Versículo destacado
Jeremías 25:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, así dice el SEÑOR de los ejércitos: Por cuanto no han escuchado mis palabras, "
Jeremías 25:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 No vayan tras otros dioses para servirlos y adorarlos, ni me provoquen a ira con las obras de sus manos; y yo no les haré ningún daño.
7 Pero ustedes no me han escuchado, dice el SEÑOR, para provocarme a ira con las obras de sus manos, para su propio mal.
8 Por tanto, así dice el SEÑOR de los ejércitos: Por cuanto no han escuchado mis palabras,
9 miren, enviaré a buscar a todas las familias del norte, dice el SEÑOR, y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo, y los traeré contra esta tierra, contra sus habitantes y contra todas estas naciones de alrededor. Los destruiré por completo y haré de ellos motivo de asombro y de burla, y desolaciones perpetuas.
10 Además, quitaré de ellos la voz de alegría y la voz de gozo, la voz del novio y la voz de la novia, el sonido de las piedras de molino y la luz de la lámpara.
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Esta es la sentencia basada en la advertencia que acabamos de escuchar: «Porque no han escuchado mis palabras, trataré con ustedes de otra manera» (Jeremías 25:8). Cuando las personas se niegan a prestar atención a los juicios pronunciados por boca de Dios, deben esperar sentir los juicios de su mano. Como no quisieron escuchar la palabra, tendrán que escuchar la vara. El pecador debe apartarse del pecado o perecer en él. La ira llega sin remedio únicamente sobre quienes persisten en pecar sin arrepentirse, es decir, sin volver a Dios. Lo que destruye a las personas no es tanto tomar un camino equivocado, sino negarse a regresar.
I. Aquí se decreta la ruina de Judá a manos de los ejércitos del rey de Babilonia (Jeremías 25:9). Dios les había enviado a sus siervos los profetas, pero ellos los ignoraron. Ahora Dios enviará a su siervo, el rey de Babilonia, a quien no podrán burlarse, despreciar ni perseguir como hicieron con los profetas. Los mensajeros de la ira de Dios son enviados contra quienes no quisieron recibir a los mensajeros de su misericordia. De una manera u otra, Dios será escuchado y hará que las personas reconozcan que él es el Señor.
Nabucodonosor, el rey de Babilonia, aunque era un extranjero que no conocía al Dios verdadero e incluso era enemigo de él, seguía siendo siervo de Dios en este ataque contra Judá. Cumplió el propósito de Dios aun cuando pensaba que solo estaba llevando a cabo sus propios planes. Por eso Dios se llama justamente el Señor de los ejércitos (Jeremías 25:8), pues esto demuestra que gobierna no solo sobre las personas, sino también sobre los ejércitos de la tierra. Los usa como le place. Los reyes más poderosos siguen siendo sus siervos. Nabucodonosor fue un instrumento de la ira de Dios, así como más tarde Ciro sería un instrumento de su misericordia.
Como la tierra de Judá quedaría desolada, Dios reúne al ejército que la devastará. Si es necesario, reúne a todos los pueblos del norte y los dirige como comandante supremo. Los trae contra esta tierra y les da la victoria, no solo contra Judá y Jerusalén, sino también contra todas las naciones vecinas. De ese modo, nadie podría depender de esos pueblos como aliados o defensores frente a aquella potencia amenazante.
Aquí se describe la destrucción completa de Judá y de las tierras circundantes (Jeremías 25:9-11). Será total. Toda la tierra se convertirá en una desolación; no será simplemente una tierra vacía, sino la desolación misma. Las ciudades y el campo quedarán arrasados, y todas sus riquezas serán tomadas como botín. También durará mucho tiempo, hasta convertirse en una desolación «perpetua». Permanecerán en ruinas durante tanto tiempo, y el alivio parecerá tan lejano, que todos hablarán de ello como algo permanente.
Esta ruina también destruirá su reputación entre las naciones vecinas. Enterrará su honor en el polvo y los convertirá en objeto de horror y de burla. Las personas quedarán espantadas al verlos y silbarán en señal de desprecio, porque abandonaron a un Dios que los habría protegido para confiar en falsos ayudadores que ciertamente los destruirían. El juicio también les quitará todo consuelo. Acabará con toda su alegría. Dios dice: «Haré desaparecer de entre ustedes el sonido de la alegría». No tendrán motivo para alegrarse ni ánimo para hacerlo. Como no quisieron escuchar la voz de la palabra de Dios, ya no se oirá entre ellos la voz del gozo.
También perderán su provisión de alimento. «No se oirá el sonido de las piedras de molino», porque, una vez que el enemigo se haya apoderado de sus provisiones, cesará la molienda (Eclesiastés 12:4). Sus actividades comerciales también llegarán a su fin. Nadie verá la luz de una lámpara, porque no habrá trabajo que valga la pena realizar a la luz de ella. Finalmente, perderán su libertad: estas naciones servirán al rey de Babilonia durante setenta años.
Establecer de antemano la duración del cautiverio sería muy útil. Confirmaría la profecía, porque el acontecimiento —algo que ninguna sabiduría humana habría podido predecir— coincidiría exactamente con lo anunciado. También daría consuelo al pueblo de Dios en medio de su sufrimiento y fortalecería su fe y sus oraciones. Daniel, que también era profeta, prestó atención a este período (Daniel 9:2). Dios mismo lo tenía en mente (2 Crónicas 36:22), pues impulsó a Ciro para que se cumpliera la palabra pronunciada por Jeremías. Dios conoce todas sus obras desde el principio del mundo. Esto se demuestra en que, cuando quiere, da a conocer algunas de ellas a sus siervos los profetas y, por medio de ellos, a su iglesia.
II. Aquí también se anuncia la ruina de la misma Babilonia, tal como Isaías lo había declarado mucho tiempo antes (Jeremías 25:12-14). Los destructores también deben ser destruidos, y la vara debe ser arrojada al fuego una vez cumplida su labor de corregir. Esto sucederá cuando terminen los setenta años, porque Babilonia debe ser destruida para dar paso a la liberación de los cautivos.
Existe cierta discusión acerca de cuándo comienzan esos setenta años. Algunos los cuentan desde el cautiverio ocurrido en el cuarto año de Joacim y el primer año de Nabucodonosor, mientras que otros comienzan a contarlos desde el cautiverio de Joaquín, ocho años después. Me inclino por la fecha más temprana, porque fue entonces cuando estas naciones comenzaron a servir al rey de Babilonia, y porque Dios suele señalar el primer momento a partir del cual debe contarse el cumplimiento de una promesa de misericordia. Eso se observa en el cálculo de los cuatrocientos años de esclavitud en Egipto. Si esta interpretación es correcta, entonces ya habían transcurrido dieciocho o diecinueve años de los setenta antes de que Jerusalén y el templo fueran completamente destruidos en el undécimo año de Sedequías. Aun así, cuando llegue el tiempo señalado para favorecer a Sion, el rey de Babilonia tendrá que ser juzgado y cada uno de sus actos de crueldad deberá recibir su justa retribución. Entonces esa nación será castigada por su culpa, así como las demás naciones fueron castigadas por la suya.
Esa tierra se convertirá entonces en una desolación permanente, tal como ellos habían desolado otras tierras. El Juez de toda la tierra hará lo que es justo y vengará el mal, como Rey de las naciones y Rey de los santos. Los conquistadores y opresores orgullosos deben tener cuidado con la manera en que usan su poder y su éxito, porque con el tiempo les llegará su turno de sufrir. Llegará el día de su caída. En esta destrucción de Babilonia, que ocurriría a manos de los medos y los persas, debemos observar dos cosas. Primero, sucederá conforme a lo que Dios había dicho: «Haré que se cumplan sobre esa tierra todas mis palabras». Toda la riqueza y el honor de Babilonia quedarán sometidos a la verdad de las predicciones de Dios, y todo su poder será quebrantado antes que falle una sola parte de su palabra. El mismo Jeremías que anunció la destrucción de otras naciones a manos de los caldeos también anunció la destrucción de los propios caldeos, y esto tendría que cumplirse sobre ellos (Jeremías 25:13). Dios tiene este acontecimiento en mente cuando dice: «Confirmaré la palabra de mi siervo y cumpliré el propósito de mis mensajeros» (Isaías 44:26).
Dios les dará el pago por lo que han hecho (Jeremías 25:14). Castigará sus acciones, que quebrantaron su ley, aun cuando Dios los estaba usando para llevar a cabo sus propósitos.
Habían sometido a muchas naciones y las habían pisoteado con la peor clase de orgullo. Ahora, después de que su culpa haya llegado a su medida completa, muchas naciones y grandes reyes se unirán a Ciro, rey de Persia, y cambiarán por completo la situación. Esos aliados tomarán su tierra, se enriquecerán con sus bienes y los usarán como peldaños para construir un imperio mundial. Los emplearán como siervos y soldados.
Esta es la regla: quien lleva a otros al cautiverio, él mismo irá al cautiverio.
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De este capítulo
Jeremías 25:1
"La palabra que vino a Jeremías acerca de todo el pueblo de Judá en el cuarto año de Joacim hijo de Josías, rey de Judá, que fue el primer año de Nabucodonosor, rey de Babilonia;"
Jeremías 25:2
"la cual habló el profeta Jeremías a todo el pueblo de Judá y a todos los habitantes de Jerusalén, diciendo:"
Jeremías 25:3
"Desde el año trece de Josías hijo de Amón, rey de Judá, hasta este día, es decir, durante veintitrés años, la palabra del SEÑOR ha venido a mí, y yo les he hablado, madrugando y hablando; pero ustedes no han escuchado."
Jeremías 25:4
"Y el SEÑOR les ha enviado a todos sus siervos los profetas, madrugando y enviándolos; pero ustedes no han escuchado ni han inclinado el oído para oír."
Jeremías 25:5
"Ellos decían: Vuélvanse ahora, cada uno de su mal camino y de la maldad de sus acciones, y habiten en la tierra que el SEÑOR les dio a ustedes y a sus padres para siempre jamás."
Jeremías 25:6
"No vayan tras otros dioses para servirlos y adorarlos, ni me provoquen a ira con las obras de sus manos; y yo no les haré ningún daño."
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