Efesios 2:1
Antes ustedes estaban muertos a causa de las maldades y pecados
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22 versículos | Biblia BibleGuided — Español
Antes ustedes estaban muertos a causa de las maldades y pecados
en los que vivían, pues seguían los criterios de este mundo y hacían la voluntad de aquel espíritu que domina en el aire y que anima a quienes desobedecen a Dios.
De esa manera vivíamos también todos nosotros en otro tiempo, siguiendo nuestros malos deseos y cumpliendo los caprichos de nuestra naturaleza pecadora y de nuestros pensamientos. A causa de eso, merecíamos con toda razón el terrible castigo de Dios, igual que los demás.
Pero Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande,
que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados. Por la bondad de Dios ustedes han recibido la salvación.
Y en unión con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo sentar con él en el cielo.
Hizo esto para demostrar en los tiempos futuros su generosidad y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
Pues por la bondad de Dios ustedes han recibido la salvación por medio de la fe. Esto no es algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios.
No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada;
pues es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él nos había preparado de antemano.
Así pues, ustedes, que no son judíos y a quienes llaman «no circuncidados» los judíos (que circuncidan al hombre en el cuerpo y se llaman a sí mismos «circuncidados»),
recuerden que en otro tiempo estaban sin Cristo, separados de la nación de Israel, y no tenían parte en las alianzas ni en la promesa de Dios. Vivían en este mundo sin Dios y sin esperanza.
Pero ahora, unidos a Cristo Jesús por la sangre que él derramó, ustedes, que antes estaban lejos, están cerca.
Cristo es nuestra paz. Él hizo de judíos y no judíos un solo pueblo, destruyó el muro que los separaba y anuló en su propio cuerpo la enemistad que existía.
Puso fin a la ley que consistía en mandatos y reglamentos, y en sí mismo creó de las dos partes un solo hombre nuevo. Así hizo la paz.
Él puso fin, en sí mismo, a la enemistad que existía entre los dos pueblos y, con su muerte en la cruz, los reconcilió con Dios, haciendo de ellos un solo cuerpo.
Cristo vino a traer buenas noticias de paz a todos, tanto a ustedes, que estaban lejos de Dios, como a quienes estaban cerca.
Pues por medio de Cristo, los unos y los otros podemos acercarnos al Padre por un mismo Espíritu.
Por eso, ustedes ya no son extranjeros ni están fuera de su tierra, sino que ahora comparten con el pueblo santo los mismos derechos y son miembros de la familia de Dios.
Ustedes son como un edificio levantado sobre los fundamentos que son los apóstoles y los profetas, y Jesucristo mismo es la piedra principal.
En Cristo, todo el edificio va levantándose en todas y cada una de sus partes hasta llegar a ser, en el Señor, un templo santo.
En él también ustedes se unen todos entre sí para llegar a ser un templo en el cual Dios vive por medio de su Espíritu.
La humanidad estaba muerta a causa del pecado, pero Dios, movido por su misericordia y su gran amor, dio vida juntamente con Cristo.
La salvación es un don de Dios y no el resultado de las propias acciones. Las buenas obras aparecen como el propósito para el que Dios crea a su pueblo en Cristo.
Cristo es nuestra paz: derriba el muro de enemistad entre judíos y no judíos y crea en sí mismo un solo pueblo reconciliado con Dios.
La carta se dirige a comunidades cristianas en las que convivían personas de origen judío y no judío. En el mundo del primer siglo, la circuncisión, la Ley, las alianzas y la pertenencia a Israel marcaban diferencias religiosas y sociales profundas. Efesios 2 presenta la obra de Cristo como una reconciliación que acerca a quienes estaban lejos, une a los dos grupos y los incorpora a una nueva comunidad centrada en Cristo. La imagen final del templo comunica que la presencia de Dios ya no se entiende solo desde una separación étnica, sino desde la comunidad edificada en Cristo y habitada por el Espíritu.
El capítulo tiene dos movimientos principales. Los versículos 1-10 contrastan la antigua condición de muerte en el pecado con la vida recibida por la bondad de Dios en unión con Cristo. Los versículos 11-22 pasan de la salvación individual y comunitaria a la reconciliación entre judíos y no judíos. El texto avanza mediante contrastes como antes y ahora, lejos y cerca, extranjeros y miembros de la familia, y termina con la imagen de un edificio que se convierte en un templo santo.
El capítulo presenta la salvación como iniciativa misericordiosa de Dios, recibida por la fe y no fundada en el orgullo humano. La unión con Cristo incluye vida nueva, resurrección y una nueva posición delante de Dios. La cruz también tiene una dimensión comunitaria: Cristo reconcilia a grupos separados y crea una humanidad nueva. El acceso al Padre ocurre por medio de Cristo y en un mismo Espíritu. La Iglesia aparece como una comunidad que pertenece a Dios, tiene a Cristo como piedra principal y es morada de Dios por el Espíritu.
El capítulo puede ofrecer consuelo a quienes cargan con culpa, vergüenza, aislamiento o la sensación de estar lejos de Dios y de otras personas. Su lenguaje subraya que la identidad no queda definida únicamente por el pasado y que la reconciliación incluye pertenencia y paz. También puede ayudar a reconocer el valor espiritual de derribar barreras de hostilidad. Estas verdades pastorales no sustituyen atención de salud mental ni apoyo profesional cuando existe sufrimiento persistente o riesgo.
Significa que la salvación no se presenta como un logro que permita presumir de méritos propios. Efesios 2 la relaciona con la bondad de Dios y con la fe, y después explica que las buenas obras forman parte del propósito de la nueva vida en Cristo.
Representa la enemistad y la separación que existían entre judíos y no judíos. El pasaje afirma que Cristo hizo de ambos un solo pueblo y los reconcilió con Dios mediante su muerte.
La salvación no es presentada como resultado de las obras. Sin embargo, quienes han sido creados en Cristo también han sido creados para hacer buenas obras, de modo que estas aparecen como fruto y propósito de la vida nueva, no como motivo de orgullo.
Significa dejar de ser considerado extranjero o alguien excluido y compartir pertenencia con el pueblo santo. El capítulo vincula esta identidad con la reconciliación, el acceso al Padre por medio de Cristo y la presencia del Espíritu.
La imagen describe a la comunidad como un edificio que crece en Cristo y en el que Dios habita por medio de su Espíritu. Destaca la unidad de sus miembros y la centralidad de Cristo como piedra principal.
Efesios 2 reconoce la profundidad de una vida marcada por el pecado, la distancia y la sensación de no pertenecer, pero no deja a la comunidad en ese lugar. El centro del capítulo es la misericordia de Dios: un amor grande que da vida, acerca a quienes estaban lejos y reemplaza la enemistad por paz. La imagen de pasar de ser extranjeros a formar parte de la familia de Dios puede sostener a quienes llevan heridas de rechazo o aislamiento.
El argumento del capítulo depende de varios contrastes: antes y ahora, muerte y vida, lejos y cerca, extranjeros y familia. La afirmación de que la salvación es por la bondad de Dios y mediante la fe no elimina la importancia de las buenas obras; las ubica después de la iniciativa divina, como el propósito de la nueva creación. En la segunda mitad, la reconciliación vertical con Dios y la reconciliación horizontal entre judíos y no judíos aparecen inseparables dentro de la obra de Cristo.
Efesios 2 convierte la reconciliación en una realidad visible de convivencia. La paz de Cristo no se limita a una idea interior: implica reconocer a quienes antes eran tratados como ajenos, quitar barreras de hostilidad y construir una comunidad con espacio para todos los que pertenecen a Dios. Las buenas obras pueden entenderse como acciones concretas que reflejan esa nueva identidad y hacen visible la paz recibida.
El capítulo contempla la salvación como una participación en la vida de Cristo: Dios da vida, levanta y sienta con Cristo a quienes estaban muertos en el pecado. La existencia cristiana queda situada dentro de una historia mayor de gracia, reconciliación y presencia divina. La imagen final del templo señala un misterio comunitario: Dios habita en un pueblo que encuentra su unidad en Cristo y se orienta hacia una santidad compartida.
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