Versículo destacado

2 Tesalonicenses 3:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Ahora les mandamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que recibió de nosotros. "

2 Tesalonicenses 3:6

menu_book El versículo en contexto

4 Y tenemos confianza en el Señor respecto a ustedes, en que hacen y harán las cosas que les mandamos.

5 Que el Señor dirija sus corazones hacia el amor de Dios y hacia la espera paciente de Cristo.

6 Ahora les mandamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que se aparten de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que recibió de nosotros.

7 Porque ustedes mismos saben cómo deben seguirnos, pues no nos comportamos desordenadamente entre ustedes,

8 ni comimos gratuitamente el pan de nadie, sino que trabajamos con esfuerzo y fatiga noche y día, para no ser una carga para ninguno de ustedes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol ya había elogiado su obediencia en el pasado y había expresado su confianza en que seguirían obedeciendo en el futuro. Ahora pasa a dar mandatos y orientación acerca de algunos que estaban actuando mal, y a corregir lo que estaba fuera de orden entre ellos. Hasta la mejor comunidad cristiana puede tener personas con fallas y situaciones que necesitan ser reformadas. La santidad perfecta no se alcanza en esta vida, pero la mala conducta suele llevar a establecer buenas normas. Los problemas que Pablo había escuchado acerca de los tesalonicenses dieron lugar a los buenos mandatos de estos versículos, que también son útiles para nosotros.

Primero, Pablo señala lo que estaba mal entre ellos. En términos generales, algunos estaban viviendo desordenadamente, sin seguir la enseñanza que habían recibido del apóstol (2 Tesalonicenses 3:6). Algunos creyentes vivían sin disciplina. No gobernaban su vida conforme a las normas del cristianismo ni de acuerdo con la profesión de fe que afirmaban tener. Si las personas han recibido el evangelio y dicen someterse a él, se espera que vivan conforme a él. Si no lo hacen, deben ser consideradas desordenadas.

Más específicamente, había entre ellos personas ociosas y entrometidas (2 Tesalonicenses 3:11). Pablo tenía informes confiables sobre esto, así que tenía buenas razones para dar instrucciones acerca de cómo debían vivir esas personas y cómo debía tratarlas la iglesia. Algunos estaban ociosos y no trabajaban en absoluto. No se los describía como glotones ni borrachos, pero su pereza aun así los hacía vivir desordenadamente. No basta con decir que uno no hace daño. Dios exige que cada persona haga el bien en el lugar y la función que él le ha dado.

Es probable que algunos hubieran entendido mal la enseñanza anterior de Pablo acerca del pronto regreso de Cristo y la hubieran usado como razón para dejar de trabajar. Esto es un grave uso indebido de la religión: convertirla en una cubierta para la ociosidad o para cualquier otro pecado. Aunque el día del juicio estuviera muy cerca, todavía tendríamos que hacer el trabajo del día mientras hay luz, para que el Señor nos encuentre cumpliendo con nuestro deber cuando venga. El siervo que verdaderamente espera a su señor seguirá trabajando como su señor le ha mandado.

O quizá afirmaban que la libertad que Cristo da los había librado de las responsabilidades de sus ocupaciones y trabajos terrenales. Pero los creyentes deben permanecer en la condición en la que Dios los puso y seguir allí con él (1 Corintios 7:20, 1 Corintios 7:24). La fidelidad en nuestro trabajo cotidiano forma parte de nuestro deber cristiano. O tal vez la ayuda de la iglesia a los creyentes pobres había llevado a algunos a vivir en la ociosidad, pues sabían que la iglesia los sostendría. Cualquiera que fuera la razón, claramente estaban equivocados.

También había entrometidos entre ellos, y parece que eran las mismas personas que estaban ociosas. Esto puede sonar contradictorio, pero con frecuencia ocurre que quienes no tienen una responsabilidad propia, o descuidan la que tienen, se meten en los asuntos de los demás. Cuando estamos ociosos, el diablo y un corazón corrompido pronto nos encontrarán algo que hacer. La mente humana siempre está activa. Si no está ocupada en hacer el bien, pronto se volverá hacia el mal.

Los entrometidos son personas desordenadas. Son culpables de una curiosidad insensata y de intervenir en asuntos que no les corresponden. Se afligen a sí mismos y molestan a los demás al ocuparse de asuntos ajenos. Pablo le da una advertencia parecida a Timoteo: dice que algunas personas aprenden a estar ociosas, van de casa en casa y se convierten no solo en ociosas, sino también en chismosas y entrometidas, hablando de cosas que no deben (1 Timoteo 5:13).

A partir de estos malos hábitos, Pablo establece buenas normas para la iglesia. Estos mandatos vienen de los apóstoles de nuestro Señor y se dan en el nombre de su Señor y del nuestro; por eso, en realidad, son mandatos del Señor mismo. «Les mandamos, hermanos, en el nombre del Señor Jesucristo» (2 Tesalonicenses 3:6). Y nuevamente: «Les mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo» (2 Tesalonicenses 3:12). Pablo habla con autoridad y, a la vez, hace un llamado afectuoso, porque ambas cosas son necesarias cuando hay que corregir o prevenir los errores. La autoridad de Cristo debe llevarnos a obedecer, y su gracia y bondad deben atraernos a hacerlo de buena voluntad.

Primero, Pablo da instrucciones a toda la iglesia acerca de cómo tratar a las personas desordenadas. Debían apartarse de ellas y luego señalar su conducta, sin relacionarse estrechamente con ellas, para que sintieran vergüenza. Sin embargo, no debían tratarlas como enemigas, sino advertirles como a hermanos. Debemos ser cuidadosos al aplicar la disciplina en la iglesia. No debemos actuar basándonos únicamente en sospechas, sino solo cuando haya pruebas suficientes de desobediencia a la Palabra de Dios.

Después debemos amonestar a la persona con bondad. Hay que recordarle su pecado y su deber, y esto debe hacerse en privado (Mateo 18:15). Si aun así no quiere escuchar, debemos apartarnos de ella y evitar una relación cercana. Esto tiene dos razones. Una es que no aprendamos sus malas maneras, porque relacionarnos con personas ociosas y vanas es peligroso. La otra es hacer que se avergüence y ayudarla así a arrepentirse. Cuando las personas perezosas y desordenadas ven que quienes son sabios y buenos desaprueban su manera de vivir sin disciplina, pueden avergonzarse y cambiar.

Nuestro apartarnos debe proceder del amor por la persona, aun cuando odiemos su pecado. Incluso a quienes están bajo disciplina de la iglesia no se los debe tratar como enemigos (2 Tesalonicenses 3:15). Si la disciplina los lleva a regresar y reformarse, recuperarán su honor, su consuelo y sus derechos como hermanos en la iglesia.

Su conducta general también debía corresponder al buen ejemplo que Pablo y sus compañeros les habían dado: «Ustedes mismos saben cómo deben seguir nuestro ejemplo» (2 Tesalonicenses 3:7).

Quienes les habían llevado la fe ya les habían dado un buen ejemplo. Los ministros del evangelio deben ser ejemplos para el rebaño. Los cristianos deben hacer más que seguir la enseñanza y la doctrina de los apóstoles; también deben seguir el buen ejemplo que ellos dieron, en la medida en que los apóstoles siguieron a Cristo.

El ejemplo específico que Pablo señala es su diligencia, que contrastaba claramente con las personas desordenadas que acaba de describir. «No vivimos desordenadamente entre ustedes» (2 Tesalonicenses 3:7). No perdían el tiempo en visitas ociosas, conversaciones vacías ni placeres inútiles. Trabajaban con empeño en su ministerio, predicando el evangelio, y también se esforzaban para ganarse la vida.

Pablo dice: «No comimos el pan de nadie sin pagarlo» (2 Tesalonicenses 3:8). Podía haberle pedido legítimamente a la iglesia que lo sostuviera, porque quienes predican el evangelio tienen derecho a vivir del evangelio. Este es un deber justo que las personas tienen con sus ministros, y Pablo tenía el derecho o la autoridad de pedirlo (2 Tesalonicenses 3:9). Pero renunció a ese derecho porque los amaba, por causa del evangelio y para dejarles un ejemplo que pudieran seguir (2 Tesalonicenses 3:9). Quería que aprendieran a usar bien su tiempo y a mantenerse ocupados en un trabajo útil.

Pablo también manda que quienes llevan una vida ociosa cambien y comiencen a trabajar. Ya se los había dicho cuando estuvo con ellos: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3:10). Los judíos tenían un dicho parecido: quien no quiere trabajar no merece comer. El trabajador merece su alimento, pero ¿qué merece el ocioso? La voluntad de Dios es que cada persona tenga una ocupación, permanezca en ella y se esfuerce de verdad. Nadie debe vivir en el mundo como un zángano inútil. En la medida de sus posibilidades, esas personas intentan deshacer la sentencia: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan».

Esto no era solo una costumbre personal de Pablo, como si fuera un hombre activo y enérgico que quisiera que todos fueran iguales. Era el mandato del Señor Jesucristo: que trabajemos tranquilamente y comamos nuestro propio pan (2 Tesalonicenses 3:12). Las personas deben ganarse la vida de alguna manera honrada. Eso significa que debe haber trabajo, en oposición a la ociosidad, y tranquilidad, en oposición a entrometerse en los asuntos ajenos. Debemos procurar ser serenos y constantes, y ocuparnos de nuestros propios asuntos. Es algo admirable, aunque poco común, ser diligentes en nuestro propio trabajo y tranquilos con respecto a los asuntos de los demás.

Después Pablo anima a quienes están haciendo el bien a no cansarse de hacerlo (2 Tesalonicenses 3:13). Es como si dijera: «Sigan adelante y prosperarán. El Señor está con ustedes mientras ustedes estén con él. Cualquier cosa buena que hagan, continúen haciéndola. Manténganse en su camino y perseveren hasta el final. Nunca se rindan ni se cansen de su trabajo. Habrá tiempo suficiente para descansar cuando lleguen al cielo, a ese descanso permanente reservado para el pueblo de Dios».

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