Versículo destacado
Zacarías 3:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Escucha ahora, Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan delante de ti, porque son hombres que causan asombro. Pues mira, yo haré venir a mi siervo, el RENUEVO. "
Zacarías 3:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 Y el ángel del SEÑOR amonestó solemnemente a Josué, diciendo:
7 Así dice el SEÑOR de los ejércitos: Si andas en mis caminos y cumples mi encargo, también juzgarás mi casa y cuidarás mis atrios, y yo te daré lugares para andar entre estos que están aquí de pie.
8 Escucha ahora, Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan delante de ti, porque son hombres que causan asombro. Pues mira, yo haré venir a mi siervo, el RENUEVO.
9 Pues mira la piedra que he puesto delante de Josué: sobre una sola piedra habrá siete ojos. Mira, yo grabaré su grabado —dice el SEÑOR de los ejércitos— y quitaré la iniquidad de aquella tierra en un solo día.
10 En aquel día —dice el SEÑOR de los ejércitos—, cada uno de ustedes llamará a su prójimo para que esté bajo la vid y bajo la higuera.
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Así como las promesas hechas a David pasan naturalmente a referirse al Mesías, cuyo reino prefiguraba el de David, las promesas hechas aquí a Josué pronto se elevan hasta Cristo. El sacerdocio de Josué era solo una sombra del sacerdocio de Cristo, no únicamente en un sentido general, por conservar la continuidad del sacerdocio de Aarón, sino especialmente porque restauraba ese bendito medio de contacto entre el cielo y la tierra que el pecado y el cautiverio de Israel habían interrumpido. Cristo es sumo sacerdote, como lo era Josué, a favor de los pecadores y de quienes sufren; es quien habla con Dios en favor de aquellos que han vivido bajo la culpa y la ira. Josué necesitaba comprender el sacerdocio de Cristo, porque toda la fuerza, el valor y la utilidad de su propio sacerdocio provenían del sacerdocio de Cristo.
Observa a quién se dirige esta promesa acerca de Cristo: «Escucha ahora, Josué» (Zac 3:8). Josué ya había escuchado con alegría lo que se refería a él mismo, pero ahora viene alguien mayor que Josué. «Escucha ahora acerca de él», dice Dios, «tú y los demás sacerdotes, tus compañeros, que se sientan delante de ti». Ellos se sientan a sus pies como aprendices, pero Josué debe considerarlos sus iguales, porque todos son hermanos. El sumo sacerdote y los demás sacerdotes deben prestar atención a esto, porque son «hombres que causan asombro». Dios los ha puesto como señales, como imágenes del sacerdocio de Cristo.
Lo que Dios estaba haciendo por Josué y sus compañeros era una señal gozosa del Mesías venidero, y las personas reflexivas lo verían de esa manera, llenas de asombro y alegría. También pueden ser llamados «hombres que causan asombro» porque se destacan de manera extraordinaria. Otros se burlan de ellos por considerarlos extraños, porque no se unen a los demás en la misma vida pecaminosa (1 Pedro 4:4). O pueden causar asombro por sus sufrimientos inusuales y por haber sido rescatados de ellos de manera sorprendente, como dice el salmista: «Soy para muchos como una señal de asombro» (Sal 71:7). El pueblo de Dios y sus ministros suelen ser hombres que causan asombro de muchas maneras. El sumo sacerdote y sus compañeros, al igual que el profeta y sus hijos en (Isaías 8:18), sirven como señales y maravillas. Sin embargo, el asombro que producen se desvanecerá cuando venga el Mesías, como las estrellas desaparecen ante la luz del sol, porque él será llamado Admirable.
Esta promesa tiene varias partes, todas destinadas a consolar y fortalecer a Josué y a sus compañeros en la buena obra de reconstruir el templo. Mirar a Cristo y confiar en las promesas acerca de él y de su reino los ayudaría a atravesar las dificultades que enfrentarían en esa obra y en todo su servicio.
El Mesías vendrá: «Mira, yo haré venir a mi siervo, el RENUEVO». Durante mucho tiempo había estado oculto, pero se acercaba el momento señalado en que Dios lo haría venir al mundo, entre su pueblo de Israel. Dios mismo lo haría venir, de modo que no habría duda de que lo reconocería como suyo y lo sostendría. Él es el siervo de Dios, enviado para hacer la obra de Dios, obedecer su voluntad y entregarse por completo a su honra y gloria. Él es el Renuevo, el nombre que se le da en (Isaías 4:2), (Isaías 11:1), (Jeremías 23:5) y (Jeremías 33:15). Sus comienzos serían pequeños, como los de un brote tierno, pero con el tiempo se convertiría en un gran árbol que llenaría la tierra (Isaías 53:2). Él es el renuevo del cual debe proceder todo nuestro fruto.
Muchos ojos estarán puestos en él. Él es la piedra colocada delante de Josué, una referencia a la piedra fundamental o piedra principal del ángulo del templo, que quizá había sido colocada delante de Josué con una ceremonia especial. Cristo no solo es el Renuevo, el comienzo de un árbol, sino también el fundamento, el comienzo de un edificio. Cuando sea manifestado, «siete ojos» estarán sobre él. Los ojos de su Padre estarán sobre él para cuidarlo y protegerlo, especialmente durante sus sufrimientos. Cuando fue sepultado en la tumba, como una piedra fundamental bajo tierra, los ojos del cielo seguían puestos sobre él. Estaba oculto de la vista humana, pero nunca de la vista de Dios.
Los ojos de todos los profetas y creyentes del Antiguo Testamento estaban puestos en esta única piedra. Abraham se alegró al ver el día de Cristo; lo vio y se alegró. Los ojos de todos los creyentes también están puestos en él. Ellos miran a él y son salvos, así como los israelitas mordidos miraban a la serpiente de bronce. Algunos entienden que la piedra tenía siete ojos, como las ruedas de la visión de Ezequiel, y ven en esto una referencia a la sabiduría y el conocimiento perfectos que Jesucristo posee para el bien de su iglesia. Sus ojos recorren toda la tierra.
Dios mismo le dará belleza y honor: «Yo mismo grabaré en ella una inscripción», dice el Señor de los ejércitos. Los constructores habían rechazado esta piedra por considerarla áspera y poco atractiva, pero Dios la alisará y pulirá, y también la tallará para convertirla en la piedra principal del ángulo, la más hermosa de todo el edificio. Cristo es obra del propio Dios, y gran parte de la sabiduría de Dios se manifiesta en el plan de nuestra salvación. Esa sabiduría se verá plenamente cuando la obra de tallado quede terminada.
Esta piedra es una piedra preciosa, aunque se coloque como fundamento. La inscripción puede señalar a las piedras preciosas del pectoral del sumo sacerdote, donde estaban grabados los nombres de las tribus, como se graba un sello (Éxodo 28:21-22). Había doce piedras delante de Aarón y, hasta donde sabemos, ahora han desaparecido. Pero delante de Josué habrá una sola piedra que vale más que todas ellas, y esa piedra es Cristo mismo. Esta piedra preciosa brillará como si tuviera siete ojos, mostrando la sabiduría perfecta y el buen juicio expresados en las palabras que procedían del pectoral del juicio.
Y Dios grabará la inscripción en ella, es decir, encomendará a Cristo a todo su pueblo escogido, y Cristo se presentará delante de Dios como su representante y defensor. De ese modo actuará en favor de ellos, tal como el sumo sacerdote lo hacía cuando se presentaba ante el Señor con los nombres de todo Israel grabados en las piedras de su pectoral. Cuando Dios entregó a Cristo un remanente para llevarlo por gracia a la gloria, grabó la inscripción de esta piedra preciosa.
Por medio de él se quitará el pecado, tanto su culpa como su dominio sobre nosotros: «Yo quitaré en un solo día la iniquidad de esa tierra». Cuando el sumo sacerdote llevaba grabados en las piedras preciosas los nombres de Israel, se decía que llevaba la culpa de las cosas santas (Éxodo 28:38). Pero la ley no podía perfeccionar nada (Hebreos 10:1). El sumo sacerdote llevaba la culpa de la tierra como una figura de Cristo, pero no podía quitarla. Esa obra estaba reservada para Cristo, el bendito Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Él lo hizo en un solo día: el día en que sufrió y murió. Lo que los sacrificios de muchas generaciones no pudieron hacer, ni siquiera todos los días anuales de expiación desde Moisés hasta Cristo, fue realizado por el sacrificio ofrecido aquel día. Esto concuerda con las palabras del ángel en (Daniel 9:24): él pondría fin a la transgresión y acabaría con el pecado.
Algunos entienden que las inscripciones que Dios puso en él se refieren a las heridas y los azotes infligidos al bendito cuerpo de Cristo. Él sufrió por nuestro pecado y nuestra culpa, y por sus heridas somos sanados.
El resultado de todo esto será el dulce gozo que los creyentes tendrán en su interior y la dulce comunión que disfrutarán unos con otros (Zacarías 3:10). En aquel día, cada persona invitará a su vecino a sentarse bajo la vid y la higuera, que dan frutos agradables y también una sombra fresca donde descansar. Cuando se quita la iniquidad, es decir, la culpa y el pecado, recibimos por medio de nuestra justificación —el hecho de ser declarados justos delante de Dios— bendiciones más valiosas que el fruto de la vid o de la higuera (Romanos 5:1).
También descansamos en una paz serena y quedamos libres del temor del mal. ¿Qué podría atemorizarnos cuando se ha quitado la iniquidad, cuando nada puede hacernos un daño verdadero? Nos sentamos con deleite bajo la sombra de Cristo, protegidos por él del calor abrasador de la maldición de la ley. Vivimos entonces como Israel bajo el reinado pacífico de Salomón (1 Reyes 4:24-25), porque Cristo es el Príncipe de paz.
También debemos invitar a otros a compartir este gozo con nosotros. Debemos llamar a nuestros vecinos para que vengan a sentarse con nosotros y disfruten en comunión las mismas bendiciones bajo la vid y la higuera. La gracia del evangelio, cuando actúa verdaderamente con poder, hace que las personas se acerquen más unas a otras. Quienes conocen el consuelo de Cristo y tienen comunión con Dios por medio de él estarán deseosos de atraer también a otros a esa comunión. Digamos: «Vayamos a la casa del Señor».
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De este capítulo
Zacarías 3:1
"Y él me mostró a Josué, el sumo sacerdote, que estaba de pie delante del ángel del SEÑOR, y a Satanás, que estaba de pie a su derecha para oponérsele."
Zacarías 3:2
"Y el SEÑOR dijo a Satanás: «¡Que el SEÑOR te reprenda, Satanás! Que el SEÑOR, quien escogió a Jerusalén, te reprenda. ¿No es este un tizón arrancado del fuego?»"
Zacarías 3:3
"Josué estaba vestido con ropas sucias y permanecía de pie delante del ángel."
Zacarías 3:4
"Y él respondió y habló a los que estaban de pie delante de él, diciendo: «Quítenle las ropas sucias». Y a él le dijo: «Mira, he hecho que tu iniquidad se aparte de ti, y te vestiré con ropas de gala»."
Zacarías 3:5
"Y yo dije: «Que pongan una hermosa mitra sobre su cabeza». Entonces pusieron una hermosa mitra sobre su cabeza y lo vistieron con ropas. Y el ángel del SEÑOR permanecía de pie junto a él."
Zacarías 3:6
"Y el ángel del SEÑOR amonestó solemnemente a Josué, diciendo:"
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