Versículo destacado
Mateo 8:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús, al verse rodeado por la multitud, ordenó pasar al otro lado del lago. "
Mateo 8:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Al anochecer llevaron ante Jesús a muchas personas endemoniadas; con una orden expulsó a los espíritus malos y también sanó a todos los enfermos.
17 Esto sucedió para que se cumpliera lo que anunció el profeta Isaías cuando dijo: «Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades».
18 Jesús, al verse rodeado por la multitud, ordenó pasar al otro lado del lago.
19 Entonces se le acercó un maestro de la ley y le dijo: —Maestro, deseo seguirte adondequiera que vayas.
20 Jesús le contestó: —Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza.
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Aquí vemos a Cristo dirigiéndose a la otra orilla del mar de Tiberíades y diciéndoles a sus discípulos, cuyas barcas estaban con él, que se prepararan para llevarlo allí (Mateo 8:18). La luz de este Sol de justicia no debía permanecer en un solo lugar. Él tenía que ir haciendo el bien, porque las necesidades de las almas clamaban: «Ven y ayúdanos» (Hechos 16:9). Se fue cuando vio que grandes multitudes lo rodeaban.
Aunque esto demostraba que la gente quería que permaneciera allí, él sabía que otros lo necesitaban de igual manera. Ellos también necesitaban recibir su parte de él. El hecho de que fuera bien recibido y de que fuera útil en un lugar no era razón para quedarse, sino motivo para ir a otro. De esta manera, puso a prueba a las multitudes que lo rodeaban, para ver si su entusiasmo las llevaría a seguirlo cuando su predicación se trasladara más lejos.
Muchos aceptarían con gusto esa ayuda si estuviera justo al lado, pero no se tomarían la molestia de seguirla hasta la otra orilla. Así, Cristo distinguió a los menos fervientes, y dejó en evidencia a los verdaderamente comprometidos.
Aquí Cristo habla con dos hombres que, cuando él estaba a punto de seguir adelante, no querían quedarse atrás y deseaban seguirlo. No eran como las multitudes que lo seguían de manera superficial. Querían entrar en un discipulado cercano, algo que la mayoría evitaba. Una vida así les parecía demasiado exigente y no podían aceptarla fácilmente.
Este relato de dos hombres que parecían deseosos de acercarse a Cristo, pero que todavía no estaban bien dispuestos, muestra las cosas que impiden que muchos vengan plenamente a él y permanezcan firmes. También nos advierte que debemos comenzar a seguir a Cristo de tal manera que no nos quedemos a medias y que pongamos un fundamento firme.
Vemos cómo Cristo trató con dos temperamentos diferentes: uno rápido y entusiasta, y el otro lento y pesado. Sus palabras se ajustaron a cada uno de ellos, y fueron dadas para nuestro bien.
Uno de los hombres se apresuró demasiado al hacer una promesa. Era un escriba (Mateo 8:19), un erudito y maestro que estudiaba y explicaba la ley. En los Evangelios, los escribas suelen aparecer con una mala reputación, con frecuencia junto a los fariseos como enemigos de Cristo y de su enseñanza. Sin embargo, aquí había uno que parecía comenzar bien como discípulo, como un Saúl entre los profetas.
Observemos con cuánta libertad habló: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Es difícil imaginar que alguien pudiera expresarse mejor. Su ofrecimiento de entregarse a Cristo fue muy espontáneo, como si surgiera de su propio deseo. Cristo no lo había llamado, y ninguno de los discípulos lo había impulsado; él mismo se ofreció para ser un seguidor cercano. No fue obligado a servir, sino que se ofreció voluntariamente.
También parecía muy firme. Daba la impresión de que ya había tomado una decisión. No dijo: «Me gustaría seguirte», sino: «Lo haré». Y su promesa no tenía límites: «Te seguiré adondequiera que vayas» significaba no solo por todo el país, sino incluso hasta los confines de la tierra.
Pensaríamos que se podía contar con un hombre así. Sin embargo, la respuesta de Cristo mostró que su determinación era precipitada y que sus motivos eran bajos y mundanos. O no había pensado bien las cosas, o no había considerado lo más importante. Había visto los milagros de Cristo y quizá esperaba un reino terrenal; quería asegurarse desde el principio un lugar en él.
Muchos hacen promesas relacionadas con la fe durante un momento repentino de convicción, sin pensarlo suficientemente. Esas promesas no llegan a nada. Maduran pronto y pronto se echan a perder.
Cristo puso a prueba el entusiasmo de este hombre para ver si era sincero (Mateo 8:20). Le mostró que este Hijo del Hombre, a quien estaba tan ansioso por seguir, no tenía dónde recostar la cabeza. De la profunda pobreza de Cristo aprendemos varias cosas.
Primero, sorprende que el Hijo de Dios, al venir al mundo, se colocara en una condición tan humilde que ni siquiera tuviera un lugar seguro donde descansar, algo que poseen aun las criaturas más insignificantes. Si iba a asumir nuestra naturaleza, podríamos pensar que la tomaría en su mejor condición, no en la peor. Observemos qué bien provee Dios para las criaturas inferiores. Las zorras tienen madrigueras y, aunque no son útiles para las personas y a menudo causan daño, Dios todavía les da lugares donde vivir. La gente intenta destruirlas, pero ellas siguen teniendo refugio; sus madrigueras son como sus fortalezas. Las aves del cielo, aunque no hacen planes para el futuro, reciben cuidado y tienen nidos (Salmo 104:17). Algunos nidos están en el campo y otros en las casas, incluso en los atrios de Dios (Salmo 84:3).
Segundo, observemos lo poco que tenía el Señor Jesús. Esto debe animarnos a confiar en Dios para nuestras necesidades, ya que él cuida tan bien de las bestias y las aves. También debe consolarnos cuando nos falta lo necesario, porque nuestro Maestro careció de ello antes que nosotros. Mientras estuvo en el mundo, nuestro Señor Jesús aceptó la vergüenza y las dificultades de una pobreza extrema. Por causa nuestra se hizo pobre, sumamente pobre. No tenía un hogar estable, un lugar donde descansar, una casa propia donde recostar la cabeza ni una almohada propia donde acostarse. Él y sus discípulos vivían de las dádivas de personas bondadosas que los apoyaban con sus propios recursos (Lucas 8:2).
Cristo aceptó esto no solo para humillarse de todas las maneras y cumplir las Escrituras que hablaban de él como pobre y necesitado, sino también para mostrarnos cuán vacías son las riquezas mundanas y enseñarnos a considerarlas con santo desapego. Lo hizo para obtener para nosotros cosas mejores y hacernos ricos (2 Corintios 8:9).
También sorprende que esas palabras se hayan dicho en ese momento. Cuando un escriba ofreció seguir a Cristo, podríamos esperar que Cristo lo animara y le dijera: «Ven, y yo cuidaré de ti». Un escriba quizá habría podido darle más honor y ayuda que doce pescadores. Pero Cristo veía su corazón y respondió a los pensamientos que había detrás de sus palabras. Al hacerlo, nos enseña cómo debemos acercarnos a él.
Primero, la promesa del escriba parece haber sido repentina. Cristo quiere que, cuando comencemos a profesar la fe, nos sentemos a calcular el costo (Lucas 14:28). Debemos hacerlo con entendimiento y cuidado, escogiendo el camino de la piedad no porque no conozcamos otro, sino porque sabemos que no hay uno mejor. La fe no se beneficia de captar a las personas por sorpresa antes de que estén preparadas. Quienes adoptan la fe en un arrebato de emoción a menudo la abandonan cuando llega la frustración. Por eso, es necesario pensarlo bien para tener más probabilidades de permanecer firmes. Quien quiera seguir a Cristo debe conocer la parte más difícil y esperar una vida de sacrificio y privaciones.
Segundo, su promesa parece haber surgido de un motivo mundano y codicioso.
Había visto cuántas sanidades realizaba Cristo y supuso que eso significaba que recibía grandes pagos y que pronto se haría rico. Por eso quería seguirlo con la esperanza de enriquecerse también. Cristo corrigió ese error mostrándole que estaba muy lejos de hacerse rico, pues ni siquiera tenía un lugar donde recostar la cabeza, y que cualquiera que lo siguiera no debía esperar una vida más fácil.
Observemos que Cristo no acepta como seguidores a quienes buscan ganancias mundanas ni a quienes pretenden usar la fe para algo que no sea alcanzar el cielo. Hay razones para pensar que este escriba se fue triste, decepcionado por un negocio que creía que le traería beneficios. No estaba dispuesto a seguir a Cristo si no podía sacar provecho de ello.
Aquí aparece otro hombre que fue demasiado lento para obedecer. Retrasarse en actuar puede ser tan malo como apresurarse al tomar una decisión. Una vez que hemos tenido tiempo para pensar y hemos tomado una decisión, nunca debemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.
Este hombre que quería servir en el ministerio ya era uno de los discípulos de Cristo, un seguidor en sentido general (Mateo 8:21). Clemente de Alejandría afirma, basándose en una antigua tradición, que se trataba de Felipe. Parece haber estado mejor preparado y ser más sincero que el primer hombre, porque no era tan atrevido ni tan seguro de sí mismo. Un temperamento rápido, entusiasta y demasiado impulsivo no siempre es la mejor señal en la vida de fe. A veces, los últimos son primeros, y los primeros son últimos.
Observemos la excusa que dio para posponer su servicio inmediato a Cristo (Mateo 8:21): «Señor, déjame primero ir y enterrar a mi padre». Antes de convertirme en un seguidor cercano y constante de ti, permíteme cumplir primero este último deber con mi padre. Mientras tanto, déjame conformarme con escucharte de vez en cuando, cuando pueda disponer de tiempo.
Algunos piensan que su padre estaba enfermo, agonizando o ya muerto. Otros creen que solo era anciano y que probablemente no viviría mucho más. El hombre pidió permiso para cuidarlo durante su enfermedad, asistir a su entierro y luego dedicarse al servicio de Cristo. Esto sonaba razonable, pero aun así no era correcto. No tenía el fervor que debía tener por la obra, así que usó esta excusa porque parecía tener posibilidades de ser aceptada. Un corazón poco dispuesto nunca carece de excusas.
El significado de la expresión latina «Non vacat» es «Non placet», es decir: «No me falta tiempo; me falta disposición». Podemos suponer que la petición de aquel hombre provenía de un amor y un respeto genuinos por su padre. Aun así, debió haberle dado a Cristo el primer lugar. Muchas personas no llegan a tomar en serio la vida piadosa, o avanzan muy lentamente en ella, porque se preocupan demasiado por los asuntos familiares. Estas cosas legítimas terminan arruinándonos cuando permitimos que nuestro deber para con Dios quede relegado bajo el pretexto de atender otras obligaciones. Por eso debemos tener especial cuidado en este aspecto.
Cristo no aceptó esa excusa (Mateo 8:22). Jesús le dijo: «Sígueme». Sin duda, el poder acompañó ese mandato, como ocurrió con las palabras de Cristo dirigidas a otras personas, y el hombre lo siguió y permaneció con él, como Rut permaneció con Noemí, mientras que el escriba de los versículos anteriores, como Orfa, regresó. Aquel hombre había dicho: «Yo te seguiré». Cristo le respondió: «Sígueme». Al poner ambas expresiones una junto a la otra, vemos que somos llevados a Cristo por el poder de su llamado, no por nuestras promesas hacia él. No sucede por la voluntad ni por el esfuerzo humanos, sino por Dios, que tiene misericordia y llama a quien quiere (Romanos 9:16).
Incluso las personas escogidas pueden presentar excusas y tardar mucho tiempo en obedecer el llamado de Dios. Sin embargo, Cristo finalmente responderá a sus excusas, vencerá su resistencia y las llevará a sus pies. Cuando Cristo llama, prevalece y hace eficaz ese llamado (1 Samuel 3:10).
La excusa queda descartada como insuficiente: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Esta es una expresión proverbial. Significa: que un muerto entierre a otro, o incluso que los muertos queden sin sepultura antes que se descuide el servicio de Cristo. Que quienes están muertos espiritualmente se ocupen de los muertos físicamente. Deja las tareas del mundo en manos de la gente del mundo; no cargues con ellas. Enterrar a los muertos, especialmente al propio padre, es una buena obra, pero no era la obra que le correspondía a aquel hombre en ese momento. Otros, que no habían sido llamados ni preparados para la obra de Cristo, podían hacerla tan bien como él. Él tenía algo más que hacer y no debía posponerlo.
La devoción a Dios debe estar por encima de la devoción a los padres, aunque honrar a los padres es una parte grande y necesaria de la religión. Bajo la ley, los nazareos no debían hacer duelo por sus propios padres, porque estaban consagrados al Señor (Números 6:6-8). El sumo sacerdote no debía hacerse impuro por causa de los muertos, ni siquiera por su propio padre (Levítico 21:11-12). Cristo también exige que quienes quieran seguirlo aborrezcan a su padre y a su madre (Lucas 14:26), es decir, que los amen menos que a Dios. Debemos considerar a nuestros familiares más cercanos como menos importantes en comparación con Cristo cuando ellos se interponen en el servicio que le prestamos o en el sufrimiento que enfrentamos por él.
De este capítulo
Mateo 8:1
"Cuando Jesús bajó del monte, mucha gente lo siguió."
Mateo 8:2
"Entonces se le acercó un hombre enfermo de lepra, se arrodilló delante de él y le dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad."
Mateo 8:3
"Jesús lo tocó con la mano y dijo: —Quiero. ¡Queda limpio! En ese mismo momento, el leproso quedó limpio de su enfermedad."
Mateo 8:4
"Jesús añadió: —Mira, no se lo digas a nadie; solamente ve, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que conste ante los sacerdotes."
Mateo 8:5
"Cuando Jesús entró en Cafarnaúm, un capitán romano se le acercó para hacerle un ruego."
Mateo 8:6
"Le dijo: —Señor, mi criado está en casa enfermo, paralizado y sufriendo terribles dolores."
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