Versículo destacado

Marcos 4:35 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al anochecer de aquel mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: —Vamos al otro lado del lago. "

Marcos 4:35

menu_book El versículo en contexto

33 De esta manera Jesús les enseñaba el mensaje por medio de muchas parábolas como estas, según podían entender.

34 Pero no les decía nada sin parábolas, aunque a sus discípulos se lo explicaba todo aparte.

35 Al anochecer de aquel mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: —Vamos al otro lado del lago.

36 Entonces dejaron a la gente y llevaron a Jesús en la barca en la que ya estaba; otras barcas también lo acompañaban.

37 En ese momento se desató una tormenta, con un viento tan fuerte que las olas caían sobre la barca, de modo que esta se llenaba de agua.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este milagro, en el que Cristo calmó la tormenta para sus discípulos, ya se había relatado en Mateo 8:23 y siguientes, pero aquí Marcos ofrece un relato más completo. Ocurrió el mismo día en que Jesús había estado enseñando desde una barca, cuando llegó la tarde (Marcos 4:35). Después de pasar todo el día esforzándose en la enseñanza, no escogió descansar. Esto nos enseña que no debemos esperar una tranquilidad constante antes de llegar al cielo. El final de una tarea difícil puede ser apenas el comienzo de otro problema. Sin embargo, la barca que Cristo usó como púlpito quedó bajo su cuidado especial y, aunque estuvo en peligro, no podía hundirse. Lo que se usa para Cristo, él lo vigila de una manera especial.

Jesús mismo propuso cruzar al otro lado, porque no quería perder tiempo: «Pasemos al otro lado». En el capítulo siguiente aprendemos que tenía una obra que realizar allí. Cristo iba haciendo el bien, y ningún problema en su camino debía detenerlo. De la misma manera, nosotros debemos servirlo activamente y cumplir nuestro deber en el tiempo que él nos ha asignado.

No se hicieron a la mar hasta que despidieron a la multitud; es decir, hasta que cada persona recibió aquello por lo que había venido y todas sus peticiones fueron atendidas. Cristo nunca envió a nadie a casa quejándose de haber esperado en él sin recibir nada. O quizá despidieron a la gente con una bendición solemne, pues Cristo vino al mundo no solo para hablar de bendición, sino también para pronunciarla y concederla.

Lo llevaron «tal como estaba», es decir, con la misma ropa que había usado mientras enseñaba, sin un manto que lo protegiera del frío durante una travesía nocturna en el agua. No debemos entender esto como un permiso para descuidar nuestra salud, pero sí podemos aprender a no preocuparnos excesivamente por el cuerpo ni a tratarlo con una ansiedad exagerada.

La tormenta era tan fuerte que la barca comenzaba a llenarse de agua (Marcos 4:37). No se trataba simplemente de una filtración; quizá también entraba agua por la intensa lluvia, ya que la palabra empleada puede referirse a una tempestad de viento y lluvia. La barca era pequeña, y las olas la golpeaban con tanta fuerza que se llenó de agua. No es algo nuevo que la nave que lleva a Cristo y a sus discípulos, su nombre y su evangelio, sea sacudida severamente y se encuentre en peligro.

También había otras barcas pequeñas con él, y sin duda compartieron el mismo peligro. Probablemente llevaban a personas que querían acompañar a Cristo para escuchar sus enseñanzas y ver sus milagros al otro lado. La multitud se fue cuando él partió, pero algunos estuvieron dispuestos a confiarse al agua junto con él. Siguen correctamente al Cordero quienes lo siguen adondequiera que va. Todo el que espera encontrar felicidad en Cristo debe estar dispuesto a compartir su suerte y a enfrentar los mismos peligros que él enfrenta. Es seguro y valiente hacerse a la mar con Cristo, aun cuando ya podamos ver que se acerca una tormenta.

Cristo dormía en medio de la tormenta, y aquí se nos dice que estaba en la parte posterior de la barca, donde se encontraba el lugar del timonel. Estaba acostado cerca del timón para mostrar que, como expresó George Herbert, Cristo nos preserva y nos dirige aun cuando la barca parece inclinarse con mayor violencia. Las tormentas muestran el poder de su habilidad. Aunque quizá cierre los ojos, su corazón nunca duerme. Allí tenía una almohada, probablemente una sencilla, como las que habría en una barca de pescadores. Durmió para poner a prueba la fe de sus discípulos y despertar sus oraciones. Cuando llegó la prueba, su fe parecía débil, pero sus oraciones fueron fuertes.

A veces, cuando la iglesia está en medio de una tormenta, Cristo parece dormir, como si no le importaran los problemas de su pueblo ni escuchara sus oraciones. No parece acudir de inmediato para rescatarla. En verdad, él es un Dios que se oculta (Isaías 45:15). Sin embargo, cuando parece tardar, en realidad no tarda (Habacuc 2:3), y cuando duerme, no lo hace como nosotros. El que cuida de Israel no se adormece ni duerme (Salmos 121:3-4). Él dormía, pero su corazón estaba despierto, como el de la esposa en el Cantar de los Cantares 5:2.

A sus discípulos les daba consuelo saber que él estaba con ellos. Pensaron que lo mejor era acudir a él y orar, en vez de limitarse a trabajar con los remos. Su confianza descansaba en esto: su Maestro estaba con ellos. La barca que lleva a Cristo puede ser sacudida, pero no puede hundirse. La zarza que tiene a Dios en medio puede arder, pero no será consumida. César animó al capitán de la nave que lo llevaba a bordo diciéndole: «Llevas a César, y llevas la fortuna de César». De la misma manera, los discípulos tenían a Cristo a bordo.

Despertaron a Jesús. Si la necesidad no los hubiera obligado, no habrían despertado a su Maestro hasta que él quisiera levantarse (Cantar de los Cantares 2:7). Aun así, sabían que él los perdonaría por hacerlo. Cuando Cristo parece dormir en medio de una tormenta, las oraciones de su pueblo lo despiertan. Cuando no sabemos qué hacer, nuestros ojos deben estar puestos en él (2 Crónicas 20:12). Podemos llegar al límite de nuestra propia sabiduría, pero no al límite de nuestra fe mientras tengamos a un Salvador como él a quien acudir.

Sus palabras a Cristo son muy intensas: «Maestro, ¿no te importa que nos estemos hundiendo?». Suena un poco severo, más como una queja que como una petición. La única explicación es la libertad cercana que él les había permitido y el gran temor que los dominaba, que los llevó a hablar sin pensar. Le hacen una gran injusticia a Cristo quienes suponen que no le importa su pueblo cuando está en problemas. No es así. Él no quiere que nadie perezca, mucho menos ninguno de sus pequeños (Mateo 18:14).

Aquí se incluye la orden con la que Cristo reprendió a la tormenta, aunque no aparece en Mateo (Marcos 4:39). Él dijo: «¡Silencio! ¡Cállate!». Es decir: «Guarda silencio, quédate quieta». Que el viento dejara de rugir y el mar dejara de enfurecerse. Las Escrituras hablan con frecuencia del rugido del mar y de sus olas como algo fuerte y aterrador (Salmos 65:7; Salmos 93:3-4). Ese ruido amenaza y causa terror, pero él le pone fin.

Esta también es una palabra para nosotros. Cuando nuestro corazón pecaminoso es como el mar inquieto que no puede calmarse (Isaías 57:20), y cuando nuestros sentimientos se levantan y se vuelven descontrolados, escuchemos a Cristo decir: «Guarda silencio, quédate quieto». No pensemos en medio de la confusión. No hablemos sin cuidado. Quedémonos quietos. También es una palabra de consuelo. No importa cuán fuerte o ruidosa sea la tormenta de los problemas: Jesucristo puede calmarla con una sola palabra. Cuando hay dificultades a nuestro alrededor, temor dentro de nosotros y agitación en nuestro espíritu, Cristo puede traer paz. Si él dice: «¡Silencio! ¡Cállate!», de inmediato llega una gran calma. Las Escrituras dicen que a Dios le corresponde dar órdenes a los mares (Jeremías 31:35). Por lo tanto, al hacer esto, Cristo demuestra que es Dios. El que creó los mares puede calmarlos.

La reprensión de Cristo al temor de sus discípulos es aún más fuerte aquí que en Mateo. Allí dice: «¿Por qué tienen miedo?». Aquí dice: «¿Por qué tienen tanto miedo?». Puede haber alguna razón para sentir temor, pero no para sentirlo en semejante medida. Allí dice: «Hombres de poca fe». Aquí dice: «¿Todavía no tienen fe?». Esto no significa que los discípulos no tuvieran ninguna fe.

No; ellos sí creían que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Sin embargo, en ese momento el temor se apoderó de ellos con tanta fuerza que parecía que no tenían fe. Su fe no estaba funcionando cuando más la necesitaban, de modo que era como si no tuvieran ninguna. Cristo podía preguntarles con toda razón: «¿Cómo es que, en este asunto, no tienen fe y piensan que yo no acudiré a ayudarlos de manera oportuna y eficaz?». Bien pueden dudar de su propia fe quienes son capaces de imaginar que a Cristo no le importa que su pueblo perezca. Cristo considera muy grave semejante pensamiento.

El efecto que este milagro produjo en los discípulos se describe aquí de una manera un poco distinta que en Mateo. Allí dice que los hombres se maravillaron, y aquí dice que tuvieron mucho miedo. Quedaron llenos de un gran temor, como lo sugiere la expresión original. Pero ahora su temor fue puesto en el lugar correcto por medio de la fe. Cuando temían al viento y al mar, demostraban que les faltaba la reverencia que debían tener hacia Cristo. Después de ver su poder sobre la tormenta, temieron menos a la tormenta y temieron más a Cristo.

Ahora temían haber ofendido a Cristo por su temor incrédulo y querían honrarlo. Antes habían temido el poder y la ira del Creador manifestados en la tormenta, y ese temor solo les produjo angustia y pánico. Ahora temían el poder y la gracia del Redentor manifestados en la calma. Temían al Señor y a su bondad, y ese temor les trajo gozo y paz. De esta manera dieron gloria a Cristo, como los marineros de Jonás, quienes, cuando el mar dejó de agitarse, temieron grandemente al Señor y le ofrecieron un sacrificio (Jonás 1:16). Su sacrificio aquí fue su alabanza a Cristo: «¿Quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!». Seguramente es mucho más que un simple hombre, porque aun el viento y el mar le obedecen.

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