Versículo destacado

Lucas 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y curar enfermedades. "

Lucas 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y curar enfermedades.

2 Los envió a anunciar el reino de Dios y a sanar a los enfermos.

3 Les dijo: —No lleven nada para el camino: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero ni ropa de repuesto.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la manera en que Cristo extendió su evangelio y dio a conocer su luz con poder. Él ya había recorrido distintos lugares predicando y sanando, pero solo podía estar en un lugar a la vez. Por eso envió ahora a sus doce discípulos, quienes para entonces habían sido instruidos lo suficiente como para enseñar a otros y transmitir lo que habían recibido del Señor.

Los envió a predicar el reino de Dios, es decir, el reinado del Mesías, que estaba a punto de establecerse. Debían explicar su naturaleza y propósito espirituales, y llamar a las personas a someterse a él. Como este mensaje era nuevo y sorprendente, y muy distinto de lo que habían enseñado los escribas y los fariseos, Cristo también les dio poder para hacer milagros (Lucas 9:1, 2). Les dio autoridad sobre todos los demonios, incluso sobre los numerosos, astutos, violentos y obstinados. Su propósito era derribar por completo el reino de las tinieblas; por eso les dio poder sobre todo demonio. También les dio poder para curar enfermedades y sanar a los enfermos, lo cual haría que su mensaje fuera bien recibido y ayudaría a convencer tanto la mente como el corazón.

Cristo también les indicó cómo llevar a cabo esta misión durante el breve tiempo que estarían fuera. Primero, no debían preocuparse por impresionar a la gente con su apariencia exterior. Ahora que comenzaban a trabajar por su cuenta, debían conservar la misma ropa sencilla que habían usado mientras seguían a Jesús. Debían ir tal como estaban, sin cambiarse de ropa ni llevar siquiera un par de sandalias adicional.

Segundo, debían confiar en la providencia de Dios y en la bondad de sus amigos para recibir lo necesario. No debían llevar pan ni dinero, sino confiar en que no les faltaría nada. Cristo no quería que sus discípulos fueran demasiado reservados para aceptar la ayuda de quienes les dieran la bienvenida. Sin embargo, más adelante Pablo consideró apropiado actuar de otra manera en ciertas ocasiones, trabajando con sus propias manos para no convertirse en una carga.

Tercero, no debían cambiar continuamente de alojamiento, como si pensaran que sus anfitriones ya se habían cansado de ellos. No tenían motivo para pensar así, porque el arca, símbolo de la presencia de Dios, era una huésped que siempre recompensaba bien a quienes la recibían. Debían quedarse en la primera casa que los acogiera hasta salir de aquella ciudad. Así, la gente sabría dónde encontrarlos, sus amigos sabrían que estaban disponibles para servir y sus enemigos verían que no se avergonzaban ni tenían miedo.

Cuarto, debían hablar con autoridad tanto a quienes los recibieran como a quienes los rechazaran (Lucas 9:5). Si algún lugar se negaba a recibirlos y las autoridades no les permitían quedarse, debían marcharse. No debían imponerse sobre personas así ni ponerse en peligro. Al mismo tiempo, debían dejarlas bajo el juicio de Dios, sacudiendo el polvo de sus pies como testimonio contra ellas. Esto serviría como evidencia de que los mensajeros del evangelio habían estado allí y les habían ofrecido gracia y paz. Si más tarde esas personas perecían en su incredulidad, su propio rechazo dejaría la culpa sobre ellas.

Los discípulos hicieron lo que Cristo les mandó. Salieron de su presencia, aunque todavía llevaban consigo su presencia espiritual, y su mirada y su poder los acompañaban. Recorrieron los pueblos, cada uno por la zona que le había sido asignada, predicando el evangelio y sanando por todas partes. Su obra era la misma de su Maestro: hacer el bien tanto a las almas como a los cuerpos.

También vemos la confusión y la inquietud de Herodes a causa de todo esto. El hecho de que Cristo pudiera dar su poder a otros, para que actuaran en su nombre y con su autoridad, era una prueba contundente de que él era el Mesías. Demostraba que no solo podía hacer milagros por sí mismo, sino también capacitar a otros para hacerlos. Esto extendió aún más su fama e hizo que la luz del Sol de justicia brillara con mayor claridad por medio de su reflejo, incluso a través de hombres humildes y sin formación como los apóstoles, que no tenían nada que los recomendara excepto que habían estado con Jesús (Hechos 4:13).

Cuando la gente veía a esos hombres sanar a los enfermos en el nombre de Jesús, se conmovía profundamente. Empezaron a hacer diversas conjeturas y, aunque sus ideas no eran correctas, todavía hablaban de Jesús con cierto respeto. Algunos pensaban que era Juan el Bautista, quien recientemente había sufrido y muerto por la causa de Dios, y que había vuelto a la vida como recompensa por su sufrimiento. Otros pensaban que era uno de los antiguos profetas, que había sufrido mucho tiempo atrás por esa misma causa y había resucitado. Otros decían que había aparecido Elías, el profeta que fue llevado vivo al cielo en un carro de fuego (Lucas 9:7, 8).

Esto también perturbó mucho a Herodes. Cuando oyó todo lo que Cristo hacía, su conciencia culpable lo golpeó, y estuvo dispuesto a aceptar la idea de la gente de que Juan había resucitado. Había pensado que ya se había librado de Juan y que nunca volvería a ser molestado por él, pero estaba equivocado. O Juan había vuelto a la vida, o alguien más había venido con el espíritu y el poder de Juan, porque Dios nunca se queda sin un testigo. Herodes se preguntaba qué debía hacer ahora: él había decapitado a Juan, pero ¿quién era este hombre? Podía estar continuando la obra de Juan o haber venido a vengar su muerte. Juan bautizaba, pero Jesús no; Juan no hacía milagros, pero este hombre sí, lo que hacía que pareciera aún más peligroso que Juan.

Los que se oponen a Dios solo se vuelven cada vez más confundidos. Herodes todavía quería ver a Jesús, fuera o no como Juan. Sin embargo, podría haber terminado fácilmente con su incertidumbre si hubiera sabido lo que muchos otros sabían: que Jesús había estado predicando y haciendo milagros mucho antes de que Juan fuera decapitado, de modo que no podía ser Juan resucitado. Quería verlo, pero no fue a buscarlo. Lo más probable es que considerara indigno de él ir personalmente o siquiera mandar a llamarlo. Ya había tenido suficiente con Juan el Bautista y no quería tratar con más hombres que reprendieran el pecado. Quería ver a Jesús, pero no leemos que lo haya visto hasta el juicio de Jesús, cuando él y sus soldados se burlaron de él (Lucas 23:11).

Si hubiera actuado conforme a sus propias convicciones y hubiera ido a verlo entonces, quizá se habría producido en él un cambio para bien. Pero al posponerlo, su corazón se endureció cada vez más. Así que, cuando finalmente lo vio, estaba tan predispuesto contra él como cualquier otra persona.

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