Versículo destacado
Levítico 26:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Pero si no me escuchan ni cumplen todos estos mandamientos, "
Levítico 26:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 Andaré entre ustedes, seré su Dios y ustedes serán mi pueblo.
13 Yo soy el SEÑOR su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para que no fueran esclavos de ellos. Rompí las ataduras de su yugo y los hice andar erguidos.
14 Pero si no me escuchan ni cumplen todos estos mandamientos,
15 y si desprecian mis estatutos, o si su alma aborrece mis decretos, de modo que no cumplen todos mis mandamientos, sino que quebrantan mi pacto,
16 yo también les haré esto: pondré sobre ustedes terror, tisis y fiebre ardiente, que consumirán los ojos y causarán dolor de corazón. Sembrarán su semilla en vano, porque sus enemigos se la comerán.
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Después de poner delante de ellos la bendición —la vida y el bien que los harían un pueblo feliz si obedecían—, Dios ahora pone delante de ellos la maldición: la muerte y el mal que los harían miserables si desobedecían. No debían imaginar que estaban tan firmemente establecidos que el poder de Dios no pudiera derribarlos, ni que eran tan favorecidos que su justicia no los juzgaría si se apartaban de él y se rebelaban. «Solo a ustedes los he conocido; por eso los castigaré primero y con mayor severidad» (Amós 3:2).
Observemos cómo se describe el pecado que traería toda esta miseria. No se trata de pecados cometidos por ignorancia o debilidad, porque Dios había provisto sacrificios para esos casos. Tampoco se trata de pecados de los que se arrepintieron y abandonaron. Es el pecado obstinado, cometido deliberadamente y mantenido a pesar de las advertencias.
Dos cosas los llevarían ciertamente a la ruina. Primero, despreciarían los mandamientos de Dios (Levítico 26:14). «Si no me escuchan cuando les hablo por medio de la ley ni cumplen todos estos mandamientos», es decir, si no procuran obedecerlos y, cuando fallen, no usan los medios establecidos para recibir perdón, entonces vendrá el juicio. Al principio, su pecado se describe como descuido, negligencia y deberes dejados sin cumplir. Eso ya es bastante malo, pero conduce a algo peor.
Después se los muestra despreciando los estatutos de Dios, tanto los deberes que él ordena como la autoridad que los respalda. Comienzan a considerar poca cosa la ley y al Legislador. Las personas avanzan rápidamente hacia la ruina cuando empiezan a pensar que la religión está por debajo de ellas. Luego llegan a odiar los juicios de Dios, hasta el punto de rechazarlos en lo más profundo de su ser. Quienes comienzan despreciando la religión a menudo terminan aborreciéndola; los pensamientos ligeros acerca de ella se convierten en pensamientos de odio. Quienes se apartan de ella finalmente se vuelven contra ella.
Por último, quebrantan el pacto de Dios. No toda transgresión de un mandamiento equivale a quebrantar el pacto; de lo contrario, todos estaríamos perdidos. Pero cuando las personas llegan a ser tan impías que desprecian y odian los mandamientos de Dios, el siguiente paso es negar a Dios y toda relación con él. Quienes rechazan el mandamiento terminarán rechazando el pacto. Es el pacto de Dios el que quebrantan: él lo estableció, pero ellos lo rompen. Cuando se guarda un pacto entre Dios y el ser humano, toda la honra le corresponde a Dios. Cuando se rompe, toda la culpa recae sobre el ser humano, y la responsabilidad de la ruptura es suya.
Segundo, despreciarían la disciplina de Dios. Su desobediencia no los habría llevado a la ruina si no hubieran permanecido obstinados e impenitentes bajo los medios que Dios usaba para hacerlos volver. Su desprecio por la palabra de Dios no habría terminado en ruina si no hubieran añadido desprecio por su vara, es decir, por la disciplina que debía conducirlos al arrepentimiento.
Esto se describe de tres maneras. «Si aun con todo esto no me escuchan» (Levítico 26:18, 21, 27); es decir, si no aprenden a obedecer por medio de lo que sufren y permanecen tan sordos a los juicios de Dios como lo han estado a la clara enseñanza de su palabra y a las silenciosas advertencias de su propia conciencia, entonces son verdaderamente obstinados. «Si siguen oponiéndose a mí» (Levítico 26:21, 23, 27), significa que viven en oposición a las verdades, las leyes y los consejos de Dios. Todos los pecadores hacen esto en cierta medida, pero especialmente quienes se niegan a aceptar la corrección cuando llega el juicio.
El propósito de la disciplina es humillarlos, ablandarlos y llevarlos al arrepentimiento. En lugar de eso, sus corazones se endurecen, aumenta su enojo contra Dios y, en medio de su angustia, pecan aún más contra él (2 Crónicas 28:22). Algunos entienden esta expresión como «si viven descuidadamente conmigo», como si no les importara lo que hacen ni lo que Dios haga con ellos, avanzando a tientas en una ignorancia deliberada. También se dice: «Si no se corrigen con estas cosas», porque el propósito de Dios al castigar es corregirnos, haciendo que el pecado se vea verdaderamente mal y llevándonos a buscar ayuda en él. Ese es el propósito principal. Pero quienes no se dejan corregir por los juicios de Dios deben esperar ser destruidos por ellos. Tienen mucho de qué responder quienes han estado durante mucho tiempo bajo la mano correctora de Dios y aun así persisten obstinadamente en el pecado: enfermos y afligidos, pero sin cambiar; abatidos y empobrecidos, pero sin cambiar; quebrantados una y otra vez, pero sin volver al Señor (Amós 4:6).
Luego se describe su miseria bajo dos aspectos principales. Primero, Dios mismo estaría contra ellos, y esa sería la raíz de toda su miseria. «Pondré mi rostro contra ustedes» (Levítico 26:17) significa: «Me opondré a ustedes y actuaré para derribarlos». Dios se opone a los pecadores orgullosos y confronta a quienes desafían su autoridad. La palabra «rostro» también puede referirse a la ira; en ese caso, significa: «Les mostraré mi intenso desagrado».
«Yo también me opondré a ustedes» (Levítico 26:24, 28). Cuando Dios, en su providencia, bloquea los planes que las personas consideraban seguros, se cruza en sus propósitos, deshace sus proyectos, arruina sus esfuerzos y frustra sus esperanzas, entonces está actuando contra ellas. No se gana nada luchando contra el Todopoderoso. Él quebrantará el corazón o la resistencia de quienes se le oponen, llevándolos al arrepentimiento o a la ruina. Algunos entienden esta expresión como «andaré indiferente con ustedes», en el sentido de que olvidará todo amor propio del pacto y los dejará entregados al curso ordinario de la providencia. Quienes rechazan a Dios merecen ser rechazados por él.
Mientras persistieran en su obstinación, los juicios se volverían más severos. Si las primeras señales claras del desagrado de Dios no los humillaban ni los corregían, entonces los castigaría siete veces más (Levítico 26:18); después volvería a enviarles plagas siete veces más intensas (Levítico 26:21); luego los castigaría siete veces más (Levítico 26:24); y finalmente declararía: «Yo mismo los castigaré siete veces por sus pecados» (Levítico 26:28). Si los juicios más leves no cumplen su propósito, Dios enviará otros más severos, porque cuando juzga, su justicia prevalece. Si el verdadero arrepentimiento no detiene el proceso, este continuará hasta que llegue la ejecución del juicio.
Quienes son obstinados y difíciles de cambiar, después de sobrevivir una tormenta, deben esperar otra peor. Por severamente que sean castigados, mientras todavía estén fuera del infierno tendrán que reconocer que les espera algo peor, a menos que se arrepientan. Si el fundidor ha trabajado en vano (Jeremías 6:29), entonces el horno se calentará siete veces más, como en Daniel 3:19, y después siete veces más aún. Nadie puede permanecer ante un fuego así. Dios no comienza con los juicios más severos, porque es paciente y no se complace en la muerte de los pecadores. Pero si no se arrepienten, avanzará hacia los juicios más severos, demostrando que es justo y que no puede ser burlado ni desafiado.
Su miseria llega a su punto culminante en esta advertencia: «Mi alma los aborrecerá» (Levítico 26:30).
Una persona es verdaderamente miserable cuando Dios aborrece en lo que se ha convertido, porque la ira de Dios es justa y poderosa. Si alguien se aparta, como se esperaba que lo hiciera este pueblo, Dios no se complacerá en él (Hebreos 10:38) y lo vomitará de su boca (Apocalipsis 3:16). La Escritura presenta esto como algo estremecedor y, sin embargo, tristemente real: «¿Acaso tu alma aborreció a Sion?» (Jeremías 14:19).
Toda la creación se levantaría contra ellos. Todos los juicios severos de Dios serían enviados contra ellos, porque él tiene muchas flechas en su aljaba. Las advertencias son muy específicas porque en realidad eran predicciones, y aquel que conocía las futuras rebeliones de ellos sabía que sucederían. Véanse Deuteronomio 31:16 y Deuteronomio 31:29. Esta larga lista de amenazas muestra que el mal sigue a los pecadores.
Aquí el Señor amenaza con varias clases de juicios temporales, es decir, sufrimientos en esta vida. Primero están las enfermedades físicas, que se extenderían ampliamente entre ellos. «Haré que los aflijan», como si fueran capataces crueles, «el terror, las enfermedades debilitantes y la fiebre» (Levítico 26:16). Algunos piensan que la palabra traducida como «terror» señala una enfermedad específica, quizá la epilepsia, que ciertamente resulta aterradora. Las enfermedades debilitantes abarcan todos los padecimientos prolongados, y la fiebre, las enfermedades repentinas.
Estas enfermedades consumirían los ojos y traerían dolor tanto a los enfermos como a sus familias. Todas las enfermedades están al servicio de Dios: hacen lo que él les ha asignado y, con frecuencia, él las usa como varas para disciplinar a un pueblo pecador. También se amenaza con la peste, que los alcanzaría cuando se reunieran en sus ciudades por temor a la espada (Levítico 26:25). Mientras mayor fuera la multitud, mayor sería la destrucción. Cuando una enfermedad así alcanza a los soldados que deberían defender una ciudad, resulta especialmente mortal.
En segundo lugar, vendrían el hambre y la falta de pan, y esto ocurriría de varias maneras. Sus enemigos les quitarían los alimentos, como hicieron los madianitas (Jueces 6:5-6). Después, el clima desfavorable, especialmente la falta de lluvia, aumentaría sus pérdidas: «Haré que su cielo sea como hierro» (Levítico 26:19). No caería lluvia; solo el calor se reflejaría hacia la tierra, y el suelo se volvería duro y seco como el bronce. Su trabajo de arar y sembrar no produciría nada (Levítico 26:20), porque el fruto de la tierra depende más del cuidado de Dios que del trabajo humano.
Esto sería «quebrar el sustento del pan» (Levítico 26:26), aquello en lo que la vida se apoya. Tal vez habían confiado más en el pan que en la bendición de Dios. Habría tal escasez de grano que, donde antes una familia llenaba su propio horno con pan para el hogar, ahora diez familias necesitarían un solo horno. Eso los dejaría a ellos, a sus hijos y a sus siervos con raciones muy reducidas; comerían, pero no quedarían satisfechos. Cuanto menos tuvieran, más desearían. En tercer lugar, el asedio los llevaría a tal desesperación que comerían a sus propios hijos e hijas (Levítico 26:29).
En tercer lugar, vendría la guerra, y sus enemigos los dominarían. «Caerán delante de sus enemigos» (Levítico 26:17). Sus mejores hombres morirían en la batalla, y quienes los odiaban gobernarían sobre ellos. Eso sería justo, porque no habían querido que el Dios que los amaba gobernara sobre ellos (2 Crónicas 12:8). Es triste cuando los enemigos se convierten en gobernantes, o cuando los gobernantes actúan como enemigos y trabajan en secreto para arruinar a un pueblo.
De esta manera, Dios quebrantaría el orgullo de su poder (Levítico 26:19). Él les había dado poder sobre las naciones, pero cuando se volvieron orgullosos de ese poder y lo usaron para sí mismos en vez de usarlo para el reino de Dios, era justo que él lo quebrantara. Dios también traería una espada contra ellos para vengar la ruptura de su pacto (Levítico 26:25). Él tiene un caso justo contra quienes rompen su pacto, porque no se deja engañar por las personas de corazón falso. De una manera u otra, tomará cartas en el asunto contra quienes se relacionan con él con medias verdades y traición.
En cuarto lugar, vendrían los animales salvajes: leones, osos y lobos, que se multiplicarían y despedazarían a todo el que se acercara (Levítico 26:22). Leemos acerca de dos osas que mataron de una vez a cuarenta y dos muchachos (2 Reyes 2:24). Este es uno de los cuatro juicios severos anunciados en (Ezequiel 14:21), pasaje que claramente se refiere a este capítulo. Los seres humanos fueron creados para gobernar sobre las criaturas. Aunque muchos animales son más fuertes que nosotros, ninguno nos habría hecho daño si primero no hubiéramos rechazado el gobierno de Dios y perdido el nuestro. Ahora las criaturas se rebelan contra quien se rebela contra su Creador, y cuando el Señor así lo decide, se convierten en instrumentos de su ira y servidores de su justicia.
En quinto lugar, vendrían el cautiverio y la dispersión: «Los dispersaré entre las naciones» (Levítico 26:33), «en la tierra de sus enemigos» (Levítico 26:34). Ningún pueblo había estado tan unido como Israel. Sin embargo, a causa de su pecado, Dios los dispersaría para que se perdieran entre las naciones, de las cuales antes los había apartado, pero con las que ellos se habían mezclado perversamente. Aun entonces, la justicia no se detendría allí. Una espada los seguiría y los encontraría dondequiera que fueran. Los juicios de Dios no pueden evitarse ni dejarse atrás.
En sexto lugar, vendrían la ruina completa y la desolación de su tierra, algo tan impresionante que incluso sus enemigos, quienes habrían contribuido a provocarlo, quedarían asombrados al contemplarlo después (Levítico 26:32). Primero, sus ciudades quedarían devastadas, abandonadas y deshabitadas, con todos sus edificios destruidos. Los que sobrevivieran a la guerra todavía verían cómo todo se deterioraba. Segundo, sus santuarios se convertirían en ruinas: tanto sus sinagogas, donde se reunían cada sábado para adorar, como su tabernáculo, donde se reunían tres veces al año. Tercero, la tierra misma quedaría desierta, sin nadie que la cultivara ni la cuidara (Levítico 26:34-35). Entonces la tierra disfrutaría de sus días de reposo, porque ellos no habían respetado los años sabáticos que Dios les había ordenado.
Habían trabajado la tierra cuando Dios quería que descansara, así que con justicia serían expulsados de ella. El lenguaje sugiere que la tierra misma se sentiría aliviada al quedar libre de pecadores tan perversos, bajo cuyo peso había gemido (Romanos 8:20). El cautiverio en Babilonia duró setenta años, y durante ese tiempo la tierra disfrutó de sus días de reposo, como se dice en (2 Crónicas 36:21), en relación con esta advertencia.
También se menciona la destrucción de sus ídolos, aunque esto fue más un acto de misericordia que de juicio. Aun así, era una parte necesaria de la justicia y mostraba cuál sería el pecado que les traería todas esas calamidades: «Destruiré sus lugares altos» (Levítico 26:30). Quienes no abandonen sus pecados cuando Dios se los ordena serán separados de ellos por medio de sus juicios. Como ellos no destruirían sus lugares altos, Dios lo haría.
Para avergonzarlos por el amor insensato que habían mostrado hacia sus ídolos, Dios dice que sus cadáveres yacerían junto a los cadáveres de sus ídolos. Quienes se aferran a sus deseos pecaminosos tarde o temprano tendrán suficiente de ellos. Sus ídolos no podían salvarse a sí mismos ni salvar a quienes los adoraban. Las personas que los hicieron eran semejantes a ellos, y ambos perecerían juntos, como ciegos que caen en un hoyo.
Aquí también se anuncian juicios espirituales. Estos juicios alcanzan la mente, porque Aquel que creó la mente puede herirla cuando así lo decide. Dios dice que no serían aceptados por él: «No aceptaré el aroma agradable de sus ofrendas» (Levítico 26:31). Aunque los juicios de Dios no los llevarían a dejar de pecar, todavía traerían incienso y ofrendas; pero sería inútil, porque hasta su incienso se había vuelto ofensivo para él (Isaías 1:13).
También perderían el valor en la guerra y quedarían completamente quebrantados de espíritu. No solo tendrían miedo y huirían (Levítico 26:17), sino que tendrían miedo y caerían aun cuando nadie los persiguiera (Levítico 26:36). Una conciencia culpable los mantendría en un terror constante, de modo que no solo el sonido de una trompeta, sino hasta el crujido de una hoja, los haría huir. Quienes rechazan el temor de Dios se colocan bajo el temor de todo lo demás (Proverbios 28:1).
Sus propios temores los llevarían a enfrentarse unos con otros (Levítico 26:37-38). Los que se habían ayudado mutuamente a aumentar su culpa ahora se ayudarían a aumentar su terror. Tampoco tendrían esperanza de recibir perdón por sus pecados (Levítico 26:39). «Se consumirán por su culpa; ¿cómo podrán vivir?» (Ezequiel 33:10). Es justo que Dios deje en la desesperación a quienes han escogido pecar con descaro, y solo por la gracia gratuita de Dios no somos abandonados a consumirnos en el pecado en el que nacimos y hemos vivido.
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De este capítulo
Levítico 26:1
"No se harán ídolos ni imágenes talladas, ni levantarán una estatua, ni pondrán en su tierra ninguna imagen de piedra para inclinarse ante ella, porque yo soy el SEÑOR su Dios."
Levítico 26:2
"Guardarán mis días de reposo y reverenciarán mi santuario. Yo soy el SEÑOR."
Levítico 26:3
"Si andan conforme a mis estatutos, guardan mis mandamientos y los cumplen,"
Levítico 26:4
"entonces les daré lluvia a su debido tiempo; la tierra dará su cosecha y los árboles del campo darán su fruto."
Levítico 26:5
"La trilla de ustedes se prolongará hasta la vendimia, y la vendimia hasta el tiempo de la siembra. Comerán su pan hasta quedar satisfechos y habitarán seguros en su tierra."
Levítico 26:6
"Daré paz en la tierra, y ustedes se acostarán sin que nadie los atemorice. Eliminaré de la tierra las bestias feroces, y la espada no pasará por su tierra."
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