Versículo destacado
Números 19:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón, diciendo: "
Números 19:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El SEÑOR habló a Moisés y a Aarón, diciendo:
2 Este es el estatuto de la ley que el SEÑOR ha ordenado: Hablen a los hijos de Israel para que te traigan una novilla roja sin mancha, que no tenga ningún defecto y sobre la cual nunca se haya puesto yugo.
3 Ustedes se la darán al sacerdote Eleazar, para que él la saque fuera del campamento, y alguien la degollará delante de él.
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Aquí encontramos el mandamiento de Dios acerca de la solemne quema de una novilla roja hasta convertirla en cenizas, y acerca de guardar esas cenizas para mezclarlas con agua con el fin de la purificación. La ley no ofrecía una manera de embellecer a las personas, como lo hace el evangelio, sino solamente de limpiarlas. Aunque esta quema no era, estrictamente hablando, un sacrificio por el pecado, porque no se hacía sobre el altar, aun así señalaba hacia la muerte y los sufrimientos de Cristo. Por medio de su muerte, él no solo quiso satisfacer la justicia de Dios, sino también limpiar y aquietar nuestra conciencia, para que tengamos paz con Dios y paz interior. Murió no solo como los toros y los machos cabríos que se ofrecían sobre el altar, sino también como la novilla fuera del campamento.
Se tuvo mucho cuidado al escoger la novilla que sería quemada, más cuidado que con cualquier otra ofrenda (Números 19:2). Tenía que ser sin defecto, lo cual mostraba la pureza intachable y la perfección sin pecado del Señor Jesús. También tenía que ser roja, un color poco común, para que se distinguiera con mayor claridad. Los judíos decían que, si siquiera dos pelos eran negros o blancos, no se permitía usarla. Cristo, como hombre, era hijo de Adán, formado de tierra rojiza; y se le ve rojo en su vestidura, rojo por su propia sangre y rojo por la sangre de sus enemigos. La novilla también tenía que ser una que nunca hubiera estado bajo un yugo, algo que no se exigía en los demás sacrificios. Esto señalaba la ofrenda voluntaria del Señor Jesús cuando dijo: «Aquí estoy; vengo». No lo sujetaban otras cuerdas sino las de su propio amor. La novilla era provista a expensas de toda la congregación, porque todos debían participar de ella; de la misma manera, todos los creyentes participan de Cristo.
También había mucha ceremonia en la quema de la novilla. El trabajo se le encargaba a Eleazar, hijo de Aarón, y no al propio Aarón, porque Aarón no debía hacer nada que lo hiciera ceremonialmente impuro, ni siquiera hasta el anochecer (Números 19:8). Sin embargo, como se trataba de un asunto importante, especialmente por lo que representaba, lo realizaba el que ocupaba el segundo lugar después de Aarón en honor. De esa manera, los principales sacerdotes de aquel tiempo tuvieron la parte principal en la muerte de Cristo.
La novilla debía ser sacrificada fuera del campamento, como algo impuro. Esto mostraba cuán incapaz era la ley ceremonial de quitar verdaderamente el pecado. Esos ritos estaban tan lejos de limpiar por completo a las personas que ellos mismos quedaban impuros, como si la impureza puesta sobre ellos siguiera adherida a ellos. Aun así, para cumplir este simbolismo, nuestro Señor Jesús, hecho pecado y maldición por nosotros, sufrió fuera de la puerta (Hebreos 13:12).
Eleazar debía rociar la sangre directamente frente a la entrada del tabernáculo, mirando fijamente hacia ella (Números 19:4). Esto le daba al acto cierto significado de expiación, porque rociar la sangre delante del Señor era la parte principal de todos los sacrificios por el pecado. Así que, aunque esto no se hacía sobre el altar, hacerlo en dirección al santuario mostraba que su valor dependía del santuario y provenía de él. Esto señalaba a la satisfacción ofrecida a Dios por la muerte de Cristo, nuestro gran sumo sacerdote, quien por medio del Espíritu eterno —al que se llama el dedo de Dios (Lucas 11:20)— se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios. También muestra cuán necesario era que nuestros corazones fueran limpiados y que primero se satisficiera la justicia divina. La sangre rociada daba poder a las cenizas.
Después, la novilla debía ser quemada por completo (Números 19:5). Esto representaba los profundos sufrimientos del Señor Jesús en alma y cuerpo, como un sacrificio consumido por el fuego. Mientras ardía, el sacerdote debía echar al fuego madera de cedro, hisopo y lana escarlata. Estas eran las mismas cosas que se usaban para limpiar a los leprosos (Levítico 14:6-7), de modo que las cenizas de esos elementos se mezclaran con las cenizas de la novilla, pues estaban destinadas a la purificación.
Las cenizas de la novilla, separadas tanto como fuera posible de las cenizas de la madera, debían ser recogidas cuidadosamente por una persona limpia y, según dicen los judíos, trituradas y cernidas; luego debían guardarse para que la congregación las usara cuando fuera necesario (Números 19:9). Estaban destinadas a esa generación y también a las generaciones posteriores. Las cenizas de una sola novilla bastaban para preparar toda el agua que Israel necesitaría durante muchas generaciones. Los judíos decían que estas cenizas duraron hasta el cautiverio, casi mil años, y que no se quemó ninguna otra novilla sino hasta la época de Esdras, después del regreso. No veo razón para confiar en esa tradición, pues parece basarse únicamente en el silencio de sus antiguos registros. Sus registros posteriores, que son más completos, dicen que se quemaron ocho novillas entre la época de Esdras y la destrucción del segundo templo, unos quinientos años después. Estas cenizas se llaman una purificación por el pecado porque, aunque solo limpiaban la impureza ceremonial, aun así señalaban la purificación del pecado que nuestro Señor Jesús realizó por medio de su muerte. Las cenizas mezcladas con agua podían usarse para limpiar, pero tenían poder únicamente por el mandato de Dios y encontraban todo su significado y perfección en Cristo, quien es el cumplimiento de la ley para justicia.
Observemos estas cosas. Primero, el agua de purificación se hacía pura mediante las cenizas de una novilla cuya sangre había sido rociada delante del santuario. De la misma manera, lo que limpia nuestra conciencia es el poder permanente de la muerte de Cristo. Es su sangre la que nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7). Segundo, las cenizas eran suficientes para todo el pueblo. No era necesario matar una novilla nueva por cada persona o familia que necesitara ser limpiada. Una sola bastaba para todos, incluso para los extranjeros que vivían entre ellos (Números 19:10). Así también, hay suficiente poder en la sangre de Cristo para todos los que se arrepienten y creen en el evangelio: para cada israelita, y no solo para sus pecados, sino para los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). Tercero, estas cenizas podían conservarse durante muchas generaciones sin desaparecer. Ninguna sustancia corporal dura tanto como las cenizas, y eso las convertía en una imagen muy apropiada del poder permanente del sacrificio de Cristo. Él puede salvar y, por lo tanto, puede limpiar por completo, a toda persona y en todo tiempo. Cuarto, estas cenizas se guardaban como una reserva para la limpieza habitual de Israel de la impureza. De la misma manera, la sangre de Cristo se nos presenta en la Palabra y en los sacramentos como una fuente inagotable de mérito, a la que podemos acudir cada día por fe para la limpieza de nuestra conciencia (Zacarías 13:1).
Todos los que participaban en este servicio quedaban ceremonialmente impuros por causa de él, incluso Eleazar, aunque solo hubiera rociado la sangre (Números 19:7).
El hombre que quemaba la novilla roja quedaba impuro (Números 19:8), y también el que recogía sus cenizas (Números 19:10). De la misma manera, todos los que participaron en la muerte de Cristo se hicieron culpables por medio de ella: su traidor, sus acusadores, su juez y su verdugo actuaron con manos malvadas, aunque todo sucedió conforme al plan establecido por Dios y a su conocimiento anticipado (Hechos 2:23). Sin embargo, algunos de ellos fueron limpiados, y todos podrían haber sido limpiados, por el poder de esa misma sangre que ellos habían ayudado a derramar y por la cual habían atraído culpa sobre sí mismos.
Algunos entienden esto como una muestra de la debilidad de la ley ceremonial del Antiguo Testamento: no podía quitar verdaderamente el pecado. Quienes preparaban el camino para la limpieza de otros quedaban impuros por el mismo trabajo que realizaban. Los judíos dicen que este es un misterio que ni siquiera Salomón comprendió: que una misma cosa hiciera impuro al limpio y limpiara al impuro. Pero, como dice el obispo Patrick, esto no es difícil de entender si recordamos que todos los sacrificios por el pecado eran considerados impuros porque los pecados del pueblo se colocaban sobre ellos, de la misma manera que todos nuestros pecados fueron puestos sobre Cristo. Por eso se dice que él fue hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21).
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De este capítulo
Números 19:2
"Este es el estatuto de la ley que el SEÑOR ha ordenado: Hablen a los hijos de Israel para que te traigan una novilla roja sin mancha, que no tenga ningún defecto y sobre la cual nunca se haya puesto yugo."
Números 19:3
"Ustedes se la darán al sacerdote Eleazar, para que él la saque fuera del campamento, y alguien la degollará delante de él."
Números 19:4
"El sacerdote Eleazar tomará con el dedo parte de la sangre de ella y rociará parte de su sangre siete veces directamente hacia el frente del tabernáculo de reunión."
Números 19:5
"La novilla será quemada ante sus ojos; su piel, su carne y su sangre, junto con su estiércol, serán quemados."
Números 19:6
"El sacerdote tomará madera de cedro, hisopo y escarlata, y los arrojará en medio del fuego en que se quema la novilla."
Números 19:7
"Luego el sacerdote lavará su ropa, bañará su cuerpo en agua y después entrará en el campamento; pero el sacerdote quedará impuro hasta el anochecer."
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