: «Tú eres ese hombre». Los ministros fieles hablan en nombre de Dios, y Dios no muestra favoritismo hacia los príncipes ni hacia los ricos por encima de los pobres.

El encarcelamiento de Juan fue consecuencia de su fidelidad al decir la verdad, como se muestra en Mateo 14:3.

Herodes arrestó a Juan mientras Juan predicaba y bautizaba. Detuvo su obra, lo encadenó y lo metió en la cárcel. Lo hizo en parte para satisfacer su propia ira y en parte para complacer a Herodías, quien parecía sentir aún más amargura contra Juan que el propio Herodes. Fue por causa de ella que actuó.

Las reprensiones fieles suelen provocar a las personas cuando no las llevan al bien. Si alguien no quiere ceder ante la corrección, normalmente se vuelve contra quien lo corrigió y lo odia, como Acab odiaba a Micaías (1 Reyes 22:8). Véanse también Proverbios 9:8 y Proverbios 15:10, 12. La verdad suele traer odio. No es algo nuevo que los ministros de Dios sufran por hacer lo correcto (Hechos 20:20). Algunos amigos de Juan quizá pensaron que había sido imprudente al reprender a Herodes y que debió guardar silencio en vez de ofender a un gobernante a quien conocía bien. Pero esa clase de precaución es equivocada si impide que las personas cumplan con su deber como gobernantes, ministros o amigos cristianos. La propia conciencia de Juan no lo condenaba. Ese testimonio de su conciencia habría hecho más ligeras sus cadenas, porque sufría por hacer el bien y no por entrometerse en asuntos ajenos (1 Pedro 4:15).

Herodes también fue refrenado de llevar su furia contra Juan hasta sus últimas consecuencias, como muestra Mateo 14:5. Quería matarlo. Tal vez esa no había sido su primera intención cuando lo encarceló, pero la venganza fue creciendo poco a poco hasta llegar a ese punto. El camino del pecado, especialmente el de la persecución, va cuesta abajo. Una vez que alguien deja de respetar a los ministros de Cristo en un caso, quizá después haga algo que antes habría considerado imposible, como ocurrió en 2 Reyes 8:13.

Lo que detenía a Herodes era su miedo a la gente, porque ellos consideraban que Juan era un profeta. No era temor de Dios, porque si hubiera temido a Dios no habría encarcelado a Juan. Tampoco era temor de Juan, pues sus deseos pecaminosos ya habían vencido el respeto que le tenía. Temía al pueblo, por su propia seguridad y por la estabilidad de su gobierno, sabiendo que sus acciones ya lo habían hecho odiado. Podía darse cuenta de que matar a un profeta quizá provocaría que el pueblo se volviera contra él.

Los tiranos también tienen sus propios temores. Quienes intentan infundir miedo en otros suelen ser los que más miedo tienen. A menudo, a las personas malvadas solo las detienen de cometer pecados aún peores el interés por su propia comodidad, reputación, dinero y seguridad. Ese mismo interés personal también les impide cumplir muchos deberes. Es una de las maneras en que los pecadores no llegan a ser tan malvados como podrían serlo (Eclesiastés 7:17). Lo que parece peligroso para sus sentidos o su imaginación les importa más que aquello sobre lo cual les advierte la fe. Herodes temía que matar a Juan provocara un motín, y eso nunca sucedió. Pero no temía los problemas que aquello le traería a su propia conciencia, y eso sí sucedió (Mateo 14:2). Muchas personas temen el castigo por pecados que no temen que las condenen.

Juan permaneció mucho tiempo en prisión. Allí no tuvo juicio ni posibilidad de salir bajo fianza, en contra de la libertad protegida por las leyes de esta nación, gracias a Dios. Se cree que estuvo allí alrededor de un año y medio, casi el mismo tiempo que había pasado en su ministerio público desde que comenzó. Solo la muerte le dio la libertad, pues ella pone fin a todos los sufrimientos del hombre bueno. Entonces los prisioneros descansan juntos y ya no escuchan la voz del opresor (Job 3:18).

Herodías planeó el asesinato. Su amarga sed de venganza no podía satisfacerse con nada menos que la sangre de Juan. Cuando los deseos pecaminosos encuentran un obstáculo, a menudo se convierten en pasiones crueles. Fue una mujer, una prostituta y madre de prostitutas, la que estaba embriagada con la sangre de los santos (Apocalipsis 17:5-6). Herodías ideó un plan para provocar la muerte de Juan mientras protegía la reputación de Herodes y tranquilizaba al pueblo. Una excusa pobre es mejor que ninguna. Sin embargo, es probable que el propio Herodes también formara parte del complot. Su sorpresa y su tristeza probablemente eran falsas. Su argumento sobre el juramento y el respeto que debía a sus invitados no era más que una apariencia, una ceremonia vacía.

Pero aun si lo hubieran engañado y él no hubiera sabido lo que se tramaba, seguía siendo culpable, porque era algo que podía haber detenido y no quiso hacerlo. Si Jezabel llevó a Nabot a la muerte, pero Acab se quedó con la tierra, entonces Acab también fue culpable de asesinato. De la misma manera, aunque Herodías hubiera organizado la decapitación de Juan, Herodes consintió en ella y se complació en ella. Por tanto, no fue simplemente cómplice, sino el principal asesino.

Ahora que el complot ha quedado preparado detrás del telón, podemos ver cómo se llevó a cabo. Primero, Herodes quedó complacido con el baile de la joven durante la celebración de su cumpleaños. Parece que su cumpleaños se celebraba con cierta ceremonia y que, como era habitual en una corte semejante, había un banquete y baile. Para honrar la ocasión, la hija de Herodías bailó delante de ellos. Puesto que era la hija de la reina, hizo algo que normalmente no habría hecho.

Los momentos de placer mundano suelen ser ocasiones convenientes para tramar males contra el pueblo de Dios. Cuando un rey se embriaga con vino, se une a los que se burlan (Oseas 7:5), porque hacer daño forma parte del entretenimiento de los necios (Proverbios 10:23). Cuando los filisteos estaban de buen humor, mandaron llamar a Sansón para burlarse de él. La masacre de París ocurrió durante una boda. El baile de la joven agradó a Herodes. No se nos dice quiénes más bailaron con ella, pero nadie le agradó tanto como ella. Un corazón vanidoso y apartado de Dios se deja atraer fácilmente por los deseos de la carne y de los ojos. Una vez que eso sucede, la persona se adentra más en la tentación, porque Satanás gana y conserva el control por ese medio. Véase Proverbios 23:31-33. Herodes estaba de ánimo festivo, y nada le agradaba más que aquello que alimentaba su orgullo.

En segundo lugar, Herodes hizo una promesa imprudente y necia a la joven: le daría cualquier cosa que pidiera. Respaldó esa promesa con un juramento (Mateo 14:7). Fue un voto temerario, impropio de un hombre sabio, que tiene cuidado de no quedar atrapado por sus propias palabras (Proverbios 6:2). Mucho menos correspondía a un hombre bueno, que debería temer hacer un juramento falso (Eclesiastés 9:2).

Poner en sus manos ese honor vacío y permitirle usarlo cuando quisiera era una recompensa demasiado grande por una muestra tan pequeña y ostentosa de talento. Creo que Herodes nunca habría hecho algo tan necio si Herodías y la joven no lo hubieran preparado para ello. Las promesas hechas con juramento pueden convertirse en trampas. Cuando se hacen demasiado pronto, proceden de la corrupción interior y conducen a muchas tentaciones. Por eso no jures precipitadamente, para que después no tengas que decir: «Fue un error» (Eclesiastés 5:6).

Entonces la joven hizo la sangrienta petición de que le entregaran la cabeza de Juan el Bautista (Mateo 14:8). Su madre, Herodías, la esposa pecaminosa de Herodes, ya le había dado instrucciones. Este es un caso triste para los hijos cuyos padres les aconsejan hacer el mal, como Ocozías, hijo del rey Joram, a quien le enseñaron y animaron a pecar (2 Crónicas 22:3). La mala enseñanza despierta rápidamente nuestra naturaleza corrupta, mientras que la buena enseñanza a menudo lucha para contenerla. Los hijos no deben obedecer a sus padres cuando estos les ordenan pecar. Si sus padres les dicen que hagan algo malo, deben negarse.

Herodes le había dado a la joven la oportunidad, y Herodías le había dado las instrucciones. Por eso pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Es posible que Herodías temiera que Herodes se cansara de ella, pues el deseo pecaminoso suele volverse pronto insensible y agotado. Entonces quizá él hubiera usado la reprensión de Juan como excusa para despedirla. Para impedirlo, empujó a Herodes al asesinato al hacer que participara en la muerte de Juan. Juan debía ser decapitado, y esa sería la muerte por la cual glorificaría a Dios. Puesto que fue el primero en morir después del comienzo de la era del evangelio, su muerte representa la muerte de todos los mártires (Apocalipsis 20:4).

Sin embargo, ni siquiera eso era suficiente. El acto debía satisfacer tanto un capricho cruel como un deseo de venganza. La cabeza tenía que ser entregada en una bandeja, servida en sangre como un plato del banquete, casi como si fuera el último plato de la comida. Juan no tendría juicio, audiencia pública ni acto formal de justicia que diera dignidad a su muerte. Fue juzgado, condenado y ejecutado al mismo tiempo. Fue bueno para él que ya estuviera tan muerto al mundo que ni siquiera una muerte repentina pudiera tomarlo por sorpresa.

Entonces Herodes concedió la petición (Mateo 14:9). El rey se entristeció, o al menos afirmó estarlo, pero por causa de su juramento ordenó que se cumpliera. Aquello era una falsa preocupación por Juan. Muchas personas pecan con pesar, pero nunca sienten verdadera tristeza por su pecado. Se sienten mal por lo que hacen, pero no experimentan una tristeza conforme a Dios. Siguen pecando, aunque interiormente se resistan. El doctor Hammond sugiere que parte de la tristeza de Herodes se debía a que era el banquete de su cumpleaños y que derramar sangre en un día así sería una mala señal. En los días de alegría, la gente solía mostrar misericordia: «Estamos celebrando el cumpleaños, así que no haya pleitos».

También había una falsa preocupación por su juramento, acompañada de una apariencia refinada de honor y honestidad. Pensaba que debía hacer algo por causa del juramento. Pero un juramento malvado nunca hace correcto un acto malvado. Ya se entendía, aunque no se hubiera dicho expresamente, que él le daría solo aquello que fuera lícito y honesto. Cuando ella pidió algo pecaminoso, él debió decir claramente, y podía haberlo hecho con honor, que el juramento quedaba anulado y ya no lo obligaba. Nadie puede imponerse el deber de pecar, porque Dios ya ha obligado a toda persona, de manera mucho más firme, a no pecar.

También hubo una evidente debilidad al ceder ante malas compañías. Herodes cedió, no principalmente por causa del juramento, sino porque el asunto era público y porque quería complacer a los que comían con él. Concedió la petición para no parecer, delante de ellos, alguien que faltaba a su palabra. Muchas personas se preocupan más por salvar las apariencias que por obedecer a su conciencia. Es probable que los que estaban sentados a la mesa hubieran disfrutado del baile de la joven tanto como él y que quizá estuvieran igual de dispuestos a ver decapitado a Juan el Bautista. Aun así, ninguno tuvo la honestidad de intervenir y detenerlo, como hicieron los príncipes de Joacim (Jeremías 36:25). Si algunas personas comunes hubieran estado allí, quizá habrían rescatado a este Jonatán, como Jonatán fue rescatado en los días de Saúl (1 Samuel 14:45).

En el fondo de todo estaba el verdadero odio que Herodes sentía por Juan. Si hubiera querido, habría encontrado maneras de evitar cumplir su promesa. Una mente malvada siempre encuentra una excusa, pero la verdad es que cada persona es tentada cuando sus propios deseos la atraen y la seducen (Santiago 1:14). Tal vez Herodes pensó rápidamente en lo necia que había sido su promesa, pues la joven podía pedirle una enorme suma de dinero, algo que él valoraba mucho menos que la vida de Juan el Bautista. Si fue así, se alegró de librarse del asunto a tan bajo precio. Por eso ordenó de inmediato que decapitaran a Juan, aparentemente de palabra y no por escrito. Aquella vida tan valiosa fue tratada como si tuviera muy poco valor. Herodes ordenó que se la entregaran a ella.

Juan fue ejecutado conforme a esa orden (Mateo 14:10). Herodes envió a decapitarlo en la prisión. Probablemente la prisión estaba muy cerca, junto a la entrada del palacio, y un funcionario fue enviado allí para quitarle la cabeza a aquel gran hombre. Lo decapitaron rápidamente para complacer a Herodías, que no descansó hasta ver cumplido su deseo. Probablemente sucedió de noche, durante la cena o después de ella. Lo hicieron en la prisión y no en el lugar habitual de ejecución porque Herodes temía una revuelta.

Mucha sangre inocente, la sangre de los mártires, ha sido ocultada en lugares como este. Pero cuando Dios venga a pedir cuentas por esa sangre, la tierra la sacará a la luz y ya no la esconderá (Isaías 26:21; Salmo 9:12). Así fue silenciada aquella voz; se apagó aquella luz ardiente y resplandeciente. Aquel profeta, el Elías del Nuevo Testamento, se convirtió en víctima de la ira de una mujer orgullosa e inmoral. Él, que era grande delante del Señor, murió como muere un necio. Le ataron las manos y le pusieron cadenas en los pies, y cayó como cae un hombre ante los malvados. Sin embargo, fue un verdadero mártir en todo sentido. No murió por confesar su fe, sino por cumplir con su deber.

Aun así, su obra terminó pronto y su testimonio quedó completo. Hasta ese momento, ninguno de los testigos de Dios es verdaderamente derrotado. Dios también sacó algo bueno de aquello, porque los discípulos de Juan, que habían permanecido cerca de él mientras vivía, incluso en la prisión, después de su muerte se unieron de todo corazón a Jesucristo.

5. El cuidado de los restos de este santo y mártir bendecido. Después de separar la cabeza del cuerpo, la muchacha llevó la cabeza a su madre triunfalmente, como prueba de su odio y su venganza (Mateo 14:11). Jerónimo, al escribir contra Rufino, dice que cuando Herodías recibió la cabeza de Juan el Bautista, se burló cruelmente de ella, pinchándole la lengua con una aguja, como Fulvia hizo con Cicerón. Las personas sanguinarias se complacen ante escenas sangrientas, mientras que quienes tienen un corazón compasivo se estremecen ante ellas.

A veces, la furia salvaje de los perseguidores incluso se ha ensañado con los cuerpos muertos de los santos y se ha burlado de ellos (Salmo 79:2). Cuando matan a los dos testigos, quienes habitan en la tierra se alegran por ellos y celebran (Apocalipsis 11:10; Salmo 14:4-5). El odio pecaminoso no siempre termina con la muerte, y la crueldad a menudo continúa aun después de que la vida se ha extinguido.

Los discípulos enterraron el cuerpo y luego llevaron la triste noticia a nuestro Señor Jesús. Los discípulos de Juan habían ayunado con frecuencia mientras su maestro estaba en la prisión. Su novio les había sido quitado, y habían orado fervientemente por su liberación, así como la iglesia oró por la liberación de Pedro (Hechos 12:5). Tenían acceso libre a Juan en la prisión, lo cual era un consuelo, pero esperaban verlo libre para que pudiera seguir predicando. Ahora, de repente, todas sus esperanzas quedaron destrozadas. Los discípulos lloran cuando el mundo se alegra.

Enterraron el cuerpo. Debemos honrar a los siervos de Cristo, no solo mientras viven, sino también en sus cuerpos y en su memoria después de la muerte. Los dos primeros mártires del Nuevo Testamento recibieron un entierro digno: Juan el Bautista, por parte de sus discípulos, y Esteban, por parte de hombres piadosos (Hechos 8:2). Sin embargo, después no surgió ninguna práctica de adorar sus huesos o reliquias; esa superstición apareció mucho tiempo después. Honrar demasiado los cuerpos de los santos en realidad les hace daño. No debemos tratarlos mal, pero tampoco debemos tratarlos como si fueran divinos.

Después fueron a contarle a Jesús. No lo hicieron únicamente para que él pudiera protegerse, porque seguramente ya había escuchado la noticia. Acudieron a él para recibir consuelo y permanecer entre sus seguidores. Cuando algo nos aflige, es tanto nuestro deber como nuestro privilegio llevarlo a Cristo. El corazón cargado encuentra alivio al abrirse con un amigo digno de confianza. Sea lo que sea que haya muerto, cambiado o causado dolor, ve y cuéntaselo a Jesús, quien ya conoce la situación y aun así recibe con amor las angustias de nuestra alma.

También debemos tener cuidado de que nuestra fe no muera junto con nuestros ministros. Cuando Juan murió, sus discípulos no regresaron cada uno a su propio camino. Permanecieron fieles. Cuando hieren a los pastores, las ovejas no tienen que dispersarse, porque todavía tienen al gran Pastor de las ovejas, que nunca cambia (Hebreos 13:8, 20). Cuando los ministros son llevados de nuestro lado, debemos acercarnos más a Cristo y depender de él de manera más directa.

A veces se nos quitan incluso los consuelos que más valoramos porque se interponen demasiado entre nosotros y Cristo. Pueden desviar hacia ellos el amor y el honor que le pertenecen solamente a él. Juan ya había señalado a sus discípulos hacia Cristo y los había enviado a seguirlo, pero ellos todavía se aferraban a su antiguo maestro mientras él vivía. Por eso Juan fue apartado, y ellos fueron impulsados hacia Jesús, a quien en otro tiempo habían envidiado por causa de Juan. Es mejor llegar a Cristo por medio de una pérdida que no llegar a él en absoluto. Si nuestros maestros terrenales nos son quitados, tenemos este consuelo: todavía tenemos un Maestro en el cielo, que también es nuestra Cabeza.

Josefo también relata la muerte de Juan el Bautista (Antigüedades 18.116-119). Añade que una desastrosa derrota del ejército de Herodes en su guerra contra Aretas, rey de Petrea, fue considerada ampliamente por los judíos como un justo juicio por haber matado a Juan. Herodes también había ofendido al emperador por instigación de Herodías, y luego fue destituido del poder y desterrado con ella a Lyon, en Francia. Josefo dice que ese fue el castigo que merecían por haber cedido a la presión de ella.

También se cuenta que la hija de Herodías, mientras cruzaba el hielo durante el invierno, cayó cuando este se quebró y quedó sumergida hasta el cuello. El hielo afilado le cortó el cuello. El doctor Whitby dice que Dios le exigió su cabeza a cambio de la del Bautista y que, si este relato es verdadero, fue una impresionante muestra de la providencia divina.

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