Versículo destacado

Lucas 8:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Después de esto, él recorría cada ciudad y aldea, predicando y anunciando las buenas noticias del reino de Dios; y los doce estaban con él, "

Lucas 8:1

menu_book El versículo en contexto

1 Después de esto, él recorría cada ciudad y aldea, predicando y anunciando las buenas noticias del reino de Dios; y los doce estaban con él,

2 y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de quien habían salido siete demonios;

3 Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes; Susana y muchas otras, que le servían con sus bienes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos muestra cuál era la obra constante de Cristo durante su vida: predicar. No se cansaba de realizarla y recorría los lugares haciendo el bien (Lucas 8:1). Actuaba de manera ordenada, en el momento y con el método adecuados. Mantenía su obra siempre delante de él y la realizaba con regularidad, de modo que una buena obra daba paso a la siguiente.

Observemos, en primer lugar, dónde predicaba. Iba de un lugar a otro, viajando continuamente. No se quedaba en una sola ciudad, sino que llevaba a todas partes la luz de su enseñanza. Recorría cada ciudad, para que nadie pudiera excusarse diciendo que no había escuchado. Con esto dejó un ejemplo para sus discípulos: ellos también debían ir entre las naciones, así como él recorría las ciudades de Israel. No se limitaba a las ciudades, sino que también iba a las aldeas, entre la gente sencilla del campo, para predicarles igualmente (Jueces 5:11).

Observemos también qué predicaba. Anunciaba las buenas noticias del reino de Dios, es decir, que ahora sería establecido entre ellos. Las noticias acerca del reino de Dios son buenas noticias, y eso fue lo que Jesús vino a traer. Vino a decirles a las personas que Dios estaba dispuesto a recibir a todos los que regresaran a su gobierno y lealtad. Para el mundo era una noticia excelente saber que había esperanza de ser transformado y reconciliado con Dios.

Observemos, además, quiénes permanecían con él. Los doce estaban con él, no para predicar mientras él estuviera presente, sino para aprender de él qué debían predicar y cómo hacerlo más adelante. También estaban siendo preparados para ir a lugares donde él mismo no iría. Dichosos eran aquellos siervos que escuchaban su sabiduría.

Aquí también vemos de dónde recibía el sustento necesario para la vida diaria. Vivía gracias a la bondad de sus amigos. Había ciertas mujeres que acompañaban con frecuencia su ministerio y lo sostenían con sus propios recursos (Lucas 8:2-3). Se menciona a algunas por nombre, pero también había muchas otras. Estaban dedicadas a la enseñanza de Cristo y consideraban correcto apoyarla. Ellas mismas habían recibido ayuda y esperaban que muchas otras personas también se beneficiaran.

En su mayoría, estas mujeres habían sido sanadas por Cristo. Eran señales vivas de su poder y misericordia. Él las había sanado de espíritus malignos y de enfermedades. Algunas habían sufrido aflicciones en la mente; otras, enfermedades del cuerpo; y para ellas él había sido un poderoso sanador. Él es el médico del cuerpo y del alma, y quienes han sido sanados por él deben considerar seriamente qué le ofrecerán a cambio. Nuestra propia necesidad nos impulsa a permanecer cerca de él, listos para buscar su ayuda nuevamente si regresan las dificultades. También la gratitud nos compromete a servirle a él y a su evangelio, pues por medio de este nos ha salvado.

Una de ellas era María Magdalena, de quien habían salido siete demonios. Probablemente el número indique una gran cantidad, no necesariamente siete exactos. Algunos piensan que ella era una mujer que había sido muy pecadora y que se trataba de la misma mujer llamada pecadora en el capítulo anterior (Lucas 7:37). El doctor Lightfoot observa que algunos escritos judíos usan un nombre que podría significar «María, la que trenzaba el cabello», y considera que esto podría relacionarse con su vida anterior, ya que el cabello trenzado podía sugerir vanidad y una vestimenta inmodesta (1 Timoteo 2:9). Pero aun si hubiera sido una mujer inmodesta, encontró misericordia cuando se arrepintió y cambió su vida, y entonces se convirtió en una seguidora dedicada de Cristo. Los pecadores más grandes no deben desesperarse del perdón; y cuanto peor haya sido una persona antes de su conversión, más debe procurar hacer por Cristo después de ella.

Otra posibilidad es que hubiera sido alguien que había sufrido una tristeza y un dolor profundos. En ese caso, podría haber sido María, la hermana de Lázaro, una mujer de espíritu afligido que quizá originalmente procedía de Magdala y después se mudó a Betania. Esta María Magdalena estuvo presente en la cruz de Cristo y en su sepulcro. Si no era María, la hermana de Lázaro, entonces habría que pensar que aquella amiga cercana de Cristo no estuvo presente allí, o que los escritores de los Evangelios no la mencionaron; y ninguna de las dos posibilidades parece probable. El doctor Lightfoot razona de esta manera. Sin embargo, hay una objeción: María Magdalena aparece entre las mujeres que siguieron a Jesús desde Galilea (Mateo 27:55-56), mientras que María, la hermana de Lázaro, vivía en Betania.

Otra de estas mujeres era Juana, la esposa de Chuza, administrador de Herodes, un hombre que se encargaba de la casa y de los asuntos de Herodes. Algunos piensan que había sido su esposa, pero que para entonces era viuda y había quedado en una buena situación económica. Si todavía era su esposa, podemos suponer razonablemente que su esposo, aunque ocupaba un puesto importante en la corte de Herodes, había recibido el evangelio y estaba dispuesto a que ella escuchara a Cristo y contribuyera a su sustento.

Muchas mujeres servían a Cristo con sus propios bienes. Esto muestra cuán humilde era la condición a la que nuestro Salvador se sometió, pues necesitaba ese apoyo. También muestra su gran humildad y bondad, porque aceptaba recibirlo. Aunque era rico, por causa nuestra se hizo pobre y vivió de las dádivas. Nadie debe despreciar la ayuda de la caridad de sus vecinos cuando la providencia lo lleva a tener necesidad; más bien, debe pedirla y recibirla con agradecimiento, como una muestra de bondad. Cristo prefirió depender de amigos conocidos para su sustento y el de sus discípulos antes que convertirse en una carga para los desconocidos de las ciudades y aldeas donde iba a predicar.

Es deber de quienes reciben enseñanza de la palabra compartir todos los bienes con quienes les enseñan. Quienes lo hacen de manera generosa y voluntaria honran al Señor con sus riquezas y atraen bendición sobre aquello que dan.

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