Versículo destacado

Génesis 8:20 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Luego Noé construyó un altar en honor del Señor, tomó animales y aves puros, uno de cada clase, y los ofreció en holocausto al Señor. "

Génesis 8:20

menu_book El versículo en contexto

18 Entonces Noé y su esposa, sus hijos y sus nueras salieron de la barca.

19 También salieron todos los animales domésticos y salvajes, los que se arrastran y los que vuelan.

20 Luego Noé construyó un altar en honor del Señor, tomó animales y aves puros, uno de cada clase, y los ofreció en holocausto al Señor.

21 Cuando este olor tan agradable llegó al Señor, dijo: Nunca más volveré a maldecir la tierra por culpa del hombre, porque desde joven el hombre solo piensa en hacer lo malo. Tampoco volveré a destruir a todos los animales como lo hice esta vez.

22 Mientras el mundo exista, habrá siembra y cosecha; habrá calor y frío, invierno y verano, y días con sus noches.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos la respuesta agradecida de Noé a la misericordia de Dios al completar su rescate (Génesis 8:20). Primero, construyó un altar. Hasta ese momento, no había hecho nada sin una instrucción clara de Dios. Había recibido un llamado especial para entrar en el arca y otro para salir de ella, pero los sacrificios y los altares ya formaban parte de la adoración establecida por Dios. Por eso, no esperó una instrucción adicional para expresar su agradecimiento. Quienes reciben la misericordia de Dios deben apresurarse a darle gracias y hacerlo de buena voluntad, no por presión.

Noé acababa de salir a un mundo frío y vacío. Podríamos pensar que su primera preocupación sería construir una casa para sí mismo, pero comenzó con un altar para Dios. Dios debe ocupar el primer lugar, y un buen comienzo es el que empieza con Él. También ofreció sobre el altar un sacrificio de cada animal puro y de cada ave pura; es decir, tomó uno de los animales y aves adicionales, el séptimo, mencionados en Génesis 7:2-3.

Aquí hay dos detalles importantes. Noé ofreció solamente animales puros, porque no basta con ofrecer un sacrificio: debemos ofrecer lo que Dios ha establecido, no algo que no sea apto. Además, aunque tenía muy pocos animales y habían sido preservados a un costo enorme, no dudó en darle a Dios lo que le correspondía. Podría haber pensado: «Solo me quedan siete ovejas para comenzar de nuevo el mundo. ¿De verdad hay que matar y quemar una de ellas?». Sin embargo, entregó con alegría la séptima, demostrando que, de todos modos, todo le pertenecía a Dios.

Servir a Dios con lo poco que tenemos es, muchas veces, la manera en que Dios lo multiplica. Nada de lo que se entrega para honrar a Dios se desperdicia realmente. Esto también muestra cuán antigua es la verdadera adoración. El primer acto que leemos en el mundo renovado fue un acto de adoración (Jeremías 6:16). Hoy no ofrecemos holocaustos, pero todavía le damos a Dios sacrificios de alabanza, sacrificios de una vida recta y una vida piadosa.

En segundo lugar, vemos la aceptación misericordiosa de Dios ante el agradecimiento de Noé. En la época de los patriarcas, esta era una verdad establecida: si haces el bien, serás aceptado. Noé fue aceptado. Dios se agradó de la ofrenda (Génesis 8:21). El texto dice que percibió «un olor grato», o, según el sentido hebreo, un olor de descanso. Así como Dios descansó y se refrescó después de crear el mundo, ahora, después de renovarlo, descansa en este sacrificio del séptimo día. Se agradó de la devoción sincera de Noé y de estos comienzos llenos de esperanza para un mundo renovado, como alguien se alegra ante un aroma dulce y agradable. Aunque la ofrenda era pequeña, fue dada conforme a las posibilidades de Noé, y Dios la aceptó.

Como Dios ya había dejado que su ira reposara sobre el mundo de los pecadores, ahora permitió que su amor reposara sobre este pequeño remanente de creyentes. Entonces decidió no volver a destruir el mundo con un diluvio. Esto apunta más allá del sacrificio de Noé, al sacrificio de Cristo, que esta ofrenda señalaba y representaba. El sacrificio de Cristo sí fue una ofrenda de olor grato (Efesios 5:2).

Aquí encontramos una promesa segura y digna de confianza: este juicio nunca se repetiría. Noé quizá se preguntaba para qué reconstruir el mundo si pronto volvería a quedar arruinado por la maldad humana. Pero Dios respondió, en efecto: «Nunca volverá a suceder». En Génesis 6:6 se dice que al SEÑOR le pesó haber hecho al ser humano. Aquí habla como si le pesara haberlo destruido. Ninguna de las dos afirmaciones significa que Dios haya cambiado de opinión. Significa que cambió su manera de tratar con ellos. Él tiene compasión de sus siervos (Deuteronomio 32:36).

Dios explica esta decisión de dos maneras. Primero: «No volveré a maldecir la tierra». El sentido hebreo es: «Ya no añadiré otra maldición sobre la tierra». Dios ya había maldecido la tierra cuando el pecado entró en el mundo (Génesis 3:17). Cuando inundó la tierra, añadió a esa maldición, pero ahora no volverá a hacerlo. Segundo: «No volveré a destruir a todos los seres vivientes». Esto significa que, aunque Dios puede traer destrucción sobre ciertas personas, familias o naciones, nunca volverá a destruir el mundo entero hasta el fin definitivo de los tiempos.

La razón que Dios da resulta sorprendente, porque se parece mucho a la razón del diluvio en primer lugar (Génesis 6:5). Allí se dice que los pensamientos del corazón humano eran continuamente malos. Aquí se dice que son malos desde su juventud o infancia. El mal está presente desde el nacimiento. El ser humano lleva consigo al mundo una naturaleza formada y concebida en pecado. Uno esperaría que Dios dijera: «Entonces esta raza culpable debe ser eliminada». Pero, en efecto, dice: «No volveré a usar ese método tan severo». Primero, el ser humano pecador merece más compasión, porque este mal proviene del pecado que vive en él y es lo que se puede esperar de una raza caída. Se le llama transgresor desde el vientre, así que no sorprende que actúe con engaño (Isaías 48:8). Dios recuerda que el ser humano es carne, corrupta y pecadora (Salmo 78:39). Segundo, si Dios tratara a los seres humanos exactamente como merecen, un diluvio tendría que seguir a otro hasta que todos fueran destruidos.

Esto nos enseña dos cosas. Los juicios externos pueden atemorizar a las personas y detenerlas, pero por sí solos no pueden hacerlas santas ni renovarlas. La gracia de Dios debe obrar junto con esos juicios. La naturaleza humana seguía siendo tan pecadora después del diluvio como lo había sido antes. También aprendemos que la bondad de Dios usa la pecaminosidad humana para mostrar con mayor claridad su misericordia. Las razones de su misericordia provienen de Él mismo, no de algo que haya en nosotros.

Finalmente, Dios promete que el orden de la naturaleza continuará (Génesis 8:22): «Mientras la tierra permanezca, no cesarán la siembra y la cosecha, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche». Esto significa que no siempre sería invierno, como lo había sido durante el año del diluvio, ni siempre sería de noche, como probablemente ocurrió mientras caía la lluvia. Al mismo tiempo, también sugiere que la tierra no permanecerá para siempre. Un día, ella y todo lo que hay en ella serán consumidos por el fuego, y esperamos cielos nuevos y una tierra nueva cuando todas estas cosas sean disueltas.

Pero mientras la tierra dure, la providencia de Dios mantendrá las estaciones en su debido orden. Él preservará el ciclo constante de los tiempos y las estaciones y dará a cada uno su lugar. A su cuidado debemos que el mundo permanezca y que el orden de la naturaleza siga avanzando. Esto muestra lo cambiante que es el tiempo y, a la vez, lo constante que resulta en medio de sus cambios. Los tiempos siempre están cambiando, como el día y la noche, el verano y el invierno. Sin embargo, aun en medio de todos esos cambios, existe un patrón estable. Esa constancia dentro del cambio forma parte del gobierno fiel de Dios sobre el mundo.

Estas estaciones nunca han dejado de sucederse y no dejarán de hacerlo mientras el sol siga marcando el tiempo con tanta regularidad y la luna permanezca como un testigo fiel en el cielo. Este es el pacto de Dios para el día y la noche. Se menciona su orden duradero para fortalecer nuestra fe en el pacto de gracia —la promesa de Dios de salvar y bendecir a su pueblo—, que no es menos inquebrantable (Jeremías 33:20-21).

Vemos que Dios cumple plenamente sus promesas a sus criaturas. Por eso podemos concluir con seguridad que también cumplirá sus promesas a todos los creyentes.

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