Versículo destacado
Lucas 8:22 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cierto día, él subió a una barca con sus discípulos y les dijo: «Crucemos al otro lado del lago». Y zarparon. "
Lucas 8:22
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
20 Algunos se lo comunicaron diciendo: «Tu madre y tus hermanos están afuera y desean verte».
21 Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica».
22 Cierto día, él subió a una barca con sus discípulos y les dijo: «Crucemos al otro lado del lago». Y zarparon.
23 Mientras navegaban, él se quedó dormido. Entonces descendió sobre el lago una tormenta de viento; la barca se llenaba de agua y ellos estaban en peligro.
24 Se acercaron a él y lo despertaron diciendo: «¡Maestro, Maestro, perecemos!». Entonces él se levantó y reprendió al viento y al furor del agua; estos cesaron y hubo calma.
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Aquí encontramos dos pruebas claras del poder de nuestro Señor Jesucristo, ambas ya vistas en Marcos 4 y 5. Primero, su poder sobre los vientos. Segundo, su poder sobre los demonios.
Los vientos son esas fuerzas del aire que aterrorizan a las personas, especialmente en el mar, y que con frecuencia causan la muerte. Cristo les dijo a sus discípulos que se adentraran en el agua para mostrar allí su gloria al calmar las olas. También quería hacerle un bien a un hombre pobre que estaba poseído al otro lado del lago. Por eso subió a una barca con sus discípulos (Lucas 8:22). Quienes siguen las instrucciones de Cristo pueden confiar en su presencia. Si Cristo envía a sus discípulos, él va con ellos. Las personas pueden ir seguras a cualquier lugar si Cristo está con ellas.
Él dijo: «Crucemos al otro lado», porque tenía una obra buena que realizar allí. Podría haber ido por tierra, aunque habría tardado un poco más. En cambio, eligió ir por agua para mostrar sus maravillas en lo profundo. Sin embargo, quienes se hacen a la mar en un día tranquilo, aun por mandato de Cristo, deben estar preparados para enfrentar una tormenta e incluso el mayor peligro en ella. Una tormenta de viento descendió sobre el lago (Lucas 8:23), como si no hubiera elegido ningún otro lugar. Pronto la barca fue azotada de tal manera por las olas que se llenó de agua, y ellos estuvieron en peligro de perder la vida.
Tal vez el diablo, el príncipe de la potestad del aire, que agita los vientos con el permiso de Dios, dedujo por algo que Cristo había dicho que Jesús estaba cruzando el lago para expulsar a los demonios del hombre que se encontraba al otro lado. Si fue así, envió aquella tormenta para hundir la barca y detener esa victoria, si podía hacerlo. Cristo dormía durante la tormenta (Lucas 8:23). Necesitaba descansar físicamente y decidió hacerlo cuando menos interrumpiera su obra. Los seguidores de Cristo pueden tener verdaderamente su presencia bondadosa con ellos en el mar y en medio de una tormenta, y aun así él puede parecer dormido. Es posible que no intervenga de inmediato para ayudarlos, incluso cuando la situación parece estar en su peor momento. De esta manera prueba su fe y su paciencia, y los impulsa a orar. Entonces, cuando llega el rescate, resulta mucho más dulce.
Basta con clamar a Cristo por nuestro peligro y por la aflicción en la que se encuentra su iglesia para que él se levante y nos ayude (Lucas 8:24). Ellos gritaron: «¡Maestro, Maestro, vamos a morir!». La manera de aquietar nuestros temores es llevarlos a Cristo y ponerlos delante de él. Quienes verdaderamente llaman a Cristo «Maestro» y claman a él con fe y sinceridad pueden estar seguros de que no permitirá que perezcan. Para las almas afligidas que sienten culpa y temen el juicio, no hay mejor alivio que acudir a Cristo y decir: «Estoy perdido si tú no me ayudas».
La obra de Cristo es calmar las tormentas, así como la obra de Satanás es levantarlas. Cristo puede hacerlo. Ya lo ha hecho. Y se complace en hacerlo, porque vino a traer paz a la tierra. Reprendió al viento y a las aguas embravecidas, y se detuvieron al instante (Lucas 8:24). A diferencia de otros milagros, este no se desvaneció poco a poco. Sucedió de repente, y hubo una gran calma. Cristo mostró que, aunque el diablo pretenda ser el príncipe de la potestad del aire, aun allí está bajo el control de Cristo.
Cuando el peligro termina, debemos avergonzarnos de nuestros propios temores y darle a Cristo la gloria por su poder. Cuando Cristo convirtió la tormenta en calma, ellos se alegraron porque las aguas se aquietaron (Salmo 107:30). Entonces Cristo los reprendió por su temor débil: «¿Dónde está su fe?» (Lucas 8:25). Muchas personas que verdaderamente tienen fe todavía tienen dificultad para encontrarla cuando más la necesitan. Cuando las aflicciones externas las presionan, tiemblan y se desaniman. Un problema pequeño puede desalentarlas; entonces, ¿dónde está su fe?
También le dieron gloria por su poder. Estaban atemorizados y asombrados. Habían temido la tormenta, pero ahora que el peligro había pasado, tenían razones para temer a aquel que la había calmado. Se decían unos a otros: «¿Qué clase de hombre es este?». Bien podrían haber dicho: «¿Quién como tú, oh Dios?». Porque solo a Dios le corresponde aquietar el estruendo de los mares y el estruendo de sus olas (Salmo 65:7).
Después aparece el poder de Cristo sobre el diablo, el príncipe de la potestad del aire. En la siguiente parte de la historia, Cristo se enfrenta a él de manera más directa que cuando ordenó a los vientos que se calmaran. En cuanto el viento se detuvo, llegaron al lugar adonde se dirigían, alcanzaron la región de los gadarenos y bajaron a tierra (Lucas 8:26-27). Allí se encontró pronto con la obra para la que había ido, una tarea que consideró digna de enfrentar una tormenta.
De esta historia podemos aprender mucho acerca del mundo de los espíritus malignos. Tal vez hoy no actúen de la misma manera que en aquel tiempo, pero siempre debemos estar en guardia contra ellos. Son muy numerosos. Los que poseían a este hombre se llamaban Legión (Lucas 8:30), porque muchos demonios habían entrado en él. Había estado poseído durante mucho tiempo (Lucas 8:27). Quizá aquellos que lo habían mantenido bajo su poder por tanto tiempo, al ver que Jesús venía a atacarlos y que no habían podido detenerlo con la tormenta que levantaron, pidieron refuerzos. Querían que aquello fuera una batalla final. Esperaban ser demasiado fuertes para aquel que ya había expulsado a tantos espíritus malignos y así derrotarlo.
Eran, o querían parecer, una legión, tan amenazadora como un ejército bajo sus estandartes. Al menos querían asemejarse a la vigésima legión romana, establecida durante mucho tiempo en Chester y conocida como una legión victoriosa. Sienten un profundo odio por la humanidad y por todo lo que ayuda y sostiene la vida humana. El hombre que poseían y habían mantenido bajo su poder durante mucho tiempo no llevaba ropa ni vivía en una casa (Lucas 8:27), aunque la ropa y un hogar son necesidades básicas de la vida. Peor aún, como las personas naturalmente temen los lugares de los muertos, lo hicieron vivir entre las tumbas, de modo que se convirtió en un terror para sí mismo y para todos los que lo rodeaban. Su vida llegó a ser tan miserable que tenía muchas razones para cansarse de ella y desear la muerte.
También son muy fuertes, salvajes y difíciles de controlar, y odian cualquier restricción. Mantenían al hombre atado con cadenas y grilletes para que no pudiera hacerles daño a los demás ni a sí mismo, pero él rompía las ataduras (Lucas 8:29). Quienes no pueden someterse a ninguna autoridad muestran, por ese mismo hecho, que están bajo el dominio de Satanás. Este también es el lenguaje de quienes le pertenecen, aun cuando hablan de Dios y de Cristo, sus mejores amigos. No permiten que nada los ate al mal ni los una al bien, ni siquiera para su propio beneficio. «¡Rompamos sus ataduras!». El diablo lo impulsaba.
Quienes viven bajo el gobierno de Cristo son guiados con ternura, bondad y amor humanos, mientras que quienes están bajo el dominio del diablo son tratados con dureza y violencia. Los espíritus malignos que estaban en este hombre mostraron una fuerte ira contra el Señor Jesús, pero también sintieron un profundo temor de él. Cuando el hombre que controlaban vio a Jesús, gritó como si estuviera siendo atormentado y cayó delante de él, intentando aplacar su ira. Lo llamó Hijo del Dios Altísimo, muy por encima de él y demasiado fuerte para él; sin embargo, protestó contra cualquier relación cercana con Cristo y dijo: «¿Qué tienes conmigo?». Esto bastaba para silenciar las objeciones blasfemas de los escribas y los fariseos. Los demonios no deseaban servir a Cristo ni esperaban recibir nada de él, pero sí temían su poder y su juicio. No dijeron: «Sálvame», sino solamente: «No me atormentes». Ese es el lenguaje de quienes solo temen el infierno como castigo, pero no desean el cielo como un lugar de santidad y amor.
Están completamente bajo el mandato y el poder del Señor Jesús, y lo sabían. Por eso le rogaron que no los enviara al abismo, el lugar de su tormento, algo que sabían que él podía hacer con facilidad y con toda justicia. ¡Qué consuelo es para el pueblo del Señor saber que todos los poderes de las tinieblas están bajo el control de Cristo! Él los tiene a todos encadenados y puede enviarlos a su propio lugar cuando le plazca.
También se deleitan en hacer daño. Cuando vieron que tenían que abandonar al hombre pobre, le pidieron permiso para entrar en un hato de cerdos, como dice Lucas 8:32. Cuando el diablo sumió por primera vez a la humanidad en la miseria, también trajo una maldición sobre toda la creación, de modo que quedó sometida a la hostilidad. Aquí, como otra señal de ese odio de tan largo alcance, cuando no pudo destruir al hombre, quiso destruir a los cerdos. Si no podía perjudicar al hombre en su cuerpo, lo perjudicaría en sus bienes, que con frecuencia son una fuerte tentación que aleja a las personas de Cristo. Cristo les permitió entrar en los cerdos para mostrarle a aquella región cuánto daño podía hacer el diablo si se le permitía actuar. En cuanto los demonios recibieron permiso, entraron en los cerdos, y tan pronto como lo hicieron, el hato se lanzó por un precipicio al lago y se ahogó.
Esto muestra que es un milagro de misericordia que quienes están bajo el control de Satanás no sean llevados a la ruina y la destrucción. Este y otros ejemplos demuestran que el león rugiente y el dragón rojo siempre buscan a quién devorar. Cuando el poder del diablo es quebrantado en una persona, esa persona vuelve en sí y recupera el sano juicio. Esto significa que, durante un tiempo, quienes han caído en poder de Satanás quedan privados del control de sí mismos.
El hombre de quien habían salido los demonios estaba sentado a los pies de Jesús, como dice Lucas 8:35. Mientras estuvo bajo el poder del diablo, había estado dispuesto a atacar a Jesús. Ahora se sentaba a sus pies, lo cual mostraba que había recuperado el sano juicio. Si Dios nos tiene en sus manos, preserva tanto nuestro dominio propio como nuestro verdadero gozo; pero si Satanás nos tiene bajo su poder, nos roba ambas cosas. Por eso, que el poder de Satanás sea derribado en nuestra alma, y que Cristo, a quien legítimamente pertenecen nuestros corazones, venga y tome posesión de ellos. Nunca somos más verdaderamente nosotros mismos que cuando le pertenecemos a él.
Ahora podemos considerar el efecto de este milagro: la expulsión de la legión de demonios de aquel hombre. Primero, pensemos en su efecto sobre la gente de aquella región, que había perdido sus cerdos por causa de lo ocurrido. Los que cuidaban los cerdos fueron a contar en la ciudad y por el campo lo que había sucedido, como dice Lucas 8:34, quizá con la esperanza de poner a la gente en contra de Cristo. Explicaron que el hombre que había estado poseído había sido sanado, como dice Lucas 8:36, pero lo describieron de una manera que podía parecer injusta, como si Cristo no hubiera podido liberar al hombre sin entregar los cerdos a los demonios. La gente salió a ver qué había pasado y a preguntar acerca de ello, y tuvo miedo, como dicen Lucas 8:35 y 8:37. Estaban conmocionados y no sabían cómo interpretar lo sucedido. Les preocupaba más la pérdida de los cerdos que el rescate de su vecino afligido, cuyo estado de frenesí se había convertido en un peligro público. Por eso, toda la multitud le rogó a Cristo que se fuera de allí, temiendo que trajera sobre ellos algún otro juicio.
En realidad, nadie necesita temerle a Cristo si está dispuesto a apartarse del pecado y entregarse a él. Pero Cristo tomó en serio su petición: subió a la barca y regresó. Quienes aman más a sus cerdos que a su Salvador pierden tanto a su Salvador como la esperanza que él ofrece.
Segundo, pensemos en el efecto que tuvo sobre el pobre hombre que había sido sanado. Él quería estar con Cristo, así como otros que habían sido sanados por él querían permanecer a su lado, como dice Lucas 8:2. Quería que Cristo fuera su protector y maestro, y deseaba serle útil y honrarlo. No estaba dispuesto a quedarse entre aquellos gadarenos rudos e insensatos que querían que Cristo se fuera. Sin embargo, Cristo no se lo llevó consigo. En cambio, lo envió a su casa para que les contara a los demás de aquel lugar las grandes cosas que Dios había hecho por él, a fin de que se convirtiera en una bendición para su propia tierra, donde antes había sido una carga.
A veces tenemos que renunciar incluso al consuelo espiritual y a la satisfacción personal para encontrar una oportunidad de ayudar a las almas de los demás. Es posible que Cristo supiera que, una vez que se desvaneciera el dolor por la pérdida de los cerdos, la gente estaría más dispuesta a considerar el milagro. Por eso dejó al hombre entre ellos como una señal viviente de lo que había sucedido y también como una advertencia para ellos.
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De este capítulo
Lucas 8:1
"Después de esto, él recorría cada ciudad y aldea, predicando y anunciando las buenas noticias del reino de Dios; y los doce estaban con él,"
Lucas 8:2
"y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de quien habían salido siete demonios;"
Lucas 8:3
"Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana y muchas otras, que le servían con sus bienes."
Lucas 8:4
"Cuando se reunió una gran multitud y acudieron a él de cada ciudad, habló por medio de una parábola:"
Lucas 8:5
"Un sembrador salió a sembrar su semilla. Mientras sembraba, una parte cayó junto al camino; fue pisoteada, y las aves del cielo se la comieron."
Lucas 8:6
"Otra parte cayó sobre una roca y, tan pronto como brotó, se secó porque no tenía humedad."
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