Versículo destacado
Lamentaciones 3:55 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Invoqué tu nombre, oh SEÑOR, desde la mazmorra profunda. "
Lamentaciones 3:55
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
53 Han cortado mi vida en la mazmorra y han arrojado una piedra sobre mí.
54 Las aguas pasaron sobre mi cabeza; entonces dije: «Estoy perdido».
55 Invoqué tu nombre, oh SEÑOR, desde la mazmorra profunda.
56 Has oído mi voz; no escondas tu oído de mi respiración ni de mi clamor.
57 Te acercaste el día en que te invoqué; dijiste: «No temas».
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A lo largo de este capítulo vemos una lucha en el corazón del profeta. La razón y la fe, el temor y la esperanza, siguen enfrentándose. Se queja, luego se consuela y después vuelve a sus quejas, como en el Salmo 42. Pero aquí, como allí, la fe tiene la última palabra y al final triunfa, porque termina con consuelo.
Encuentra ese consuelo en dos cosas. Primero, recuerda la bondad de Dios aun en medio de su sufrimiento. Tal vez está pensando en su propia experiencia y la usa para animarse frente a los problemas que afligen al pueblo. El Dios que con el tiempo ha ayudado a sus siervos individualmente no abandonará a su pueblo en conjunto. O quizá está hablando del remanente fiel entre los judíos, que había aprendido que esperar en Dios nunca es en vano.
Él y sus amigos piadosos habían visto la bondad de Dios de tres maneras. Dios había escuchado sus oraciones, aun cuando temían que la nube de su ira fuera demasiado espesa para que sus oraciones la atravesaran (Lamentaciones 3:44). Cuando estaban en la mazmorra profunda, como personas que ya habían sido contadas entre los muertos, invocaron el nombre del Señor (Lamentaciones 3:55). Sus lágrimas no les impidieron orar. Aun en el pozo más profundo seguimos teniendo acceso a Dios en el cielo. «Desde lo profundo clamo a ti», dice el Salmo 130:1, y Jonás oró desde el vientre del pez.
Dios podía oírlos desde la mazmorra profunda, y así lo hizo. «Tú escuchaste mi voz». Algunos consideran que las palabras siguientes forman parte de la misma expresión de gratitud: «No escondiste tu oído de mi suspiro, de mi clamor». El hebreo permite esa lectura. Tal como aparece aquí, también puede entenderse como una oración pidiendo ayuda continua: «No escondas tu oído». La respuesta pasada de Dios a la oración, incluso desde el lugar más bajo, nos da razones para confiar en que tampoco ahora se apartará de nosotros.
Observa que llama «aliento» a su oración. En la oración respiramos hacia Dios y respiramos en busca de él. Aunque seamos débiles al orar y no podamos hacer más que dejar salir gemidos demasiado profundos para expresarlos con palabras, no seremos ignorados si nuestro corazón es sincero. La oración es el aliento de la vida nueva. Por medio de las peticiones recibe misericordia y luego la devuelve en alabanza. Es tanto una señal de vida espiritual como aquello que la mantiene viva. Algunos entienden la frase como «cuando estaba jadeando», como si dijera: «Cuando estaba cerca de la muerte y pensaba que estaba dando mi último aliento, tú viste mi angustia».
Dios también se había acercado y había calmado sus temores (Lamentaciones 3:57). «Te acercaste el día en que te invoqué». Con bondad les aseguró su presencia, de modo que pudieron ver que él estaba cerca aun cuando habían pensado que estaba lejos. Cuando nosotros nos acercamos a Dios en el cumplimiento de nuestro deber, por la fe podemos verlo acercándose a nosotros con misericordia. Pero eso no fue todo: «Tú dijiste: “No temas”». Esa fue la voz de los profetas de Dios, que llamaban al pueblo a no tener miedo (Isaías 41:10, Isaías 41:13, Isaías 41:14). También fue la providencia de Dios, que detuvo aquello que temían, y su gracia, que calmó sus corazones mediante el testimonio del Espíritu de que todavía eran su pueblo, aun en medio de la aflicción.
Dios ya había comenzado a actuar a favor de ellos (Lamentaciones 3:58). «Señor, tú defendiste la causa de mi alma». En otras palabras, Dios había redimido su vida, la había rescatado de quienes querían quitársela y la había salvado cuando estaba a punto de ser tragada. Le había dado vida en lugar de destrucción. Ese rescate pasado le da confianza para creer que Dios seguirá ayudándolos. El que ha librado el alma de la muerte también impedirá que sus pies caigan y continuará defendiendo su causa.
En segundo lugar, se consuela apelando a la justicia de Dios y, para ello, al conocimiento completo que Dios tiene de todas las cosas. Primero apela al conocimiento que Dios tiene de los hechos, especialmente de la crueldad y la malicia de sus enemigos (Lamentaciones 3:59). «Señor, tú has visto mi agravio». Él no había hecho nada malo y, sin embargo, sufría grandemente. Dios, que conoce todas las cosas, también conocía la malicia de ellos. Había visto toda su venganza y cómo querían hacerle daño, como si estuvieran devolviéndole una gran ofensa.
Debemos recordar, como advertencia, que Dios ve cada pensamiento de venganza que guardamos contra otros; por eso no debemos conservar esos pensamientos en el corazón. También ve cada pensamiento de venganza que otros tienen injustamente contra nosotros, así que no tenemos que vivir atemorizados por ellos. Podemos dejar nuestra protección en sus manos.
Dios también había visto las estrategias que habían tramado para hacerle daño (Lamentaciones 3:60). Había visto todos sus complots, todos sus planes contra él, y otra vez había escuchado sus conspiraciones (Lamentaciones 3:61). Ya fuera que su maldad se manifestara en palabras o en hechos, Dios la conocía. Aunque todavía no pudieran verse ni escucharse los resultados de sus planes, Dios comprendía su propósito. Los planes secretos de los enemigos de la iglesia son completamente conocidos por el Dios de la iglesia. Nada pueden esconder de él.
Dios también había escuchado los insultos y las mentiras que difundían contra él, todas las cosas crueles que decían. Había oído sus reproches, las acusaciones falsas que hacían, los nombres ofensivos con que lo llamaban y todas las maneras en que intentaban presentarlo como alguien digno de odio y desprecio. Escuchaba las palabras insultantes de quienes se levantaban contra él, repetidas una y otra vez, de día y de noche, en cada comida y en cada reunión, como si él fuera su entretenimiento constante. Se burlaban de su sufrimiento, como los filisteos se burlaban de Sansón.
Jerusalén se convirtió en objeto de sus burlas, en la canción que repetían una y otra vez. Tal vez tenían una melodía, una obra o un espectáculo público llamado «la destrucción de Jerusalén» que, aunque trataba de una tragedia real, complacía a quienes deseaban el mal de la ciudad santa. Un día Dios llamará a los pecadores a rendir cuentas por cada palabra dura que hayan pronunciado contra él y contra su pueblo (Judas 1:15).
Luego apela al juicio de Dios sobre el asunto: «Señor, tú has visto mi agravio. No hace falta presentar más pruebas ni que alguien exponga el caso. Tú lo ves con claridad, y yo lo dejo en tus manos. Juzga mi causa» (Lamentaciones 3:59). Que sean tratados como merecen, conforme a la obra de sus manos (Lamentaciones 3:64).
Que reciban el mismo trato que nos han dado. Que tu mano esté contra ellos como la mano de ellos ha estado contra nosotros. Nos han causado mucho sufrimiento; por eso, Señor, dales aflicción de corazón, o confusión mental, como algunos entienden la expresión. Que las amenazas y los problemas los rodeen por todos lados, de modo que no puedan ver una salida. O, como otros interpretan las palabras, dales desesperación de corazón, para que sean llevados a la desesperanza y se den por vencidos, considerándose completamente arruinados.
Dios puede confundir la mente que parece más clara y quebrantar el corazón que parece más fuerte. «Trátalos conforme a tus amenazas: que tu maldición caiga sobre ellos». En otras palabras, que todas las advertencias pronunciadas en tu palabra contra los enemigos de tu pueblo se cumplan sobre ellos, como se expresa en Lamentaciones 3:65. Ellos nos han cargado de maldiciones; que tu maldición caiga sobre ellos. Sus maldiciones eran injustas y, por eso, no tendrán éxito; pero tu maldición es justa y se cumplirá. Aquellos a quienes tú maldices quedan verdaderamente malditos.
Que la maldición llegue a cumplirse, como se expresa en Lamentaciones 3:66. Persíguelos y destrúyelos con ira, como ellos nos han perseguido y destruido con ira. Destrúyelos de debajo de los cielos del Señor, para que no reciban ningún beneficio de la luz ni de la influencia de los cielos. Destrúyelos de tal manera que todo el que lo vea diga: «Esta es la destrucción del Todopoderoso», quien está sentado en el cielo y se ríe de sus enemigos (Salmo 2:4), y reconozca que el cielo gobierna (Daniel 4:26).
Lo que se dice de los ídolos aquí se dice de quienes los adoran, pues también llegarán a ser como ellos: perecerán de debajo de estos cielos (Jeremías 10:11). No solo quedarán excluidos del gozo de los cielos invisibles, sino que también serán privados del consuelo de estos cielos visibles, que pertenecen al Señor (Salmo 115:16). Quienes se rebelan contra él no son dignos de quedar bajo su protección.
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De este capítulo
Lamentaciones 3:1
"Yo soy el hombre que ha visto aflicción bajo la vara de su ira."
Lamentaciones 3:2
"Me ha guiado y me ha llevado a la oscuridad, pero no a la luz."
Lamentaciones 3:3
"Ciertamente se ha vuelto contra mí; vuelve su mano contra mí todo el día."
Lamentaciones 3:4
"Ha envejecido mi carne y mi piel; ha quebrado mis huesos."
Lamentaciones 3:5
"Ha edificado contra mí y me ha rodeado de hiel y fatiga."
Lamentaciones 3:6
"Me ha puesto en lugares oscuros, como a los que murieron hace mucho tiempo."
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