Versículo destacado
Lucas 7:36 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Uno de los fariseos le pidió que comiera con él. Él entró en la casa del fariseo y se sentó a comer. "
Lucas 7:36
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
34 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y ustedes dicen: “¡Miren, un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de cobradores de impuestos y pecadores!”.
35 Pero la sabiduría es justificada por todos sus hijos.
36 Uno de los fariseos le pidió que comiera con él. Él entró en la casa del fariseo y se sentó a comer.
37 Y sucedió que una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba comiendo en la casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro con ungüento.
38 Se puso detrás de él, a sus pies, llorando; comenzó a lavarle los pies con sus lágrimas, los secó con los cabellos de su cabeza, le besó los pies y los ungió con el ungüento.
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No se nos dice cuándo ni dónde ocurrió esta historia. Lucas no siempre presenta los acontecimientos en un orden estrictamente cronológico, a diferencia de los otros escritores de los Evangelios. La coloca aquí porque poco antes algunas personas habían hablado contra Cristo, llamándolo amigo de recaudadores de impuestos y pecadores. Esta historia muestra que él se relacionaba con personas así únicamente para su bien, con el propósito de llevarlas al arrepentimiento. También muestra que quienes lo escuchaban eran transformados, o al menos estaban en camino de serlo.
No se nos dice con claridad quién era esta mujer. Muchos afirman que era María Magdalena, pero no existe una base bíblica sólida para decirlo. Más adelante, María Magdalena es descrita como la mujer de la que Cristo expulsó siete demonios (Lucas 8:2; Marcos 16:9), pero eso no se dice aquí. Por lo tanto, es más probable que se tratara de otra persona.
Observemos primero la bienvenida respetuosa que un fariseo le dio a Cristo y la bondadosa aceptación de Jesús (Lucas 7:36). Uno de los fariseos invitó a Jesús a comer con él, quizá porque pensaba que recibir a un huésped tan importante elevaría su propia reputación, o porque quería disfrutar de la compañía de Jesús junto con su familia y sus amigos. Este fariseo no parecía creer en Cristo, pues más adelante ni siquiera quiso llamarlo profeta (Lucas 7:39). Aun así, Jesús aceptó la invitación, entró en su casa y se sentó a comer. De ese modo, ellos podían ver que mostraba la misma disposición hacia los fariseos que hacia los recaudadores de impuestos, con la esperanza de hacerles bien también a ellos.
Esto muestra que quienes tienen suficiente sabiduría y gracia para enseñar y responder a sus críticos pueden relacionarse más de cerca con quienes están en contra de Cristo y de su religión de lo que deberían hacerlo otras personas.
En segundo lugar, observemos el profundo respeto que una pobre pecadora arrepentida le mostró mientras él comía en la casa del fariseo. Era una mujer de la ciudad, conocida como pecadora; probablemente era gentil y quizá prostituta, por lo que tenía una mala reputación entre la gente. Cuando oyó que Jesús estaba comiendo en la casa del fariseo, fue a mostrarle su gratitud, pues la predicación de Jesús la había apartado de su vida pecaminosa. No tenía otra manera de hacerlo que lavarle los pies y ungirlos con el perfume que había llevado consigo.
En aquellos días, las personas se reclinaban alrededor de la mesa, de modo que sus pies quedaban parcialmente detrás de ellas. La mujer no se acercó al rostro de Jesús, sino que llegó por detrás y sirvió como una criada, cuya tarea era lavar los pies de los invitados y preparar los perfumes (1 Samuel 25:41). En sus acciones vemos, primero, su profunda vergüenza por el pecado. Se quedó detrás de Jesús, llorando. Sus ojos, que alguna vez habían sido la puerta por la que el pecado entraba y salía, ahora derramaban lágrimas. Su rostro, que quizá antes había estado cubierto de maquillaje, quedó empapado en lágrimas. Su cabello, que antes había arreglado con cuidado, se convirtió en su toalla. Probablemente ya había llorado por su pecado, pero ahora, al encontrarse en la presencia de Cristo, su tristeza volvió a hacerse presente. Es apropiado que las personas arrepentidas, cada vez que se acercan a Cristo, renueven su dolor y vergüenza por el pecado, ahora que él está dispuesto a recibirlas nuevamente (Ezequiel 16:63).
También vemos su profundo amor por el Señor Jesús. Esto fue lo que Jesús destacó especialmente: que ella había amado mucho (Lucas 7:42, 47). Le lavó los pies como señal de que estaba dispuesta a ocupar el lugar más humilde para honrarlo. Los lavó con sus lágrimas, lágrimas de alegría, porque estaba conmovida de encontrarse tan cerca de su Salvador, aquel a quien amaba su alma. Besó sus pies, como quien se consideraba indigna incluso de los besos de su boca, que la esposa anhelaba en el Cantar de los Cantares (Cantar de los Cantares 1:2). Fue un beso de adoración además de afecto. Le secó los pies con su cabello, mostrando que estaba completamente dedicada a honrarlo. Le dio sus lágrimas para lavarlos y su cabello para secarlos. Después ungió sus pies con perfume, reconociéndolo como el Mesías, el Ungido. Al ungir sus pies, también estaba de acuerdo con el propósito de Dios de ungir su cabeza con aceite de alegría. Todos los verdaderos creyentes arrepentidos sienten un profundo amor por el Señor Jesús.
En tercer lugar, observemos la ofensa que el fariseo sintió contra Cristo por permitir que aquella pobre mujer arrepentida lo honrara (Lucas 7:39). Pensó para sí, sin darse cuenta de que Cristo conocía sus pensamientos, que si Jesús realmente fuera profeta, sabría que aquella mujer era pecadora, gentil y de mala reputación, y no permitiría que se acercara tanto. Simón suponía que un hombre santo debía reaccionar con el mismo orgullo y el mismo juicio severo que él sentía. Las personas orgullosas y de mente estrecha suelen pensar que todos los demás deberían ser tan duros y desconfiados como ellas. Si ella lo hubiera tocado, Simón le habría dicho: «Aléjate; yo soy más santo que tú» (Isaías 65:5), e imaginaba que Cristo debería haberle hablado de la misma manera.
En cuarto lugar, observemos cómo Cristo defendió a la mujer y su propia decisión de recibirla (Lucas 7:40). Jesús sabía lo que el fariseo estaba pensando y le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Aunque Simón lo estaba hospedando amablemente en su mesa, Jesús corrigió lo que estaba mal en él y no permitió que el pecado quedara sin confrontación. A quienes Cristo tiene razones para reprender, también tiene algo que decirles, porque su Espíritu convence de pecado. Simón estuvo dispuesto a escucharlo y dijo: «Maestro, dilo». Aunque en realidad no aceptaba a Jesús como profeta, porque Jesús no era tan cuidadoso y estricto como él, todavía le dio el título cortés de maestro, como quienes dicen: «Señor, Señor», pero no hacen lo que él dice.
La respuesta de Cristo fue que la mujer ciertamente había sido pecadora, y Simón lo sabía. Pero era una pecadora perdonada, lo que también significaba que era una pecadora arrepentida. Lo que hizo era una expresión de su gran amor por su Salvador, quien le había perdonado sus pecados. Si había sido perdonada después de haber cometido pecados tan graves, era razonable que amara a Jesús más que otros y que mostrara ese amor de manera más abierta. Si sus acciones nacían de la gratitud por el perdón, entonces Simón debía haberlas recibido con agrado, en vez de ofenderse por ellas.
Cristo también tenía otro propósito. Simón dudaba que Jesús fuera profeta y, en la práctica, lo negaba. Pero Jesús mostró que era más que un profeta, porque tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados y merece el amor agradecido de los pecadores arrepentidos que han sido perdonados.
Para dejar esto claro, Jesús contó una parábola que obligó a Simón a admitir que, cuanto mayor había sido la deuda de pecado de aquella mujer, mayor debía ser su amor después de que sus pecados fueran perdonados (Lucas 7:41-43). Un hombre tenía dos deudores, y ninguno de los dos podía pagar. Uno debía diez veces más que el otro. Él perdonó libremente a ambos; no aplicó contra ellos todo el peso de la ley, ni los vendió a ellos ni a sus hijos, ni los entregó a los verdugos.
Ahora los dos comprendían cuánta bondad habían recibido. La cuestión era cuál de los dos lo amaría más. El fariseo respondió correctamente: aquel a quien se le había perdonado más. De esto podemos aprender algo acerca de los deberes entre un deudor y un acreedor.
Si un deudor tiene con qué pagar, debe cumplir con su deuda. Nadie puede considerar con seguridad que algo le pertenece realmente, ni disfrutarlo con la conciencia tranquila, mientras sus deudas no estén saldadas. Si Dios, en su providencia, ha dejado al deudor sin capacidad para pagar, entonces el acreedor no debe ser duro ni exigir todo el peso de la ley. Debe perdonar libremente. Cuando la ley se aplica hasta sus últimas consecuencias, puede llegar a convertirse en injusticia. El acreedor sin misericordia debería leer la parábola de Mateo 18:23 y temblar, porque habrá juicio sin misericordia para quien no haya mostrado misericordia.
El deudor que ha recibido misericordia de su acreedor debe estar profundamente agradecido. Si no puede pagarle de ninguna otra manera, por lo menos debe amarlo. Algunos deudores, en vez de sentirse agradecidos, se llenan de amargura contra los acreedores que han sufrido pérdidas por causa de ellos, e incluso se niegan a hablar bien de ellos. Sin embargo, esta parábola realmente trata acerca de Dios, o más directamente del Señor Jesús, pues él es quien perdona y quien recibe el amor del deudor. A la luz de esto, aprendemos varias cosas.
Primero, el pecado es una deuda, y los pecadores son deudores del Dios todopoderoso. Como criaturas, le debemos obediencia a su ley. Cuando no pagamos esa deuda, quedamos expuestos a su castigo. No hemos pagado nuestro alquiler y, peor aún, hemos malgastado los bienes de nuestro Maestro. Por eso, Dios tiene un reclamo contra nosotros por el mal que hemos hecho y por el deber que hemos dejado de cumplir.
Segundo, algunas personas tienen una deuda mucho mayor con Dios que otras. Uno debía quinientas monedas y el otro cincuenta. El fariseo era el deudor menor, pero aun así era deudor, algo que él no comprendía. Pensaba que Dios le debía a él, como se ve en Lucas 18:10-11. La mujer, una pecadora conocida y escandalosa, era la deudora mayor. Algunos pecadores tienen una deuda mayor porque han pecado de manera más pública. Otros la tienen porque han pecado contra una mayor luz, más advertencias, más convicción y más misericordia.
Tercero, ya sea que nuestra deuda sea grande o pequeña, es mayor de lo que podemos pagar. No tenían nada con qué pagar, absolutamente nada que ofrecer para saldarla. La deuda es demasiado grande, y nosotros no tenemos con qué cancelarla. La plata y el oro no pueden pagarla. Ni el sacrificio ni las ofrendas pueden hacerlo, ni siquiera miles de carneros. Tampoco puede pagarla nuestra propia justicia, ni siquiera nuestro arrepentimiento y obediencia futuros, porque esas cosas ya nos son requeridas y, aun así, también son obra de Dios en nosotros.
Cuarto, el Dios del cielo está dispuesto a perdonar, de manera gratuita y completa, a los pecadores necesitados que acuden a él conforme al evangelio, aun cuando su deuda sea muy grande. Si nos arrepentimos y creemos en Cristo, nuestro pecado no nos destruirá ni será puesto en nuestra cuenta. Dios se ha dado a conocer como lleno de gracia y misericordia, dispuesto a perdonar el pecado. Su Hijo compró el perdón para los creyentes arrepentidos, su evangelio se lo promete y su Espíritu lo confirma y les da consuelo en él.
Quinto, quienes han recibido el perdón de sus pecados están obligados a amar a Aquel que los perdonó. Cuanto más se perdona, más amor debe seguir. Cuanto más grandes pecadores fueron antes de su conversión, más consagrados a Dios deberían llegar a ser después de ella. Deben esforzarse más por servir a Dios, y su corazón debe manifestar una obediencia más amplia. Cuando Saulo, que antes perseguía a la iglesia, se convirtió en Pablo, predicador del evangelio, trabajó con mayor abundancia.
Luego Cristo aplica esta parábola a la diferencia entre la actitud y la conducta del fariseo y las de la mujer pecadora hacia él. El fariseo no quiso reconocer que Cristo era profeta; sin embargo, Cristo parece dispuesto a tratarlo como alguien que había sido perdonado, aunque a él se le había perdonado menos. Sí mostró cierto amor por Cristo al invitarlo a su casa, pero nada comparable con el amor que mostró aquella pobre mujer. En efecto, Cristo le dice: «Mira lo que ella ha hecho. Según tu propio criterio, ella debería amar más, porque se le ha perdonado más; y eso es exactamente lo que estás viendo».
«¿Ves a esta mujer?» (Lucas 7:44) significa: «Mírala atentamente». El fariseo la miraba con desprecio, pero debería haberse fijado en cuánto más amable había sido ella con Cristo que él. ¿Por qué habría de aceptar Cristo la amabilidad del fariseo y rechazar la de ella? El fariseo ni siquiera le dio agua a Jesús para lavarse los pies, aunque había llegado cansado y cubierto de polvo después del camino. Ella hizo mucho más que eso. Lavó sus pies con lágrimas, lágrimas de amor por él y de tristeza por su pecado, y los secó con su cabello. Eso era una señal de amor profundo.
El fariseo no besó la mejilla de Cristo, que era una manera normal de dar una cálida bienvenida a un amigo. Pero esta mujer no dejó de besar sus pies, mostrando tanto humildad como afecto (Lucas 7:45). El fariseo ni siquiera ofreció el aceite común para ungir la cabeza de Cristo. Ella, en cambio, derramó un perfume costoso sobre sus pies (Lucas 7:46). De esa manera, lo superó ampliamente.
Las personas que critican el esfuerzo y el costo que los cristianos sinceros invierten en su fe suelen hacerlo porque no están dispuestas a elevarse al mismo nivel. Prefieren una religión barata y fácil.
Entonces Cristo hace callar la queja del fariseo: «Sus muchos pecados le son perdonados» (Lucas 7:47). Reconoce que ella había sido culpable de muchos pecados, pero que estos le fueron perdonados; por eso no estaba mal que él aceptara su amor. La frase se entiende mejor así: «Por eso amó mucho», porque su gran amor no fue la causa de su perdón, sino el resultado de haber sido perdonada y de saberlo con alegría. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Él no nos perdonó porque nosotros lo amáramos primero.
«Pero al que poco se le perdona, poco ama». Cristo está diciendo que el amor del fariseo por él era tan pequeño que había razones para preguntarse si era sincero. Si era así, quizá ni siquiera sus pecados comparativamente pequeños habían sido perdonados de verdad. En vez de resentir la misericordia que Cristo muestra a los pecadores más grandes cuando se arrepienten, deberíamos dejar que su ejemplo nos lleve a preguntarnos si nosotros hemos sido perdonados y si amamos a Cristo.
Cristo también hace callar los temores de la mujer. Probablemente estaba preocupada por la actitud del fariseo, pero no permitió que el desánimo la alejara. Cristo le dijo: «Tus pecados te son perdonados» (Lucas 7:48).
Cuanto más claramente mostramos nuestro dolor por el pecado y nuestro amor por Cristo, más fuerte es la evidencia de que nuestros pecados han sido perdonados. Llegamos a conocer la seguridad de la gracia salvadora de Dios en nosotros por medio de la obra que él ha hecho en nosotros, y eso nos dirige a la gracia que ha obrado a nuestro favor. ¡Qué rica recompensa recibió aquella mujer por sus molestias y sus gastos cuando Cristo la despidió con estas palabras: «Tus pecados te son perdonados»! Esto habría sido una poderosa protección contra volver al pecado.
Aunque algunas de las personas presentes estaban molestas en su interior con Cristo porque parecía atribuirse el derecho de perdonar pecados y declarar libres de culpa a los pecadores (Lucas 7:49), como otros ya habían hecho antes que él (Mateo 9:3), Cristo no se retractó de lo que había dicho. En la ocasión anterior, había demostrado su autoridad para perdonar pecados al sanar al paralítico, y aquí tampoco se detuvo a responder a esa objeción. Más bien, mostró que se deleita en perdonar pecados. Le agrada hablar de perdón y paz a quienes verdaderamente se vuelven a él. Le dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado» (Lucas 7:50).
Esto fortalecería enormemente su consuelo al saber que sus pecados habían sido perdonados. También mostró que había sido reconciliada con Dios por medio de la fe, que es lo que significa la justificación: ser aceptada como justa delante de Dios. Todas esas señales de dolor por el pecado y de amor por Cristo procedían de la fe. Por eso, así como la fe honra a Dios más que cualquier otra gracia, Cristo le concede un honor especial por encima de las demás gracias. Quienes saben que su fe los ha salvado pueden ir en paz y continuar su camino con alegría.
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De este capítulo
Lucas 7:1
"Cuando terminó de decir todas estas cosas en presencia del pueblo, entró en Capernaúm."
Lucas 7:2
"El siervo de cierto centurión, a quien este apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir."
Lucas 7:3
"Cuando oyó hablar de Jesús, envió a él a los ancianos de los judíos para rogarle que viniera y sanara a su siervo."
Lucas 7:4
"Cuando ellos llegaron a Jesús, le rogaron con insistencia, diciendo que aquel era digno de que le concediera esto,"
Lucas 7:5
"porque ama a nuestra nación y nos ha construido una sinagoga."
Lucas 7:6
"Entonces Jesús fue con ellos. Cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos para decirle: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo."
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