Versículo destacado

Marcos 6:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El rey Herodes oyó hablar de Jesús, cuya fama había corrido por todas partes. Pues unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado, y por eso tiene este poder milagroso.» "

Marcos 6:14

menu_book El versículo en contexto

12 Entonces los discípulos salieron a decirle a la gente que se volviera a Dios.

13 También expulsaron muchos demonios y sanaron a muchos enfermos, ungiéndolos con aceite.

14 El rey Herodes oyó hablar de Jesús, cuya fama había corrido por todas partes. Pues unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado, y por eso tiene este poder milagroso.»

15 Otros decían: «Es el profeta Elías». Y otros afirmaban: «Es un profeta, como los profetas antiguos».

16 Cuando Herodes oyó estas cosas, decía: —Ese es Juan. Yo mandé que le cortaran la cabeza, y ahora ha resucitado.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estas eran algunas de las extrañas ideas que la gente tenía acerca del Señor Jesús, como muestra Marcos 6:15. Sus propios paisanos no podían creer que hubiera nada grande en él porque conocían a su humilde familia. Otros, que no estaban limitados por ese prejuicio, estaban dispuestos a creer casi cualquier cosa antes que la verdad: que él era el Hijo de Dios y el verdadero Mesías. Decían que era Elías, a quien esperaban que regresara, o un profeta, es decir, uno de los profetas del Antiguo Testamento que había vuelto a la vida, o alguien semejante a los profetas: un profeta levantado de nuevo y comparable con los del Antiguo Testamento.

Herodes, el gobernante, tenía su propia opinión acerca de Jesús. Oyó hablar del nombre de Jesús, de su fama, sus palabras y sus obras, y dijo: «Sin duda, es Juan el Bautista» (Marcos 6:14). Tan seguro estaba de que era él que dijo: «Es Juan, a quien yo decapité» (Marcos 6:16). «Ha resucitado de entre los muertos, y aunque no hizo ningún milagro mientras estuvo con nosotros, ahora ha regresado con mayor poder, y estas obras poderosas se manifiestan en él». Una fe superficial suele ir acompañada de una imaginación muy activa. La gente decía: «Es un profeta que ha resucitado de entre los muertos», y Herodes decía: «Es Juan el Bautista que ha resucitado de entre los muertos». Al parecer, la gente esperaba que un profeta resucitara y realizara obras poderosas, y no consideraba que eso fuera imposible ni improbable. Por eso sospecharon algo semejante cuando era falso, pero después, cuando ocurrió con Cristo y quedó claramente demostrado, se negaron obstinadamente a creerlo.

Quienes luchan contra la causa de Dios muchas veces terminan derrotados, aun cuando creen que han triunfado. En realidad, nunca tienen éxito, porque la palabra del Señor permanece para siempre. Los que se alegraron cuando mataron a los testigos volvieron a angustiarse cuando, tres o cuatro días después, estos se levantaron en sus sucesores (Apocalipsis 11:10-11). El pecador que no se arrepiente y escapa de la espada de Jehú será alcanzado por Eliseo. Una conciencia culpable no necesita otro acusador ni torturador que ella misma. Herodes se culpaba por el asesinato de Juan, aunque nadie más se atreviera a acusarlo. «Yo lo decapité», dijo, y ese temor lo llevó a imaginar que Cristo era Juan resucitado de entre los muertos. Había temido a Juan cuando estaba vivo, y ahora, cuando pensaba que se había deshecho de él, le tenía aún más miedo estando muerto. Tanto daría ser atormentado por fantasmas y espíritus malignos como por los horrores de una conciencia culpable. Por eso, quien quiera tener una paz duradera debe mantener una conciencia limpia (Hechos 24:16).

Puede haber fuertes sentimientos de convicción sin que ocurra un cambio salvador en el corazón. Este Herodes, que pensaba eso acerca de Cristo, más tarde intentó matarlo (Lucas 13:31) y lo trató con desprecio (Lucas 23:11). Por eso no se dejaría convencer, ni siquiera si alguien resucitara de entre los muertos, ni aun Juan el Bautista. Aquí se relata la historia de cómo Herodes mandó matar a Juan el Bautista debido a esto, tal como también se hace en Mateo.

También podemos observar el gran respeto que Herodes tuvo en cierto momento por Juan el Bautista, algo que solo se menciona en Marcos 6:20. Aquí vemos hasta dónde puede acercarse una persona a la gracia y a la gloria, y aun así quedarse lejos de ambas y perderse para siempre. Herodes temía a Juan porque sabía que era un hombre justo y santo. Una persona puede respetar mucho a la gente buena, especialmente a los buenos ministros, e incluso valorar lo bueno que hay en ellos, y aun así seguir siendo mala. Juan era justo y santo. Para que una persona sea plenamente buena se necesitan tanto la justicia como la santidad: santidad delante de Dios y justicia hacia los demás. Juan estaba libre del amor al mundo y, por eso, era un verdadero amigo tanto de la justicia como de la santidad. Herodes lo sabía, no solo por lo que se decía de él, sino porque conocía personalmente a Juan. Incluso quienes tienen poca justicia y santidad en su propia vida pueden reconocer y respetar esas cualidades en otros. Por eso Herodes le tenía miedo y lo honraba. La santidad y la justicia inspiran respeto, y muchos que no son buenos en sí mismos todavía admiran a quienes sí lo son.

Herodes también observaba a Juan. Algunos entienden esto como que lo protegía de sus enemigos. Pero es más probable que prestara atención a su buena conducta y reconociera lo admirable que había en él, hablando bien de eso con quienes lo rodeaban. Sin duda escuchaba lo que Juan decía y observaba lo que hacía. Lo escuchaba predicar, lo cual era notable, pues su apariencia exterior era muy sencilla. Escuchar al propio Cristo predicar en nuestras calles no será una excusa válida en el día final (Lucas 13:26). Herodes también hacía muchas de las cosas que Juan le enseñaba. No era solamente un oyente de la palabra, sino que en algunos aspectos también la ponía en práctica. Abandonó ciertos pecados que Juan reprendía y adoptó algunos deberes que Juan le insistía en cumplir. Pero no basta con hacer muchas cosas, a menos que tengamos cuidado de guardar todos los mandamientos de Dios. Herodes escuchaba a Juan con gusto. No lo escuchaba con temor, como Félix escuchó a Pablo, sino con placer. Un hipócrita puede sentir una alegría superficial al escuchar la palabra. Ezequiel era para sus oyentes como una canción hermosa (Ezequiel 33:32), y el terreno pedregoso recibió la palabra con alegría (Lucas 8:13).

Juan fue fiel con Herodes al señalarle su pecado. Herodes se había casado con la esposa de su hermano Felipe (Marcos 6:17). Sin duda, todo el país lo avergonzaba y lo culpaba por eso, pero Juan lo reprendió y le dijo claramente: «No te es lícito tener la esposa de tu hermano». Ese era el pecado particular de Herodes, el que no quería abandonar, aunque hacía muchas de las cosas que Juan le enseñaba. Por eso Juan le habló específicamente de ese pecado. No se contuvo delante de él, aunque fuera rey, así como Elías tampoco se contuvo delante de Acab cuando le dijo: «¿Has matado y también has tomado posesión?». Aunque Juan tenía cierta influencia sobre Herodes y podía temer que hablarle con claridad la arruinara, aun así lo reprendió. «Fieles son las heridas del amigo» (Proverbios 27:6). Y aunque algunas personas son como cerdos y se vuelven contra quienes les arrojan perlas para despedazarlos, por lo general quien reprende a una persona, si esta tiene algo de sensatez, después encontrará más favor que quien la adula con sus palabras (Proverbios 28:23). Aunque ofender a Herodes era peligroso, y ofender a Herodías lo era aún más, Juan prefirió correr el riesgo antes que incumplir con su deber. Los ministros que quieren ser fieles en la obra de Dios no deben temer al rostro de las personas. Si intentamos agradarles más allá de lo que contribuye a su bien espiritual, no estamos sirviendo a Cristo.

Herodías, la esposa de Herodes, odiaba a Juan por esto (Marcos 6:19). Quería matarlo, pero como no pudo hacerlo, consiguió que lo encarcelaran (Marcos 6:17). Herodes respetaba a Juan hasta que Juan tocó el tema de Herodías.

Muchas personas que afirman respetar la predicación solo quieren palabras agradables. Les gusta la buena predicación mientras se mantenga lejos del pecado que aman. Pero si la predicación toca ese pecado, no pueden soportarla. Por eso no sorprende que el mundo odie a quienes dicen que sus obras son malas. Es mejor que los pecadores persigan ahora a los ministros fieles que maldigan para siempre a los que fueron infieles.

El siguiente paso fue el complot para quitarle la cabeza a Juan. Creo que el propio Herodes formó parte de él, a pesar de sus afirmaciones de que estaba angustiado y consternado. Parece probable que él y Herodías lo planearan juntos, porque Marcos dice que ocurrió «cuando llegó un día oportuno» (Marcos 6:21), un día apropiado para ese propósito. Tenía que celebrarse un banquete en la corte por el cumpleaños del rey, con una cena para sus nobles, sus altos oficiales y los principales hombres de Galilea. Para honrar la ocasión, la hija de Herodías tuvo que bailar en público, y Herodes tuvo que actuar como si su baile le hubiera agradado muchísimo. Si él demostraba su entusiasmo, era probable que quienes lo rodeaban fingieran compartirlo, solo para complacerlo.

Entonces el rey le hizo una promesa imprudente y le ofreció cualquier cosa que pidiera, incluso hasta la mitad de su reino. Pero ni siquiera eso habría alcanzado el verdadero objetivo, porque la cabeza de Juan el Bautista valía más que todo un reino. Respaldó la promesa con un juramento, para que no tuviera una salida fácil: «Te daré lo que me pidas». Difícilmente habría hecho una promesa tan amplia si no hubiera sabido ya lo que ella pediría. Herodías, su madre, la instruyó, y la joven pidió la cabeza de Juan el Bautista. Quería que se la llevaran en una bandeja, como si fuera un juguete para jugar con él (Marcos 6:24-25). No debía haber ninguna demora ni tiempo para reconsiderarlo; tenía que recibirla de inmediato.

Herodes concedió la petición, y la ejecución ocurrió de inmediato, mientras el grupo todavía estaba reunido. Es difícil pensar que el rey hubiera hecho esto si no hubiera tomado ya su decisión. Aun así, actuó como si estuviera muy renuente. Quería que la gente creyera que no lo habría hecho por nada del mundo si su promesa no lo hubiera puesto en esa situación. El rey estaba profundamente afligido, o al menos actuaba como si lo estuviera. Decía y aparentaba estar arrepentido, pero todo era una falsa demostración. En realidad, se alegraba de haber encontrado una excusa para quitarse a Juan de encima. Como dice el refrán, quien no puede ocultar sus sentimientos no sabe gobernar. Sin embargo, Herodes no carecía por completo de un dolor verdadero, aunque este no lo detuvo. No podía pecar sin experimentar angustia, porque incluso la conciencia natural hace que el mal produzca inquietud. Si cometer el pecado ya es doloroso, ¡cuánto peor será recordarlo después!

Herodes también actuó como si estuviera obligado por su juramento. Pero si la muchacha hubiera pedido solo una cuarta parte de su reino, no dudo que habría encontrado la manera de evadirlo. La promesa se hizo de manera imprudente, así que no podía obligarlo a hacer lo malo. Los juramentos pecaminosos deben ser objeto de arrepentimiento y, por lo tanto, no deben cumplirse, porque arrepentirse significa deshacer, en la medida de lo posible, el mal que hemos hecho. Cuando alguien presionó al emperador Teodosio recordándole una promesa, él respondió: «Lo dije, pero no prometí cumplirlo si era injusto». Si Herodes no conocía el plan cuando hizo aquella promesa imprudente, es probable que quienes lo rodeaban lo hayan presionado para llevarla a cabo, solo para mantener las apariencias. Lo hizo por consideración a los que estaban sentados con él, cuya compañía deseaba y cuya aprobación valoraba. De esta manera, los gobernantes se convierten en esclavos de las personas cuyo respeto anhelan.

Ninguno de los súbditos de Herodes le temía tanto como él les temía a sus nobles, a sus altos comandantes y a los hombres importantes. El rey envió a un verdugo, un soldado de su guardia. Los tiranos sanguinarios siempre tienen hombres dispuestos a cumplir sus órdenes crueles e injustas. Saúl tenía a Doeg listo para atacar a los sacerdotes del Señor, mientras que sus propios siervos se negaron a hacerlo.

El resultado fue que la corte perversa de Herodes estaba llena de celebración, porque este profeta los había perturbado; y la cabeza fue entregada a la muchacha, y por medio de ella, a su madre (Marcos 6:28). Pero los seguidores de Juan el Bautista estaban todos llorando. Los discípulos de Juan no esperaban que ocurriera algo así. Cuando se enteraron, fueron, recogieron el cuerpo abandonado y lo colocaron en un sepulcro. Allí Herodes, si hubiera querido, podría haberlo encontrado más adelante, cuando se atemorizó al imaginar que Juan el Bautista había resucitado de entre los muertos.

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