Versículo destacado
Génesis 4:3 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Pasó el tiempo, y un día Caín llevó al Señor una ofrenda del producto de su cosecha. "
Génesis 4:3
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El hombre se unió a su esposa Eva. Ella quedó embarazada y dio a luz a su hijo Caín, y dijo: «Ya tengo un hijo varón. El Señor me lo ha dado».
2 Después dio a luz a Abel, hermano de Caín. Abel se dedicó a criar ovejas, mientras que Caín se dedicó a cultivar la tierra.
3 Pasó el tiempo, y un día Caín llevó al Señor una ofrenda del producto de su cosecha.
4 También Abel llevó al Señor las primeras y mejores crías de sus ovejas. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda,
5 pero no miró así a Caín ni su ofrenda. Por eso, Caín se enojó muchísimo y puso muy mala cara.
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Aquí vemos la adoración de Caín y Abel. «Al cabo del tiempo», cuando ya habían avanzado en su trabajo, llevaron una ofrenda al Señor. La frase hebrea puede referirse al final de los días, quizá al final del año, cuando celebraban una fiesta de la cosecha; o tal vez al final de la semana, el séptimo día, el día de reposo. En un momento establecido, Caín y Abel llevaron sus regalos a Adán, cabeza y sacerdote de la familia, y por medio de él se los presentaron al Señor.
Hay buenas razones para pensar que Dios le había dado a Adán esta responsabilidad como una señal de su favor, incluso después de la caída. De ese modo, Dios estaba poniendo a prueba la fe de Adán en la promesa y su obediencia al remedio que había provisto para el pecado. También mantenía una conexión renovada entre el cielo y la tierra y ofrecía desde entonces un anticipo de las cosas buenas que aún estaban por venir.
Esto nos muestra varias cosas. Primero, la adoración a Dios no es una idea nueva; existe desde el principio (Juan 1:1). Es el camino antiguo y bueno (Jeremías 6:16). La ciudad de Dios es, en verdad, una ciudad antigua, con una historia larga y honorable (Isaías 23:7). La verdad vino antes que el error, y la piedad antes que la maldad.
Segundo, es de gran ayuda enseñar bien a los hijos desde pequeños. Deben recibir desde temprano formación en los deberes religiosos, para que cuando crezcan y puedan actuar por sí mismos, presenten voluntariamente una ofrenda a Dios. Los padres deben criar a sus hijos en la disciplina y la instrucción del Señor (Génesis 18:19; Efesios 6:4).
Tercero, cada uno de nosotros debe honrar a Dios con lo que tiene, de acuerdo con la manera en que él lo ha bendecido. Caín y Abel llevaron sus regalos según su trabajo y sus posesiones. Nuestros bienes y ganancias, sean cuales sean, deben estar consagrados al Señor (Isaías 23:18). Dios debe recibir su parte en los actos de adoración, la caridad, el sostenimiento de la obra religiosa y la ayuda a los pobres. Ahora debemos presentar nuestras ofrendas con un corazón sincero, porque Dios se agrada de tales sacrificios.
Cuarto, los hipócritas y las personas malvadas pueden llegar muy lejos en las expresiones externas de la religión. Caín vino junto con Abel, e incluso aparece mencionado primero, como si hubiera estado más dispuesto. Un hipócrita puede escuchar muchos sermones, hacer muchas oraciones y dar muchos regalos, y aun así no agradar a Dios porque le falta sinceridad. Tanto el fariseo como el cobrador de impuestos subieron al templo a orar (Lucas 18:10).
El resultado de su adoración fue muy diferente. Lo que importa en cada acto religioso es la aprobación de Dios. Hacemos bien si la obtenemos, pero la adoración no sirve de nada si no la recibimos (2 Corintios 5:9). Para un observador, el sacrificio de Caín y el de Abel quizá parecían iguales. Adán pudo haber aceptado ambos, pero Dios, que ve más profundamente que los seres humanos, no lo hizo. Miró con favor a Abel y a su ofrenda, quizá manifestándolo por medio de fuego del cielo, pero no miró con favor a Caín ni a su ofrenda. Podemos estar seguros de que había una buena razón para esta diferencia, porque el gobernante del mundo no muestra favor ni desaprobación sin causa.
Primero, había una diferencia entre los hombres mismos. Caín era malvado. Vivía una vida perversa, gobernada por el mundo y los deseos de la carne, por lo que su sacrificio era detestable para el Señor (Proverbios 15:8), una ofrenda inútil (Isaías 1:13). Dios no tenía en cuenta a Caín mismo y, por eso, tampoco tenía en cuenta su regalo. Abel, en cambio, era justo. Se le llama «el justo Abel» (Mateo 23:35). Su corazón era recto y su vida piadosa. Era uno de aquellos a quienes Dios observa con aprobación (Salmos 11:7) y cuya oración le produce alegría (Proverbios 15:8). Dios lo consideraba un hombre santo y, por lo tanto, también consideraba santa su ofrenda. El árbol debe ser bueno si su fruto ha de agradar al Dios que examina el corazón.
Segundo, había una diferencia entre las ofrendas mismas. Hebreos 11:4 dice que Abel ofreció un sacrificio más excelente que el de Caín. Esto puede referirse a la naturaleza de la ofrenda o a su calidad. El regalo de Caín era solamente un sacrificio de gratitud al Creador. Hasta donde sabemos, ese tipo de ofrenda, tomada del fruto de la tierra, podía ser apropiada en sí misma. Pero Abel llevó un sacrificio que señalaba hacia la expiación, es decir, hacia la cobertura del pecado. Su sangre era derramada para el perdón y, al ofrecerla, Abel reconocía que era pecador, pedía que Dios apartara su ira y buscaba su favor por medio de un Mediador, alguien que se interpone entre Dios y la humanidad.
O quizá la diferencia se refería a la calidad de la ofrenda. Caín llevó algo del fruto de la tierra, tal vez lo que era más fácil de recoger, lo que él mismo no necesitaba o no podía vender. Abel escogió con cuidado. No llevó lo cojo, lo débil ni las sobras. Llevó los primogénitos de su rebaño, lo mejor que tenía, y las partes más grasosas, lo mejor de lo mejor. Por eso, los maestros judíos afirmaban como regla general que todo lo que se le da al Dios bueno debe ser lo más fino y lo mejor. Es apropiado que quien es primero y supremo reciba lo primero y lo mejor de nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestro servicio.
La diferencia más importante fue esta: Abel ofreció con fe, pero Caín no. No actuaron con el mismo corazón. Abel miraba la voluntad de Dios como su norma, la gloria de Dios como su meta y la promesa de un Redentor como su esperanza. Caín hizo lo que hizo solamente para seguir a los demás o proteger su reputación; no lo hizo con fe, y por eso se convirtió en pecado para él. Abel era un creyente arrepentido, como el cobrador de impuestos que regresó a su casa justificado, declarado justo delante de Dios. Caín no se quebrantó y estaba lleno de orgullo; confiaba en sí mismo, como el fariseo que se alababa a sí mismo y aun así no fue justificado delante de Dios.
Caín se enojó profundamente por la diferencia que Dios había hecho entre su sacrificio y el de Abel. Su enojo se reflejó de inmediato en su rostro, porque su semblante decayó. Esto no muestra principalmente tristeza, sino malicia y furia. Su expresión amarga y obstinada delataba su resentimiento. Su rostro llevaba la evidencia de su mal espíritu, y su expresión daba testimonio en su contra.
Primero, este enojo mostró su hostilidad hacia Dios. Estaba enojado con Dios por haber hecho tal diferencia entre su ofrenda y la de su hermano. Debió haberse enojado consigo mismo por su propia incredulidad e hipocresía, que le habían hecho perder el favor de Dios. Su rostro debió haber decaído en arrepentimiento y vergüenza santa, como el del cobrador de impuestos, que ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo (Lucas 18:13). En vez de eso, se volvió contra Dios, como si Dios hubiera sido injusto y parcial, y como si le hubiera hecho daño. Siempre es señal de un corazón que no se ha quebrantado cuando nos quejamos de las reprensiones que nuestro propio pecado ha provocado. La necedad de una persona arruina su camino y luego, para empeorar las cosas, su corazón se enfurece contra el Señor (Proverbios 19:3).
Segundo, el enojo de Caín mostró su envidia hacia su hermano, quien había sido aceptado públicamente.
Aunque Abel no había hecho nada para avergonzar a Caín ni lo había insultado de ninguna manera, Caín llegó a odiarlo como enemigo o, lo que es casi lo mismo, como rival. Las personas que se han hecho indignas del favor de Dios por pecar descaradamente suelen enojarse con aquellos a quienes Dios honra y aparta. Los fariseos siguieron el camino de Caín cuando no quisieron entrar en el reino de Dios y además intentaron impedir que otros entraran (Lucas 11:52). Su mirada era mala porque la mirada de su Maestro y la de sus compañeros de servicio era buena.
La envidia es un pecado que con frecuencia se revela en el rostro y que trae su propio castigo al cuerpo. Puede manifestarse en una apariencia pálida y actuar como una enfermedad que va consumiendo la fuerza interior.
De este capítulo
Génesis 4:1
"El hombre se unió a su esposa Eva. Ella quedó embarazada y dio a luz a su hijo Caín, y dijo: «Ya tengo un hijo varón. El Señor me lo ha dado»."
Génesis 4:2
"Después dio a luz a Abel, hermano de Caín. Abel se dedicó a criar ovejas, mientras que Caín se dedicó a cultivar la tierra."
Génesis 4:4
"También Abel llevó al Señor las primeras y mejores crías de sus ovejas. El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda,"
Génesis 4:5
"pero no miró así a Caín ni su ofrenda. Por eso, Caín se enojó muchísimo y puso muy mala cara."
Génesis 4:6
"Entonces el Señor le dijo: ¿Por qué te enojas y pones tan mala cara?"
Génesis 4:7
"Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él."
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