Versículo destacado

Mateo 16:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?» "

Mateo 16:13

¿Qué significa Mateo 16:13?

Mateo 16:13 muestra que Jesús llevó a sus discípulos a considerar su verdadera identidad. Al llamarse “el Hijo del Hombre”, preparaba una revelación más profunda sobre quién es él. En situaciones de presión o confusión, este pasaje enseña a basar la fe en Jesús, no en las opiniones cambiantes de los demás.

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menu_book El versículo en contexto

11 ¿Cómo es que no entienden que no les hablé acerca del pan, sino que debían cuidarse de la levadura de los fariseos y de los saduceos?

12 Entonces entendieron que no les había mandado cuidarse de la levadura del pan, sino de la enseñanza de los fariseos y de los saduceos.

13 Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?»

14 Ellos respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o uno de los profetas».

15 Él les dijo: «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy?»

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos una conversación privada que Cristo tuvo con sus discípulos acerca de sí mismo. Tuvo lugar en la región de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de Canaán. En aquel lugar remoto había menos gente alrededor de Jesús, así que probablemente tuvo más tiempo para hablar en privado con sus discípulos. Cuando los ministros tienen menos trabajo público, deben procurar hacer más bien en sus propios hogares.

Aquí Cristo enseña a sus discípulos haciéndoles preguntas. Primero les pregunta qué decía la gente acerca de él: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?». Se llama a sí mismo el Hijo del Hombre, una expresión que puede tener dos sentidos. En primer lugar, puede ser un título que comparte con los demás seres humanos, pues él fue verdaderamente humano y nació de una mujer. Aunque era el Hijo de Dios (Lucas 1:35), escogió este título humilde para mostrar su condición sencilla mientras estuvo en la tierra.

En segundo lugar, Hijo del Hombre puede ser un título que le pertenece como el Mesías, el Salvador prometido. Daniel lo vio con ese nombre en una visión (Daniel 7:13). Por eso Jesús está preguntando: «¿Quién dice la gente que soy? ¿Me reconoce como el Mesías?». No pregunta qué decían los escribas y los fariseos, porque ellos ya estaban predispuestos contra él. Pregunta por la gente común, ya que los discípulos oirían más de ellos que de los gobernantes. Jesús no preguntaba porque no lo supiera. Quería despertar en sus discípulos interés por el resultado de su predicación, porque le importaba mucho la manera en que la gente lo recibía.

Los discípulos responden: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista», y mencionan otras opiniones muy alejadas de la verdad. Unos decían que era Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Eran distintas conjeturas, y muestran cuán dividida estaba la gente. La verdad es una, pero el error suele fragmentarse en muchas opiniones. Como no querían admitir que Jesús era el Cristo, iban de una conjetura incierta a otra.

En cierto sentido, estas opiniones todavía eran honorables, porque mostraban respeto por Jesús. No eran insultos de enemigos declarados, sino las ideas de personas que lo seguían con admiración. Sin embargo, tener una opinión elevada de Cristo no es lo mismo que tener una opinión correcta acerca de él. Una persona puede pensar bien de Cristo y aun así no pensar correctamente acerca de él.

Todas estas conjeturas también tenían algo en común: trataban a Jesús como alguien que había resucitado de entre los muertos. Esto pudo deberse a una idea confusa acerca del Mesías o a la creencia de que ningún gran hombre podía aparecer en su propia época. Por eso intentaban encajar a Jesús en categorías conocidas, en vez de reconocer quién era realmente. Estaban dispuestos a conceder casi cualquier cosa acerca de él, excepto la verdad.

Algunos decían que era Juan el Bautista. Herodes ya había dicho eso (Mateo 14:2), y quizá otros que lo rodeaban repitieron la misma idea. Esta opinión también pudo verse favorecida por la creencia de que los mártires resucitarían primero, antes que los demás.

Otros decían que era Elías, probablemente por la profecía de Malaquías de que Elías vendría antes del gran día del Señor (Malaquías 4:5). Elías también había hecho milagros, y el hecho de que fuera llevado al cielo había sido en sí mismo un gran milagro.

Otros decían que era Jeremías. Tal vez pensaban en él como el profeta afligido, porque Jesús lloraba con frecuencia. O quizá lo relacionaban con la autoridad que Jeremías recibió sobre naciones y reinos (Jeremías 1:10), algo que ellos creían apropiado para el Mesías.

Otros decían que era uno de los profetas. Esto muestra cuánto valoraban a los profetas, aunque muchos de ellos pertenecían a familias que los habían perseguido y matado (Mateo 23:29). En lugar de admitir que Jesús de Nazaret era la persona extraordinaria que sus obras demostraban que era, preferían decir que era uno de los antiguos profetas.

Entonces Jesús se dirige a los discípulos mismos y pregunta: «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Ellos habían visto más que los demás y habían recibido una enseñanza mejor que la multitud. Quienes han recibido mayor luz y más gracia deben comprender las cosas de Dios con mayor claridad que los demás. Además, los discípulos estaban siendo preparados para enseñar a otros, así que necesitaban conocer bien la verdad por sí mismos. Quienes van a predicar el evangelio deben ser examinados primero, especialmente en lo que se refiere a Cristo. ¿Cómo puede alguien servir como ministro de Cristo si no conoce a Cristo o tiene una idea equivocada acerca de él?

Esta es también una pregunta que cada uno de nosotros debería hacerse con frecuencia: ¿Quién decimos que es el Señor Jesús? ¿Lo atesoramos? ¿Es él la persona principal en nuestro corazón? ¿Es el Amado de nuestra alma? Nuestra condición es buena o mala según tengamos o no pensamientos correctos acerca de Jesucristo.

Esta es la pregunta clave, y ahora llegamos a la respuesta de Pedro en Mateo 16:16. Ante la pregunta anterior sobre lo que otros pensaban de Cristo, varios de los discípulos respondieron basándose en lo que habían oído decir a la gente. Pero aquí Pedro habla en nombre de todos, con su acuerdo y consentimiento. Pedro tenía la tendencia natural de hablar rápidamente en situaciones como esta; a veces hablaba bien y otras veces no. En todo grupo hay personas audaces y entusiastas que suelen hablar primero, y Pedro era una de ellas.

Sin embargo, esto está muy lejos de demostrar la clase de rango o autoridad sobre los demás apóstoles que la Iglesia de Roma le atribuye. Quieren convertirlo en juez, pero como mucho era el presidente del jurado, hablando en nombre de los demás en aquella ocasión. Solo presidió ese momento; no era un gobernante permanente ni el portavoz principal de toda la iglesia.

La respuesta de Pedro es breve, pero completa, verdadera y exactamente apropiada: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Aquí tenemos una confesión de la fe cristiana, pronunciada delante de Cristo mismo, y por eso se convierte en un acto de adoración. También confiesa al Dios verdadero como el Dios viviente, en contraste con los ídolos silenciosos y sin vida. Y confiesa a Jesucristo, a quien el Padre envió, pues conocerlo es tener vida eterna.

Este es el centro del asunto. La gente había llamado a Jesús profeta, incluso «aquel Profeta» (Juan 6:14). Pero los discípulos lo confiesan como el Cristo, el Ungido, el gran Profeta, Sacerdote y Rey de la iglesia, el verdadero Mesías prometido a los padres y esperado durante tanto tiempo por ellos. Era algo grandioso creer esto acerca de alguien cuya apariencia externa era tan distinta del Mesías que muchos judíos habían imaginado.

Jesús se había llamado a sí mismo el Hijo del Hombre, pero ellos lo confiesan como el Hijo del Dios viviente. Las ideas de la gente acerca de él iban desde pensar que era el espíritu de un muerto hasta identificarlo con Elías o Jeremías. Pero los discípulos saben y creen que él es el Hijo del Dios viviente, aquel que tiene vida en sí mismo y da vida al mundo. Si es el Hijo del Dios viviente, entonces comparte la misma naturaleza del Padre. Su naturaleza divina estaba escondida bajo la carne humana, pero estos discípulos miraron más allá de ese velo y vieron su gloria, la gloria del único Hijo del Padre, lleno de gracia y de verdad.

¿Podemos decir también esto sinceramente por la fe? Entonces acerquémonos a Cristo con amor y adoración, y digámoselo: «Señor Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».

Luego Cristo aprueba la respuesta de Pedro en Mateo 16:17-19, y le responde tanto como creyente como apóstol. Como creyente, Cristo se complace en la confesión de Pedro porque es clara y directa, sin vacilación ni incertidumbre. El crecimiento de los discípulos de Cristo en conocimiento y gracia le agrada mucho, y también le muestra a Pedro de dónde provino esta verdad. En los comienzos del evangelio, creer esto era algo extraordinario, y no todos tenían este conocimiento ni esta fe.

Pedro había sido bendecido con ella. «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás». Cristo le recuerda su origen y sus antecedentes familiares, que eran comunes y humildes. Era Bar-Jonás, es decir, hijo de Jonás. Algunos entienden que esto significa «hijo de una paloma». Que recuerde la roca de la que fue cortado, para que vea que no nació dentro de este honor, sino que Dios lo elevó a él por su favor. Fue la gracia gratuita de Dios la que hizo que Pedro se diferenciara de los demás. Quienes han recibido el Espíritu deben recordar quién es su Padre (1 Samuel 10:12).

Después de recordarle esto, Cristo le muestra su gran felicidad como creyente: «Bienaventurado eres». Los verdaderos creyentes son verdaderamente bienaventurados, y aquellos a quienes Cristo llama bienaventurados lo son en verdad. Su palabra los hace así. Pedro era un hombre feliz, alguien que conocía el sonido alegre de la salvación (Salmo 89:15). Bienaventurados son los ojos que ven estas cosas (Mateo 13:16). Toda felicidad está ligada a conocer correctamente a Cristo.

Dios también debe recibir la gloria por esto. «No te lo reveló carne ni sangre». Pedro no aprendió esto por su propia agudeza mental ni únicamente por medio de maestros humanos. Esta luz no provino de la naturaleza ni de la educación, sino del Padre de Cristo que está en los cielos. La fe cristiana es una religión revelada. Viene del cielo. Es una religión de lo alto, dada por la inspiración de Dios mismo, no por filósofos ni estadistas. La fe salvadora también es un regalo de Dios; cuando existe en nosotros, es porque Dios mismo la ha producido, como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, por causa de Cristo y mediante su mediación, nos la concede (Filipenses 1:29).

Por eso Pedro es bienaventurado: porque el Padre le reveló esta verdad. Que Cristo se revele a nosotros y obre en nosotros es una señal especial del favor de Dios y un fundamento seguro para la verdadera felicidad. Bienaventurados los que reciben un favor tan grande. Es posible que Cristo también haya percibido cierto orgullo o sentido de superioridad en la confesión de Pedro, un pecado sutil que puede mezclarse incluso con nuestros mejores deberes. A las personas buenas les resulta difícil compararse con otras sin tener un concepto demasiado elevado de sí mismas. Para protegernos de eso, debemos recordar que cualquier ventaja que tengamos sobre los demás no es mérito nuestro. Es un regalo gratuito de la gracia de Dios para nosotros y no para ellos; por eso no tenemos nada de qué jactarnos (Salmo 115:1; 1 Corintios 4:7).

Luego Cristo le responde a Pedro como apóstol o ministro, en Mateo 16:18-19. Pedro, hablando en nombre de la iglesia, había confesado a Cristo; por eso la promesa destinada a la iglesia se dirige a él. No se pierde nada por estar dispuestos a confesar a Cristo, porque él honrará a quienes lo honran. Con motivo de esta gran confesión de Cristo, que es un acto de honra y lealtad de la iglesia, Cristo firmó y proclamó este decreto real y divino por medio del cual este pueblo es formado y establecido.

Esto muestra el vínculo estrecho entre Cristo y la iglesia: el novio y la novia. Dios tuvo una iglesia en el mundo desde el principio, y esta fue edificada sobre la roca de la descendencia prometida (Génesis 3:15). Pero ahora que la descendencia prometida ha venido, la iglesia necesita un nuevo decreto como iglesia cristiana, relacionada con un Cristo que ya vino. Aquí tenemos ese decreto, y es una gran tristeza que este pasaje, que apoya con tanta fuerza el reino de Cristo, haya sido tergiversado y usado al servicio del anticristo. Aun así, el diablo ha empleado su astucia para torcerlo, tal como torció la promesa de Salmo 91:11 para sus propios fines (Mateo 4:6), quizá porque tanto ese pasaje como este se interponían en su camino y por eso les guardaba rencor. El significado de este decreto es el siguiente:

En primer lugar, Cristo muestra que él es quien establece la iglesia. Dice: «Yo también te digo». Cristo hace esta promesa porque es la Cabeza y el Gobernante de la iglesia, aquel a quien se le ha dado todo juicio y de quien procede todo poder. Habla con la autoridad que ha recibido del Padre y actúa de acuerdo con su obra de salvar al pueblo escogido de Dios.

La promesa se pone en manos de Pedro en el sentido de que Jesús se la dirige directamente: «Yo te digo». En el Antiguo Testamento, las promesas acerca de la iglesia a menudo se dieron por medio de hombres específicos, como Abraham y David, hombres conocidos por su fe y santidad. Sin embargo, esas promesas no les dieron autoridad sobre todo el pueblo de Dios, ni concedieron ese derecho a sus descendientes. De la misma manera, la promesa del Nuevo Testamento se dirige a Pedro como representante, pero está destinada al bien de la iglesia en todas las épocas.

Cristo promete que edificará su iglesia sobre una roca. La iglesia es el pueblo que Cristo llamó a salir del mundo y apartó para sí. No es la iglesia de Pedro, sino la iglesia de Cristo. Pedro lo recordó más adelante cuando advirtió a los ministros que no actuaran como si fueran dueños del pueblo de Dios.

La iglesia le pertenece especialmente a Cristo. El mundo es de Dios, y todo lo que hay en él le pertenece; pero la iglesia es el remanente escogido que se relaciona con Dios por medio de Cristo, el Mediador, es decir, aquel que une a Dios con las personas. La iglesia lleva la imagen de Cristo y le pertenece por derecho. Cristo mismo dice: «Yo la edificaré». Él es el Constructor y Hacedor de la iglesia, así como el templo fue construido conforme a la obra encomendada por el Señor, y tanto Salomón como Ciro señalaron de distintas maneras hacia Cristo (Zacarías 6:11-13; Isaías 44:28).

Cristo edifica la iglesia por medio de su Espíritu, que obra junto con la predicación de su palabra. Él añade personas a la iglesia y, de ese modo, la edifica con piedras vivas (1 Pedro 2:5). Los creyentes son la construcción de Dios, y edificar es una obra que crece con el tiempo. En este mundo, la iglesia todavía está siendo formada, como una casa en construcción. Es un consuelo para todos los que se preocupan por la iglesia saber que Cristo, con sabiduría y poder divinos, es quien se encarga de esta obra.

El fundamento de la iglesia es esta roca. Si el fundamento es débil, el edificio no permanecerá en pie, por muy hábil que sea el constructor. Por eso debemos preguntarnos cuál es este fundamento, y debe ser Cristo, porque nadie puede poner otro fundamento (Isaías 28:16). La iglesia está edificada sobre una roca: una base fuerte y duradera que el tiempo no puede desgastar y que no se hundirá bajo el peso del edificio. Cristo no edificaría su casa sobre la arena, porque sabía que vendrían tormentas.

Una roca también es alta, y la iglesia de Cristo no está al mismo nivel que el mundo. Una roca es ancha además de fuerte, y así también es el fundamento de la iglesia. Cuanto más amplio es el fundamento, más firme es; por eso, quienes intentan estrechar el fundamento de la iglesia no la están ayudando. Cuando Jesús dice: «Tú eres Pedro», está hablando del nombre de Pedro, que significa piedra o roca. Jesús le había dado ese nombre cuando lo llamó por primera vez (Juan 1:42), y aquí lo confirma. Pedro está a la altura de su nombre, porque es un discípulo sólido, firme y confiable, que no se deja llevar por las opiniones cambiantes acerca de Cristo (2 Pedro 1:12).

Algunos consideran que esta roca es Pedro mismo como apóstol, el principal entre los doce, aunque no su dueño. La iglesia está edificada sobre el fundamento de los apóstoles (Efesios 2:20). Su ministerio puso las primeras piedras de ese edificio, y sus nombres están escritos en los fundamentos de la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:14). Pedro fue el apóstol por medio de quien se pusieron las primeras piedras de la iglesia entre los creyentes judíos (Hechos 2) y entre los creyentes gentiles (Hechos 10), de modo que, en ese sentido limitado, podría ser llamado una roca. Cefas, otro nombre de Pedro, significa «columna» o algo parecido (Gálatas 2:9).

Aun así, parece demasiado severo llamar a un solo hombre, que únicamente puso la primera piedra, el fundamento permanente sobre el cual descansa todo el edificio. Incluso si alguien interpreta el versículo de esa manera, no respalda las pretensiones del obispo de Roma. Pedro no tenía semejante autoridad sobre la iglesia y, sin duda, tampoco transmitió ese tipo de autoridad a sus sucesores, mucho menos a los obispos de Roma. Si son obispos de nombre es una cuestión; pero que no lo son en la verdad del cristianismo es algo indiscutible.

Otros entienden que la roca es Cristo mismo. En ese caso, el sentido sería: «Tú eres Pedro; tienes el nombre de una piedra, pero sobre esta roca», señalándose a sí mismo, «edificaré mi iglesia». Es posible que Jesús se haya señalado a sí mismo mientras hablaba, como más adelante habló del templo de su cuerpo (Juan 2:19). Así como usó el templo como ocasión para hablar de sí mismo, aquí usó el nombre de Pedro para hablar de sí mismo como la Roca. Esta interpretación concuerda con los muchos pasajes que llaman a Cristo el único fundamento de la iglesia (1 Corintios 3:11; 1 Pedro 2:6). Cristo es tanto quien funda la iglesia como el fundamento sobre el cual esta descansa. Él atrae a las personas hacia sí, las une a sí mismo y las mantiene en una dependencia constante de él.

Otros entienden que la roca es la confesión de Pedro acerca de Cristo, lo cual equivale a entenderla como Cristo mismo. Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», y los demás estuvieron de acuerdo con él. Entonces Cristo dice, en efecto, que esta gran verdad es el fundamento sobre el cual edificará su iglesia. Si se elimina esta verdad, toda la iglesia se derrumba. Si Cristo no es el Hijo de Dios, el cristianismo es falso, la iglesia está vacía, la predicación es inútil, la fe es inútil y las personas todavía están en sus pecados (1 Corintios 15:14-17). Si Jesús no es el Cristo, quienes dicen seguirlo no forman parte de la iglesia, sino que son engañadores o están engañados.

Si alguna iglesia abandona la fe y la confesión pública de esta verdad, deja de formar parte de la iglesia de Cristo y vuelve a caer en la incredulidad. Este es el artículo principal sobre el cual la iglesia permanece en pie o cae, el punto fundamental del que depende la salvación. Quienes abandonan esta verdad no conservan el fundamento. Pueden llamarse cristianos, pero esa afirmación es falsa, porque la iglesia es una comunidad santa edificada sobre la certeza de esta gran verdad.

Cristo también promete sostener y proteger a su iglesia una vez que ha sido edificada. «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». El infierno, o el poder de la muerte y del mal, no vencerá esta verdad ni a la iglesia edificada sobre ella.

Esto significa que la iglesia tiene enemigos que luchan contra ella e intentan arruinarla. Aquí esos enemigos aparecen representados por las puertas del infierno, es decir, por la ciudad del infierno, puesta directamente en contra de esta ciudad celestial, la ciudad del Dios viviente. Se trata de las fuerzas del diablo entre los seres humanos, los poderes y planes de su reino, mediante los cuales hace guerra contra el Cordero. Todo lo que procede de las puertas del infierno ha sido formado y planeado allí.

Estos enemigos atacan a la iglesia al resistir la verdad del evangelio, corromper sus ordenanzas y perseguir a los buenos ministros y a los cristianos fieles. También usan tanto la astucia como la fuerza: por un lado, persuaden a las personas mediante el engaño y, por otro, las impulsan con crueldad hacia aquello que perjudica la pureza de la religión. Su objetivo es borrar el nombre del cristianismo (Salmo 83:4), devorar al niño (Apocalipsis 12:9) y derribar por completo esta ciudad.

Esto también nos asegura que los enemigos de la iglesia no alcanzarán su objetivo. Mientras exista el mundo, Cristo tendrá una iglesia en él, y sus verdades y ordenanzas continuarán a pesar de toda la resistencia de las tinieblas. Ellas no prevalecerán contra la iglesia (Salmo 129:1, Salmo 129:2). Esto no promete que una iglesia local específica ni un líder determinado nunca se equivoquen, se aparten o sean destruidos.

Sí significa que la fe cristiana continuará existiendo en algún lugar. Puede que no siempre conserve el mismo grado de pureza o gloria, pero su continuidad nunca será cortada por completo. La mujer vive aun en el desierto (Apocalipsis 12:14): es derribada, pero no destruida (2 Corintios 4:9). Las corrupciones pueden afligir a la iglesia y las persecuciones pueden herirla profundamente, pero ninguna de las dos cosas la destruirá. La iglesia puede perder algunas batallas, pero en la gran lucha saldrá más que vencedora. Los creyentes individuales son guardados por el poder de Dios, mediante la fe, hasta alcanzar la salvación (1 Pedro 1:5).

La otra parte de esta promesa se refiere al orden y al gobierno de la iglesia, que aparecen en Mateo 16:19. Cuando una ciudad o un grupo se constituye legalmente como una entidad, se nombran funcionarios y se les da autoridad para actuar por el bien común. Una ciudad sin gobierno es un caos. De la misma manera, el gobierno de la iglesia se muestra aquí mediante la entrega de las llaves, junto con la autoridad para atar y desatar.

Esto no significa que Pedro haya recibido por sí solo un poder especial, como si fuera el único guardián de las puertas del cielo y tuviera la llave de David, que pertenece únicamente al Hijo de David. Más bien, se les concede a todos los apóstoles, y a quienes vinieron después de ellos, un poder ministerial; es decir, una autoridad de servicio para guiar y gobernar la iglesia de Cristo en las congregaciones locales conforme a las normas del evangelio. Como dijo Ambrosio, todos los sacerdotes recibieron las llaves del reino de los cielos en la persona del bienaventurado apóstol Pedro. Las llaves fueron puestas primero en manos de Pedro porque él fue el primero en abrirles a los gentiles la puerta de la fe (Hechos 10:28).

Así como un rey puede otorgar una carta constitutiva a una corporación y autorizar a sus funcionarios para administrar justicia en su nombre, Cristo formó su iglesia y estableció el ministerio para conservar su orden y gobierno. Sus ministros deben asegurarse de que sus leyes se cumplan correctamente. Por eso dice: «Te daré las llaves». No dice: «Te las he dado» ni «Te las doy ahora», sino: «Te las daré», señalando el tiempo posterior a su resurrección. Cuando ascendió, dio estos dones (Efesios 4:8). Entonces esta autoridad fue concedida realmente, no solo a Pedro, sino también a los demás (Mateo 28:19, Mateo 28:20; Juan 20:21). Dice: «Te daré», y no «se darán las llaves», porque los ministros reciben su autoridad de Cristo y todo su poder debe ejercerse en su nombre (1 Corintios 5:4).

Este poder delegado es espiritual. Pertenece al reino de los cielos, es decir, a la iglesia, especialmente a la parte de ella que vive y lucha en la tierra bajo el evangelio. El oficio apostólico y ministerial se ocupa por completo de ese ámbito. No es un poder civil. El reino de Cristo no es de este mundo. Las instrucciones posteriores de los apóstoles trataban de las cosas pertenecientes al reino de Dios (Hechos 1:3).

También se trata del poder de las llaves, usando la imagen de alguien a quien se le confían las llaves de un lugar. O, como un administrador de una casa, el ministro recibe las llaves del almacén donde se guardan las provisiones, para dar a cada persona su alimento a su debido tiempo (Lucas 12:42), o negárselo cuando sea necesario, conforme a las normas de la casa. Los ministros son administradores (1 Corintios 4:1; Tito 1:7). Eliaquim, quien tenía la llave de la casa de David, estaba al frente de la casa (Isaías 22:22).

Este es un poder para atar y desatar; es decir, usando la misma imagen de las llaves, para cerrar y abrir. José, quien estaba a cargo de la casa del faraón y administraba sus almacenes, tenía autoridad sobre sus funcionarios y enseñaba sabiduría a sus ancianos (Salmo 105:21, Salmo 105:22). Cuando los almacenes y tesoros de una casa se cierran para alguien, esa persona queda atada, como si se le prohibiera usar el fuego y el agua. Cuando vuelven a abrirse, queda libre de ese vínculo, liberada de la censura y restaurada a la libertad.

Cristo también promete honrar el uso correcto de esta autoridad. Él confirmará con su propia aprobación las decisiones de sus administradores. Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Esto no significa que Cristo haya prometido aprobar toda decisión de la iglesia, sea correcta o equivocada. Significa que, cuando las decisiones de la iglesia se toman correctamente conforme a la Palabra, haciendo girar la llave en la dirección adecuada, quedan selladas en el cielo. La palabra del evangelio anunciada por ministros fieles debe recibirse no como palabra humana, sino como palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13; Juan 12:20).

Las llaves del reino de los cielos incluyen, en primer lugar, la llave de la doctrina, también llamada la llave del conocimiento. La tarea de los ministros es explicar al mundo la voluntad de Dios, tanto en lo que se refiere a la verdad como al deber. Para esto reciben su comisión, la evidencia de su autoridad y todas las instrucciones necesarias para atar y desatar. En el lenguaje judío común de aquella época, esto significaba prohibir o permitir algo. Enseñar que algo era ilícito era atarlo; enseñar que era lícito era desatarlo.

Los apóstoles tenían una autoridad extraordinaria de este tipo. Algunas cosas prohibidas por la ley de Moisés ahora debían permitirse, como comer ciertos alimentos. Algunas cosas permitidas por esa ley ahora debían prohibirse, como el divorcio. Los apóstoles fueron autorizados a declarar esto al mundo, y las personas podían confiar en su palabra. Cuando Pedro recibió primero la enseñanza para sí mismo y luego enseñó a otros que no llamaran común o impuro a nada, estaba ejerciendo esta autoridad.

También existe una autoridad ordinaria concedida a todos los ministros para predicar el evangelio como funcionarios designados. Deben decirle a la gente, en el nombre de Dios y conforme a la Escritura, qué es correcto y qué exige el Señor de ellos. Quienes declaran todo el consejo de Dios usan bien estas llaves (Hechos 20:27).

Algunos piensan que la entrega de las llaves alude a una costumbre judía relacionada con el nombramiento de un maestro de la ley. Las llaves del cofre donde se guardaba el libro de la ley se ponían en sus manos, mostrando que tenía autorización para tomarlo y leerlo. Atar y desatar también puede referirse a la manera en que se guardaban sus libros en rollos. Se cerraban atándolos con una cuerda y se abrían al desatarla. De manera semejante, Cristo les da a sus apóstoles autoridad para abrirles o cerrarles el libro del evangelio a las personas según sea necesario. Vemos esta autoridad ejercida en Hechos 13:46 y Hechos 18:6.

Cuando los ministros proclaman perdón y paz a quienes se arrepienten, y juicio y maldición a quienes no se arrepienten, lo hacen en el nombre de Cristo y bajo esta autoridad de atar y desatar.

También existe la llave de la disciplina de la iglesia, que no es más que el ejercicio de la autoridad anterior en casos particulares, después de juzgar correctamente el carácter y las acciones de una persona. No es un poder para crear leyes, sino un poder judicial. Un juez no crea la ley; solo declara lo que la ley establece y, después de examinar el caso con justicia, dicta una sentencia apropiada. Así funciona el poder de las llaves dondequiera que Cristo lo haya colocado, especialmente en los asuntos relacionados con la membresía de la iglesia y sus privilegios.

Los ministros de Cristo tienen autoridad para recibir a las personas en la iglesia. Él dijo: «Hagan discípulos de todas las naciones y bautícenlos» (Mateo 28:19). Quienes confiesan su fe en Cristo y su obediencia a él, junto con sus hijos, deben ser recibidos en la iglesia mediante el bautismo. Los ministros deben permitir que entren al banquete de bodas quienes han sido invitados y mantener fuera a quienes claramente no están preparados para una comunión tan santa.

También tienen autoridad para expulsar y excluir a quienes han perdido su membresía en la iglesia. Eso es atar. Significa negarles a los incrédulos el acceso a las promesas del evangelio y a sus señales. También significa decirles a quienes parecen estar llenos de amargura y pecado que no tienen parte en el asunto, como Pedro le dijo a Simón el mago, aunque Simón había sido bautizado. Esto equivale a entregarlos al juicio de Dios.

También tienen autoridad para restaurar y volver a recibir a quienes fueron expulsados, si se arrepienten. Eso es desatar a quienes habían atado. Pueden decirles a esas personas que, si su arrepentimiento es sincero, la promesa del perdón les pertenece. Los apóstoles tenían un don milagroso para discernir los espíritus; aun así, se guiaban por señales externas (Hechos 8:21; 1 Corintios 5:1; 2 Corintios 2:7; 1 Timoteo 1:20). Hoy, los ministros también pueden hacer ese tipo de juicios, si son sabios y fieles.

Finalmente, Cristo les ordenó a sus discípulos que mantuvieran esto en privado por el momento (Mateo 16:20). No debían decirle a nadie que él era Jesús, el Cristo. Lo que habían confesado delante de él todavía no debían anunciarlo al mundo, por varias razones.

Primero, ese era un tiempo de preparación para su reino. El mensaje principal en ese momento era que el reino de los cielos estaba cerca. Por eso debían concentrarse en las cosas que prepararían a las personas para Cristo, como el arrepentimiento, en vez de centrarse en la gran verdad mediante la cual el reino sería establecido públicamente. Todo es hermoso a su debido tiempo, y es sabio preparar la obra antes de construirla (Proverbios 24:27).

Segundo, Cristo quería que su mesianismo quedara demostrado por sus obras. Prefería que sus hechos dieran testimonio de él, en lugar de que lo hicieran sus discípulos, ya que el testimonio de ellos solo era un testimonio acerca de él. Véanse Juan 5:31 y Juan 5:34. Estaba tan seguro de la evidencia de sus milagros que no dependía de otros testigos (Juan 10:25, 38).

Tercero, si la gente hubiera sabido que él era Jesús, el Cristo, no habría crucificado al Señor de la gloria (1 Corintios 2:8).

Cuarto, Cristo no quería que los apóstoles predicaran esto hasta que tuvieran lista la evidencia más clara para respaldarlo. Las grandes verdades pueden verse perjudicadas si se declaran antes de que puedan demostrarse por completo. La gran prueba de que Jesús era el Cristo fue su resurrección. Por ella fue declarado Hijo de Dios con poder; por eso, la sabiduría divina no quiso que esta verdad se proclamara hasta que pudiera presentarse esa prueba. También era necesario que quienes anunciaran una verdad tan grande recibieran una medida mayor del Espíritu. Por eso, su proclamación pública se aplazó hasta que el Espíritu fuera derramado. Cuando Cristo fue glorificado y el Espíritu fue dado, Pedro proclamó abiertamente lo que aquí se había dicho en privado: Dios hizo a este mismo Jesús Señor y Cristo (Hechos 2:36). Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar.

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Este versículo presenta a Jesús haciendo una pausa en medio del camino para preguntar algo que toca el centro de la fe: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». No empieza con una explicación ni … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Este versículo presenta a Jesús haciendo una pausa en medio del camino para preguntar algo que toca el centro de la fe: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». No empieza con una explicación ni con una exigencia, sino con una pregunta. Hay ternura y profundidad en ese gesto: Jesús reconoce que alrededor de él circulan opiniones, expectativas y confusiones. La fe también puede convivir con preguntas honestas. La región de Cesarea de Filipo, marcada por poder, religión e imágenes de autoridad, vuelve la pregunta todavía más significativa. En un lugar lleno de voces, Jesús busca distinguir entre lo que otros dicen y la verdad que nace de un encuentro real con él. No se trata únicamente de conocer datos sobre Jesús, sino de percibir quién es para la vida concreta: en el cansancio, el duelo, la incertidumbre y la esperanza. Este pasaje no ridiculiza las respuestas incompletas; abre espacio para una comprensión más profunda. Jesús se acerca sin violencia a la identidad y al corazón humano. Su pregunta sigue siendo serena, pero no superficial: invita a reconocer qué lugar ocupa él cuando las voces externas ya no bastan.

Mind
Mente Sabiduría teológica
Este versículo introduce una de las escenas decisivas del Evangelio de Mateo: la identidad de Jesús se convierte en el centro explícito de la conversación. Cesarea de Filipo, al norte de Galilea, era una región … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Este versículo introduce una de las escenas decisivas del Evangelio de Mateo: la identidad de Jesús se convierte en el centro explícito de la conversación. Cesarea de Filipo, al norte de Galilea, era una región marcada por diversidad política y religiosa. En ese entorno, la pregunta de Jesús contrasta las opiniones públicas con la comprensión de sus discípulos. No se trata simplemente de medir su popularidad; la pregunta exige discernir quién es él realmente. La expresión «Hijo del Hombre» merece atención. Puede referirse, en un nivel básico, a la propia humanidad de Jesús, pero también evoca la figura celestial de Daniel 7, asociada con autoridad y dominio recibidos de Dios. Mateo deja abierta esa resonancia para que el relato la desarrolle progresivamente. Por eso, la pregunta funciona como un punto de transición: después de escuchar lo que otros dicen, los discípulos tendrán que expresar su propio reconocimiento. El texto no presenta a Jesús como alguien definido por rumores, títulos políticos o expectativas religiosas ajenas. Su identidad debe ser interpretada a la luz de sus palabras, obras, sufrimiento y resurrección. La escena, por tanto, une cristología y discipulado: reconocer a Jesús correctamente transforma la manera de seguirlo.

Life
Vida Vida práctica
Este versículo muestra a Jesús haciendo una pregunta que va más allá de la información religiosa: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». En Cesarea de Filipo, un lugar marcado por diversas creencias y lealtades, … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Este versículo muestra a Jesús haciendo una pregunta que va más allá de la información religiosa: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». En Cesarea de Filipo, un lugar marcado por diversas creencias y lealtades, Jesús pone sobre la mesa el tema de la identidad en medio de muchas voces. No le preocupa solamente lo que circula públicamente, sino cómo esas opiniones afectan la manera de seguirlo. La pregunta también ofrece una pauta práctica para la vida cotidiana. Antes de tomar decisiones importantes, conviene distinguir entre la presión del ambiente, la opinión de la familia, las expectativas del trabajo y la verdad que realmente guía la conciencia. Las voces externas pueden describir a Jesús de muchas maneras, pero ninguna opinión popular sustituye el reconocimiento personal de quién es él. El título «Hijo del Hombre» recuerda que Jesús no es una idea abstracta ni una figura útil para cada necesidad. Es el Mesías que se acerca a la realidad humana y llama a una lealtad concreta. La fe, entonces, no consiste solo en saber qué piensa la gente, sino en permitir que la identidad de Jesús ordene prioridades, relaciones y decisiones. La pregunta sigue siendo sencilla, profunda y decisiva.

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Alma Perspectiva eterna
Mateo 16:13 presenta una pregunta que atraviesa la historia y llega al centro de toda fe: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Jesús no comienza imponiendo una definición, sino escuchando las voces que circulan … Leer la perspectiva completa Mostrar menos

Mateo 16:13 presenta una pregunta que atraviesa la historia y llega al centro de toda fe: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Jesús no comienza imponiendo una definición, sino escuchando las voces que circulan a su alrededor. Reconoce que una persona puede ser admirada, interpretada o incluso reducida por las opiniones de otros. Las respuestas posteriores —Juan el Bautista, Elías, Jeremías o algún profeta— muestran respeto, pero también revelan que una reputación honorable no equivale todavía a reconocer quién es Jesús. La escena ocurre en Cesarea de Filipo, un lugar marcado por poder político y símbolos religiosos. En medio de tantas identidades y lealtades, Jesús pregunta por la suya. El «Hijo del Hombre» no es una figura abstracta: es el Mesías que se acerca con autoridad, pero también con humildad y sufrimiento. Este versículo enseña que la fe no puede descansar únicamente en la opinión colectiva, ni siquiera en una herencia espiritual recibida. Hay un momento en que las palabras de otros deben conducir a un discernimiento más profundo. La pregunta de Jesús no busca información; revela el corazón de quienes la escuchan. También deja espacio para que la verdad sea reconocida sin coerción, mediante una respuesta formada en la presencia de Dios.

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healing Aplicación para la restauración de la salud

En Mateo 16:13, Jesús pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?». La pregunta reconoce que las opiniones externas pueden influir profundamente en la manera en que una persona entiende su identidad. En la salud mental, depender demasiado de la aprobación, las comparaciones o las etiquetas de otros puede aumentar la ansiedad, la vergüenza y los síntomas depresivos. También puede hacer que experiencias de trauma, pérdidas o discriminación parezcan definir por completo a la persona.

La enseñanza de este pasaje invita a distinguir entre las voces sociales y una identidad más profunda, sostenida en la relación con Dios y en valores personales. Desde la psicología, esto puede relacionarse con la práctica de identificar pensamientos automáticos, evaluar si son hechos o interpretaciones, y reemplazar conclusiones globales —como “no valgo” o “soy un fracaso”— por afirmaciones más realistas y compasivas. Llevar un registro de emociones, limitar la exposición a comparaciones dañinas y conversar con personas confiables puede favorecer esa claridad.

La fe puede ofrecer esperanza y sentido, pero no sustituye la atención profesional. La ansiedad persistente, la depresión, los efectos del trauma o cualquier riesgo de autolesión merecen evaluación de un profesional de salud mental y apoyo inmediato cuando sea necesario.

info Aplicaciones erróneas comunes que debes evitar expand_more

Este versículo puede malinterpretarse como una prueba de lealtad que exige respuestas rápidas, uniformes o sin dudas. También puede usarse para imponer una identidad religiosa, avergonzar a quien atraviesa preguntas sinceras o justificar el control espiritual por parte de líderes. Es una señal de alerta cuando se cita para minimizar depresión, ansiedad, trauma, duelo o conflictos de identidad, presentándolos únicamente como falta de fe. La toxicidad positiva y la evasión espiritual pueden impedir que una persona procese el dolor y reciba ayuda adecuada. La fe puede acompañar el tratamiento, pero no sustituye la evaluación de profesionales de salud mental ni autoriza a suspender medicamentos o terapia sin supervisión clínica. Cuando el sufrimiento afecta el funcionamiento, la seguridad o la esperanza, conviene buscar apoyo profesional. Ante riesgo inmediato de suicidio o daño, en Estados Unidos puede llamarse o enviarse un mensaje al 988, con atención en español.

Preguntas frecuentes

¿Por qué es importante Mateo 16:13?
Mateo 16:13 es importante porque presenta una pregunta central de la fe cristiana: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Jesús lleva a sus discípulos a considerar no solo las opiniones de la gente, sino también su propia comprensión acerca de él. El versículo introduce un momento decisivo en el que se revela la identidad de Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. También invita a cada persona a reflexionar con sinceridad sobre quién es Jesús.
¿Cuál es el contexto de Mateo 16:13?
En Mateo 16:13, Jesús y sus discípulos llegan a la región de Cesarea de Filipo, un lugar conocido por su ambiente religioso y cultural diverso. Allí, lejos de las multitudes habituales, Jesús les hace una pregunta sobre su identidad. Primero pregunta qué dice la gente acerca de él y, poco después, pregunta directamente a sus discípulos quién creen que es. Este diálogo prepara la confesión de Pedro y una enseñanza importante sobre la misión de Jesús.
¿Qué significa «Hijo del Hombre» en Mateo 16:13?
«Hijo del Hombre» es una forma en que Jesús se refiere a sí mismo en los Evangelios. La expresión puede destacar su identificación con la humanidad, pero también recuerda la figura presentada en Daniel 7, que recibe autoridad y un reino eterno. En Mateo 16:13, Jesús usa este título al preguntar qué entiende la gente acerca de su identidad. Por eso, la frase apunta tanto a su cercanía con las personas como a su autoridad especial dada por Dios.
¿Qué pregunta Jesús en Mateo 16:13?
Jesús pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del Hombre?». La pregunta tiene dos niveles. Primero, invita a los discípulos a reconocer las distintas opiniones que circulaban sobre Jesús. Después, en los versículos siguientes, los lleva a responder personalmente quién creen que es él. No se trata solo de conocer información religiosa o repetir lo que otros dicen. Jesús dirige la conversación hacia una respuesta personal y consciente acerca de su identidad.
¿Cómo puedo aplicar Mateo 16:13 a mi vida?
Puedes aplicar Mateo 16:13 examinando con honestidad qué lugar ocupa Jesús en tu vida. Las opiniones de la cultura, la familia o las redes sociales pueden influir en cómo lo ves, pero el pasaje invita a ir más allá de lo que otros dicen. Lee los Evangelios, observa las palabras y acciones de Jesús, y considera cómo su identidad transforma tus decisiones, prioridades y manera de tratar a los demás. La pregunta sigue siendo personal y relevante hoy.

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