Versículo destacado

Efesios 2:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, "

Efesios 2:4

menu_book El versículo en contexto

2 en los que vivían, pues seguían los criterios de este mundo y hacían la voluntad de aquel espíritu que domina en el aire y que anima a quienes desobedecen a Dios.

3 De esa manera vivíamos también todos nosotros en otro tiempo, siguiendo nuestros malos deseos y cumpliendo los caprichos de nuestra naturaleza pecadora y de nuestros pensamientos. A causa de eso, merecíamos con toda razón el terrible castigo de Dios, igual que los demás.

4 Pero Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande,

5 que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados. Por la bondad de Dios ustedes han recibido la salvación.

6 Y en unión con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo sentar con él en el cielo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol comienza a explicar el cambio glorioso que la gracia transformadora produjo en ellos. Primero debemos observar quién realizó esta obra y cómo la llevó a cabo.

En primer lugar, este cambio no provino de nosotros mismos, como dice Efesios 2:8. Nuestra fe, nuestra conversión y nuestra salvación eterna no son resultado de nuestra capacidad natural ni proceden de algún mérito que haya en nosotros. Efesios 2:9 dice que no es por obras, para que nadie se gloríe. Estas bendiciones no son producidas por nada que hayamos hecho, de modo que toda jactancia queda excluida. Quien se gloría debe gloriarse en el Señor, no en sí mismo. Nadie tiene razón para presumir de su propia fuerza ni para pensar que se ha ganado un favor tan grande de parte de Dios.

Pero Dios, que es rico en misericordia, es quien produjo este gran y feliz cambio, como dice Efesios 2:4. Su gran amor es la fuente de todo. El amor es la buena voluntad de Dios hacia sus criaturas en general. La misericordia es su compasión hacia nosotros como personas caídas y desdichadas. El amor eterno de Dios es la fuente de la que brotan todas sus misericordias hacia nosotros. Ese amor es grande, y esa misericordia es rica: están más allá de toda medida y nunca se agotan.

Luego, como dice Efesios 2:5, somos salvos por gracia; y Efesios 2:8 declara que hemos sido salvos por gracia mediante la fe. Todo pecador convertido es un pecador salvado. Estas personas son liberadas del pecado y de la ira, y llevadas a un estado de salvación. Por gracia reciben el derecho a la felicidad eterna. Esta gracia salvadora es la bondad y el favor gratuitos e inmerecidos de Dios. Él las salva, no por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, para que reciban las grandes bendiciones del evangelio. Incluso esa fe y la salvación que trae son un regalo de Dios. Dios lo ha dispuesto todo de tal manera que quede claro que toda la obra es por gracia.

Consideremos ahora en qué consiste este cambio, en varias partes que corresponden a la miseria de nuestra condición natural. Algunas de ellas se mencionan aquí, y otras aparecen más adelante.

Nosotros, que estábamos muertos, recibimos vida, como dice Efesios 2:5. Somos rescatados de la muerte del pecado y recibimos vida espiritual. La gracia en el alma es una vida nueva en el alma. Así como la muerte apaga los sentidos y deja inactivas todas las facultades del cuerpo, el pecado hace lo mismo con todo lo bueno. La gracia despierta y ensancha el alma. La persona que nace de nuevo se convierte en un alma viviente. Vive una vida santa porque ha nacido de Dios. También vive en relación con la ley de Dios, porque la gracia que perdona y justifica —es decir, la gracia que declara justo al pecador delante de Dios— la ha liberado de la culpa. Dios nos dio vida juntamente con Cristo. Nuestra vida espiritual proviene de nuestra unión con Cristo; en él vivimos. Como él vive, nosotros también viviremos (Juan 14:19).

Nosotros, que estábamos sepultados, somos levantados, como dice Efesios 2:6. Lo que todavía ha de completarse se expresa como si ya hubiera sucedido, porque es una realidad en virtud de nuestra unión con Cristo, a quien Dios levantó de entre los muertos. Cuando Dios levantó a Cristo, en cierto sentido levantó también con él a todos los creyentes, puesto que Cristo es la cabeza común de ellos. Cuando sentó a Cristo a su derecha en los lugares celestiales, también elevó y glorificó en él y con él a los creyentes, porque él es su cabeza resucitada y exaltada, y quien va delante de ellos. Dios nos resucitó con Cristo y nos sentó con él en los lugares celestiales en Cristo Jesús.

Esto también puede entenderse en otro sentido. Los pecadores se arrastran por el polvo, pero las almas santificadas se sientan en los lugares celestiales. Han sido elevadas por encima del mundo. En comparación con lo que este mundo fue para ellas y con lo que será el mundo venidero, el mundo presente llega a parecerles nada. Los santos no solo son personas liberadas por Cristo; también se sientan con él en un lugar de honor. Con la ayuda de su gracia, han ascendido con él por encima de este mundo para pensar en el mundo venidero y vivir esperándolo constantemente. No solo son siervos del mejor Señor en la mejor obra, sino que también han sido levantados para reinar con él. Se sientan en el trono con Cristo, así como él se ha sentado con su Padre en su trono.

Consideremos también el gran propósito de Dios al producir este cambio. Con respecto a los demás, lo hizo para mostrar en las edades venideras, como dice Efesios 2:7, la grandeza de su bondad y misericordia, y para dejar un ejemplo permanente que anime a los pecadores de tiempos futuros. La manera en que Dios convirtió y salvó a los pecadores en el pasado debe animar a otros, después de ellos, a esperar en su gracia y misericordia y a buscarlas. Puesto que Dios lo planeó así, los pecadores necesitados pueden cobrar mucho ánimo. Pueden esperar grandes cosas de una gracia y una bondad tan abundantes, de las riquezas de la gracia que produjeron este cambio por medio de Cristo Jesús, por quien y mediante quien Dios nos concede todo su favor y sus bendiciones.

Con respecto a los pecadores regenerados mismos, Efesios 2:10 dice que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras. Esto muestra que todo proviene de la gracia, porque todas nuestras bendiciones espirituales vienen de Dios. Somos hechura suya en el sentido de la nueva creación, no solo como seres humanos, sino como santos. El nuevo ser es una nueva criatura, y Dios es su Creador. Es un nuevo nacimiento, y nacemos por su voluntad.

Esta obra es «en Cristo Jesús», es decir, por causa de lo que Cristo hizo y sufrió, y por el poder y la obra de su bendito Espíritu. Es «para buenas obras». El apóstol ya había dicho que este cambio proviene de la gracia divina y no de las obras; ahora deja claro que eso no significa que las buenas obras sean insignificantes. Aunque el cambio mismo no es causado por obras de esa clase, porque somos hechura de Dios, él nos ha diseñado y preparado para hacer buenas obras. Somos creados para ellas, con el propósito de dar fruto en ellas. Cuando Dios, por su gracia, planta buenos principios en las personas, lo hace con el fin de que produzcan buenas obras.

Estas buenas obras son las que Dios preparó de antemano mediante su decreto y designio. O bien, las palabras pueden significar que Dios nos preparó de antemano para realizarlas: nos bendijo dándonos conocimiento de su voluntad, nos concedió la ayuda de su Espíritu Santo y produjo en nosotros un cambio semejante. El propósito es que andemos en esas obras y glorifiquemos a Dios mediante una vida piadosa y una perseverancia continua en la santidad.

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