Versículo destacado

Marcos 8:27 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Jesús y sus discípulos salieron hacia las poblaciones de Cesarea de Filipo; y por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» "

Marcos 8:27

menu_book El versículo en contexto

25 Después volvió a poner las manos sobre sus ojos e hizo que mirara hacia arriba; y quedó restaurado y vio claramente a cada hombre.

26 Entonces lo envió a su casa, diciendo: «No entres en el pueblo ni se lo digas a nadie en el pueblo».

27 Jesús y sus discípulos salieron hacia las poblaciones de Cesarea de Filipo; y por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

28 Ellos respondieron: «Juan el Bautista; pero algunos dicen Elías, y otros, uno de los profetas».

29 Él les dijo: «Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Pedro respondió y le dijo: «Tú eres el Cristo».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Ya hemos leído mucho acerca de las enseñanzas de Cristo y de los milagros que realizó. Fueron numerosos, extraordinarios y confirmados ampliamente por testigos presenciales. Ocurrieron en distintos lugares, y las multitudes que los vieron quedaron asombradas. Ahora es momento de detenernos a pensar en lo que todo esto significa.

Las obras maravillosas que Cristo en otro tiempo les dijo a algunos que no divulgaran ahora están escritas en la Biblia y se han dado a conocer a todo el mundo. Se nos presentan a nosotros y a cada generación con un propósito. No debemos tratarlas solo como algo digno de admiración y conversación. Fueron escritas para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios (Juan 20:31). Esta conversación entre Cristo y sus discípulos nos ayuda a sacar las conclusiones correctas de sus milagros.

De estos milagros aprendemos tres cosas principales. Primero, demuestran que Jesús es el verdadero Mesías, el Cristo prometido, el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Sus obras dieron testimonio de él, y sus discípulos, que las vieron personalmente, lo creyeron abiertamente. Esto nos da un firme fundamento para llegar a la misma conclusión.

Jesús les preguntó a sus discípulos qué decía la gente acerca de él: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Marcos 8:27). Esto no significa que Cristo necesitara información. Él ya lo sabía. Hizo la pregunta para que los discípulos mismos observaran la opinión pública y hablaran de ella entre ellos. Que la gente nos juzgue puede parecer algo de poca importancia, pero aun así puede sernos útil saber lo que se dice de nosotros, no para buscar elogios, sino para reconocer qué defectos necesitan atención.

La respuesta de los discípulos mostró que la gente tenía una opinión elevada de Jesús. No habían llegado a la verdad, pero sus milagros los habían convencido de que él no era un hombre común y de que había venido con una misión divina de parte de Dios. Probablemente lo habrían llamado el Mesías si sus maestros no les hubieran inculcado la idea de que el Mesías debía ser un gobernante terrenal, que aparecería con poder y esplendor visibles. Jesús no correspondía a esa imagen.

Aun así, nadie decía que fuera un engañador. Algunos decían que era Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas (Marcos 8:28). Todos coincidían en que era alguien enviado por Dios y que, de alguna manera, había regresado de entre los muertos. Aunque estaban equivocados, de ningún modo lo consideraban un fraude.

Luego Jesús les preguntó a sus discípulos qué creían ellos mismos. Su respuesta mostró cuán plenamente satisfechos estaban con él y con haberlo dejado todo para seguirlo. Después de algún tiempo de prueba, no veían ninguna razón para arrepentirse. Pedro respondió: «Tú eres el Cristo» (Marcos 8:29); es decir, tú eres el Mesías, aquel que fue prometido y esperado durante tanto tiempo.

Ser un verdadero cristiano significa creer sinceramente que Jesús es el Cristo y vivir de acuerdo con esa creencia. Sus obras poderosas demostraban claramente quién era. Los discípulos lo sabían, y pronto tendrían que proclamarlo y defenderlo. Sin embargo, por el momento se les ordenó guardar silencio (Marcos 8:30), hasta que la evidencia estuviera completa y ellos fueran plenamente preparados por el Espíritu Santo. Entonces podrían declarar con valentía que Dios había hecho Señor y Cristo a ese mismo Jesús a quien la gente había crucificado (Hechos 2:36).

Segundo, los milagros de Cristo quitan el tropiezo de la cruz. Nos muestran que, cuando Jesús sufrió, no fue derrotado. Él seguía siendo el vencedor. Una vez que los discípulos estuvieron seguros de que Jesús era el Cristo, estuvieron preparados para escuchar acerca de su sufrimiento. Por eso Cristo comenzó a explicarles claramente lo que tenía que suceder (Marcos 8:31).

Les enseñó que tenía que sufrir muchas cosas. Ya habían superado el error común de pensar que el Mesías sería un príncipe mundano, al menos lo suficiente como para creer que Jesús era el Mesías a pesar de su humilde condición exterior. Pero todavía esperaban que pronto apareciera en gloria y restaurara el reino a Israel. Cristo corrigió ese error mostrándoles precisamente lo contrario. Tenía que ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, las mismas personas que ellos esperaban que lo recibieran. En vez de ser coronado, sería muerto y crucificado, y después de tres días resucitaría para una vida celestial, dejando de pertenecer a este mundo.

Él habló de esto abiertamente (Marcos 8:32). Es decir, habló con claridad y libertad, sin ocultarlo con palabras vagas. Los discípulos habrían podido entenderlo si el prejuicio no los hubiera cegado. Esto también muestra que habló sin temor, con calma y valentía, como alguien que sabía que debía sufrir y morir y que había decidido hacerlo.

Pedro se opuso a él. Lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. En ese momento, Pedro mostró más amor que sabiduría y celo por Cristo, pero no conforme al conocimiento. Se aferró a Jesús como si quisiera detenerlo, quizá incluso rodeándolo con los brazos en medio de una profunda angustia. Algunos entienden que Pedro llevó a Jesús aparte para reprenderlo en privado. No eran las palabras de un hombre que pretendiera tener autoridad sobre su Señor, sino las de alguien dominado por un afecto intenso; una preocupación por la persona amada que puede volverse demasiado atrevida. Jesús permitía que sus discípulos hablaran con libertad, pero en esta ocasión Pedro fue demasiado lejos.

Cristo lo corrigió con firmeza (Marcos 8:33). Se volvió, como alguien disgustado, y también miró a sus discípulos para ver si estaban de acuerdo con Pedro. Si lo estaban, la reprensión dirigida a Pedro también les serviría de advertencia. Entonces dijo: «¡Aléjate de mí, Satanás!». Pedro apenas imaginaba que una advertencia tan llena de amor recibiría una respuesta tan severa. Tal vez esperaba que Jesús elogiara su preocupación, como poco antes había elogiado su fe. Cristo ve el error en nuestras palabras y acciones aunque nosotros no lo veamos, y conoce de qué espíritu somos, aun cuando nosotros mismos no lo sepamos.

Pedro habló como alguien que no había entendido correctamente, o que no había considerado seriamente, los propósitos y planes de Dios. Había visto suficiente del poder de Cristo para saber que a Jesús nadie podía obligarlo a sufrir. Ningún enemigo tenía la fuerza necesaria para dominar a aquel a quien obedecían las enfermedades, la muerte, el viento, las olas y los demonios. También había visto suficiente de la sabiduría de Cristo para saber que Jesús no escogería el sufrimiento sin un propósito sumamente grande y glorioso. Por eso Pedro no debió discutir con él, sino someterse a lo que Jesús había anunciado.

Pedro veía la muerte de Jesús solo como un martirio, semejante a la muerte de los profetas. Pensaba que quizá podría evitarse si Jesús tenía cuidado de no provocar a los principales sacerdotes o si simplemente se mantenía alejado de ellos. Pero no sabía que, para la gloria de Dios, la derrota de Satanás y la salvación de la humanidad, era necesario que el Autor de nuestra salvación fuera perfeccionado por medio del sufrimiento y así llevara a muchos hijos a la gloria.

Debemos notar lo siguiente: la sabiduría humana se convierte en completa necedad cuando intenta dirigir los planes de Dios. La cruz de Cristo, la gran manifestación del poder y la sabiduría de Dios, fue una piedra de tropiezo para algunos y una locura para otros. Pedro habló como alguien que no entendía correctamente el reino de Cristo o que no había reflexionado seriamente acerca de él. Lo consideraba terrenal y humano, cuando en realidad es espiritual y divino.

«No tienes en mente las cosas de Dios, sino las cosas de los hombres». La expresión también puede entenderse como: «No piensas en las cosas de Dios», tal como aparece en Romanos 8:5. Pedro parecía más preocupado por el mundo inferior y la vida presente que por el mundo superior y la vida venidera. Dar más importancia a las cosas humanas que a las de Dios; preocuparnos más por nuestra reputación, comodidad y seguridad que por la gloria y el reino de Dios, es un pecado grave. Es la raíz de muchos otros pecados y algo muy común entre los discípulos de Cristo. Se hará evidente en tiempos de sufrimiento, cuando quienes se dejan gobernar por las preocupaciones humanas corren el peligro de apartarse.

La frase también puede entenderse así: «No eres sabio en las cosas de Dios, sino en las cosas de los hombres». Es importante saber ante quién queremos parecer sabios (Lucas 16:8). Puede parecer sabio evitar los problemas, pero si eso también significa evitar el deber, se trata de sabiduría mundana (2 Corintios 1:12), y terminará en necedad.

Estos milagros de Cristo deberían impulsarnos a todos a seguirlo, sin importar el costo. No solo confirman su misión, sino que también explican su propósito y la naturaleza de la gracia que vino a traer. Muestran claramente que, por medio de su Espíritu, hará con nuestras almas ciegas, sordas, cojas, leprosas, enfermas y atribuladas lo mismo que hizo con el cuerpo de todos los que acudieron a él necesitados.

Los Evangelios muestran con frecuencia a grandes multitudes acercándose a Jesús para recibir ayuda en toda clase de aflicciones. Esto está escrito para que creamos que él es el gran Médico de las almas, que vino a sanarnos. Debemos ponernos bajo su cuidado y someternos a su tratamiento. Aquí nos dice bajo qué condiciones podemos acercarnos a él, y llamó a todo el pueblo para que lo oyera, mientras ellos habían permanecido a distancia cuando hablaba en privado con sus discípulos. Esto es algo que todos deben conocer y considerar si esperan que Cristo sane sus almas.

No deben ceder a la comodidad del cuerpo. «El que quiera venir en pos de mí», para recibir sanidad espiritual, así como estas personas acudieron para recibir sanidad física, «niéguese a sí mismo» (Marcos 8:34). Esto significa vivir negándose a sí mismo, apartándose del pecado y rechazando el orgullo y la comodidad mundana. No debe pretender sanarse a sí mismo, sino renunciar a toda confianza en sí mismo, en su propia justicia y en sus propias fuerzas. Debe tomar su cruz, seguir el ejemplo de Jesús crucificado y someterse a la voluntad de Dios en cada sufrimiento que enfrente. Después debe seguir a Cristo constantemente, como lo hicieron muchos de aquellos a quienes Cristo sanó.

Quienes quieren ser pacientes de Cristo deben permanecer con él, escucharlo y recibir de él tanto instrucción como corrección, tal como lo hicieron quienes lo seguían. Deben estar firmemente convencidos de que nunca lo abandonarán. No deben preocuparse demasiado, ni siquiera por conservar la vida física, si para hacerlo tendrían que apartarse de Cristo (Marcos 8:35). Si las palabras y las obras de Cristo nos invitan a seguirlo, debemos calcular el costo. Tenemos que preguntarnos si valoramos los beneficios de Cristo más que la vida misma y si estamos dispuestos a enfrentar la posibilidad de perder la vida por causa de Cristo y del evangelio.

Cuando el diablo atrae a discípulos y siervos tras de sí, oculta la peor parte. Solo habla del placer y no dice nada del peligro, como cuando afirmó: «No morirán» . Pero Cristo nos dice de antemano qué dificultades y peligros hay en su servicio. Nos advierte que quizá suframos y hasta muramos por su causa. No minimiza las dificultades; a veces las presenta como iguales o incluso mayores de lo que realmente resultarán ser, para dejar claro que trata con honestidad y que no teme que conozcamos lo peor. La ganancia de servirlo es más que suficiente para compensar las dificultades, si comparamos ambas cosas con justicia.

En resumen, no debemos temer perder la vida si la perdemos por Cristo (Marcos 8:35). Quien intente salvar su vida apartándose de Cristo, negándose a acudir a él o negándolo después de haberlo profesado, la perderá. Perderá el consuelo de esta vida, la raíz y la fuente de la vida espiritual, y toda esperanza de vida eterna. Ese es un intercambio terrible. Pero quien esté verdaderamente dispuesto a perder la vida, quien se arriesgue a perderla y la entregue antes que negar a Cristo, la salvará. Obtendrá una ganancia inmensa, porque lo que pierda en esta vida le será compensado en una vida mejor.

Se considera una recompensa que las personas pierdan la vida al servicio de su príncipe o de su país, si su memoria es honrada y sus familias reciben cuidado. Pero eso no es nada comparado con la recompensa de Cristo: la vida eterna para todos los que mueren por él. También debemos temer perder nuestra alma, aunque por ello llegáramos a ganar el mundo entero (Marcos 8:36-37). «¿De qué le servirá al ser humano ganar todo el mundo, con todas sus riquezas, honores y placeres, si al negar a Cristo pierde su propia alma?». El obispo Hooper dijo la noche antes de sufrir el martirio: «Es verdad que la vida es dulce y la muerte es amarga, pero la muerte eterna es más amarga, y la vida eterna es más dulce».

Así como el gozo del cielo con Cristo es suficiente para compensar la pérdida de la vida por Cristo, la ganancia del mundo entero mediante el pecado no es suficiente para compensar la ruina del alma causada por el pecado. Luego Cristo les dice qué les ocurrirá a quienes intentan salvar su vida y ganar el mundo, y cuán terrible será el resultado: «El que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él» (Marcos 8:38). Encontramos una declaración similar en Mateo 10:33, pero aquí se expresa con mayor amplitud.

La causa de Cristo siempre ha tenido esta desventaja en el mundo: debe ser reconocida y confesada en medio de una generación adúltera y pecadora. La sociedad humana se ha apartado de Dios, vive bajo la atracción del mundo y de la carne, y está sumida en la maldad. Hay épocas y lugares especialmente marcados por este tipo de pecado, como ocurrió en los días de Cristo. En una generación así, la causa de Cristo es menospreciada, y quienes lo siguen abiertamente son objeto de burlas, reciben desprecio y son criticados por todas partes.

Muchas personas no pueden negar que la causa de Cristo es correcta, pero les da vergüenza defenderla por la deshonra que conlleva profesarla. Les avergüenza que se sepa que le pertenecen y aceptar la verdad de sus palabras. No soportan las críticas ni el desprecio, así que abandonan su profesión de fe y siguen a la multitud en una apostasía generalizada.

Pero llegará el día en que la causa de Cristo brillará con tanta claridad como ahora parece estar abatida y despreciada. Entonces el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, acompañado de sus santos ángeles. Él es la verdadera Shejiná, la gloria visible de la presencia de Dios, y el Señor de los ángeles.

A aquellos que se avergüencen de Cristo en este mundo, donde él es despreciado, él también les tendrá vergüenza en aquel mundo donde será honrado para siempre. No compartirán su gloria entonces, porque no estuvieron dispuestos a compartir su deshonra ahora.

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