Versículo destacado
Mateo 15:29 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Jesús salió de allí y llegó cerca del mar de Galilea; luego subió a una montaña y se sentó allí. "
Mateo 15:29
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
27 Y ella dijo: «Es verdad, Señor; pero aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos».
28 Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe. Que se haga contigo como quieres». Y su hija quedó sana desde aquella misma hora.
29 Jesús salió de allí y llegó cerca del mar de Galilea; luego subió a una montaña y se sentó allí.
30 Y se acercaron a él grandes multitudes que llevaban consigo cojos, ciegos, mudos, mutilados y muchos otros. Los pusieron a los pies de Jesús, y él los sanó.
31 La multitud quedó maravillada al ver que los mudos hablaban, los mutilados quedaban sanos, los cojos caminaban y los ciegos veían; y glorificaron al Dios de Israel.
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Aquí se presenta un relato general de las curaciones de Cristo, como si hubiera sanado a cientos de personas. Las manifestaciones de su poder y bondad no son pocas ni pequeñas, porque en él hay una abundancia inagotable.
Observemos primero el lugar donde ocurrieron estas curaciones. Fue cerca del mar de Galilea, una región por la que Cristo solía desplazarse. No leemos que haya hecho algo más en la región de Tiro y Sidón, aparte de expulsar el demonio de la hija de la mujer cananea, como si hubiera ido allí con esa única muestra de misericordia en mente. Los ministros no deben considerar inútil su esfuerzo, aunque solo puedan hacer el bien a unas pocas personas. Quien conoce el valor de un alma viajaría lejos para ayudar a rescatar aunque fuera a una sola persona de la muerte y del poder de Satanás.
Luego Jesús salió de aquel lugar. Después de dar allí una pequeña migaja, ahora regresó para ofrecer un banquete completo a los hijos. Podemos hacer un acto de bondad de vez en cuando por una persona, sin que ese sea nuestro camino habitual. Cristo entró en la región de Tiro y Sidón, pero aquí se sentó junto al mar de Galilea (Mateo 15:29). No se sentó en un trono grandioso ni en el asiento de un juez, sino en una montaña. Sus apariciones más solemnes durante los días de su vida terrenal fueron sencillas y humildes.
Se sentó en la montaña para que todos pudieran verlo y acercarse libremente a él, porque es un Salvador accesible. Se sentó como alguien cansado del camino y dispuesto a descansar un poco, o más bien como alguien listo para mostrar gracia. Permaneció allí esperando a los necesitados, como Abraham a la puerta de su tienda, dispuesto a recibir a los extranjeros. Se instaló para realizar esta buena obra.
Grandes multitudes acudieron a él (Mateo 15:30), y así se cumplió la Escritura: «A él obedecerán los pueblos» (Génesis 49:10). Si los ministros de Cristo pudieran sanar las enfermedades del cuerpo como él lo hizo, más personas acudirían a ellos que ahora. Sentimos rápidamente el dolor y la enfermedad física, pero son pocos los que se preocupan lo suficiente por su alma y su enfermedad espiritual.
La bondad de Cristo se vio también en que recibía a toda clase de personas. Los pobres eran tan bienvenidos como los ricos, y había suficiente espacio para todos los que acudían. Él nunca se quejaba de las multitudes ni trataba con desprecio a la gente común. Las almas de los campesinos son tan valiosas para él como las almas de los príncipes.
El poder de Cristo también se vio en que sanaba toda clase de enfermedades. Quienes acudían a él llevaban a sus familiares y amigos enfermos, y los ponían a los pies de Jesús (Mateo 15:30). No se nos dice que le hayan expresado algo. Simplemente los colocaron delante de él como objetos de compasión, para que los viera. Su sufrimiento habló por ellos mejor de lo que podría haberlo hecho el discurso más elocuente. David expuso su angustia delante de Dios, y eso fue suficiente; después dejó el asunto en sus manos (Salmo 142:2).
Cualquiera que sea nuestra situación, la única manera de encontrar alivio es ponerla a los pies de Cristo, presentársela y dejarla bajo su cuidado. Luego debemos someternos a él y dejar el resultado en manos de su sabiduría. Quienes desean recibir de Cristo sanidad espiritual también deben postrarse a sus pies, dispuestos a ser gobernados y guiados como él decida.
Entre los que llevaron a Cristo había cojos, ciegos, mudos, mancos y muchos otros enfermos. Veamos lo que ha hecho el pecado: ha convertido al mundo en un hospital. El cuerpo humano está expuesto a muchas clases de enfermedades. Pero veamos también lo que hace el Salvador: derrota a estos numerosos enemigos de la humanidad. Algunas de estas enfermedades no podían atribuirse a la imaginación ni a causas naturales en el sentido común, y aun así estaban completamente bajo el dominio de Cristo. Él envió su palabra y los sanó. Todas las enfermedades están bajo la autoridad de Cristo; vienen y se van conforme él lo ordena.
Esto demuestra el poder de Cristo, que puede consolarnos en toda nuestra debilidad, y su compasión, que puede consolarnos en toda nuestra miseria. La gente se quedó asombrada, y con razón, al ver lo que sucedía (Mateo 15:31). Las obras de Cristo deben llenarnos de admiración. «Esto lo ha hecho el Señor, y es maravilloso» (Salmo 118:23). La sanidad espiritual que Cristo produce también es maravillosa. Cuando las almas ciegas reciben la vista por medio de la fe, cuando los mudos comienzan a hablar en oración y cuando los cojos caminan en obediencia santa, eso es algo digno de admiración.
También glorificaron al Dios de Israel, a quien los fariseos habían blasfemado al ver tales cosas. Los milagros, que son motivos de asombro, también deben llevarnos a alabar. Las misericordias, que nos producen alegría, también deben llevarnos a dar gracias. Los que fueron sanados glorificaron a Dios. Si él sana nuestras enfermedades, todo nuestro ser debe bendecir su santo nombre. Y si hemos sido preservados de la ceguera, la cojera y la mudez, tenemos tanto motivo para bendecir a Dios como si hubiéramos sido sanados de ellas.
Incluso quienes estaban cerca glorificaron a Dios. Debemos alabar a Dios por las misericordias que concede a otros, así como por las que nos concede a nosotros. Lo glorificaron como el Dios de Israel, el Dios de su iglesia, el Dios del pacto con su pueblo, quien ahora había enviado al Mesías prometido. Esto solo podía haberlo hecho el poder del Dios de Israel. Nadie más podía hacerlo.
Aquí se relata de manera particular cómo Cristo alimentó a cuatro mil hombres con siete panes y unos cuantos pescaditos, tal como poco antes había alimentado a cinco mil con cinco panes. La multitud no era tan grande como la anterior, y la cantidad de comida era un poco mayor. Eso no significa que el poder de Cristo hubiera disminuido. Solo muestra que él hacía milagros conforme a la necesidad, no para impresionar a la gente. Ajustaba la señal a la ocasión, tanto entonces como ahora, tomando lo que las personas tenían y usándolo para alimentarlas.
Una vez que se supera por completo la capacidad de la naturaleza, debemos decir: «Este es el dedo de Dios». No importa hasta qué punto el milagro trascienda lo natural. No por eso es menos milagro que el anterior.
Aquí vemos la compasión de Cristo (Mateo 15:32): «Siento compasión por la multitud». Les dijo esto a sus discípulos tanto para poner a prueba su compasión como para despertarla. Cuando estaba listo para realizar este milagro, los llamó, les dijo lo que pensaba hacer y lo conversó con ellos. No lo hizo porque necesitara su consejo, sino porque quería mostrarles su amor tierno. No los trató como simples siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Los trató como amigos y consejeros: «¿Acaso le ocultaré a Abraham lo que voy a hacer?» (Génesis 18:17).
Consideremos la condición de la multitud. Ya llevaban tres días con él y no tenían nada que comer. Esto demostraba su entusiasmo y su profundo afecto por Cristo y por su palabra. No solo habían dejado su trabajo para seguirlo durante días comunes, sino que también habían soportado verdaderas dificultades para permanecer con él. Les faltaba descanso y, al parecer, dormían al aire libre como soldados en el campo. Les faltaba comida, y apenas tenían lo necesario para conservar la vida.
En aquellos países más calurosos, la gente podía soportar un ayuno prolongado mejor que nosotros en climas más fríos. Aun así, esto debió ser muy difícil para el cuerpo y pudo haber afectado su salud. Sin embargo, su celo por la casa de Dios los consumía, y valoraban las palabras de Cristo más que el alimento necesario.
A menudo pensamos que tres horas es demasiado tiempo para permanecer en un culto público. Pero estas personas se quedaron tres días y no se quejaron ni dijeron que era una carga. Observemos aquí la ternura de Cristo: «Siento compasión por ellos». Habría sido razonable que ellos sintieran compasión por él, pues había pasado tres días enseñándolos y sanándolos con un cuidado incansable. Mucho poder había salido de él, y quizá él mismo estaba ayunando, pero fue él quien se movió primero por compasión.
Nuestro Señor Jesús toma en cuenta cuánto tiempo permanecen sus seguidores con él y observa las dificultades que soportan por causa de su nombre (Apocalipsis 2:2): «Yo conozco tus obras, tu trabajo y tu perseverancia». Ese servicio no quedará sin recompensa. La necesidad de la gente resalta ahora tanto la misericordia de la provisión como lo milagroso de ella. Los alimentó cuando tenían hambre, y la comida es doblemente bienvenida en ese momento. Los trató como en otro tiempo trató a Israel: permitió que tuvieran hambre y luego los alimentó (Deuteronomio 8:3), porque lo que deleita al alma hambrienta, el alma satisfecha lo rechaza.
El milagro es aún mayor porque habían ayunado durante tanto tiempo. Su hambre se había vuelto muy intensa. Si dos comidas sin comer hacen que la tercera parezca abrumadora, ¿qué efecto tendrían tres días de hambre? Sin embargo, todos comieron y quedaron satisfechos. En Cristo hay suficiente misericordia y gracia para satisfacer el deseo más profundo y extenso. «Abre bien tu boca, y yo la llenaré». Él satisface al alma hambrienta.
Cristo también se preocupaba por la seguridad de ellos: «No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan por el camino». Eso habría traído vergüenza sobre Cristo y su familia, y podría haberlos desanimado a ellos y a otros. Esto muestra la aflicción de nuestra vida presente, porque nuestra alma puede elevarse hacia Dios mientras nuestro cuerpo no logra mantenerse al mismo paso en los deberes santos. La debilidad de la carne es una carga pesada para la disposición del espíritu. No será así en el cielo, donde el cuerpo será preparado para la vida espiritual y donde los santos no dejarán de alabar a Dios ni de día ni de noche, sin desfallecer jamás, sin volver a tener hambre ni sed (Apocalipsis 7:16).
Aquí también vemos el poder de Cristo. Su compasión por la necesidad de ellos puso su poder en acción para suplirla. Observemos primero cómo sus discípulos dudaron de ese poder. Preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar tanto pan en este lugar desierto?». Al principio, parece una pregunta razonable, como cuando Moisés preguntó si se podían matar rebaños y manadas para alimentar al pueblo (Números 11:22). Pero en este caso no era una pregunta apropiada, porque ya habían visto a Cristo proveer milagrosamente en una situación parecida. No solo habían presenciado el milagro anterior, sino que habían ayudado a repartirlo. El pan multiplicado había pasado por sus propias manos. Por eso, preguntar «¿De dónde vamos a sacar pan?» demostraba una verdadera debilidad, teniendo a su Maestro con ellos. Olvidar la misericordia pasada nos deja expuestos a la duda presente.
Cristo sabía cuánta comida tenían, pero hizo que ellos mismos lo dijeran al preguntarles: «¿Cuántos panes tienen?» (Mateo 15:34). Antes de obrar, quiso dejar claro lo pequeño que era el suministro, para que su poder resplandeciera aún más. Lo que tenían era para ellos mismos y apenas alcanzaba para sus propias necesidades. Sin embargo, Cristo les dijo que lo entregaran todo a la multitud y confiaran en que Dios proveería más. Los discípulos de Cristo deben ser generosos, porque su Maestro fue generoso. Debemos compartir lo que tenemos cuando surja la necesidad y estar dispuestos a mostrar hospitalidad, no como Nabal (1 Samuel 25:11), sino como Eliseo (2 Reyes 4:42). La tacañería motivada por la preocupación por el mañana es un hábito corrupto que debe morir. Si usamos lo que tenemos con sabiduría, bondad y caridad, podemos esperar correctamente que Dios provea más. «Jehová-jireh»: el Señor proveerá.
Los discípulos preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar pan?». Cristo preguntó: «¿Cuántos panes tienen?». Cuando no podemos tener lo que deseamos, debemos aprovechar al máximo lo que sí tenemos. Debemos hacer el bien con ello hasta donde alcance. Debemos pensar menos en nuestra carencia y más en lo que tenemos. Aquí Cristo siguió la misma regla que le dio a Marta: no estar preocupada ni agobiada por muchas cosas. La naturaleza se conforma con poco; la gracia, con menos; pero el deseo desordenado nunca queda satisfecho.
El poder de Cristo también se vio en la comida abundante que preparó para la multitud. Los pasos fueron casi los mismos que antes (Mateo 14:18 y siguientes). La comida disponible consistía en siete panes y unos cuantos peces. Los peces no tenían la misma importancia que el pan, porque el pan es el sustento principal de la vida. Es probable que los propios discípulos hubieran pescado aquellos peces, ya que eran pescadores y estaban cerca del mar. Es reconfortante comer el fruto de nuestro trabajo (Salmo 128:2) y disfrutar de lo que Dios nos ha dado por medio de nuestra labor (Proverbios 12:27). Puesto que Dios bendice nuestro trabajo para este propósito, debemos trabajar para tener algo que dar a los demás (Efesios 4:28).
Después, Cristo preparó a la multitud para recibir la comida. Les dijo que se sentaran en el suelo. Ellos solo podían ver un suministro muy pequeño, pero debían sentarse con fe, creyendo que aun así recibirían una comida completa. Quienes desean recibir alimento espiritual de Cristo deben sentarse a sus pies, escuchar su palabra y esperar que él provea de maneras que no pueden ver.
Luego comenzó la distribución de la comida. Primero dio gracias, usando la palabra *eucharistesas*. En el milagro anterior se usa la expresión «lo bendijo», pero ambas acciones significan prácticamente lo mismo. Dar gracias a Dios es una manera apropiada de pedir su bendición. Y cuando pedimos más misericordia, también debemos agradecer a Dios por la misericordia que ya hemos recibido. Después partió los panes, porque el pan se multiplicaba al partirlo, y se los dio a sus discípulos, y los discípulos se los dieron a la multitud. Aunque los discípulos habían dudado del poder de Cristo, él todavía los usó, como lo había hecho antes. Él no se ofende tanto por la debilidad de sus ministros como para desecharlos. Todavía les da a ellos, y por medio de ellos da a su pueblo la palabra de vida.
La abundancia fue grande: «Todos comieron y quedaron satisfechos». A quienes Cristo alimenta, él los llena. Mientras trabajamos por el mundo, nos esforzamos por lo que no satisface (Isaías 55:2). Pero quienes esperan correctamente en Cristo quedarán abundantemente satisfechos con la bondad de su casa (Salmo 65:4). Cristo alimentó a la gente de esta manera más de una vez, mostrando que, aunque era llamado Jesús de Nazaret, también era de Belén, la casa del pan; y más que eso, mostrando que él mismo es el Pan de vida.
Para demostrar que la gente había recibido suficiente, todavía quedó una gran cantidad: siete canastas llenas de los pedazos que sobraron. No quedó tanto como la vez anterior, porque esta vez habían alimentado a muchas más personas. Aun así, sobró más que suficiente para mostrar que en Cristo hay pan en abundancia. Él da una provisión de gracia que alcanza no solo para quienes piden, sino también para quienes desean más.
Se contó el número de los invitados, no para que pagaran su parte, pues fueron alimentados gratuitamente, sino para que pudieran dar testimonio del poder y la bondad de Cristo. También ofrecía una pequeña imagen del cuidado de Dios: su providencia alimenta a todos los seres vivientes (Salmo 136:25). Allí fueron alimentados cuatro mil hombres, pero ¿qué es eso comparado con la gran familia que Dios sustenta cada día? Dios es el gran administrador de la casa, y todas las criaturas dependen de él. Él les da alimento a su debido tiempo (Salmo 104:27; Salmo 145:15).
Después, la multitud fue despedida y Cristo se dirigió a otro lugar. Aunque los había alimentado dos veces, no debían esperar milagros como su pan de cada día. Debían regresar a sus hogares, a su trabajo y a sus propias mesas. Cristo mismo se fue en una barca a otro lugar porque, como la luz del mundo, debía seguir avanzando y continuar haciendo el bien.
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De este capítulo
Mateo 15:1
"Entonces se acercaron a Jesús unos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo:"
Mateo 15:2
"«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan»."
Mateo 15:3
"Pero él les respondió: ¿Por qué también ustedes quebrantan el mandamiento de Dios por causa de su tradición?"
Mateo 15:4
"Porque Dios mandó: “Honra a tu padre y a tu madre”, y: “El que maldiga a su padre o a su madre debe morir”."
Mateo 15:5
"Pero ustedes dicen: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: ‘Es una ofrenda aquello con lo que podrías beneficiarte de mí’,"
Mateo 15:6
"y no honre a su padre o a su madre, quedará libre. Así han anulado el mandamiento de Dios por causa de su tradición."
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