Versículo destacado
Marcos 4:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Otra vez Jesús comenzó a enseñar a la orilla del lago. Como se reunió una gran multitud, Jesús subió a una barca que estaba en el lago y se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. "
Marcos 4:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Otra vez Jesús comenzó a enseñar a la orilla del lago. Como se reunió una gran multitud, Jesús subió a una barca que estaba en el lago y se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla.
2 Entonces comenzó a enseñarles muchas cosas por medio de parábolas. En su enseñanza les decía:
3 Oigan esto: Un sembrador salió a sembrar.
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En el capítulo anterior, Cristo enseñaba en la sinagoga. Aquí comienza a enseñar de nuevo junto al mar. Cambió de lugar para poder llegar, si era posible, a todos y dejar una impresión en ellos. No siempre predicaba junto al mar para complacer a las personas más ricas y refinadas que tenían asientos en la sinagoga y mostraban poco interés en escuchar en otros lugares. Pero cuando tenía libertad, a menudo entraba en la sinagoga y enseñaba allí. Del mismo modo, no siempre predicaba en la sinagoga para adaptarse a la multitud pobre que no podía encontrar lugar allí, sino que comenzó otra vez a enseñar junto al mar, donde podían escucharlo.
De esta manera, como dice Pablo, era deudor tanto a sabios como a ignorantes (Romanos 1:14). Aquí aparece una nueva disposición, que no se había usado antes, aunque Cristo ya había predicado junto al mar (Marcos 2:13). Él estaba de pie en una barca mientras sus oyentes permanecían en tierra. Como el mar de Tiberíades no tenía mareas, el agua no subiría ni bajaría para molestarlos.
Es apropiado pensar que Cristo llevara su enseñanza a una barca y predicara desde allí como una señal de lo que sucedería después. Esto apuntaba a la expansión del evangelio hacia las islas de los gentiles. También insinuaba que el reino de Dios, ese tesoro tan valioso, sería quitado de la nación judía y entregado a un pueblo que produciría más fruto por medio de él.
Observemos, en primer lugar, la manera en que Cristo enseñaba a la multitud. Les enseñaba muchas cosas, pero usaba parábolas, es decir, comparaciones. Estas atraían a la gente, porque a las personas les gusta escuchar las cosas expresadas de una manera que puedan reconocer. Los oyentes descuidados suelen captar una imagen sencilla de la vida cotidiana y recordarla, aunque no comprendan la verdad que esa imagen pretendía enseñar. Pero, a menos que se esforzaran por examinarla, la parábola solo los entretendría. Verían, pero no entenderían (Marcos 4:12). Así, lo que pretendía ayudarlos también se convirtió en un juicio sobre su insensibilidad. Cerraban deliberadamente los ojos ante la luz, y por eso Cristo les daba justamente la verdad en forma de parábola. Esta tenía un lado luminoso para quienes estaban dispuestos a aplicarla a su propia vida y dejarse guiar por ella. Pero para quienes solo buscaban una emoción pasajera, ofrecía apenas destellos de luz y luego los dejaba en la oscuridad.
Es justo que Dios diga acerca de quienes no quieren ver que no verán. Él oculta la verdad de quienes solo miran de manera superficial y nunca consideran con preocupación las cosas que pertenecen a su paz.
En segundo lugar, observemos la manera en que Cristo explicaba su enseñanza a sus discípulos. Cuando estaban solos, no solo los doce, sino también otros que estaban con ellos, aprovechaban la oportunidad para preguntarle qué significaban las parábolas (Marcos 4:10). Para ellos era bueno estar cerca de Cristo; cuanto más cerca de él, mejor. También era bueno estar con los doce y pasar tiempo con quienes estaban cerca de él. Cristo les dijo que era un privilegio especial que se les hubiera permitido conocer de cerca el misterio del reino de Dios (Marcos 4:11). El secreto del Señor estaba con ellos. Lo que a otros solo les causaba confusión, a ellos les daba instrucción, y cada parábola los ayudaba a crecer en conocimiento. Llegaban a entender más acerca de la manera en que Cristo se proponía establecer su reino en el mundo, mientras que otros se marchaban sin haber aprendido nada nuevo.
Quienes conocen el misterio del reino de los cielos deben reconocer que les ha sido dado. Reciben tanto la luz como la capacidad para ver de parte de Jesucristo, quien, después de resucitar, les explicó las Escrituras y también les abrió el entendimiento (Lucas 24:27, Lucas 24:45).
Aquí encontramos, en particular, la parábola del sembrador, que también aparece en Mateo 13:3 y los versículos siguientes. Cristo comienza con «Escuchen» (Marcos 4:3) y termina diciendo: «El que tenga oídos para oír, que oiga» (Marcos 4:9). Las palabras de Cristo exigen una atención cuidadosa. Quienes hablan en su nombre pueden pedir legítimamente esa atención y deben despertarla. Aunque todavía no comprendamos por completo lo que él dice, o no lo entendamos correctamente, debemos escuchar con cuidado, confiando en que sus palabras son claras y profundas. Con el tiempo descubriremos en ellas más de lo que vimos al principio.
Después viene la explicación de Cristo a sus discípulos. Antes de explicar la parábola, les hace una pregunta que Mateo no registra: «¿No entienden esta parábola? ¿Cómo, entonces, entenderán todas las demás?» (Marcos 4:13). Si no entendían esta, que era bastante clara y mostraba los distintos resultados de escuchar la palabra, ¿cómo entenderían las otras, que serían más difíciles de comprender? Si tropezaban con esta, ¿cómo captarían las parábolas que más adelante hablarían del rechazo de los judíos y del llamado de los gentiles, cosas que todavía no podían imaginar?
Esto debe impulsarnos a orar y esforzarnos en buscar conocimiento. Hay muchas cosas que necesitamos saber. Si no entendemos las verdades claras del evangelio, ¿cómo enfrentaremos las más difíciles? La vida es corta, pero el aprendizaje es largo. Si hemos corrido con los soldados de a pie y nos han cansado, ¿cómo competiremos con los caballos? (Jeremías 12:5).
Si no entendían esta parábola, que tenía el propósito de guiarlos a escuchar la palabra para sacar provecho de ella, ¿cómo aprovecharían lo que escucharían después? El propósito de la parábola era enseñarles a escuchar con cuidado y a dejarse mover por la palabra, para que pudieran entenderla. Si no recibían esta enseñanza, no sabrían cómo usar la llave que abre el resto.
Antes de explicar la parábola, Cristo primero les muestra cuán triste es la condición de quienes no han sido llevados a comprender su enseñanza: «A ustedes se les ha dado, pero a ellos no». Pensar en el estado miserable de quienes no tienen estos privilegios nos ayuda a valorar lo que recibimos como discípulos de Cristo, especialmente porque se encuentran fuera del camino habitual de la conversión, para que no se vuelvan y sus pecados les sean perdonados (Marcos 4:12). Solo quienes se convierten reciben el perdón de sus pecados. La miseria de las almas inconversas consiste en que permanecen bajo una culpa que no ha sido perdonada.
También les muestra cuán vergonzoso era que necesitaran una explicación tan cuidadosa de lo que habían escuchado y que no lo hubieran comprendido de inmediato. Quienes desean crecer en conocimiento primero deben reconocer su ignorancia. Después de prepararlos de esta manera, les da el significado de la parábola del sembrador, tal como ya se registró en Mateo. Observemos aquí solamente lo siguiente:
En el amplio campo de la iglesia, la palabra de Dios se ofrece a todos sin distinción. «El sembrador siembra la palabra» (Marcos 4:14) y la esparce ampliamente, «junto a todas las aguas», sobre toda clase de terreno (Isaías 32:20), sin saber dónde caerá ni qué fruto producirá. La esparce para que aumente. Cristo mismo sembró primero la palabra cuando iba de un lugar a otro enseñando y predicando, y ahora envía a sus ministros para que la siembren por medio de ellos.
Los ministros son sembradores y necesitan la habilidad y el criterio de un agricultor sabio (Isaías 28:24-26). No deben dejarse controlar por los vientos y las nubes (Eclesiastés 11:4, 11:6), sino mirar a Dios, quien da semilla al que siembra (2 Corintios 9:10). En segundo lugar, de los muchos que escuchan el evangelio, lo leen y viven rodeados de sus verdades, solo unos pocos lo reciben de tal manera que produce fruto. En esta imagen, solo uno de cada cuatro llega a dar buen fruto. Es triste pensar cuánta de la preciosa semilla de la palabra de Dios se pierde y se siembra en vano, pero llegará el día en que habrá que responder por los sermones desperdiciados. A muchos que escucharon a Cristo predicar en sus calles se les dirá un día que se aparten de él. Quienes hacen de escuchar su única expresión de fe, como si eso por sí solo pudiera salvarlos, se engañan a sí mismos y edifican sobre la arena (Santiago 1:22).
En tercer lugar, muchos son profundamente conmovidos por la palabra durante un tiempo, pero no reciben de ella ningún beneficio duradero. Sus sentimientos corresponden a lo que escuchan, pero su respuesta es solo un destello pasajero, como las espinas que crepitan debajo de una olla. Leemos acerca de hipócritas que se deleitan en conocer los caminos de Dios (Isaías 58:2), de Herodes, que escuchaba con gusto a Juan (Marcos 6:20), de otros que se alegraban con la luz de Cristo (Juan 5:35) y de aquellos para quienes Ezequiel era como una hermosa canción (Ezequiel 33:32). El terreno pedregoso de la parábola representa a personas así. Reciben la palabra con alegría, pero esta no llega a producir nada.
En cuarto lugar, la razón por la que la palabra no deja una huella fuerte y duradera en la mente de las personas es que su corazón no está debidamente preparado para recibirla. La culpa está en ellas, no en la palabra. Algunas son oyentes descuidados y olvidadizos, y no obtienen absolutamente nada. La palabra entra por un oído y sale por el otro. Otras permiten que sus deseos pecaminosos dominen sus convicciones, y pierden el buen efecto que la palabra había comenzado a producir.
Quinto, el diablo actúa con mucha intensidad entre los oyentes descuidados y despreocupados, así como las aves se reúnen alrededor de la semilla que queda expuesta en el suelo. Cuando el corazón es como un camino sin arar, duro y sin quebrantamiento, abierto a todo transeúnte —como sucede con quienes pasan la vida en compañías y conversaciones vanas—, el diablo es como esas aves: llega rápidamente y se lleva la palabra antes de que nos demos cuenta. Por eso, cuando las aves descendieron sobre los sacrificios de Abram, él las ahuyentó (Génesis 15:11). No podemos impedir que el diablo ronde por encima de nosotros, pero no debemos permitir que se establezca en nuestro corazón.
Sexto, muchas personas no tropiezan abiertamente ni abandonan su profesión de fe como los que estaban sobre el terreno pedregoso. Sin embargo, el poder de la palabra es sofocado y apagado silenciosamente, de modo que no produce ningún resultado. Continúan con una profesión estéril e hipócrita que no logra nada, y aun así terminan en el infierno, aunque de una manera más refinada. Séptimo, las impresiones que no se conservan no duran. Se desvanecen en los tiempos difíciles y en el sufrimiento, como huellas en la arena que la siguiente marea alta de la persecución borra. Cuando aumenta la maldad, el amor de muchos se enfría. Muchos mantienen su profesión de fe cuando todo está tranquilo, pero la pierden cuando llega la tormenta. Son como quienes sacan una barca solo por diversión y regresan en cuanto se levanta el viento. La ruina de los hipócritas es que no tienen raíz. No actúan a partir de un principio vivo y firme. No se ocupan de la obra interior, y sin ella la religión no es nada. El verdadero cristiano es aquel que lo es en su interior.
Octavo, muchos no reciben el beneficio de la palabra por causa de su amor al mundo. Muchas buenas enseñanzas sobre la humildad, la generosidad, la abnegación y una mente puesta en lo celestial son sofocadas y se pierden debido a la comodidad y el bienestar que trae el éxito mundano. Por eso, muchos creyentes que profesan la fe y que de otro modo podrían haber llegado a ser algo demuestran ser como las vacas flacas y las espigas delgadas del faraón. Noveno, quienes no están agobiados por las preocupaciones del mundo ni por el atractivo de las riquezas todavía pueden perder el valor de su profesión de fe por los deseos de otras cosas. Marcos añade este punto. Significa, como explica el Dr. Hammond, un apetito descontrolado por las cosas que complacen los sentidos o la imaginación. Una persona puede tener poco de este mundo y aun así arruinarse al ceder a los deseos del cuerpo.
Décimo, Dios espera y exige fruto de quienes disfrutan del evangelio. Se trata de un fruto acorde con la semilla: un espíritu y una manera de vivir que correspondan al evangelio, con las virtudes cristianas practicadas cada día y los deberes cristianos cumplidos fielmente. Este es el fruto que Dios busca, y contará para nuestro bien. Por último, no se puede esperar ningún fruto bueno si la semilla no es buena. Si la semilla cae en buena tierra, si el corazón es humilde, santo y está puesto en las cosas celestiales, habrá buen fruto. A veces incluso producirá cien veces más, como la cosecha que Isaac obtuvo (Génesis 26:12).
De este capítulo
Marcos 4:2
"Entonces comenzó a enseñarles muchas cosas por medio de parábolas. En su enseñanza les decía:"
Marcos 4:3
"Oigan esto: Un sembrador salió a sembrar."
Marcos 4:4
"Mientras sembraba, una parte de la semilla cayó en el camino; entonces llegaron las aves y se la comieron."
Marcos 4:5
"Otra parte cayó entre las piedras, donde no había mucha tierra. Esa semilla brotó pronto porque la tierra no era muy profunda;"
Marcos 4:6
"pero cuando salió el sol, la quemó, y como no tenía raíz, se secó."
Marcos 4:7
"Otra parte de la semilla cayó entre espinos; los espinos crecieron y la ahogaron, de modo que la semilla no produjo grano."
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