Versículo destacado

Juan 6:22 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al día siguiente, la gente que estaba al otro lado del lago se dio cuenta de que los discípulos se habían ido en la única barca que había allí y de que Jesús no iba con ellos. "

Juan 6:22

menu_book El versículo en contexto

20 Él les dijo: —¡Soy yo! No tengan miedo.

21 Con gusto lo recibieron en la barca, y en un momento llegaron a la tierra adonde iban.

22 Al día siguiente, la gente que estaba al otro lado del lago se dio cuenta de que los discípulos se habían ido en la única barca que había allí y de que Jesús no iba con ellos.

23 Mientras tanto, otras barcas llegaron de la ciudad de Tiberias a un lugar cercano a donde habían comido el pan después de que el Señor dio gracias.

24 Así que, al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente también subió a las barcas y se dirigió a Cafarnaúm para buscarlo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos la búsqueda sincera que la gente hizo de Cristo, aunque su corazón no estaba bien delante de Dios. Habían visto que los discípulos se alejaban en una barca y que Jesús se retiraba al monte, probablemente porque quería estar solo por un tiempo. Pero como esperaban hacerlo rey, estuvieron pendientes de su regreso y siguieron buscándolo al día siguiente.

En primer lugar, estaban desconcertados acerca de adónde se había ido. Jesús ya no estaba allí, y no sabían qué había sido de él. También vieron que no había ninguna barca, excepto la que habían tomado sus discípulos. Esto concuerda con la providencia de Dios al confirmar el milagro de Jesús caminando sobre el mar. Si queremos encontrar a Cristo, debemos prestar mucha atención a dónde está y dónde no está, para seguirlo correctamente.

En segundo lugar, lo buscaron con determinación. Miraron por los alrededores y, al ver que Jesús se había ido y que sus discípulos tampoco estaban allí, decidieron buscar más lejos. Quienes quieren encontrar a Cristo deben buscarlo con perseverancia, de un lugar a otro si es necesario, en vez de vivir sin la palabra de Dios. Quienes han sido alimentados por Cristo con el pan de vida deberían sentir un profundo deseo de recibir más de él. Muchos estarían dispuestos a tener más de Cristo si de verdad lo conocieran.

Decidieron ir a Capernaúm, donde Jesús solía quedarse y adonde habían ido sus discípulos. Esperaban que no se mantuviera alejado de ellos por mucho tiempo. Quienes desean encontrar a Cristo deben seguir las huellas de su pueblo. En su providencia, Dios les dio una manera rápida de llegar por mar, porque habían llegado otras barcas desde Tiberias, una población situada más adelante en la misma orilla. A menudo, la providencia ayuda en sus esfuerzos a quienes buscan sinceramente a Cristo y desean pasar tiempo con él.

El evangelista también señala que, después de que Jesús dio gracias por el pan, los discípulos recordaron aquellas palabras con un cariño especial. La gracia y la belleza de aquella comida los habían conmovido profundamente. El hecho de que Jesús diera gracias dejó una fuerte impresión en ellos, y conservaron con aprecio el recuerdo de aquel momento.

En tercer lugar, no esperaron cuando se presentó la oportunidad. Subieron a las barcas y fueron a Capernaúm en busca de Jesús. No se demoraron esperando volver a verlo en el lado donde estaban. Sus convicciones eran fuertes y su deseo, ferviente; por eso lo siguieron de inmediato. Muchas veces, los buenos impulsos del corazón se pierden porque no actuamos con rapidez. Estas personas llegaron a Capernaúm, y parece que estos seguidores insinceros tuvieron un viaje fácil, mientras que los verdaderos discípulos de Cristo pasaron por uno difícil. En este mundo malo, no es sorprendente que las mejores personas reciban el trato más duro.

Fueron en busca de Jesús, y esa siempre es la dirección correcta para el corazón humano. Quienes desean encontrar a Cristo y hallar consuelo en él deben estar dispuestos a esforzarse. Deben estar preparados, como lo estuvieron estas personas, para cruzar tierra y mar con tal de buscar y servir a aquel que vino del cielo a la tierra para buscarnos y salvarnos.

En segundo lugar, su búsqueda tuvo éxito. Encontraron a Jesús al otro lado del mar. Tarde o temprano, Cristo será hallado por quienes lo buscan. Vale la pena cruzar un mar, e incluso ir de un extremo de la tierra al otro, si al final podemos encontrar a Cristo. Más adelante, estas personas demostrarían que su corazón no era sincero y que no tenían un buen motivo, pero aun así mostraron mucho entusiasmo. Los hipócritas pueden ser muy activos al asistir al culto público de Dios. Si todo lo que una persona puede mostrar como prueba de su amor por Cristo es que corre detrás de sermones, oraciones y buena predicación, debería tener cuidado y examinarse a sí misma.

Aun así, aunque Cristo sabía que su corazón no estaba bien, estuvo dispuesto a dejarse encontrar por ellos y a permitir que se acercaran. Aunque pudiéramos conocer el corazón de los hipócritas, no deberíamos impedirles la comunión mientras su profesión de fe pareciera sincera. Mucho menos deberíamos hacerlo cuando no sabemos lo que hay en su corazón.

En tercer lugar, cuando lo encontraron, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?». Por los versículos posteriores parece que lo encontraron en la sinagoga, el lugar judío de adoración. Fue sensato que lo buscaran allí, porque él acostumbraba asistir al culto público (Lucas 4:16). A Cristo se le debe buscar, y se le encuentra, en las reuniones de su pueblo y en el uso de los medios de gracia que él estableció. El culto público es algo que Cristo se complace en honrar con su presencia y con manifestaciones especiales de sí mismo.

Su única pregunta fue: «Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?». Cuando comprendieron que no lograrían hacerlo rey, dejaron de lado ese asunto y lo llamaron maestro. Su pregunta se refería tanto al momento como a la manera en que había llegado allí. Sentían curiosidad por los movimientos de Cristo, pero no tenían el mismo cuidado con respecto a los suyos.

En cuarto lugar, Jesús les respondió, no satisfaciendo su curiosidad, sino hablando de su verdadera necesidad. Les mostró cuál era la razón equivocada por la que lo seguían. En esencia, les dijo: «Yo conozco su corazón. Me buscan, y eso en sí mismo es bueno, pero su motivo no es bueno». Cristo conoce no solo lo que hacemos, sino también por qué lo hacemos. Estas personas lo seguían, no porque valoraran su enseñanza, sino porque habían comido los panes y habían quedado satisfechas.

Jesús les había dado una comida abundante, y es posible que algunos no hubieran tenido suficiente alimento durante mucho tiempo. También había sido una comida excelente y probablemente muy agradable, pues el vino milagroso había sido de la mejor calidad, y es probable que el alimento milagroso también hubiera sido especialmente bueno. Además, había sido una comida gratuita, que no les costó nada.

Muchas personas siguen a Cristo por el pan, no por amor. Eso es lo que hacen quienes usan la religión para obtener ventajas terrenales o quienes la siguen porque les ayuda en su carrera profesional. Incluso un papa llegó a decir, en esencia: «¡Qué negocio tan rentable hemos hecho de Cristo!». Estas personas le daban a Jesús títulos respetuosos como «Maestro» y le mostraban honor; sin embargo, él habló claramente acerca de sus falsos motivos.

Los ministros de Cristo deben aprender de esto. No deben adular a quienes los adulan. Tampoco deben dejarse comprar por palabras amables para decirle a todo el mundo que todo está bien. Cuando haya razón para hacerlo, deben corregir con honestidad, incluso a las personas que hablan bien de ellos.

Después, Jesús los dirigió hacia una meta mejor (Juan 6:27): «Trabajen por el alimento que permanece para vida eterna». Él había hablado con la mujer samaritana acerca de las realidades espirituales usando el agua como imagen. Aquí habla de ellas usando la comida como imagen, tomando como referencia el pan que acababan de comer.

En primer lugar, su propósito es limitar nuestra búsqueda excesiva de las cosas terrenales: «No trabajen por el alimento que se acaba». Esto no prohíbe el trabajo honrado para cubrir las necesidades diarias (2 Tesalonicenses 3:12). Pero sí nos advierte que no hagamos de las cosas de este mundo nuestra preocupación principal.

Las cosas de este mundo son alimento que se acaba. La riqueza, el honor y el placer son como comida. Satisfacen la imaginación, y muchas veces eso es todo lo que hacen. Alimentan el cuerpo por un tiempo, pero luego desaparecen. Se desgastan por sí solas y están expuestas a muchos accidentes. Incluso quienes poseen más no pueden conservarlas para siempre. Cuando mueran, tendrán que dejarlas atrás.

Por eso es insensato perseguir esas cosas con demasiado afán. No debemos trabajar en la religión buscando alimento que se acaba, con la mira puesta en obtener beneficios terrenales. No debemos hacer que la religión sirva a nuestros intereses económicos ni buscar ventajas comerciales mediante las cosas sagradas. Tampoco debemos convertir esas cosas pasajeras en nuestro bien principal. No deberían ser lo que buscamos por encima de todo ni la labor principal de nuestras manos y nuestro corazón (Proverbios 23:4-5).

En segundo lugar, Jesús quiere impulsarnos a realizar una labor mejor. En esencia, dice: «Esfuércense por algo superior. Trabajen por el alimento que pertenece al alma». Muestra que este alimento es sumamente deseable. Es un alimento que permanece para vida eterna. Es una bendición que durará tanto como tengamos que vivir; no solo permanece para siempre, sino que también nos alimenta hasta llevarnos a la vida eterna.

Las bendiciones del nuevo pacto, es decir, la nueva promesa salvadora de Dios en Cristo, nos preparan para la vida eterna, nos mantienen en el camino hacia ella y nos dan la seguridad de que la recibiremos. Y este alimento ciertamente puede obtenerse. Nadie puede reunir todos los tesoros de la tierra y juntarlos para proporcionar algo que dure para siempre. Esto no se puede comprar con oro.

Pero es algo que da el Hijo del Hombre. Es decir, tanto el alimento mismo como la vida a la que conduce provienen de él. El Hijo del Hombre es el gran administrador de los tesoros de Dios. Dios le ha confiado el gobierno de su reino entre los seres humanos y la distribución de los dones, la gracia y el consuelo de ese reino. Él tiene autoridad para dar la vida eterna, junto con todos los medios que nos preparan para ella.

Se nos manda trabajar por esto como si se obtuviera mediante nuestro propio esfuerzo. Pero, aun después de todo nuestro trabajo, no lo hemos ganado como un salario. El Hijo del Hombre lo da como un regalo. ¿Y qué puede ser más gratuito que un regalo? Es un consuelo saber que quien lo da es el Hijo del Hombre, porque entonces podemos tener la esperanza de que los seres humanos que lo buscan y trabajan para él no serán rechazados.

Jesús también tiene autoridad para dar este alimento, porque «el Padre, Dios, ha puesto su sello sobre él» (Juan 6:27). Esto significa que el Padre lo ha probado y lo ha señalado como aquel que fue enviado por Dios. Lo ha declarado Hijo de Dios con poder. Le ha dado plena autoridad para actuar entre Dios y la humanidad: como mensajero de Dios ante las personas y mediador entre Dios y ellas, es decir, aquel que se interpone para reconciliarlas y acercarlas a Dios. También ha confirmado su misión por medio de milagros.

Puesto que el Padre le ha dado autoridad, también nos ha dado una seguridad firme acerca de esa autoridad. Le confió a Cristo todo el poder y después nos dio pruebas claras de ello. Por eso, Cristo pudo avanzar con confianza en la obra que vino a realizar por nosotros, y nosotros también podemos rendirnos a él con confianza.

Dios el Padre puso su sello sobre él mediante el Espíritu que reposó sobre él, la voz del cielo y el testimonio dado por señales y maravillas. La revelación plena de Dios llega a su cumplimiento en él. En él, la visión y la profecía alcanzan el propósito para el que fueron dadas (Daniel 9:24). Todos los creyentes dan testimonio de que él es verdadero (Juan 3:33), y en él también han sido sellados (2 Corintios 1:22).

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