Versículo destacado

Números 16:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, junto con Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomaron hombres. "

Números 16:1

menu_book El versículo en contexto

1 Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, junto con Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, descendientes de Rubén, tomaron hombres.

2 Se levantaron contra Moisés junto con algunos de los hijos de Israel: doscientos cincuenta dirigentes de la asamblea, famosos en la congregación, hombres de renombre.

3 Se reunieron contra Moisés y contra Aarón, y les dijeron: «¡Ustedes se atribuyen demasiado! Toda la congregación es santa, cada uno de ellos, y el SEÑOR está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, se elevan ustedes por encima de la congregación del SEÑOR?»

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se presenta un relato acerca de los rebeldes: quiénes eran y qué clase de hombres eran. No eran, como en ocasiones anteriores, la multitud mixta ni gente de baja condición, sino hombres importantes y respetados, hombres cuya opinión tenía peso. Coré era el líder principal. Él organizó la rebelión y encabezó al grupo; por eso esta rebelión es llamada «la rebelión de Coré» (Judas 1:11). Coré era primo de Moisés, pues ambos eran hijos de hermanos; sin embargo, ese estrecho vínculo familiar no le impidió tratar a Moisés con insultos e irreverencia. No debería sorprendernos que los enemigos de una persona sean gente de su propia casa.

Datán y Abiram, dos hombres importantes de la tribu de Rubén, se unieron a él. Rubén era el hijo primogénito de Jacob. Es probable que Coré estuviera resentido tanto por el nombramiento de Aarón como sacerdote como por el nombramiento de Elizafán como jefe de los coatitas, un clan levita (Números 3:30). Es posible que los rubenitas también estuvieran molestos porque Judá ocupaba el lugar de mayor honor en el campamento. En Números 16:1, On aparece como uno de los líderes de la facción, pero nunca vuelve a mencionarse en el relato. Algunos piensan que se arrepintió y se apartó de ellos; otros creen que simplemente tuvo un papel menos importante que Datán y Abiram.

Los coatitas acampaban en el mismo lado del tabernáculo que los rubenitas, y esto pudo haberle dado a Coré la oportunidad de ganárselos. Por eso los judíos decían: «¡Ay del malvado y ay de su vecino!», pues una persona mala puede contagiar su corrupción a quienes viven cerca de ella. Estos hombres de renombre arrastraron consigo a doscientos cincuenta príncipes de la asamblea (Números 16:2). Probablemente eran hijos primogénitos o, al menos, jefes de familia que habían servido en asuntos sagrados antes de que Aarón fuera elevado al sacerdocio. El orgullo, la ambición y la rivalidad entre hombres importantes siempre han causado muchos problemas en las iglesias y en las naciones. Que Dios, por su gracia, haga humildes a los grandes y nos conceda paz en nuestro tiempo, Señor.

Estos hombres famosos eran como los pecadores célebres del mundo antiguo (Génesis 6:4). Su fama no los satisfacía. Ya ocupaban una posición elevada, pero querían subir aún más. Al final, los famosos se hicieron infames.

La queja de los rebeldes tenía que ver con que el sacerdocio estuviera reservado para Aarón y su familia (Números 16:3). Pensaban que Moisés se había atribuido demasiado honor al nombrarlo y que Aarón había aceptado demasiado al ocuparlo. Por eso acusaron a ambos de apoderarse del poder: «¡Ustedes se han atribuido demasiado!». En realidad, estaban diciendo: «Ya han gobernado suficiente. Ahora cedan sus puestos a otros que tienen tanto derecho y capacidad como ustedes».

Con orgullo afirmaban que toda la congregación era santa y que el Señor estaba en medio de ella. Actuaban como si todos fueran aptos para ofrecer sacrificios, igual que Aarón. Tenían pocas razones para presumir de la pureza del pueblo o del favor de Dios, porque el pueblo había sido contaminado muchas veces —y recientemente— por el pecado, y en ese momento estaba bajo señales del desagrado de Dios. Eso debió haberlos llevado a agradecer que hubiera sacerdotes capaces de interceder entre ellos y Dios. En cambio, envidiaban a los sacerdotes.

También acusaron injustamente a Moisés y Aarón de atribuirse el honor, aunque era evidente que Dios los había llamado a realizar esa obra (Hebreos 5:4). En realidad, su queja significaba que no querían sacerdotes ni autoridad alguna, ni en los asuntos civiles ni en los sagrados. O, al menos, no estaban dispuestos a aceptar el gobierno que Dios había establecido. Esto muestra qué espíritu caracteriza a quienes rechazan la autoridad y se resisten a los poderes que Dios ha establecido. Son orgullosos, celosos, ambiciosos, inquietos, malvados e irrazonables. También muestra el trato que incluso los siervos más buenos y útiles pueden recibir de las personas a las que han ayudado. Si a los hombres con los mejores títulos se les llama usurpadores, y a quienes gobiernan bien se les llama tiranos, deben recordar que a Moisés y Aarón también los trataron así.

Cuando Moisés escuchó su queja, cayó rostro en tierra (Números 16:4), tal como lo había hecho anteriormente (Números 14:5). Esto mostró que estaba dispuesto a ceder, si podía hacerlo sin desobedecer a Dios ni traicionar la responsabilidad que se le había confiado. También muestra que acudió a Dios en oración, pidiéndole dirección sobre qué decir y qué hacer en una situación tan dolorosa. No les respondió hasta haberse humillado, calmado su espíritu y recibido instrucciones de Dios. En una situación así, un corazón sabio piensa cuidadosamente antes de responder y busca consejo de la boca de Dios.

Moisés estuvo de acuerdo en dejar que Dios decidiera el asunto, porque estaba seguro de que su propio llamado era legítimo, pero dispuesto a apartarse si Dios decidía otra cosa. Estaba conforme con que incluso el día siguiente fuera el momento de la prueba (Números 16:5-7). Coré y sus seguidores debían llevar incensarios y ofrecer incienso delante del Señor; si Dios los aceptaba, eso resolvería el asunto. Moisés estaba tan dispuesto ahora a que todo el pueblo del Señor fuera sacerdote, si Dios así lo quería, como en otra ocasión había deseado que todo el pueblo del Señor fuera profeta (Números 11:29). Pero si Dios decidía a favor de Aarón, como Moisés sabía que sucedería, los rebeldes aprenderían cuán peligroso era insistir en el asunto. Moisés pospuso la prueba hasta el día siguiente, con la esperanza de que durante la noche reconsideraran lo que estaban reclamando y abandonaran sus pretensiones.

Moisés también razonó cuidadosamente con ellos, tratando de calmar la agitación mediante argumentos justos antes de que el asunto llegara ante Dios, donde sabía que terminaría en vergüenza para los rebeldes. Los llamó hijos de Leví (Números 16:7-8). Eran de su propia tribu y, más aún, pertenecían a la tribu de Dios. Eso hacía más grave su rebelión, porque se estaban levantando tanto contra Dios como contra Moisés. No mucho tiempo antes, los hijos de Leví habían defendido con valentía a Dios en el asunto del becerro de oro y habían ganado un honor duradero por ello. ¿Acaso quienes entonces eran los únicos inocentes ahora se convertirían en los principales culpables y perderían el honor que habían obtenido? ¿Podía haber realmente semejante paja en la era de Dios: levitas que, aun así, fueran rebeldes?

Moisés también les devolvió su propia acusación. Ellos habían dicho que Moisés y Aarón se atribuían demasiada autoridad, aunque solo habían hecho lo que Dios les había asignado. Pero Moisés respondió, en efecto, que ellos, los hijos de Leví, eran quienes estaban atribuyéndose demasiado. Quienes intentan controlar y contradecir lo que Dios ha establecido se atribuyen demasiado. A nosotros nos corresponde someternos; es demasiado pretender gobernar lo que Dios ha ordenado.

Entonces Moisés les mostró el privilegio que ya tenían como levitas, el cual debió haberles bastado. No necesitaban buscar el honor del sacerdocio (Números 16:9-10). Les recordó cuán grande era su propio llamado, pues ya habían sido apartados como levitas.

Habían sido apartados de la congregación de Israel, distinguidos y honrados por encima de los demás. En lugar de quejarse porque la familia de Aarón había sido elevada por encima de ellos, debieron agradecer que su propia tribu hubiera sido elevada por encima de las demás, aunque en muchos aspectos estuvieran al mismo nivel que todos los demás. Recordar cuántas personas están por debajo de nosotros nos ayuda a dejar de envidiar a quienes están por encima. En vez de quejarnos porque otros reciben preferencia en honor, poder, riquezas, influencia, dones, gracia o utilidad, tenemos razones para agradecerle a Dios si nosotros, que somos menos que los más pequeños, no hemos sido colocados hasta el último lugar.

También habían recibido honores muy grandes y valiosos. Primero, se les permitía acercarse a Dios, más que los israelitas comunes, aunque Israel en su conjunto también era un pueblo cercano a él. Cuanto más cerca está una persona de Dios, mayor es su honor. Segundo, habían sido designados para servir en el tabernáculo, la tienda sagrada donde se adoraba a Dios. Es suficiente honor llevar los utensilios del santuario y ser utilizados en cualquier parte de ese servicio. El servicio de Dios no solo es completa libertad; también es una posición de gran honra.

Tercero, debían presentarse delante de la congregación y servir al pueblo. Quienes sirven al público son verdaderamente grandes, y el honor de los ministros de Dios consiste en ser siervos de la iglesia. A esta dignidad se añadía otra razón por la que debían estar satisfechos: era el mismo Dios de Israel quien los había apartado. Fue él quien los puso en ese servicio, así que no tenían motivo para estar descontentos. Él también había puesto a Aarón en su cargo, por lo que no tenían motivo para envidiarlo.

Entonces Moisés expuso el pecado que había en la baja estima que tenían de esos privilegios: «¿Les parece poca cosa?». Quería decir: «Es incorrecto que ustedes, precisamente ustedes, le nieguen a Aarón el sacerdocio, cuando también recibieron otro honor que depende de aquel y que resplandece con una luz recibida de él». El privilegio de acercarse al Dios de Israel no es poca cosa, así que tampoco debería parecernos poca cosa a nosotros. Todo aquel que descuida la oportunidad de acercarse a Dios, o que lo hace de manera descuidada y solo por cumplir un deber, debería escuchar esta pregunta: «¿Les parece poca cosa que Dios los haya hecho un pueblo cercano a él?».

Quienes buscan honores que Dios no les ha concedido muestran desprecio por los honores que sí les ha dado. Cada uno de nosotros tiene el reconocimiento que Dios considera apropiado para nuestra vida, y aun así es mucho más de lo que merecemos. Debemos estar satisfechos con eso y no intentar, como estos hombres, ocuparnos de asuntos que están fuera de nuestro alcance. «¿También quieren el sacerdocio?». Ellos no admitirían que esa era su intención, pero Moisés vio que eso estaba en su corazón. La ley ya había provisto generosamente para quienes servían en el altar, y eso despertó en ellos la ambición por ese cargo.

Moisés también considera su rebelión como una rebelión contra Dios, porque, aunque afirmaban defender la santidad y la libertad de Israel, en realidad estaban levantando las armas contra el Dios de Israel: «Se han reunido contra el Señor» (Números 16:11). Quienes luchan contra los mandatos y el gobierno de Dios en realidad están luchando contra su Creador, sea cual sea su argumento y se den cuenta o no. Cualquiera que se resiste al rey también se resiste a quien lo envió, porque la autoridad del rey respalda a sus siervos. En esencia, Moisés dice: «¿Quién es Aarón para que ustedes se quejen contra él?». Si quienes se quejan recordaran que las personas a las que atacan son solo instrumentos que Dios usa, y que son exactamente lo que Dios hizo de ellas, ni más ni menos, hablarían con mucha más humildad. Si consideraban que el sacerdocio era una bendición, toda la alabanza debía dirigirse a Dios. Si lo consideraban una carga, no debían culpar a Aarón, quien solo era lo que Dios había hecho de él y hacía únicamente lo que Dios le había ordenado. De esta manera, Moisés coloca a Dios en el centro del asunto, y eso le dio confianza para presentar su defensa.

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