Versículo destacado
Lucas 7:19 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Juan llamó a dos de sus discípulos y los envió a Jesús para preguntarle: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?». "
Lucas 7:19
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
17 Esta noticia acerca de él se extendió por toda Judea y por toda la región circundante.
18 Los discípulos de Juan le informaron de todas estas cosas.
19 Juan llamó a dos de sus discípulos y los envió a Jesús para preguntarle: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?».
20 Cuando los hombres llegaron a él, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: “¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?”».
21 En aquella misma hora sanó a muchos de enfermedades, plagas y espíritus malignos, y dio la vista a muchos ciegos.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Toda esta enseñanza acerca de Juan el Bautista vino después de que Juan enviara a algunas personas a preguntar si Jesús era el Mesías. Encontramos el mismo relato de manera más extensa en (Mateo 11:2-19). Aquí vemos el mensaje de Juan a Cristo y la respuesta de Cristo.
Lo primero que debemos preguntar acerca de Cristo es si él es el que había de venir para salvar a los pecadores, o si debemos esperar a otro (Lucas 7:19, Lucas 7:20). Dios prometió enviar a un Salvador, su Rey ungido, y podemos confiar en que cumplirá su promesa a su debido tiempo. Si Jesús es ese Mesías prometido, debemos recibirlo y no buscar a ningún otro. Pero si no lo es, entonces debemos seguir esperando, aunque parezca tardar en venir.
El propio Juan el Bautista, o al menos sus discípulos, todavía necesitaban más seguridad acerca de esto. Cristo aún no se había declarado abiertamente como el Mesías, y no quería que sus discípulos hablaran de ello hasta que su resurrección diera una prueba plena. Los líderes judíos no lo habían reconocido, y él no parecía el tipo de gobernante que la gente esperaba de la descendencia de David. Nada en su vida exterior mostraba poder o esplendor real, así que no era extraño que preguntaran si él era el Mesías. Si no lo era, esperaban que les señalara al verdadero Mesías.
Cristo dejó que sus propias obras hablaran por él. Mientras los mensajeros de Juan estaban con él, sanó a muchas personas en esa misma hora, lo que quizá significa que se quedaron solamente un tiempo breve. Curó enfermedades, expulsó espíritus malignos que perturbaban la mente de las personas con agitación o profunda tristeza, y devolvió la vista a muchos ciegos. Hizo muchas sanidades a la vez, para que nadie pudiera pensar que se trataba de un truco.
Luego les dijo que regresaran y le contaran a Juan lo que habían visto (Lucas 7:22). Incluso la gente común podía razonar de esta manera, como en (Juan 7:31): cuando venga el Mesías, ¿acaso hará más milagros que estos? Estos milagros no solo demostraban su autoridad; también mostraban cuál era su misión. El Mesías vino a sanar a un mundo enfermo, a dar luz a quienes estaban sentados en oscuridad y a vencer a los espíritus malignos.
Cristo añadió que esa misma obra se realizaba en el reino de la gracia, el reino donde Dios gobierna en el corazón de las personas. Dijo que a los pobres se les anunciaba la buena noticia (Lucas 7:22). Se sabía que esa era una de las obras del Mesías, pues había sido ungido para anunciar buenas noticias a los humildes (Isaías 61:1) y para salvar la vida de los pobres y necesitados (Salmo 72:13). Por eso debían considerar si podían esperar a alguien que correspondiera mejor que Jesús a las señales y al propósito del Mesías.
También les advirtió del peligro de tropezar por causa de él, incluso teniendo pruebas tan claras de que era el Mesías (Lucas 7:23). «Dichoso el que no tropieza por causa de mí» significa que es dichosa la persona que no tropieza con Cristo ni lo rechaza. Vivimos en un tiempo de prueba, y esa prueba incluye suficiente verdad para satisfacer a quienes buscan sinceramente, pero también suficientes obstáculos para poner al descubierto los corazones descuidados y dominados por el mundo.
La crianza de Cristo en Nazaret, su vida en Galilea, la humilde condición de su familia, su pobreza y la sencillez de sus seguidores se convirtieron en obstáculos para muchas personas. Ni siquiera los milagros pudieron hacer que superaran esos prejuicios. Pero verdaderamente dichosa, sabia, humilde y bien dispuesta es la persona que no permite que esas cosas la alejen de Cristo. Eso demuestra que la gracia de Dios está obrando en ella, y será bendecida en Cristo.
Después, Cristo habló muy bien de Juan el Bautista, pero esperó hasta que los mensajeros de Juan se hubieran ido, para que no pareciera un elogio vacío (Lucas 7:24). Quería que la multitud pensara en lo que había salido a ver al desierto y en quién era realmente Juan.
Juan era un hombre de carácter firme. No era como una caña sacudida por el viento, que cambia ante cada presión. Si se hubiera inclinado ante Herodes y hubiera estado de acuerdo con la corte, quizá habría ganado su favor, pero nada podía apartarlo de su deber.
También era un hombre de gran abnegación, un ejemplo firme de cómo dejar de lado las comodidades del mundo. No vestía ropa lujosa ni vivía rodeado de comodidades (Lucas 7:25). En cambio, vivía en el desierto y se vestía y se alimentaba de una manera acorde con esa vida. En vez de consentir su cuerpo, lo mantenía bajo control.
Juan era profeta; su llamado y sus instrucciones venían directamente de Dios, no de los seres humanos. Había nacido en una familia sacerdotal, pero Jesús no menciona eso aquí porque su obra como profeta era mayor. De hecho, era más que un profeta (Lucas 7:26), mayor que cualquiera de los profetas del Antiguo Testamento, porque ellos hablaban de Cristo desde lejos, mientras que Juan hablaba de él como alguien que ya estaba cerca.
También era el precursor de Cristo, el enviado para ir delante de él y preparar el camino. El Antiguo Testamento ya había hablado de él en (Lucas 7:27) y (Malaquías 3:1): «Yo envío a mi mensajero delante de ti». Antes de enviar al propio Señor, Dios envió a un mensajero para anunciar su llegada y preparar a la gente para recibirlo. Si el Mesías hubiera venido como un rey terrenal, como esperaban los judíos dominados por los valores del mundo, su mensajero habría llegado con demostraciones militares o ceremonias reales. Pero Juan vino predicando el arrepentimiento y una vida transformada, lo cual muestra que el reino de Cristo no pertenece a este mundo.
Por esa razón, Juan era tan grande que nunca había nacido de mujer un profeta mayor que él. Los profetas estaban entre las personas más importantes y honradas, por encima de reyes y príncipes, y Juan estaba por encima de todos ellos. La nación no comprendió el valor incalculable del hombre que tenía entre ella mientras Juan el Bautista predicaba y bautizaba.
Y, sin embargo, el que es menor en el reino de Dios es mayor que él. El más humilde ministro del evangelio, si el Señor le ha mostrado misericordia al capacitarlo para servir con habilidad y fidelidad, o el menor de los apóstoles y primeros predicadores del evangelio, sirve bajo un orden mucho mejor que el de Juan el Bautista. Los más pequeños de quienes siguen al Cordero brillan mucho más que los más grandes de quienes vivieron antes de él. Por eso, quienes viven bajo el evangelio tienen más luz y más privilegios, y por lo tanto también tienen más de qué responder.
Luego Cristo pronuncia un juicio justo sobre la gente de aquel tiempo, que no se dejó mover ni por el ministerio de Juan el Bautista ni por el de Jesús mismo. Primero muestra cómo trataron a Juan con desprecio mientras él predicaba y bautizaba. Las personas que lo honraron fueron solamente las multitudes comunes, que a los ojos de los orgullosos del mundo parecían más una vergüenza que un motivo de orgullo para él (Lucas 7:29). La gente común, esas multitudes que a menudo eran despreciadas, y los recaudadores de impuestos —hombres con mala reputación, ya fuera por su conducta inmoral o porque la gente sospechaba que la tenían— fueron bautizados con el bautismo de Juan y se hicieron sus discípulos.
Estas personas eran pruebas resplandecientes de la gracia de Dios, pero no hacían que Juan pareciera importante a los ojos del mundo. Sin embargo, por medio de su arrepentimiento y sus vidas transformadas, reconocieron que el camino de Dios era justo; es decir, mostraron que Dios había actuado con sabiduría y de la manera correcta al enviar a Juan como precursor del Mesías. Su respuesta demostró que el ministerio de Juan era el mejor camino posible, aunque otros no se beneficiaran de él. Lo que en otros fue desperdiciado, en ellos no lo fue.
Los hombres importantes de su nación —los líderes religiosos y los expertos instruidos, que podían haber honrado a Juan ante los ojos del mundo— hicieron todo lo posible para deshonrarlo. Lo escucharon, pero no fueron bautizados por él (Lucas 7:30). Los fariseos, muy respetados por su religiosidad, y los intérpretes de la ley, reconocidos por su conocimiento y dominio de las Escrituras, rechazaron el propósito de Dios para ellos mismos. Hicieron inútil en sus propias vidas la gracia ofrecida mediante el bautismo de Juan. Dios había enviado a ese mensajero con una intención bondadosa para su bien y teniendo en cuenta su salvación. Si hubieran aceptado el consejo de Dios, habría sido para su propio beneficio. Pero se negaron y, por eso, el mensaje se volvió contra ellos, para su propia ruina.
Perdieron la bendición que estaba destinada para ellos y, más aún, rechazaron la gracia de Dios. Pusieron una barrera en su propio camino y, al negarse a recibir la preparación que tenía como propósito alistarlos para el reino del Mesías, se excluyeron de él. No solo se impidieron entrar a sí mismos, sino que también detuvieron a otros y se interpusieron en su camino.
Cristo también muestra la extraña obstinación de aquella generación en la manera en que se quejaban tanto de Juan como de él mismo. Trataron los esfuerzos de Dios por hacerles bien como si fueran un juego (Lucas 7:31). «¿Con qué compararé a la gente de esta generación?», pregunta. «¿Qué imagen puedo usar para describir a personas como estas?». Son como niños sentados en la plaza, sin interés en nada serio y entregados al juego. Es como si Dios simplemente estuviera entreteniéndolos con todas las maneras en que trataba de ayudarlos, tal como los niños juegan unos con otros en una plaza pública (Lucas 7:32). Rechazaban todo con bromas y no se dejaban conmover más por ello que por el juego de un niño.
Esta es la ruina de muchas personas: nunca aprenden a tomar en serio el cuidado de su alma. Incluso líderes adultos, sentados en el consejo, eran como niños en la plaza, indiferentes a las cosas relacionadas con su paz duradera. ¡Qué increíble insensibilidad y vacío se encuentran en el mundo ciego y alejado de Dios! Que el Señor los despierte de su falsa seguridad.
Siempre encontraban algo que criticar. Juan el Bautista era un hombre reservado y estricto. Pasaba mucho tiempo en soledad, y debieron admirarlo por su humildad, sobriedad y dominio propio, y escucharlo como a un hombre reflexivo. Pero lo que debió ser motivo de honra se convirtió en motivo de acusación. Como no comía ni bebía con libertad y naturalidad como los demás, decían: «Tiene un demonio». Lo llamaban sombrío, extraño e incluso poseído, como el hombre endemoniado que vivía entre los sepulcros, aunque Juan no era ni de lejos tan desenfrenado.
Nuestro Señor Jesucristo tenía un estilo de vida diferente. Él comía y bebía (Lucas 7:34). Cenaba con los fariseos, aunque sabía que ellos no lo apreciaban, y con los recaudadores de impuestos, aunque sabía que no le darían honra. Aun así, pasaba tiempo con unos y otros con la esperanza de hacerles bien. Esto muestra que los siervos de Cristo pueden tener temperamentos muy distintos y maneras muy diferentes de predicar y vivir, y aun así todos pueden ser útiles. Hay diferentes dones, pero cada uno se concede para el bien de los demás. Por eso, nadie debe convertirse en la medida de todos los demás ni hablar con dureza de quienes no actúan exactamente como él.
Juan el Bautista dio testimonio de Cristo, y Cristo elogió a Juan, aunque sus estilos de vida eran tan diferentes. Pero los enemigos comunes de ambos atacaron a los dos. Las mismas personas que decían que Juan estaba loco porque no comía ni bebía decían que Jesús era moralmente corrupto porque comía y bebía. «Es un comilón y un borracho», afirmaban. Los corazones malvados nunca hablan bien. Observemos la malicia de la gente perversa: dan el peor significado posible a todo lo que ven en el evangelio, y también a los predicadores y seguidores del evangelio. Creen que así los desacreditan, pero en realidad se están destruyendo a sí mismos.
Aun así, Dios será honrado al salvar al remanente escogido (Lucas 7:35). La sabiduría demuestra que es correcta por medio de todos sus hijos. Hay quienes pertenecen a la sabiduría como sus hijos, y por la gracia de Dios son llevados a someterse a su guía y autoridad. De ese modo, demuestran que la sabiduría tiene razón en los métodos que usa para llevarlos a esa sumisión, porque esos métodos producen fruto en ellos y muestran que fueron bien escogidos. Los hijos de la sabiduría están unidos en esto: todos se deleitan en los caminos de la gracia que emplea la sabiduría divina, y no los consideran menos valiosos porque algunos se burlen de ellos.
Cómo puede ayudarte tu IA cristiana
Explora las Escrituras y la vida desde una perspectiva cristiana
Estudio bíblico
Orientación para la vida
Apoyo en la oración
Sabiduría diaria
Haz 3 preguntas gratis cada semana. No necesitas tarjeta de crédito. Ver planes
De este capítulo
Lucas 7:1
"Cuando terminó de decir todas estas cosas en presencia del pueblo, entró en Capernaúm."
Lucas 7:2
"El siervo de cierto centurión, a quien este apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir."
Lucas 7:3
"Cuando oyó hablar de Jesús, envió a él a los ancianos de los judíos para rogarle que viniera y sanara a su siervo."
Lucas 7:4
"Cuando ellos llegaron a Jesús, le rogaron con insistencia, diciendo que aquel era digno de que le concediera esto,"
Lucas 7:5
"porque ama a nuestra nación y nos ha construido una sinagoga."
Lucas 7:6
"Entonces Jesús fue con ellos. Cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos para decirle: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.