Versículo destacado
Números 9:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El SEÑOR habló a Moisés en el desierto de Sinaí, en el primer mes del segundo año después de que salieron de la tierra de Egipto, diciendo: "
Números 9:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El SEÑOR habló a Moisés en el desierto de Sinaí, en el primer mes del segundo año después de que salieron de la tierra de Egipto, diciendo:
2 Que los hijos de Israel celebren también la Pascua en su tiempo señalado.
3 El día catorce de este mes, al atardecer, la celebrarán en su tiempo señalado; conforme a todos sus ritos y conforme a todas sus ceremonias, la celebrarán.
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Aquí encontramos la orden de celebrar la Pascua un año después de que Israel salió de Egipto: el día catorce del primer mes del segundo año, unos días antes de que se hiciera el censo del pueblo. Dios les dio este mandato específico; de lo contrario, parece que no la habrían celebrado, porque la primera Pascua estaba relacionada con el momento en que entrarían en la tierra prometida (Éxodo 12:25), y no se celebró ninguna otra hasta que llegaron a Canaán (Josué 5:10). Esto muestra desde el principio que las leyes ceremoniales no estaban destinadas a permanecer para siempre, pues algunas quedaron sin practicarse durante muchos años después de haber sido dadas.
Sin embargo, la Cena del Señor, que ocupó el lugar de la Pascua, no fue dejada de lado de esa manera en la iglesia cristiana primitiva, aunque aquellos creyentes enfrentaron dificultades mayores que las de Israel en el desierto. De hecho, durante los tiempos de persecución, la Cena del Señor se celebraba con mayor frecuencia que después. Israel no podía olvidar fácilmente su liberación de Egipto en el desierto, porque toda su vida allí se la recordaba constantemente. El verdadero peligro surgiría cuando entraran en Canaán; por eso, allí necesitaban recordar especialmente la roca de la que habían sido extraídos.
Dios también quería que volvieran a celebrar la Pascua al comenzar de nuevo el año, cuando estuvieran más tranquilos y mejor instruidos en la ley de Dios. La primera Pascua se había celebrado con prisa y se parecía más al acontecimiento mismo que a una señal que apuntaba hacia él. Al celebrarla nuevamente, sus hijos entenderían mejor su significado y lo recordarían con mayor claridad en el futuro. Calvino piensa que ya tenían el deber de celebrarla en ese momento, y afirma que el hecho de que necesitaran que se les recordara un mandato tan reciente mostraba su descuido.
Moisés transmitió fielmente al pueblo las instrucciones del Señor (Números 9:4). De la misma manera, Pablo dijo que entregó a las iglesias lo que había recibido del Señor acerca de la Pascua del evangelio, es decir, la Cena del Señor (1 Corintios 11:23). Los gobernantes deben recordarles a las personas lo que es bueno, y los ministros deben hacer que mantengamos presentes estas cosas en la memoria. El pueblo obedeció el mandato (Números 9:5) y, aunque recientemente había celebrado la fiesta de dedicación del capítulo 7, no usó eso como excusa para omitir esta fiesta. Los deberes especiales no deben desplazar la adoración habitual. Ellos celebraron la Pascua incluso en el desierto; de la misma manera, en nuestra propia vida inestable debemos mantenernos cerca de Dios mediante las prácticas santas de adoración siempre que podamos, porque en ellas encontramos el mejor consuelo y descanso.
A continuación se dan instrucciones acerca de quienes estaban ritualmente impuros cuando debía comerse la Pascua. La ley exigía que cada israelita comiera la Pascua, pero leyes posteriores habían establecido que quienes estuvieran ceremonialmente contaminados no podían comer cosas santas. En un sentido más profundo, quienes tienen la mente y la conciencia contaminadas por el pecado no están en condiciones de tener comunión con Dios ni pueden recibir la Pascua del evangelio con verdadero consuelo hasta ser limpiados por medio del arrepentimiento y la fe. Estas personas se encuentran en una situación dolorosa, porque si se mantienen alejadas de las prácticas santas de adoración muestran desprecio por ellas, pero si se acercan mientras están contaminadas, las profanan. Por eso deben lavarse y luego acercarse al altar de Dios.
El caso que surgió en Israel fue el de algunos hombres que habían quedado impuros por tocar un cadáver (Números 9:6), y esa impureza duraba siete días (Números 19:11). Durante ese tiempo no podían comer cosas santas (Levítico 7:20). No se trataba de un pecado cometido por ellos, sino de una desgracia, pues algunas personas tenían que manipular cadáveres para enterrarlos. Por esa razón, pudieron presentar su preocupación ante Moisés con confianza.
Ellos llevaron su caso ante Moisés (Números 9:7). Cuando enfrentamos preguntas difíciles acerca del pecado y el deber, es sabio consultar a los ministros que Dios ha puesto sobre nosotros y buscar la instrucción de la ley en sus labios (Malaquías 2:7). También debemos orar para que Dios nos guíe por un camino recto. Observemos su tristeza: les afligía que se les impidiera presentar su ofrenda al Señor. No acusaron a la ley de ser injusta; lamentaron que su situación actual los dejara fuera y pidieron ayuda. Es una buena señal que las personas tengan hambre y sed de las prácticas de adoración establecidas por Dios, y debería afligirnos que algo nos impida presentar nuestra ofrenda en la adoración del sábado o en la mesa del Señor, tal como David se afligió cuando no podía acercarse al altar (Salmo 42:1-2).
Moisés actuó sabiamente al tratar este asunto. Parecía que una ley se enfrentaba con otra y, aunque una ley posterior puede explicar una ley anterior, Moisés tuvo compasión de estos israelitas que se veían privados de la Pascua. Por eso se tomó el tiempo para pedirle dirección a Dios: «Esperaré para oír lo que el Señor ordene acerca de ustedes» (Números 9:8). Los ministros deben seguir este ejemplo cuando resuelven asuntos de conciencia. No deben decidir apresuradamente; deben tomarse el tiempo para reflexionar, considerar cada detalle y comparar lo espiritual con lo espiritual. También deben buscar la voluntad de Dios, en vez de seguir sus preferencias o sentimientos personales, y juzgar con toda fidelidad posible conforme a la verdad de Dios. No tenemos el oráculo directo que tenía Moisés, pero sí tenemos la ley y el testimonio. Si presentamos con cuidado los asuntos difíciles delante de Dios en oración humilde y llena de fe, podemos confiar en que el Espíritu, que nos guía a toda verdad, nos ayudará a orientar a otros en lo que es correcto.
Entonces Dios dio instrucciones claras para este caso y para otros semejantes, explicando la ley de la Pascua. Lo que parecía un accidente desafortunado se convirtió en la ocasión para establecer buenas leyes. A quienes estuvieran ritualmente impuros cuando debía celebrarse la Pascua se les permitía celebrarla un mes después, cuando ya estuvieran limpios; la misma regla se aplicaba a quienes estuvieran lejos, en un viaje (Números 9:10-11). Esto nos enseña que, cuando nos acercamos a Dios en la adoración solemne, necesitamos estar limpios y serenos. También muestra que un deber verdadero puede posponerse por un tiempo debido a una necesidad, aunque esa demora no nos excuse de descuidarlo por completo.
Una persona que está enemistada con su hermano puede dejar su ofrenda delante del altar y marcharse primero para reconciliarse, como enseñó Jesús (Mateo 5:23-24). Pero, después de haber hecho su parte para buscar la paz, ya sea que el asunto se haya resuelto o no, debe regresar y presentar su ofrenda. De la misma manera, esta Pascua posterior debía celebrarse el mismo día del mes que la primera, porque la ceremonia era un memorial de su liberación, ocurrida en ese día del mes.
En los días de Ezequías, el rey que restauró la adoración correcta en Judá, encontramos a toda la congregación celebrando la Pascua el día catorce del segundo mes (2 Crónicas 30:15). Esto puede ayudar a explicar por qué se permitió que algunas personas que no estaban ceremonialmente limpias comieran de ella. Si la Pascua principal se hubiera celebrado en el primer mes, quienes estuvieran impuros habrían podido esperar hasta el segundo mes. Pero como ya se estaba celebrando en el segundo mes, no tenían derecho a esperar hasta el tercero. Por eso, en vez de perderse la celebración por completo, se les permitió participar, aunque todavía no hubieran terminado la purificación exigida por la ley del santuario (Números 9:19-20).
Cuando la Pascua se celebraba en el segundo mes, todos sus ritos y ceremonias debían observarse cuidadosamente (Números 9:12). No debían pensar que, como se había cambiado la fecha, podían descuidar alguna parte del servicio solemne. Cuando no podemos servir a Dios exactamente como quisiéramos, debemos hacer de todos modos todo lo que esté a nuestro alcance.
Esta concesión para una necesidad especial nunca serviría de excusa para quienes descuidaran la Pascua deliberadamente en el momento establecido, cuando ninguna barrera real les impedía celebrarla (Números 9:13). Si alguien podía comer la Pascua en el tiempo señalado y aun así decidía no hacerlo, estaría despreciando a Dios y abusando de su bondad; por eso cargaría con su pecado y sería eliminado de su pueblo. Quienes se ven obligados por las dificultades a perderse las prácticas de adoración establecidas por Dios todavía pueden confiar en su gracia en medio de esa aflicción, pero quienes las omiten por decisión propia pueden esperar con razón el juicio de Dios por su pecado. No se engañen: Dios no puede ser burlado.
Aquí también encontramos una palabra a favor de los extranjeros, o forasteros, que vivían entre los israelitas (Números 9:14). Si alguno de ellos quería participar en la Pascua, todavía debía circuncidarse como converso a la fe de Israel (Éxodo 12:48-49). Aun así, esta bienvenida abierta a los no israelitas apuntaba de antemano a la bondad que Cristo mostraría hacia los gentiles creyentes, es decir, hacia los que no eran judíos. Entonces, como ahora, había una sola ley para todos. En los días del Mesías habría un solo evangelio tanto para el extranjero como para el nacido en la tierra, porque en toda nación Dios acepta a quien lo teme y hace lo correcto, una verdad que Pedro llegó a comprender con mayor claridad después (Hechos 10:34-35).
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De este capítulo
Números 9:2
"Que los hijos de Israel celebren también la Pascua en su tiempo señalado."
Números 9:3
"El día catorce de este mes, al atardecer, la celebrarán en su tiempo señalado; conforme a todos sus ritos y conforme a todas sus ceremonias, la celebrarán."
Números 9:4
"Entonces Moisés habló a los hijos de Israel para que celebraran la Pascua."
Números 9:5
"Y celebraron la Pascua el día catorce del primer mes, al atardecer, en el desierto de Sinaí. Conforme a todo lo que el SEÑOR había mandado a Moisés, así hicieron los hijos de Israel."
Números 9:6
"Pero había ciertos hombres que estaban impuros por el cadáver de un hombre, de modo que no podían celebrar la Pascua aquel día. Ese mismo día se presentaron ante Moisés y ante Aarón."
Números 9:7
"Aquellos hombres le dijeron: «Estamos impuros por el cadáver de un hombre. ¿Por qué se nos impide presentar la ofrenda del SEÑOR en su tiempo señalado entre los hijos de Israel?»."
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