Versículo destacado

Lucas 9:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Cuando los apóstoles regresaron, le contaron a Jesús lo que habían hecho. Él los tomó aparte y los llevó a un pueblo llamado Betsaida. "

Lucas 9:10

menu_book El versículo en contexto

8 otros decían que había aparecido el profeta Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas había resucitado.

9 Pero Herodes dijo: —Yo mismo mandé que le cortaran la cabeza a Juan. Entonces, ¿quién será este de quien oigo contar tantas cosas? Por eso Herodes procuraba ver a Jesús.

10 Cuando los apóstoles regresaron, le contaron a Jesús lo que habían hecho. Él los tomó aparte y los llevó a un pueblo llamado Betsaida.

11 Pero cuando la gente lo supo, lo siguieron. Jesús los recibió, les habló del reino de Dios y sanó a los enfermos.

12 Cuando ya comenzaba a hacerse tarde, los doce discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: —Despide a la gente para que vayan a descansar y a buscar comida en las aldeas y los campos cercanos, porque en este lugar no hay nada.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos, en primer lugar, el informe que los doce dieron a su Maestro sobre cómo había ido su trabajo. No habían estado fuera mucho tiempo, pero cuando regresaron le contaron todo lo que habían hecho, como deben hacerlo los siervos cuando son enviados a cumplir una tarea. Le contaron lo que habían hecho para que, si habían cometido algún error, pudieran hacerlo mejor la próxima vez.

En segundo lugar, vemos que descansaron por un tiempo. Jesús los llevó consigo y se retiró en privado a un lugar desierto, para que pudieran aliviarse del trabajo y no estuvieran siempre bajo presión. El que ha establecido el descanso para los siervos y los trabajadores también quiere que sus siervos descansen. Quienes sirven públicamente y hacen el mayor bien público necesitan apartarse a veces en privado, tanto para descansar el cuerpo como para renovar la mente mediante la meditación y prepararse para trabajar más.

En tercer lugar, vemos que la gente se acercó a Jesús y la buena acogida que él les dio. Lo siguieron incluso hasta un lugar desierto, porque donde está Cristo no hay desierto. Aunque esto interrumpió el descanso que él había planeado para sí mismo y para sus discípulos, aun así los recibió (Lucas 9:11). Un buen celo puede disculpar cierta falta de consideración. Así sucedió con Cristo, y así debería suceder con nosotros. Aunque llegaron en un momento inconveniente, Cristo les dio lo que habían venido a buscar.

Les habló acerca del reino de Dios, de sus leyes, que debían obedecer, y de sus bendiciones, que podían recibir. También sanó a quienes necesitaban sanidad y acudían a él conscientes de su necesidad. No importaba cuánto tiempo llevara la enfermedad, cuán limitados fueran los médicos ni cuán pobres y humildes fueran los pacientes: Cristo los sanaba. En Cristo hay sanidad para todos los que la necesitan, ya sea para el alma o para el cuerpo. Cristo todavía tiene poder sobre las enfermedades físicas y sana a su pueblo cuando necesita sanidad. A veces considera que necesitamos más la enfermedad que la sanidad, porque nuestra alma necesita pasar por ella; entonces debemos estar dispuestos a permanecer en el sufrimiento por un tiempo, porque hay una razón para ello. Pero cuando ve que necesitamos sanidad, la recibiremos. Incluso la muerte es su sierva y la usa para librar a sus santos de toda enfermedad. Él sana la enfermedad espiritual por medio de su gracia y su consuelo, y da a cada caso lo que necesita. Él provee alivio para toda necesidad.

En cuarto lugar, vemos la provisión completa que Cristo hizo para la multitud que permaneció con él. Con cinco panes y dos pescados alimentó a cinco mil hombres. Ya hemos encontrado este relato tres veces, y volveremos a encontrarlo. Es el único milagro de nuestro Salvador que aparece en los cuatro Evangelios. De este relato podemos observar varias cosas.

Quienes siguen fielmente a Cristo por el camino del deber, aun cuando deben negarse a sí mismos o renunciar a las comodidades del mundo por causa de la casa de Dios, están bajo su cuidado especial. Pueden confiar en Jehová-jireh, expresión que significa «el Señor proveerá». Él no permitirá que a quienes lo temen y le sirven fielmente les falte nada que sea verdaderamente bueno.

Nuestro Señor Jesucristo tenía un espíritu generoso y dispuesto a dar. Sus discípulos dijeron: «Despídelos para que consigan comida». Pero Cristo respondió: «No; denles ustedes de comer». En otras palabras, hagamos que lo que tenemos alcance lo más posible, y que ellos también participen de ello. De esta manera, enseñó tanto a los ministros como a los cristianos a practicar la hospitalidad sin quejarse (1 Pedro 4:9). Quienes tienen poco deben hacer lo que puedan con ese poco, y así es como muchas veces llega a crecer. Hay quien reparte y, sin embargo, aumenta sus bienes.

Jesucristo no solo tiene remedio, sino también alimento para todos los que se acercan a él con fe. No solo sana a quienes necesitan sanidad y cura la enfermedad del alma; también alimenta a quienes necesitan alimento. Sostiene la vida espiritual, atiende sus necesidades, satisface sus deseos y la fortalece. Cristo ha provisto no solo para salvar el alma de morir a causa de la enfermedad del pecado, sino también para nutrirla para la vida eterna y fortalecerla para cada deber espiritual.

Todos los dones de Cristo deben ser recibidos por la iglesia con orden. «Hagan que se sienten en grupos de cincuenta» (Lucas 9:14). Se indica el tamaño de cada grupo porque Cristo dispuso las cosas así para distribuir mejor la comida y contar con mayor facilidad a los invitados.

Cuando recibimos las comodidades de la vida, debemos elevar la mirada al cielo. Cristo lo hizo para enseñarnos a hacer lo mismo. Debemos reconocer que recibimos estos dones de Dios y que no los merecemos. Todo lo que tenemos, y todo el consuelo que encontramos en ello, se lo debemos a la mediación de Cristo; es decir, a que él se puso entre Dios y nosotros para quitar la maldición y establecer la paz con Dios. También debemos depender de la bendición de Dios para que estos dones nos sean útiles y debemos pedirle esa bendición.

La bendición de Cristo puede hacer que lo poco alcance para mucho. Lo poco que tiene el justo es mejor que las riquezas de muchos malvados. Una comida sencilla de verduras es mejor que un buey engordado.

A quienes Cristo alimenta, los sacia. A quienes les da, les da lo suficiente. Así como en él hay suficiente para todos, también hay suficiente para cada persona. Él llena de bienes a toda alma hambrienta y la satisface abundantemente con la bondad de su casa. Las sobras se recogieron para mostrarnos que en la casa de nuestro Padre hay pan suficiente, y más que suficiente. En él no estamos limitados ni recibimos menos de lo necesario.

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