Versículo destacado
Números 16:23 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Entonces el SEÑOR habló a Moisés diciendo: "
Números 16:23
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
21 «Apártense de en medio de esta congregación para que yo los consuma en un instante».
22 Ellos cayeron rostro en tierra y dijeron: «Oh Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿pecará un solo hombre y te enojarás contra toda la congregación?»
23 Entonces el SEÑOR habló a Moisés diciendo:
24 «Habla a la congregación y diles: “Aléjense de los alrededores del tabernáculo de Coré, Datán y Abiram”».
25 Moisés se levantó y fue adonde estaban Datán y Abiram, y los ancianos de Israel lo siguieron.
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Aquí vemos resuelto el caso de Datán y Abiram, quienes se habían rebelado contra Moisés. En el párrafo siguiente, Dios también resolverá el caso de Coré y su grupo, que intentaron rivalizar con Aarón. Parece que Datán y Abiram habían establecido un área grande de tiendas en medio de las tiendas de sus familias. Allí juzgaban, se reunían en consejo y desafiaban abiertamente a Moisés. Ese lugar recibe el nombre de la tienda de Coré, Datán y Abiram (Números 16:24, Números 16:27).
Ellos permanecieron allí mientras Coré y sus aliados subían al tabernáculo del SEÑOR, esperando el resultado de su prueba. Pero incluso antes de que terminara esa prueba, Dios trató con ellos de una manera distinta. Dios usa el método que quiere en sus juicios.
Primero, se da una advertencia pública a toda la comunidad para que se aleje de las tiendas de los rebeldes. Dios le dice a Moisés que comunique esta advertencia (Números 16:24). Esta respuesta llega como resultado de la oración de Moisés. Moisés había pedido que Dios no destruyera a toda la congregación. La respuesta de Dios, en efecto, es que no los destruirá si tienen la sensatez de apartarse del peligro. Si dejan a los rebeldes, estarán a salvo. Si se quedan, tendrán que enfrentar lo que viene.
No debemos esperar beneficiarnos de las oraciones de nuestros amigos para que seamos rescatados si nosotros no usamos también los medios de salvación que Dios pone a nuestro alcance. Dios nunca prometió salvar milagrosamente a quienes se niegan a salvarse por los medios ordinarios. Moisés, que había orado por ellos, también debía advertirles y decirles que huyeran de la ira que se acercaba.
Entonces Moisés va al cuartel general de los rebeldes y deja a Aarón en la entrada del tabernáculo (Números 16:25). Datán y Abiram se habían negado obstinadamente a ir a él antes (Números 16:12); sin embargo, Moisés baja humildemente hasta donde están para intentar convencerlos una vez más y hacerlos volver. Los ministros deben hacer lo mismo. Deben enseñar con mansedumbre a quienes se oponen a la verdad y no considerar indigno de ellos acercarse a las personas más obstinadas para procurar su bien. Cristo mismo extiende su mano a un pueblo rebelde y discutidor.
Los setenta ancianos de Israel acompañan a Moisés y actúan como una guardia que lo protege de los insultos de la multitud. Su presencia también lo honra y, si fuera posible, debería infundir temor en los rebeldes. Debemos hacer todo lo posible por apoyar la inocencia herida y rendirle honor.
Después se proclama que cualquiera que se preocupe por su propia seguridad debe salir rápidamente de las tiendas de esos hombres malvados (Números 16:26). Al hacerlo, demostrarían que rechazaban la causa de los rebeldes, despreciaban sus planes malvados y temían el castigo que venía sobre ellos. Quienes no quieran perecer con los pecadores deben salir de en medio de ellos y apartarse. De nada sirve orar: «No reúnas nuestra alma con la de los pecadores», si no nos apartamos también de esta generación perversa. Dios llama a su pueblo a salir de Babilonia para que no participe ni de sus pecados ni de sus plagas (Apocalipsis 18:4).
El pueblo presta atención a la advertencia, pero los rebeldes permanecen obstinados (Números 16:27). En su misericordia, Dios mueve al pueblo a apartarse de ellos. Se levantan y se alejan de la tienda de Coré, Datán y Abiram, tanto los que vivían cerca como los que habían venido de todas partes del campamento para ver qué sucedería. Esto fue una respuesta a la oración de Moisés, porque Dios impulsó a la congregación a protegerse. Dios concede arrepentimiento a aquellos a quienes quiere salvar, para que escapen de la trampa del diablo. La gracia que nos hace apartarnos de las personas malvadas es una de las señales de la salvación.
Pero, en justicia, Dios deja a los rebeldes entregados a la dureza obstinada de su propio corazón. Aunque ven que sus vecinos los han abandonado y que están expuestos al juicio de Dios, no se postran delante de Dios ni de Moisés. No reconocen su pecado ni piden perdón. En vez de eso, permanecen desafiantes en las puertas de sus tiendas, como si pudieran sostenerle la mirada a Dios y desafiarlo a hacer lo peor. Sus corazones se endurecieron para su propia ruina, y no sintieron temor cuando su situación era más peligrosa.
Es triste que sus hijos pequeños, que no podían comprender la culpa ni sentir temor, fueran colocados en esa situación peligrosa por el orgullo de sus padres. Dichosos los que desde temprana edad aprenden a postrarse delante de Dios y no, como aquellos niños desdichados, a levantarse contra él.
Entonces Moisés, hablando en el nombre del SEÑOR, pronuncia la sentencia contra ellos, y Dios mismo ejecuta la decisión. Movido por una santa indignación ante la arrogancia de los rebeldes, Moisés habla con confianza delante de todo Israel, que observa para ver el resultado (Números 16:28-30). Si los rebeldes mueren de una muerte común, está dispuesto a que lo consideren un falso profeta. Esto no solo se refiere a una muerte natural, sino también a cualquier juicio que ya se hubiera visto antes, como una plaga, fuego del cielo o la espada.
Pero si la tierra se abre y se los traga vivos, un castigo nunca visto antes, entonces todo Israel sabrá con certeza que Moisés es siervo del SEÑOR, enviado y respaldado por Dios. También sabrán que cualquiera que luche contra Moisés está luchando contra Dios. El juicio mismo ya demostraría que Dios estaba en contra de los rebeldes. Sin embargo, cuando Moisés lo anuncia de antemano, sin ninguna señal visible de que está por suceder, la prueba se vuelve mucho más contundente. Esto demuestra que Moisés no solo es siervo de Dios, sino alguien especialmente cercano a él, que conoce sus planes divinos y recibe señales extraordinarias de su poder para defenderlo.
El castigo llega de inmediato. Esto muestra que Dios y Moisés se entendían muy bien, porque en cuanto Moisés habló, Dios actuó. El suelo se partió (Números 16:31), abrió su boca y se tragó a los rebeldes, a sus familias y todo lo que tenían (Números 16:32). Luego volvió a cerrarse sobre ellos (Números 16:33). Este juicio no tuvo igual. Dios hizo algo nuevo: algo que nunca había hecho antes. Tiene muchas flechas en su aljaba, y sus juicios, al igual que sus misericordias, muestran una gran variedad.
Datán y Abiram quizá pensaron que estaban seguros porque se encontraban lejos de la presencia del SEÑOR, donde en ocasiones había salido el fuego del SEÑOR. Como dice el dicho, quien está lejos de Júpiter está lejos del rayo.
Dios les mostró que no estaba limitado a una sola manera de castigar el pecado. Cuando él quiere, la tierra puede servir a su justicia con la misma certeza que el fuego. También fue terrible para los pecadores mismos descender vivos a sus propias tumbas. Murieron y fueron sepultados en un instante, mientras todavía tenían fuerzas y vivían tranquilamente.
Este juicio fue severo para sus pobres hijos, que murieron con sus padres para hacer más aterradora la advertencia y mostrar con mayor claridad la ira de Dios. No podemos decir exactamente hasta qué punto los hijos compartieron la culpa de sus padres, ni cómo pudo Dios haber tratado con ellos en su misericordia. Pero, en general, sabemos que la justicia perfecta no les hizo ningún mal. Lejos esté de Dios actuar injustamente.
Este acontecimiento fue completamente milagroso. Que la tierra se partiera fue tan extraordinario y estuvo tan fuera del orden natural como la división del mar. Que la tierra volviera a cerrarse fue aún más asombroso que el regreso de las aguas sobre el mar. Dios tiene a toda criatura bajo su control y puede usar cualquiera de ellas, cuando quiera, como instrumento de juicio. Ninguna criatura estará de nuestro lado si Dios está en contra de nosotros.
Dios estaba confirmando a Israel lo que Moisés acababa de enseñarles en su oración: «¿Quién conoce el poder de tu ira?» (Salmo 90:11). Cuando quiere, Dios tiene castigos extraños para quienes hacen el mal (Job 31:3). Por eso debemos reconocer quién puede mantenerse en pie delante de este Dios santo.
El juicio también fue apropiado. Ellos habían hablado contra el cielo mismo, y sus palabras estaban llenas de muerte. Por eso la tierra abrió su boca contra ellos y se los tragó. Ellos habían dividido a la congregación, así que la tierra se abrió debajo de ellos. Las personas pecadoras que se niegan a aceptar la corrección son una carga para la tierra, y toda la creación gime bajo su peso. Esto quedó demostrado aquí: la tierra se hundió bajo aquellos rebeldes, como si estuviera cansada de cargarlos. Y cuando pensamos que la tierra todavía soporta el peso del pecado, resulta sorprendente que esta haya sido la única vez que se hundió bajo semejante carga.
Este juicio también señalaba de antemano la ruina eterna de los pecadores que no se arrepienten, los que mueren sin volver a Dios. En ese sentido, descienden al sepulcro (Salmo 9:15) y bajan rápidamente al infierno (Salmo 55:15). Pero David, aun cuando sentía que se hundía en un lodo profundo, todavía oraba con fe: «No permitas que el sepulcro cierre su boca sobre mí» (Salmo 69:15). Su peligro era grande, pero no era desesperado como el de ellos.
Todo Israel quedó aterrorizado por este juicio. Huyeron al escuchar el grito (Números 16:34). Clamaron pidiendo ayuda cuando ya era demasiado tarde. Sus gritos de angustia no hicieron que sus vecinos se acercaran para ayudarlos, sino que los hicieron alejarse aún más. Conscientes de su propia culpa y de la culpa de los demás, se instaban unos a otros a ponerse a salvo, diciendo: «No sea que la tierra nos trague también a nosotros».
Debemos aprender de la ruina de otros. Si por fe pudiéramos escuchar los gritos de quienes han descendido al abismo sin fondo, trabajaríamos mucho más de lo que lo hacemos para salvar nuestra vida y escapar de esa misma condenación.
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De este capítulo
Números 16:1
"Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, junto con Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomaron hombres."
Números 16:2
"Se levantaron contra Moisés junto con algunos de los hijos de Israel: doscientos cincuenta dirigentes de la asamblea, famosos en la congregación, hombres de renombre."
Números 16:3
"Se reunieron contra Moisés y contra Aarón, y les dijeron: «¡Ustedes se atribuyen demasiado! Toda la congregación es santa, cada uno de ellos, y el SEÑOR está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, se elevan ustedes por encima de la congregación del SEÑOR?»"
Números 16:4
"Cuando Moisés lo oyó, cayó rostro en tierra."
Números 16:5
"Luego habló a Coré y a todo su grupo: Mañana mismo el SEÑOR mostrará quiénes son suyos y quién es santo, y hará que este se acerque a él; hará que aquel a quien haya escogido se acerque a él."
Números 16:6
"Hagan esto: tomen incensarios, Coré y todo su grupo,"
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